Saltar al contenido

Animalistas sin ánimo

Sin ánimo (perdóneseme el juego de palabras) de ofender, mi cabeza no termina de digerir eso de que exista un Partido Animalista contra el Maltrato Animal. Y no me refiero a la absoluta cacofonía del nombre, sino al hecho de crear un Partido político para un tema que, desde todas las vertientes que se mire, es un hecho cuyas esencias son sociales y culturales.

Antes de meterme en el tema del Partido, nunca he entendido muy bien el tema de la lucha contra el maltrato animal sin integrarlo en un ámbito más amplio que incluya también la lucha contra el maltrato vegetal y biológico, en general. Y por maltrato vegetal me refiero a arrasar bosques, con su enorme diversidad biológica, para dedicarlos a la agricultura industrial de “rentabilidad” económica rápida y cortoplacista; o a quemar bosques para, posteriormente, recalificar el terreno y construir urbanizaciones; o talar árboles para ampliar una carretera o autopista; o plantar especies invasivas, como el eucalipto, donde debería haber castaños, nogales, hayas o robles; o, simplemente, esas podas “estéticas”, más parecidas a talas que dejan al árbol medio muerto, arrancar musgos para los belenes o la falta de respeto que existe en España, en general, hacia cualquier manifestación de la vida vegetal.

Al final, el tema del Partido animalista parece que trata más de la relación humano-animal que del lugar del propio animal en su entorno. No a los circos y zoos, no a las corridas de toros, no al uso de pieles como abrigo, no a la caza… Nadie, salvo que tenga un profundo déficit de empatía, rayando en la enfermedad psiquiátrica, puede estar en desacuerdo con estas medidas. Echo de menos, en todo esto, una visión más global de lo que es un ecosistema complejo, como el de la Tierra, y qué lugar ocupa, en su progresiva aniquilación, la lógica económica y los valores culturales del sistema capitalista.

Y paso al tema de constituir un Partido político para estas reivindicaciones.

Salvando las tremendas distancias, crear un Partido político para luchar contra el maltrato animal es como crear un partido político contra la violación o contra la ejecución de desalojos por deudas hipotecarias o contra el uso de las mujeres como prostitutas.

Tanto la violación como el maltrato animal están penados por la Ley, lo cual no evita que ocurran. ¿Qué queremos? ¿Un endurecimiento de la Ley? ¿Realmente alguien piensa que una posible pena de prisión va a detener a un tarado que abusa sexualmente de una mujer o que apalea a un perro en su casa?

Impedir que este tipo de aberraciones ocurra solamente se consigue (como se consiguió la abolición de la esclavitud) mediante una extensión de la conciencia social, mediante campañas de boicot a estas prácticas, mediante el ostracismo social de cualquiera de estos monstruos, sea un violador, un adicto a la tortura animal o un putero. Mandar a dos o tres o cuatro diputados a llevar una vida muelle dotada de enormes beneficios y que, de vez en cuando, suelten una pequeña diatriba contra los festejos taurinos, me parece una opción de una practicidad nula y más propia de gentes que han perdido el ánimo para luchar por sí mismos contra las injusticias.

No ha hecho falta ningún diputado de ningún partido animalista para que se prohíba la muerte del Toro de la Vega o se prohíban las corridas en Cataluña y Canarias. Ha sido un estado de opinión (y de ánimo) social. El mismo que ha contribuido a arrinconar a los márgenes del espectáculo los circos con animales. Y que, desgraciadamente, no se da para frenar aspectos mucho más espeluznantes de la sociedad como la existencia de violadores, puteros y otros tipos de maltratadores de las mujeres.

Si la solución pasa (como es evidente que no) por crear un Partido político, ¿por qué no se ha creado un Partido contra el Maltrato a la Mujer? Básicamente, porque el maltrato a la mujer es producto de un modelo cultural, de una estructura social, de unas relaciones jerárquicas y de un sistema económico que son los que hay que poner en cuestión para enfrentarse a esa aberración. Y, desgraciadamente, ningún Partido querrá ni podría (en caso de que quisiese) enfrentarse abiertamente, y en la práctica, al sistema económico actual, a cualquier tipo de relación jerárquica, a la estructura social existente…

Estas prácticas monstruosas se detendrán el día en que haya una conciencia social, y una militancia social, y un ánimo social, y una lucha social que impidan que cualquier degenerado pueda siquiera intentar llevar a la práctica estas acciones, lo mismo que hoy en día nadie intenta mantener en su casa a un siervo encadenado y sometido a una serie de latigazos cuando le plazca a su dueño, cosa que estaba perfectamente asumida en sociedades “avanzadas” hace menos de un siglo y medio.

Después de haber visto las diferentes intervenciones electorales de las principales candidatas de PACMA a las instituciones del Estado, mi reflexión es que demuestra muy poco coraje y muy poco ánimo dejar la realización de los cambios que precisa la sociedad en manos de unas señoras pijas que se preocupan mucho de su mascota, pero no han tenido, literalmente, tiempo para hacerse una opinión sobre temas como el aborto, la prostitución o los vientres de alquiler.

Misoginia y Ginofobia

En general, los hombres temen a las mujeres, como a todo aquello a lo que no pueden sojuzgar.

El temor a las mujeres pienso que tiene que ver con el temor a la Naturaleza, que nos lleva a considerar cualquier invención que nos aleje y aísle de la Naturaleza como un gran avance, llámense ciudades, agricultura industrial, aviones o aire acondicionado.

Me imagino que, en el Paleolítico, este temor sería un temor reverencial. Las mujeres creaban vida, proveían la mayor parte del alimento, sabían distinguir entre los miles de plantas y hongos las que eran beneficiosas, dañinas o mortíferas; o permitían eliminar las ataduras del espíritu. Las mujeres, también, reproducían el ciclo mágico de la Luna en su menstruación. Dudo que en esa reverencia no hubiese, también, algo de envidia.

Con el advenimiento de nuestro gran enemigo como especie, el sedentarismo, los humanos nos alejamos con fruición de la Naturaleza. La Naturaleza va a representar todo lo que es incontrolable, ajeno, peligroso. De ahí surge ese concepto, tanto tiempo utilizado, de dominar la Naturaleza como esencia de los logros humanos.

La sociedad sedentaria, aunque pudiese parecer lo contrario, es más brutal que la sociedad paleolítica. La defensa del territorio, de los campos y cosechas, de los rebaños, de las ciudades, de las posesiones, en suma, pone en vigor un modelo de violencia institucionalizada mediante inventos como el ejército, los guardianes del orden, las leyes, los jueces, las cárceles y los verdugos… Desde luego, el primero y menos sutil de esos inventos es el ejército o grupo armado y organizado para la violencia sistemática.

La institución del ejército es (a pesar de mitos como las amazonas) esencialmente masculina. Es evidente que el hombre tiene mayor masa muscular, lo que le dota de más potencia en el golpeo o el lanzamiento de objetos, y también de más resistencia en el enfrentamiento físico. El ejército inicial se compone de hombres, es liderado por hombres y son los hombres los encargados de ejercer la violencia que mantiene el orden social implantado en los grupos agrícolas sedentarios.

Como consecuencia de esta institucionalización de la violencia masculina, las mujeres pasan a perder progresivamente protagonismo social. Su estatus económico se ve minimizado, al no participar en la defensa activa de las propiedades del grupo y, menos aún, en las provechosas “razzias” que estos ejércitos lanzarían contra vecinos menos armados o en los que aún no se ha creado el ejército. Su participación en la vida social también se ve mermada y se las va relegando al papel de cuidadora del hogar, reproductora y educadora de las crías. Esto no obsta para que la mujer siga siendo productora, especialmente en las tareas agrícolas, pero su reconocimiento social se ha ido degradando. Al final de un largo proceso de ostracismo social, la mujer termina siendo (o, al menos, se intenta) una posesión más del hombre. Ropas, animales, mobiliario, joyas, armas, cosechas, silos, esclavos…y mujeres, son las propiedades de los hombres y su acumulación determina el status social de su propietario.

Me pregunto cómo, en esa progresiva pérdida de posición en el grupo, las mujeres no fueron capaces de reaccionar. ¿Fue debido todo a la fuerza bruta? ¿Fue un proceso tan dilatado y sutil que se convirtió en imperceptible? Probablemente, haya otras razones que soy incapaz de dilucidar.

El caso es que el hombre domina y posee, al menos nominalmente, a la mujer. Pero no se fía. Sigue experimentando temor ante unas potencialidades que desconoce y no controla. Así que el dominio pasa a ser cada vez más brutal, se establecen leyes contra las mujeres que no se atienen a la norma, se crea un entramado de leyendas y descalificaciones de la mujer: envenenadoras, brujas, tentadoras, manipuladoras… Se degrada y culpabiliza la sexualidad femenina, se considera sucia la sangre menstrual y a la misma mujer durante el periodo menstrual, se hace a la mujer el origen de todos los males sociales, se la compra como un objeto para satisfacer los deseos del hombre y, al tiempo, se desprecia aquello que se ha objetivizado.

Con más o menos altibajos, este modelo social está en funcionamiento durante milenios y en todas las sociedades. Hasta que empieza a presentar grietas a lo largo del siglo XIX.

Probablemente, el modelo económico y la estructura militar se ven, a partir de ese siglo, modificados radicalmente por la Revolución Industrial y la aparición del maquinismo. La fuerza muscular del hombre empieza a dejar de ser una ventaja competitiva y cada vez son más los campos en que lo que es necesario es contar, más que con fuerza bruta, con capacidades intelectuales (desde básicas hasta avanzadas). Y, en ese aspecto, el hombre no tiene ninguna ventaja competitiva sobre la mujer.

Lo que ha ido ocurriendo desde entonces lo conocemos todas. La mujer está dejando de ser, poco a poco, una propiedad del hombre y éste está cada día más incapacitado para definir el rol de las mujeres en la sociedad.

Pero, y ahora vuelvo al principio, ¿qué se ha hecho del temor del hombre a las mujeres? Pues se ha incrementado.

Como cualquier propietario que ve que lo que él tenía por suyo está empezando a dejar de serlo, los hombres ven con alarma el cambio social que está sacando a las mujeres de esa mazmorra de siglos.

Ante esa pérdida de privilegios hay dos actitudes posibles: asumirla e intentar adaptarse a ella, o luchar con rabia y desesperación para mantener un mundo que se esfuma. Lo mismo que la burguesía siempre ha sido esencialmente represora, pero cuando el miedo la embarga desata toda su violencia mediante el fascismo, el macho humano, otra vez abrumado por el miedo a las mujeres, desata toda la violencia del machismo.

El machismo, en suma, tiene más de miedo que de odio (aunque éste exista) y sería más adecuado hablar de ginofobia que de misoginia, si bien ambas taras se encuentran presentes en todos los machistas.

El miedo a la mujer, que es el miedo a la Naturaleza, a lo no esquematizable, a lo que se asfixia en los cuarteles que componen la civilización del hombre es, sencillamente, el miedo a la libertad y a lo desconocido. Por eso, machistas, fascistas y xenófobos comparten los mismos parámetros mentales, y son el mismo enemigo a batir y deben ser objeto del mismo desprecio y del mismo combate.

Termino con una traducción aproximada de una cita de mi admirada Ursula Kroeber LeGuin, que resume y expresa, mucho mejor que yo, el mensaje que intento transmitir.

<<En la literatura, como en la vida “real”, las mujeres, los niños y los animales son la materia oscura sobre la que la Civilización se yergue, falológicamente. Que ellas son “el Otro” es la base del lenguaje, el Lenguaje Padre. Si el nombre del juego es El Hombre frente a la Naturaleza, no es de extrañar que los jugadores expulsen a todas esas no-hombres que no van a aprender las reglas y corretean por el terreno de juego, chillando, ladrando y parloteando.>> (Ursula K. LeGuin)

Libros

Pienso que el resultado de la lectura de un libro es el producto de la combinación de una enorme cantidad de elementos independientes entre sí: lo que quiso decir el escritor, lo que realmente llegó a decir, los prejuicios, potencialidades y limitaciones con que parte el escritor, el marco conceptual de la cultura de su época, las imposiciones, restricciones o consejos del editor, los mismos condicionantes por parte del traductor (cuando tienen la desgracia de no poder leer en idioma original sin ese filtro previo)… más los elementos que introduce igualmente el lector: su experiencia vital, su momento emocional, el esquema cultural que le rodea, las referencias respecto al libro y al escritor, el objetivo (consciente o inconsciente) con que aborda la lectura…

Por estos motivos, no tengo por costumbre hacer crítica de lo que leo, especialmente por el fuerte componente de subjetividad que se da en las sensaciones que te genera un libro.

Pero esta vez voy a hacer una brevísima excepción, porque me ha ocurrido que he empezado dos libros de manera consecutiva y he tenido que dejarlos, después de muchos esfuerzos, no más allá de la página 70…No sé si es que uno se vuelve mucho más pejiguero con la edad o es que he tenido mala suerte.

En realidad, tengo la teoría de que los gustos de cada uno se forman en la primera juventud y luego es muy difícil que aparezcan hechos o cosas que te hagan modificar esos gustos. En mi caso, después de los 30 años sólo he descubierto el gusto por Bioy Casares y por las alcachofas. Cuando digo gusto, me refiero a algo que te entusiasme; gustillos de pasar un rato agradable siempre surgen cada día.

El caso es que no me quiero enrollar mucho y se me está pasando hablar de los dos libros. No es que vaya a aportar mucho a quienes lean esto; sencillamente, creo que me merezco un desahogo después de lo mal que me lo han hecho pasar estos libros y cómo han empañado groseramente uno de los que considero los mayores placeres de la vida: leer.

El primero ha sido “City of Glass”, de Paul Auster. Había leído hace mucho “El país de las últimas cosas” y me había gustado tanto que comencé a comprar libros de Auster- Sin llegar a los niveles del primero, me gustó mucho “Mr. Vertigo” pero, a partir de ahí, cada libro que leía de este hombre me parecía peor…Hasta que dejé de leerlo.

Hace unos días, buscando qué leer en mi biblioteca, me encontré “City of Glass”, que tenía sin abrir y me puse con ello. Y duré tres días. El resumen de mi lectura es: la trama es absurda, previsible (a pesar de que intenta dar algunos giros “sorpresa” que se quedan en nada) y, en algunos momentos roza el ridículo; el desarrollo de la novela es tedioso y aburrido, parece que el escritor está estreñido y, en ningún momento llega a dar rienda suelta a las palabras. Y por último, morfológica y sintácticamente dan muchas ganas de llorar; parece el discurso escrito para algún político del PP. Y la culpa no es de ningún traductor, lo he leído en versión original.

Total, que, al cabo de tres días agónicos, lo dejé y busqué otro de estos ejemplares que están cogiendo polvo porque nunca ha llegado su hora. Y, desde luego, su hora podía haber esperado.

Cogí “The secret Agent” de Joseph Conrad, un escritor que me empeñé siempre en que me gustase y no lo he conseguido. Me había leído “Heart of Darkness” y, aunque no me desagradó, lo encontré poco sólido para el gran renombre que tiene. No me pareció un libro reseñable ni del que obtener ninguna visión especialmente interesante sobre el mundo.

Pero, bueno, como cada libro es distinto y cada momento también, me tiré a por otro Conrad. Aquí sí que no he aguantado ni dos días. Resumiendo como con el de Auster, me pareció: la trama profundamente ridícula, no ya por lo inverosímil, que no tiene que ser un defecto, sino por lo poco elaborada, lo previsible que es todo y su superficialidad; en cuanto al desarrollo, me parece evidente que Conrad tenía trama para 30 páginas y algo o alguien le obligó a rellenar párrafo tras párrafo hasta conseguir un mejunje infumable que dan ganas de leer en diagonal. Si reconozco que, a diferencia de Auster, la técnica del lenguaje es buena, pero también lo puede ser la del Levítico y no se me ocurriría ponerme a leerlo.

Así que finalmente, he optado por releer, por quinta o sexta vez, “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Al final, uno lee por obtener placer y, con ese libro, para mí, el placer está asegurado.

La única conclusión que saco de esto es que ya me he hecho viejo, edad en la que la gente suele tender a releer lo que ya ha disfrutado, buscando reproducir placeres que ya conoce. Me temo que es una forma de conservadurismo, pero que me quiten lo bailao…

Trabajo de puta

Ocurre que veo, con cierta frecuencia (sólo en las redes sociales y en la prensa, claro), a personas que dicen trabajar de putas y estar muy contentas de su trabajo con el que obtienen pingües ingresos. Otros, por su parte, se indignan de que no se considere a las putas unas trabajadoras iguales al resto de los trabajadores. Unos terceros, despotrican ácidamente contra quienes pretenden abolir la prostitución.

Tengo la sospecha de que las putas que dicen estar muy contentas y orgullosas de su trabajo pertenecen a una élite minoritaria que no tiene nada que ver con (e ignora) las condiciones de esclavitud, explotación descarnada, malos tratos, marginación social y pobreza que viven la mayor parte de las putas.

Me suena eso a como comparar el trabajo de una diseñadora de vestidos de moda con el de una niña en una sweat shop asiática de fabricación de ropa. Las dos son trabajadoras del textil, ¿verdad? O comparar a la arquitecta de interiores y el albañil inmigrante. Los dos trabajan en el sector inmobiliario, ¿cierto?

La realidad es que es evidente que las putas trabajan, pero también es evidente que no se trata de un trabajo como cualquier otro. También es evidente que todo trabajo es una mierda y me afirmo abolicionista de todo tipo de trabajo. Respecto a la prostitución, también soy abolicionista, claro que sí. Abolicionista del trabajo, por qué no habría de serlo de uno de los trabajos con mayor índice de explotación y socialmente más degradado.

Mi Amo vende productos que fabricamos. De algún modo también me vende a mí, mi presencia, mi cerebro. Pero mi capacidad de oponerme al cliente es superior, muchas veces incluso está respaldada por el Amo, o puedo, como hago con frecuencia, oponerme al Amo. Que lo comparen con la capacidad de oposición al cliente o al Amo que tiene la puta.

La puta tiene que trabajar con un cliente que no deja de ser un tipo con problemas mentales, habitualmente ignorante, o déspota, o ambas cosas. Las putas están sometidas, de forma brutal y sin ningún tipo de defensa, al cliente, al proxeneta, al policía. Ésas que dicen que trabajan de putas y lo hacen a gusto las hay, seguro. Como hay gilipollas que trabajan a gusto; también a mí a veces me gusta lo que hago. Pero no me olvido de que mientras es trabajo es una mierda.

En mi ciudad existe un espacio verde llamado la Casa de Campo donde, entre otras cosas, se han refugiado las aves de la provincia y, en una de las zonas, algunas putas inmigrantes. Las llevan y las traen en coche y pobre de la que, a la hora de la recogida, no esté en su sitio o no haya hecho la “caja” estipulada por quienes las explotan.

La gente de mi ciudad, que es muy clasista, no suele ir a la Casa de Campo porque está “llena de putas”. Yo sí que voy, pero a quien me daría repelús encontrarme es a los clientes. Porque eso sí, a muchos ciudadanos de Madrid, como clientes no les importa ir y el tráfico habitual por la zona donde trabajan estas mujeres suele ser, curiosamente, furgonetas y coches caros.

Los de los coches caros también van a las casas de putas (siempre es más cómodo para ellos), que se disfrazan con eufemismos como clubs de alterne, clubs de señoritas, whiskerías o casas de masajes. Por su parte, las putas no están nada más cómodas en esos locales, de donde habitualmente les impiden salir, tanto mediante la violencia física si lo intentan, como encerrándolas las 24 horas, como desgraciadamente comprobó la mujer que se ahogó el otro día en Málaga al no poder salir del local de putas cerrado que se estaba inundando.

Todo esto no le importa al cliente de la prostitución que, siendo profundamente machista, jerárquico y esclavista, no siente más que desprecio por la mujer que trabaja de puta. A quien me intente negar esas características del putero, que me explique qué hay que ser para mercantilizar a la mujer y crecerse al sentir que tienes poder omnímodo sobre la mujer.

El problema que hay con el trabajo de puta, y que crea tantas posturas incomprensibles (entre otras, la de cerrar fuertemente los ojos a la situación social de la inmensa mayoría de las putas), es que se trata de vender sexo. Y resulta que el sexo sigue sin tratarse con ninguna naturalidad en una sociedad que aún no se ha liberado de las doctrinas de los Padres de la Iglesia, para los que el sexo, al menos nominalmente, y vaya usted a saber por qué extraña aberración, era algo de lo que huir y a lo que se debía temer más que a la propia Muerte.

El problema social y mental que hay con el sexo es uno de los componentes que más ayuda a la marginalización y el desprecio del trabajo de puta.

El sexo sigue siendo algo clandestino (quien lo dude, que se ponga a tener sexo en público) y tardará aún en ser una cosa tan natural como comer, beber, jugar o dormir. Quienes se dedican a mercadear con personas en un entorno que, por sus connotaciones sociales, está marginalizado, oculto y es vergonzante, saben que tienen mayor impunidad para someter a todo tipo de abusos y vejaciones a la trabajadora. Hablo tanto de clientes como de explotadores de estas trabajadoras.

La sociedad produce enfermos, parece ser su principal objetivo.

Legalizar la prostitución, como piden algunos, tal como existe en el siglo XXI es el equivalente a legalizar la esclavitud como existía en las plantaciones de EEUU en el siglo XIX.

Desde luego que hubo un número considerable de esclavos negros que vivieron peor que antes tras la emancipación y que podría decirse que la esclavitud no era tan mala (?). Pero si alguien utilizase eso como argumento a favor de la esclavitud reconoceríamos que es, simplemente, una imbecilidad.

Imbéciles hay de muchos tipos y seguro que yo pertenezco a alguno de ellos, pero creo que entre los imbéciles más sublimes están quienes se sienten orgullosas proclamando “Yo trabajo de puta y estoy muy contenta de ello”.

Liberación animal

El otro día, entrando en casa de una amiga, me encontré tumbada en el suelo a una perra grande, dulce, adormilada. Envidiando su estado (en estas épocas, exprimido al máximo por mis Amos, envidio realmente hasta a los muertos), se lo comenté a mi amiga.

“Sí, está embarazada por tercera vez” me dijo. “Dentro de unos días van a sacarle los cachorrillos”. Resulta que la perra era una criadora de perros-guía para la ONCE y periódicamente la inseminan para producir camadas de perros-guía para ciegos.

Confieso que me quedé horrorizado ante la frialdad con que se utiliza a un ser vivo como mero procreador. Me horrorizó tanto como el modelo de sociedad patriarcal en que las mujeres están destinadas a ser carne de paritorio: es lo mismo.

Mi amiga (que, para mi placer, no tiene hijos ni quiere tenerlos) se reía contándome las anécdotas de la perra que tiene en el pueblo, a la que esperan en la puerta todos los machos de la zona y que se queda embarazada con una frecuencia asombrosa. Claro que, desde mi punto de vista, no es lo mismo que la perra, libremente, decida que se la ventile medio pueblo, que vivir destinada a criar, una y otra vez, cachorros en un procedimiento en el que tu intervención es la de mero útero. En fin, tampoco estoy muy seguro de si la perra del pueblo era tan libre como yo creo al dejarse montar y, por otra parte, a la perra/paridora de la ONCE se la veía plácida y feliz.

Salí de la casa con un notable cacao en la cabeza.

¿Tenemos derecho los animales humanos a utilizar a otros animales para nuestro beneficio? En principio, coincido con los veganos en que no, pero, ¿acaso no somos también los humanos animales? ¿Qué animal pesa más? ¿Puede alguien, de los políticamente correctos, decir que les jodan a los ciegos y que se acabe con la cría, amaestramiento y explotación de los perros guía?

En realidad, los perros están todos bastante jodidos, desde el momento en que no hacen lo que es su rollo natural, que es andar en manada por los bosques cazando ciervos, conejos, bueyes, ovejas y, si se tercia, humanos. Podrán decirnos los dueños (qué palabra más horrible, y, a la vez, más real) de los perros, que éstos están felices, sanos y bien alimentados. Pero eso me recuerda la fábula de Esopo en que el lobo escuálido y hambriento le pregunta al perro rollizo y bien alimentado qué es esa marca que tiene en el cuello. Cuando el perro le dice que es la marca del collar con que le sujetan para que no vaya donde quiera, el lobo huye, destacando que prefiere mil veces su libertad al mayor de los tesoros.

Los perros, que son posiblemente los animales más explotados desde que entraron en simbiosis con los humanos, no levantan esa solidaridad absurda que despiertan las vacas, las gallinas y los corderos. Claro, con ese egoísmo innato en los humanos, nadie protesta porque haya perros que salvan a personas que se están ahogando o se han extraviado en la montaña, o que conducen a ciegos o acompañan a ancianos o niños autistas, o que rebuscan supervivientes entre las ruinas de los terremotos, o que detectan y señalan explosivos con riesgo de su vida. Eso parece no ser explotación animal, como tampoco lo es encerrarlos en un piso, “educarlos” y sacarlos a mear dos veces al día, bien atados, como el perro de la fábula. No es explotación, porque no están en riesgo de terminar en nuestra mesa.

Ahora bien, esos humanos que mantienen a su perro en dorada cautividad, se escandalizan cuando los chinos (otra cultura, otras costumbres y, por tanto, otra “moral”) se dan un banquete con sus perros.

No se dan cuenta de que lo que es aceptable o no depende de unos conceptos que derivan de las costumbres y, poco a poco, se convierten en dogmas. En Europa, el perro ha tenido una utilidad económica elevada hasta muy recientemente; no sólo como ayuda al cazador (en Europa se ha cazado para comer hasta bien entrado el siglo XIX y todavía hay quien lo hace por el placer de comerse el animal al que él mismo ha reventado). También como protector de rebaños frente al lobo y de haciendas frente a humanos merodeadores, tareas en las que sigue igualmente activo y valorado, aunque hoy en día los lobos, al menos en España, sean unas pocas docenas, y los humanos merodeadores sean menos peligrosos que la élite financiera.

En China, sin embargo, el cultivo masivo del arroz cambió el paisaje hace milenios, la agricultura dominó y modificó el paisaje, el modelo social impulsó la docilidad y el servilismo, y el perro pasó a tener un valor nulo como protector del entorno y la propiedad sociales y lo adquirió, por el contrario, como proveedor de las escasas proteínas animales a las que tenía acceso el campesino.

Al final, las costumbres se convierten en modelos sociales éticos y morales, cuando no son más que estrategias de supervivencia en un momento dado. Recuerdo cuando era pequeño, en una España nada sobrada de víveres, que había en mi barrio dos “Expendedurías de Carne de Caballo”. El caballo no ha solido comerse en Europa por el valor que tenía como fuerza de trabajo para la agricultura y para la guerra (utilizándose extensivamente hasta la misma Segunda Guerra Mundial) y también porque el caballo siempre ha sido un símbolo de status: los ricos tenían caballos para demostrar que eran de una clase superior, y ni se les ocurría comérselos.

Así que la carne de caballo sólo se comía cuando el caballo era muy viejo, económica y socialmente no productivo, y, claro, esa carne dura y vieja sólo se la comían los pobres a falta de otra fuente asequible de proteína animal. Ahora que todos somos señoritos, las expendedurías de carne de caballo han desaparecido en España.

En fin, el caso es que estamos luchando por la liberación animal, y me pregunto por qué la liberación de los animales no es obra de ellos mismos. ¿Es que son menos inteligentes y debemos hacer esa tarea por ellos? ¿Qué derechos decidimos que queremos darles a los animales? ¿los mismos que a nosotros? ¿No es todo esto otro pecado de antropocentrismo? ¿No estaremos pensando más bien en los “derechos” de nuestra conciencia? Tal vez la mejor (y única) liberación animal sea dejarles en paz, dejarles el planeta a su albedrío y desaparecer de su camino.

En cualquier caso, amando a muchos animales, tampoco tengo en ellos esa fe ciega de que hacen gala algunos. Me pregunto si una sociedad perruna sería mejor que la humana, o estaría superjerarquizada, dominada por los doberman y los pitbulls. Y mejor no pensar en una sociedad simia: ya tenemos nuestro ejemplo.

Termino por donde empecé: me produce un profundo desasosiego ver que una perra tranquila y amable no es, para algunos, más que una factoría de reproducción, que hay gente, de lo mejor intencionada, eso sí, que no ve en ella más que un útero y un conjunto de genes manipulados desde hace siglos.

Pero esto no me impedirá comerme estas navidades, probablemente, unos cuantos langostinos congelados y unos pedazos de turrón. De verdad que sigo sin entender que tiene que ver eso con la conciencia, concepto que, por otra parte, siempre me ha rechinado en mi modelo del mundo.

Éticas cotidianas

Hay quien, con una sutileza que no se corresponde en absoluto a la realidad de esta vida, cuyo decorado está siempre pintado con brocha gorda, se empeña en diferenciar la moral de la ética.

Podríamos decir que la ética es el estudio de la moral. Pero, como tal, la ética no tiene nada que ver con el individuo, ni con opciones individuales; sigue siendo una construcción social como la moral. De hecho, sus raíces filogénicas son las mismas, con la diferencia de que una palabra proviene del griego y otra del latín y no dejan de representar las costumbres que mantiene un grupo social, al que cohesionan. Por ejemplo, podríamos decir que, según la moral de los empresarios, es ético enriquecerse a costa de los trabajadores, o decir que la ética del sistema capitalista no ve ningún impedimento moral en enriquecerse con la explotación de los trabajadores.

Uno, en su simpleza, no ve la diferencia por ninguna parte, y considera que la ética y la moral no son más que el entramado que sustenta lo que es admisible e inadmisible, a nivel de usos y costumbres, para una sociedad determinada, con una cultura determinada. La ética y la moral son conceptos grupales, totalmente ajenos a la realidad, a las decisiones y a los actos del individuo, y en ellas se basan la estupidez de las religiones, la crueldad de los sistemas políticos y la alienación de los esquemas sociales.

Se me ha venido todo esto a la cabeza a causa de una chorrada manifiesta: la malhadada cena de empresa donde todo el mundo acude para emborracharse gratis a costa del Amo, salvo el Amo que va disfrutar, con una sonrisa paternalista, abarcando con su mirada la extensión de su poder (mayor o menor según cuánta gente logre reunir, por eso es delito de lesa majestad no acudir a la cena navideña), levantando su copa de champán emulando la escena de Johnny cogió su fusil e intentando pellizcar el culo a alguna subordinada en medio del tumulto general. En fin, una de tantas maravillas navideñas…

El caso es que este año, han adelantado el menú para que la gente escoja y me encuentro una cosa repugnante, algo así como “no sé qué sobre cama de pimientos del piquillo”. Más por tocar las narices que por otra cosa (pues no voy a participar de la mamarrachada) le digo a la infeliz que gestiona el tema, que a mí me dan asco los pimientos del piquillo, que si no pueden imaginar otro plato algo menos desmoralizador. La tía betorda me mira de arriba abajo y no se digna contestar. Es evidente, que mi imposibilidad psicológica de enfrentarme a un plato lleno de pimientos del piquillo se la suda absolutamente.

Pero resulta que, al poco rato, aparece un tipo indeseable de la empresa, déspota, agresivo y grosero como hay pocos, pero que resulta que es vegano. Y pide que se cambie el menú para él, ya que éticamente no puede comer alimentos de origen animal. Como todas os podéis esperar, se mueve Roma con Santiago para que este infumable cene de acuerdo a su ética. No importa que esa ética no alcance a sus subordinados sometidos a terrorismo cotidiano, que cada mascarada electoral se pasee jactándose de que él vota (!!!) –por cierto, a Podemos, pero esto es intrascendente–, que sea un machista impenitente, en fin, no importa que el tío sea un mierda. Lo que importa es que existe un predicamento ético, y que ese predicamento ético es admitido por el grupo social, con lo que se convierte en Religión. Y, ay, amigo, las Religiones se respetan porque sin ellas no hay moral, ni ética, ni sociedad.

Lo mío con los piquillos queda en el curro como una más de las innumerables locuras de Hez pues, dado que se trata de una elección, de un gusto o un displacer absolutamente individual y basada únicamente en criterios de lo que para mí es adecuado o inadecuado. Es decir, al no estar reconocido socialmente como un acto moral, pasa a la categoría de capricho.

Otra cosa sería si yo hubiese dicho que mis antepasados tagalos tenían prohibido comer pimientos por tratarse de un cultivo importado por los colonizadores. Cuidado, que ahí estamos hablando de grandes conceptos: grupo, costumbre, ética compartida y transmitida a través de un ente social y no individual. En ese caso, se me hubiese ahorrado el deleznable espectáculo de los pimientos piquillos, pero no por mí, sino para satisfacer a mi bisabuela tagala y a sus compañeros, antepasados y descendientes; vamos, un grupo social. Independientemente de que a mi bisabuela no la conocen, pues murió hace cerca de un siglo y que, hasta donde yo sé, le eran indiferentes los pimientos.

En resumidas cuentas, de todo se aprende, y gracias a los pimientos del piquillo, he aprendido que puedes ser un gran cabrón con tus compañeros, egoísta, jerárquico e insolidario, pero a la hora de alimentarte puede ser un gran ético, siempre que esa ética esté sustentada por una moral aceptada por el grupo o, como se llamaba en tiempos, por una Religión.

Imperios en decadencia

Una profesión que, en la época actual, es digna de lástima es la de historiador. Histórico es ahora que una selección de fútbol supere una eliminatoria, del concepto de “clásico” se apoderan también partidillos de fútbol y los eventos que marcan el siglo son asimismo enfrentamientos futbolísticos. En fin, que los historiadores del futuro, si aún existen, escribirán la historia de nuestros tiempos basándose en las crónicas del Marca o del Sport.

Unida a esa trivialización de lo histórico se encuentra esa banalización del proceso mental que representa el “presentismo”. Nada importa salvo el presente o, como mucho, el plazo inmediato, y el pasado se convierte en una nebulosa inconsistente a partir de un par de meses para atrás. Eventos con la trascendencia para todo el siglo XX y el XXI, como la I Guerra Mundial, se encuentran ya fosilizados en remotísimas capas del tiempo, junto al primer Imperio de Babilonia o la invención de la cerámica.

Este presentismo ha sido constante en estos días en que todo dios ha aportado sus comentarios inanes y repetitivos sobre la salida del Reino Unido de la UE. Los más atrevidos se han remontado en su análisis hasta las últimas elecciones británicas o han osado especular sobre lo que pasará a lo largo de la semana que viene. Todo ello, eso sí, impregnado (tanto a derecha como a “izquierda”, si se me permite la broma de utilizar este último vocablo) del discurso institucional y conservador del que es imposible o peligroso salirse.

Como nadie se ha tomado la molestia de dar un paso atrás y echar una miradita con una perspectiva un poco más amplia, me voy a permitir la pedantería de echarle una pizca de sal histórica al acontecimiento de la semana.

El hecho es que Inglaterra nunca se ha sentido partícipe de la política europea, salvo en los casos en que ha tenido que intervenir para “poner orden”, cuando alguna potencia continental se acercaba demasiado a una hegemonía indeseable para los británicos. En esos momentos, Inglaterra organizaba coaliciones temporales con países europeos opuestos al hegemónico y, una vez devuelto el equilibrio al Continente, los británicos se retiraban a su “splendid isolation”, protegidos al otro lado del Canal.

Tratados, alianzas, coaliciones eran efímeras y duraban lo que el Imperio inglés creía necesario para disipar la supuesta amenaza a sus intereses.

A Inglaterra le fue bien durante siglos enrocada en su espléndido aislamiento (sólo interrumpido para cañonear, saquear y ocupar puertos a lo largo de todos los mares) hasta que, como a todo Imperio, le llegó la decadencia.

El papel de Gran Bretaña en las dos Guerras Mundiales ya reveló las limitaciones de una potencia agotada que, en ambos casos, debió su supervivencia a la máquina militar y el esfuerzo de países terceros aliados. Sin embargo, en el Reino Unido se mantuvo la ficción imperial hasta el fiasco de la aventura colonial de Suez en 1956. En eso momento quedó patente que la histórica zona de influencia británica en el Cercano Oriente y en Oriente Medio ya no era tal, y que los Imperios que marcaban la pauta de lo que se podía o no se podía hacer en el Mundo, eran el soviético y el yanqui.

La crisis de identidad y de autoestima que causó en los ingleses la retirada obligada del Canal de Suez se vio intensificada por la crisis cultural de los años 60, sumada a la guerra no declarada en el Ulster y la independencia de todas las colonias africanas.

Inglaterra, que había respondido a la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) con el invento de la EFTA se vio en la humillante tesitura de abandonar su invento y limosnear la entrada en la CEE, que le fue concedida en 1973, en plena crisis del petróleo, dejando tirados a sus antiguo socios comerciales (Portugal, Noruega, Islandia, Austria…).

La entrada del Reino Unido en la órbita franco-alemana nunca fue aceptada por los británicos más que como un mal menor ante la pérdida de su status imperial. Contra toda su trayectoria histórica, Gran Bretaña aceptó ser cola de león antes que cabeza de lo que fuere, y se integró (bien que a medias y con significativas cláusulas restrictivas) en la esfera de influencia económica alemana. Todo con tal de no hundirse en la insignificancia geopolítica.

La realidad es que el Cuarto Imperio Alemán nunca terminó de ser entendido y aceptado por los ingleses que, en cualquier caso, siempre han considerado a los Imperios terrestres europeos (Alemania o Rusia) como meros depredadores de sus vecinos; y con razón.

Lo que no percibió en su momento el Reino Unido es que Europa era, tanto como ellos, otro Imperio en franca decadencia. Ha bastado que los bárbaros (que en esta época proceden del Sur y del Este del Mediterráneo) pongan cerco a Europa para que los británicos se hayan dado cuenta de que Europa no es ninguna barrera contra la degradación que, para una sociedad profundamente racista como siempre ha sido la inglesa, representa la llegada de los inmigrantes. La barrera debe volver a ser, como antes, el Canal de la Mancha y los ingleses, si han de hundirse en la decadencia, será en medio de su espléndido aislamiento y no acompañando el titánico y colosal hundimiento que espera a los europeos.

El resultado del referéndum de salida de la Unión Europea es, por tanto, la elección de una sociedad enferma, racista y avejentada, que prefiere morir sola a hacerlo en el asilo junto con otra retahíla de países enfermos, racistas y avejentados. Es escoger cómo gestionar mi propia decadencia xenófoba y no alinearme con los modelos de la decadencia xenófoba del Continente. Si es evidente que no van a poder salvarme, porque ustedes se están hundiendo como yo, al menos déjenme hundirme solo, ya que mi orgullo sufrirá menos.

Si uno no fuese ya un escarmentado de todo, me alegraría de que las estructuras de Poder (tanto las europeas como las británicas) se cuarteasen, en vez de reforzarse por medio de la unión. Que las tomas de decisiones se llevasen a cabo en comunidades cada vez más pequeñas, hasta que las decisiones fuesen obra de cada uno de los individuos en su, esta vez sí, espléndido aislamiento.

Pero no va a ser así. El Poder reside en esferas más altas y en lo único en que esto le va a afectar es en que habrá unos meses de movimientos especulativos en la Bolsa y el mercado de divisas, con el resultado de que algunos ricos incrementarán aún más su riqueza a costa de una mara de pobres. Como siempre, todo lo que ocurre desemboca en la transferencia de aún más dinero de los muchos a los pocos.

De todos modos, uno que es un romántico, no puede dejar de sentir cierta satisfacción al ver que, al menos, los ingleses van a dejar de marchar con el paso de la oca y cantar el Horst Wessel para rendir pleitesía a la Cancillería de Berlín.