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Misoginia y Ginofobia

En general, los hombres temen a las mujeres, como a todo aquello a lo que no pueden sojuzgar.

El temor a las mujeres pienso que tiene que ver con el temor a la Naturaleza, que nos lleva a considerar cualquier invención que nos aleje y aísle de la Naturaleza como un gran avance, llámense ciudades, agricultura industrial, aviones o aire acondicionado.

Me imagino que, en el Paleolítico, este temor sería un temor reverencial. Las mujeres creaban vida, proveían la mayor parte del alimento, sabían distinguir entre los miles de plantas y hongos las que eran beneficiosas, dañinas o mortíferas; o permitían eliminar las ataduras del espíritu. Las mujeres, también, reproducían el ciclo mágico de la Luna en su menstruación. Dudo que en esa reverencia no hubiese, también, algo de envidia.

Con el advenimiento de nuestro gran enemigo como especie, el sedentarismo, los humanos nos alejamos con fruición de la Naturaleza. La Naturaleza va a representar todo lo que es incontrolable, ajeno, peligroso. De ahí surge ese concepto, tanto tiempo utilizado, de dominar la Naturaleza como esencia de los logros humanos.

La sociedad sedentaria, aunque pudiese parecer lo contrario, es más brutal que la sociedad paleolítica. La defensa del territorio, de los campos y cosechas, de los rebaños, de las ciudades, de las posesiones, en suma, pone en vigor un modelo de violencia institucionalizada mediante inventos como el ejército, los guardianes del orden, las leyes, los jueces, las cárceles y los verdugos… Desde luego, el primero y menos sutil de esos inventos es el ejército o grupo armado y organizado para la violencia sistemática.

La institución del ejército es (a pesar de mitos como las amazonas) esencialmente masculina. Es evidente que el hombre tiene mayor masa muscular, lo que le dota de más potencia en el golpeo o el lanzamiento de objetos, y también de más resistencia en el enfrentamiento físico. El ejército inicial se compone de hombres, es liderado por hombres y son los hombres los encargados de ejercer la violencia que mantiene el orden social implantado en los grupos agrícolas sedentarios.

Como consecuencia de esta institucionalización de la violencia masculina, las mujeres pasan a perder progresivamente protagonismo social. Su estatus económico se ve minimizado, al no participar en la defensa activa de las propiedades del grupo y, menos aún, en las provechosas “razzias” que estos ejércitos lanzarían contra vecinos menos armados o en los que aún no se ha creado el ejército. Su participación en la vida social también se ve mermada y se las va relegando al papel de cuidadora del hogar, reproductora y educadora de las crías. Esto no obsta para que la mujer siga siendo productora, especialmente en las tareas agrícolas, pero su reconocimiento social se ha ido degradando. Al final de un largo proceso de ostracismo social, la mujer termina siendo (o, al menos, se intenta) una posesión más del hombre. Ropas, animales, mobiliario, joyas, armas, cosechas, silos, esclavos…y mujeres, son las propiedades de los hombres y su acumulación determina el status social de su propietario.

Me pregunto cómo, en esa progresiva pérdida de posición en el grupo, las mujeres no fueron capaces de reaccionar. ¿Fue debido todo a la fuerza bruta? ¿Fue un proceso tan dilatado y sutil que se convirtió en imperceptible? Probablemente, haya otras razones que soy incapaz de dilucidar.

El caso es que el hombre domina y posee, al menos nominalmente, a la mujer. Pero no se fía. Sigue experimentando temor ante unas potencialidades que desconoce y no controla. Así que el dominio pasa a ser cada vez más brutal, se establecen leyes contra las mujeres que no se atienen a la norma, se crea un entramado de leyendas y descalificaciones de la mujer: envenenadoras, brujas, tentadoras, manipuladoras… Se degrada y culpabiliza la sexualidad femenina, se considera sucia la sangre menstrual y a la misma mujer durante el periodo menstrual, se hace a la mujer el origen de todos los males sociales, se la compra como un objeto para satisfacer los deseos del hombre y, al tiempo, se desprecia aquello que se ha objetivizado.

Con más o menos altibajos, este modelo social está en funcionamiento durante milenios y en todas las sociedades. Hasta que empieza a presentar grietas a lo largo del siglo XIX.

Probablemente, el modelo económico y la estructura militar se ven, a partir de ese siglo, modificados radicalmente por la Revolución Industrial y la aparición del maquinismo. La fuerza muscular del hombre empieza a dejar de ser una ventaja competitiva y cada vez son más los campos en que lo que es necesario es contar, más que con fuerza bruta, con capacidades intelectuales (desde básicas hasta avanzadas). Y, en ese aspecto, el hombre no tiene ninguna ventaja competitiva sobre la mujer.

Lo que ha ido ocurriendo desde entonces lo conocemos todas. La mujer está dejando de ser, poco a poco, una propiedad del hombre y éste está cada día más incapacitado para definir el rol de las mujeres en la sociedad.

Pero, y ahora vuelvo al principio, ¿qué se ha hecho del temor del hombre a las mujeres? Pues se ha incrementado.

Como cualquier propietario que ve que lo que él tenía por suyo está empezando a dejar de serlo, los hombres ven con alarma el cambio social que está sacando a las mujeres de esa mazmorra de siglos.

Ante esa pérdida de privilegios hay dos actitudes posibles: asumirla e intentar adaptarse a ella, o luchar con rabia y desesperación para mantener un mundo que se esfuma. Lo mismo que la burguesía siempre ha sido esencialmente represora, pero cuando el miedo la embarga desata toda su violencia mediante el fascismo, el macho humano, otra vez abrumado por el miedo a las mujeres, desata toda la violencia del machismo.

El machismo, en suma, tiene más de miedo que de odio (aunque éste exista) y sería más adecuado hablar de ginofobia que de misoginia, si bien ambas taras se encuentran presentes en todos los machistas.

El miedo a la mujer, que es el miedo a la Naturaleza, a lo no esquematizable, a lo que se asfixia en los cuarteles que componen la civilización del hombre es, sencillamente, el miedo a la libertad y a lo desconocido. Por eso, machistas, fascistas y xenófobos comparten los mismos parámetros mentales, y son el mismo enemigo a batir y deben ser objeto del mismo desprecio y del mismo combate.

Termino con una traducción aproximada de una cita de mi admirada Ursula Kroeber LeGuin, que resume y expresa, mucho mejor que yo, el mensaje que intento transmitir.

<<En la literatura, como en la vida “real”, las mujeres, los niños y los animales son la materia oscura sobre la que la Civilización se yergue, falológicamente. Que ellas son “el Otro” es la base del lenguaje, el Lenguaje Padre. Si el nombre del juego es El Hombre frente a la Naturaleza, no es de extrañar que los jugadores expulsen a todas esas no-hombres que no van a aprender las reglas y corretean por el terreno de juego, chillando, ladrando y parloteando.>> (Ursula K. LeGuin)

Libros

Pienso que el resultado de la lectura de un libro es el producto de la combinación de una enorme cantidad de elementos independientes entre sí: lo que quiso decir el escritor, lo que realmente llegó a decir, los prejuicios, potencialidades y limitaciones con que parte el escritor, el marco conceptual de la cultura de su época, las imposiciones, restricciones o consejos del editor, los mismos condicionantes por parte del traductor (cuando tienen la desgracia de no poder leer en idioma original sin ese filtro previo)… más los elementos que introduce igualmente el lector: su experiencia vital, su momento emocional, el esquema cultural que le rodea, las referencias respecto al libro y al escritor, el objetivo (consciente o inconsciente) con que aborda la lectura…

Por estos motivos, no tengo por costumbre hacer crítica de lo que leo, especialmente por el fuerte componente de subjetividad que se da en las sensaciones que te genera un libro.

Pero esta vez voy a hacer una brevísima excepción, porque me ha ocurrido que he empezado dos libros de manera consecutiva y he tenido que dejarlos, después de muchos esfuerzos, no más allá de la página 70…No sé si es que uno se vuelve mucho más pejiguero con la edad o es que he tenido mala suerte.

En realidad, tengo la teoría de que los gustos de cada uno se forman en la primera juventud y luego es muy difícil que aparezcan hechos o cosas que te hagan modificar esos gustos. En mi caso, después de los 30 años sólo he descubierto el gusto por Bioy Casares y por las alcachofas. Cuando digo gusto, me refiero a algo que te entusiasme; gustillos de pasar un rato agradable siempre surgen cada día.

El caso es que no me quiero enrollar mucho y se me está pasando hablar de los dos libros. No es que vaya a aportar mucho a quienes lean esto; sencillamente, creo que me merezco un desahogo después de lo mal que me lo han hecho pasar estos libros y cómo han empañado groseramente uno de los que considero los mayores placeres de la vida: leer.

El primero ha sido “City of Glass”, de Paul Auster. Había leído hace mucho “El país de las últimas cosas” y me había gustado tanto que comencé a comprar libros de Auster- Sin llegar a los niveles del primero, me gustó mucho “Mr. Vertigo” pero, a partir de ahí, cada libro que leía de este hombre me parecía peor…Hasta que dejé de leerlo.

Hace unos días, buscando qué leer en mi biblioteca, me encontré “City of Glass”, que tenía sin abrir y me puse con ello. Y duré tres días. El resumen de mi lectura es: la trama es absurda, previsible (a pesar de que intenta dar algunos giros “sorpresa” que se quedan en nada) y, en algunos momentos roza el ridículo; el desarrollo de la novela es tedioso y aburrido, parece que el escritor está estreñido y, en ningún momento llega a dar rienda suelta a las palabras. Y por último, morfológica y sintácticamente dan muchas ganas de llorar; parece el discurso escrito para algún político del PP. Y la culpa no es de ningún traductor, lo he leído en versión original.

Total, que, al cabo de tres días agónicos, lo dejé y busqué otro de estos ejemplares que están cogiendo polvo porque nunca ha llegado su hora. Y, desde luego, su hora podía haber esperado.

Cogí “The secret Agent” de Joseph Conrad, un escritor que me empeñé siempre en que me gustase y no lo he conseguido. Me había leído “Heart of Darkness” y, aunque no me desagradó, lo encontré poco sólido para el gran renombre que tiene. No me pareció un libro reseñable ni del que obtener ninguna visión especialmente interesante sobre el mundo.

Pero, bueno, como cada libro es distinto y cada momento también, me tiré a por otro Conrad. Aquí sí que no he aguantado ni dos días. Resumiendo como con el de Auster, me pareció: la trama profundamente ridícula, no ya por lo inverosímil, que no tiene que ser un defecto, sino por lo poco elaborada, lo previsible que es todo y su superficialidad; en cuanto al desarrollo, me parece evidente que Conrad tenía trama para 30 páginas y algo o alguien le obligó a rellenar párrafo tras párrafo hasta conseguir un mejunje infumable que dan ganas de leer en diagonal. Si reconozco que, a diferencia de Auster, la técnica del lenguaje es buena, pero también lo puede ser la del Levítico y no se me ocurriría ponerme a leerlo.

Así que finalmente, he optado por releer, por quinta o sexta vez, “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Al final, uno lee por obtener placer y, con ese libro, para mí, el placer está asegurado.

La única conclusión que saco de esto es que ya me he hecho viejo, edad en la que la gente suele tender a releer lo que ya ha disfrutado, buscando reproducir placeres que ya conoce. Me temo que es una forma de conservadurismo, pero que me quiten lo bailao…

Trabajo de puta

Ocurre que veo, con cierta frecuencia (sólo en las redes sociales y en la prensa, claro), a personas que dicen trabajar de putas y estar muy contentas de su trabajo con el que obtienen pingües ingresos. Otros, por su parte, se indignan de que no se considere a las putas unas trabajadoras iguales al resto de los trabajadores. Unos terceros, despotrican ácidamente contra quienes pretenden abolir la prostitución.

Tengo la sospecha de que las putas que dicen estar muy contentas y orgullosas de su trabajo pertenecen a una élite minoritaria que no tiene nada que ver con (e ignora) las condiciones de esclavitud, explotación descarnada, malos tratos, marginación social y pobreza que viven la mayor parte de las putas.

Me suena eso a como comparar el trabajo de una diseñadora de vestidos de moda con el de una niña en una sweat shop asiática de fabricación de ropa. Las dos son trabajadoras del textil, ¿verdad? O comparar a la arquitecta de interiores y el albañil inmigrante. Los dos trabajan en el sector inmobiliario, ¿cierto?

La realidad es que es evidente que las putas trabajan, pero también es evidente que no se trata de un trabajo como cualquier otro. También es evidente que todo trabajo es una mierda y me afirmo abolicionista de todo tipo de trabajo. Respecto a la prostitución, también soy abolicionista, claro que sí. Abolicionista del trabajo, por qué no habría de serlo de uno de los trabajos con mayor índice de explotación y socialmente más degradado.

Mi Amo vende productos que fabricamos. De algún modo también me vende a mí, mi presencia, mi cerebro. Pero mi capacidad de oponerme al cliente es superior, muchas veces incluso está respaldada por el Amo, o puedo, como hago con frecuencia, oponerme al Amo. Que lo comparen con la capacidad de oposición al cliente o al Amo que tiene la puta.

La puta tiene que trabajar con un cliente que no deja de ser un tipo con problemas mentales, habitualmente ignorante, o déspota, o ambas cosas. Las putas están sometidas, de forma brutal y sin ningún tipo de defensa, al cliente, al proxeneta, al policía. Ésas que dicen que trabajan de putas y lo hacen a gusto las hay, seguro. Como hay gilipollas que trabajan a gusto; también a mí a veces me gusta lo que hago. Pero no me olvido de que mientras es trabajo es una mierda.

En mi ciudad existe un espacio verde llamado la Casa de Campo donde, entre otras cosas, se han refugiado las aves de la provincia y, en una de las zonas, algunas putas inmigrantes. Las llevan y las traen en coche y pobre de la que, a la hora de la recogida, no esté en su sitio o no haya hecho la “caja” estipulada por quienes las explotan.

La gente de mi ciudad, que es muy clasista, no suele ir a la Casa de Campo porque está “llena de putas”. Yo sí que voy, pero a quien me daría repelús encontrarme es a los clientes. Porque eso sí, a muchos ciudadanos de Madrid, como clientes no les importa ir y el tráfico habitual por la zona donde trabajan estas mujeres suele ser, curiosamente, furgonetas y coches caros.

Los de los coches caros también van a las casas de putas (siempre es más cómodo para ellos), que se disfrazan con eufemismos como clubs de alterne, clubs de señoritas, whiskerías o casas de masajes. Por su parte, las putas no están nada más cómodas en esos locales, de donde habitualmente les impiden salir, tanto mediante la violencia física si lo intentan, como encerrándolas las 24 horas, como desgraciadamente comprobó la mujer que se ahogó el otro día en Málaga al no poder salir del local de putas cerrado que se estaba inundando.

Todo esto no le importa al cliente de la prostitución que, siendo profundamente machista, jerárquico y esclavista, no siente más que desprecio por la mujer que trabaja de puta. A quien me intente negar esas características del putero, que me explique qué hay que ser para mercantilizar a la mujer y crecerse al sentir que tienes poder omnímodo sobre la mujer.

El problema que hay con el trabajo de puta, y que crea tantas posturas incomprensibles (entre otras, la de cerrar fuertemente los ojos a la situación social de la inmensa mayoría de las putas), es que se trata de vender sexo. Y resulta que el sexo sigue sin tratarse con ninguna naturalidad en una sociedad que aún no se ha liberado de las doctrinas de los Padres de la Iglesia, para los que el sexo, al menos nominalmente, y vaya usted a saber por qué extraña aberración, era algo de lo que huir y a lo que se debía temer más que a la propia Muerte.

El problema social y mental que hay con el sexo es uno de los componentes que más ayuda a la marginalización y el desprecio del trabajo de puta.

El sexo sigue siendo algo clandestino (quien lo dude, que se ponga a tener sexo en público) y tardará aún en ser una cosa tan natural como comer, beber, jugar o dormir. Quienes se dedican a mercadear con personas en un entorno que, por sus connotaciones sociales, está marginalizado, oculto y es vergonzante, saben que tienen mayor impunidad para someter a todo tipo de abusos y vejaciones a la trabajadora. Hablo tanto de clientes como de explotadores de estas trabajadoras.

La sociedad produce enfermos, parece ser su principal objetivo.

Legalizar la prostitución, como piden algunos, tal como existe en el siglo XXI es el equivalente a legalizar la esclavitud como existía en las plantaciones de EEUU en el siglo XIX.

Desde luego que hubo un número considerable de esclavos negros que vivieron peor que antes tras la emancipación y que podría decirse que la esclavitud no era tan mala (?). Pero si alguien utilizase eso como argumento a favor de la esclavitud reconoceríamos que es, simplemente, una imbecilidad.

Imbéciles hay de muchos tipos y seguro que yo pertenezco a alguno de ellos, pero creo que entre los imbéciles más sublimes están quienes se sienten orgullosas proclamando “Yo trabajo de puta y estoy muy contenta de ello”.

Liberación animal

El otro día, entrando en casa de una amiga, me encontré tumbada en el suelo a una perra grande, dulce, adormilada. Envidiando su estado (en estas épocas, exprimido al máximo por mis Amos, envidio realmente hasta a los muertos), se lo comenté a mi amiga.

“Sí, está embarazada por tercera vez” me dijo. “Dentro de unos días van a sacarle los cachorrillos”. Resulta que la perra era una criadora de perros-guía para la ONCE y periódicamente la inseminan para producir camadas de perros-guía para ciegos.

Confieso que me quedé horrorizado ante la frialdad con que se utiliza a un ser vivo como mero procreador. Me horrorizó tanto como el modelo de sociedad patriarcal en que las mujeres están destinadas a ser carne de paritorio: es lo mismo.

Mi amiga (que, para mi placer, no tiene hijos ni quiere tenerlos) se reía contándome las anécdotas de la perra que tiene en el pueblo, a la que esperan en la puerta todos los machos de la zona y que se queda embarazada con una frecuencia asombrosa. Claro que, desde mi punto de vista, no es lo mismo que la perra, libremente, decida que se la ventile medio pueblo, que vivir destinada a criar, una y otra vez, cachorros en un procedimiento en el que tu intervención es la de mero útero. En fin, tampoco estoy muy seguro de si la perra del pueblo era tan libre como yo creo al dejarse montar y, por otra parte, a la perra/paridora de la ONCE se la veía plácida y feliz.

Salí de la casa con un notable cacao en la cabeza.

¿Tenemos derecho los animales humanos a utilizar a otros animales para nuestro beneficio? En principio, coincido con los veganos en que no, pero, ¿acaso no somos también los humanos animales? ¿Qué animal pesa más? ¿Puede alguien, de los políticamente correctos, decir que les jodan a los ciegos y que se acabe con la cría, amaestramiento y explotación de los perros guía?

En realidad, los perros están todos bastante jodidos, desde el momento en que no hacen lo que es su rollo natural, que es andar en manada por los bosques cazando ciervos, conejos, bueyes, ovejas y, si se tercia, humanos. Podrán decirnos los dueños (qué palabra más horrible, y, a la vez, más real) de los perros, que éstos están felices, sanos y bien alimentados. Pero eso me recuerda la fábula de Esopo en que el lobo escuálido y hambriento le pregunta al perro rollizo y bien alimentado qué es esa marca que tiene en el cuello. Cuando el perro le dice que es la marca del collar con que le sujetan para que no vaya donde quiera, el lobo huye, destacando que prefiere mil veces su libertad al mayor de los tesoros.

Los perros, que son posiblemente los animales más explotados desde que entraron en simbiosis con los humanos, no levantan esa solidaridad absurda que despiertan las vacas, las gallinas y los corderos. Claro, con ese egoísmo innato en los humanos, nadie protesta porque haya perros que salvan a personas que se están ahogando o se han extraviado en la montaña, o que conducen a ciegos o acompañan a ancianos o niños autistas, o que rebuscan supervivientes entre las ruinas de los terremotos, o que detectan y señalan explosivos con riesgo de su vida. Eso parece no ser explotación animal, como tampoco lo es encerrarlos en un piso, “educarlos” y sacarlos a mear dos veces al día, bien atados, como el perro de la fábula. No es explotación, porque no están en riesgo de terminar en nuestra mesa.

Ahora bien, esos humanos que mantienen a su perro en dorada cautividad, se escandalizan cuando los chinos (otra cultura, otras costumbres y, por tanto, otra “moral”) se dan un banquete con sus perros.

No se dan cuenta de que lo que es aceptable o no depende de unos conceptos que derivan de las costumbres y, poco a poco, se convierten en dogmas. En Europa, el perro ha tenido una utilidad económica elevada hasta muy recientemente; no sólo como ayuda al cazador (en Europa se ha cazado para comer hasta bien entrado el siglo XIX y todavía hay quien lo hace por el placer de comerse el animal al que él mismo ha reventado). También como protector de rebaños frente al lobo y de haciendas frente a humanos merodeadores, tareas en las que sigue igualmente activo y valorado, aunque hoy en día los lobos, al menos en España, sean unas pocas docenas, y los humanos merodeadores sean menos peligrosos que la élite financiera.

En China, sin embargo, el cultivo masivo del arroz cambió el paisaje hace milenios, la agricultura dominó y modificó el paisaje, el modelo social impulsó la docilidad y el servilismo, y el perro pasó a tener un valor nulo como protector del entorno y la propiedad sociales y lo adquirió, por el contrario, como proveedor de las escasas proteínas animales a las que tenía acceso el campesino.

Al final, las costumbres se convierten en modelos sociales éticos y morales, cuando no son más que estrategias de supervivencia en un momento dado. Recuerdo cuando era pequeño, en una España nada sobrada de víveres, que había en mi barrio dos “Expendedurías de Carne de Caballo”. El caballo no ha solido comerse en Europa por el valor que tenía como fuerza de trabajo para la agricultura y para la guerra (utilizándose extensivamente hasta la misma Segunda Guerra Mundial) y también porque el caballo siempre ha sido un símbolo de status: los ricos tenían caballos para demostrar que eran de una clase superior, y ni se les ocurría comérselos.

Así que la carne de caballo sólo se comía cuando el caballo era muy viejo, económica y socialmente no productivo, y, claro, esa carne dura y vieja sólo se la comían los pobres a falta de otra fuente asequible de proteína animal. Ahora que todos somos señoritos, las expendedurías de carne de caballo han desaparecido en España.

En fin, el caso es que estamos luchando por la liberación animal, y me pregunto por qué la liberación de los animales no es obra de ellos mismos. ¿Es que son menos inteligentes y debemos hacer esa tarea por ellos? ¿Qué derechos decidimos que queremos darles a los animales? ¿los mismos que a nosotros? ¿No es todo esto otro pecado de antropocentrismo? ¿No estaremos pensando más bien en los “derechos” de nuestra conciencia? Tal vez la mejor (y única) liberación animal sea dejarles en paz, dejarles el planeta a su albedrío y desaparecer de su camino.

En cualquier caso, amando a muchos animales, tampoco tengo en ellos esa fe ciega de que hacen gala algunos. Me pregunto si una sociedad perruna sería mejor que la humana, o estaría superjerarquizada, dominada por los doberman y los pitbulls. Y mejor no pensar en una sociedad simia: ya tenemos nuestro ejemplo.

Termino por donde empecé: me produce un profundo desasosiego ver que una perra tranquila y amable no es, para algunos, más que una factoría de reproducción, que hay gente, de lo mejor intencionada, eso sí, que no ve en ella más que un útero y un conjunto de genes manipulados desde hace siglos.

Pero esto no me impedirá comerme estas navidades, probablemente, unos cuantos langostinos congelados y unos pedazos de turrón. De verdad que sigo sin entender que tiene que ver eso con la conciencia, concepto que, por otra parte, siempre me ha rechinado en mi modelo del mundo.

Éticas cotidianas

Hay quien, con una sutileza que no se corresponde en absoluto a la realidad de esta vida, cuyo decorado está siempre pintado con brocha gorda, se empeña en diferenciar la moral de la ética.

Podríamos decir que la ética es el estudio de la moral. Pero, como tal, la ética no tiene nada que ver con el individuo, ni con opciones individuales; sigue siendo una construcción social como la moral. De hecho, sus raíces filogénicas son las mismas, con la diferencia de que una palabra proviene del griego y otra del latín y no dejan de representar las costumbres que mantiene un grupo social, al que cohesionan. Por ejemplo, podríamos decir que, según la moral de los empresarios, es ético enriquecerse a costa de los trabajadores, o decir que la ética del sistema capitalista no ve ningún impedimento moral en enriquecerse con la explotación de los trabajadores.

Uno, en su simpleza, no ve la diferencia por ninguna parte, y considera que la ética y la moral no son más que el entramado que sustenta lo que es admisible e inadmisible, a nivel de usos y costumbres, para una sociedad determinada, con una cultura determinada. La ética y la moral son conceptos grupales, totalmente ajenos a la realidad, a las decisiones y a los actos del individuo, y en ellas se basan la estupidez de las religiones, la crueldad de los sistemas políticos y la alienación de los esquemas sociales.

Se me ha venido todo esto a la cabeza a causa de una chorrada manifiesta: la malhadada cena de empresa donde todo el mundo acude para emborracharse gratis a costa del Amo, salvo el Amo que va disfrutar, con una sonrisa paternalista, abarcando con su mirada la extensión de su poder (mayor o menor según cuánta gente logre reunir, por eso es delito de lesa majestad no acudir a la cena navideña), levantando su copa de champán emulando la escena de Johnny cogió su fusil e intentando pellizcar el culo a alguna subordinada en medio del tumulto general. En fin, una de tantas maravillas navideñas…

El caso es que este año, han adelantado el menú para que la gente escoja y me encuentro una cosa repugnante, algo así como “no sé qué sobre cama de pimientos del piquillo”. Más por tocar las narices que por otra cosa (pues no voy a participar de la mamarrachada) le digo a la infeliz que gestiona el tema, que a mí me dan asco los pimientos del piquillo, que si no pueden imaginar otro plato algo menos desmoralizador. La tía betorda me mira de arriba abajo y no se digna contestar. Es evidente, que mi imposibilidad psicológica de enfrentarme a un plato lleno de pimientos del piquillo se la suda absolutamente.

Pero resulta que, al poco rato, aparece un tipo indeseable de la empresa, déspota, agresivo y grosero como hay pocos, pero que resulta que es vegano. Y pide que se cambie el menú para él, ya que éticamente no puede comer alimentos de origen animal. Como todas os podéis esperar, se mueve Roma con Santiago para que este infumable cene de acuerdo a su ética. No importa que esa ética no alcance a sus subordinados sometidos a terrorismo cotidiano, que cada mascarada electoral se pasee jactándose de que él vota (!!!) –por cierto, a Podemos, pero esto es intrascendente–, que sea un machista impenitente, en fin, no importa que el tío sea un mierda. Lo que importa es que existe un predicamento ético, y que ese predicamento ético es admitido por el grupo social, con lo que se convierte en Religión. Y, ay, amigo, las Religiones se respetan porque sin ellas no hay moral, ni ética, ni sociedad.

Lo mío con los piquillos queda en el curro como una más de las innumerables locuras de Hez pues, dado que se trata de una elección, de un gusto o un displacer absolutamente individual y basada únicamente en criterios de lo que para mí es adecuado o inadecuado. Es decir, al no estar reconocido socialmente como un acto moral, pasa a la categoría de capricho.

Otra cosa sería si yo hubiese dicho que mis antepasados tagalos tenían prohibido comer pimientos por tratarse de un cultivo importado por los colonizadores. Cuidado, que ahí estamos hablando de grandes conceptos: grupo, costumbre, ética compartida y transmitida a través de un ente social y no individual. En ese caso, se me hubiese ahorrado el deleznable espectáculo de los pimientos piquillos, pero no por mí, sino para satisfacer a mi bisabuela tagala y a sus compañeros, antepasados y descendientes; vamos, un grupo social. Independientemente de que a mi bisabuela no la conocen, pues murió hace cerca de un siglo y que, hasta donde yo sé, le eran indiferentes los pimientos.

En resumidas cuentas, de todo se aprende, y gracias a los pimientos del piquillo, he aprendido que puedes ser un gran cabrón con tus compañeros, egoísta, jerárquico e insolidario, pero a la hora de alimentarte puede ser un gran ético, siempre que esa ética esté sustentada por una moral aceptada por el grupo o, como se llamaba en tiempos, por una Religión.

Imperios en decadencia

Una profesión que, en la época actual, es digna de lástima es la de historiador. Histórico es ahora que una selección de fútbol supere una eliminatoria, del concepto de “clásico” se apoderan también partidillos de fútbol y los eventos que marcan el siglo son asimismo enfrentamientos futbolísticos. En fin, que los historiadores del futuro, si aún existen, escribirán la historia de nuestros tiempos basándose en las crónicas del Marca o del Sport.

Unida a esa trivialización de lo histórico se encuentra esa banalización del proceso mental que representa el “presentismo”. Nada importa salvo el presente o, como mucho, el plazo inmediato, y el pasado se convierte en una nebulosa inconsistente a partir de un par de meses para atrás. Eventos con la trascendencia para todo el siglo XX y el XXI, como la I Guerra Mundial, se encuentran ya fosilizados en remotísimas capas del tiempo, junto al primer Imperio de Babilonia o la invención de la cerámica.

Este presentismo ha sido constante en estos días en que todo dios ha aportado sus comentarios inanes y repetitivos sobre la salida del Reino Unido de la UE. Los más atrevidos se han remontado en su análisis hasta las últimas elecciones británicas o han osado especular sobre lo que pasará a lo largo de la semana que viene. Todo ello, eso sí, impregnado (tanto a derecha como a “izquierda”, si se me permite la broma de utilizar este último vocablo) del discurso institucional y conservador del que es imposible o peligroso salirse.

Como nadie se ha tomado la molestia de dar un paso atrás y echar una miradita con una perspectiva un poco más amplia, me voy a permitir la pedantería de echarle una pizca de sal histórica al acontecimiento de la semana.

El hecho es que Inglaterra nunca se ha sentido partícipe de la política europea, salvo en los casos en que ha tenido que intervenir para “poner orden”, cuando alguna potencia continental se acercaba demasiado a una hegemonía indeseable para los británicos. En esos momentos, Inglaterra organizaba coaliciones temporales con países europeos opuestos al hegemónico y, una vez devuelto el equilibrio al Continente, los británicos se retiraban a su “splendid isolation”, protegidos al otro lado del Canal.

Tratados, alianzas, coaliciones eran efímeras y duraban lo que el Imperio inglés creía necesario para disipar la supuesta amenaza a sus intereses.

A Inglaterra le fue bien durante siglos enrocada en su espléndido aislamiento (sólo interrumpido para cañonear, saquear y ocupar puertos a lo largo de todos los mares) hasta que, como a todo Imperio, le llegó la decadencia.

El papel de Gran Bretaña en las dos Guerras Mundiales ya reveló las limitaciones de una potencia agotada que, en ambos casos, debió su supervivencia a la máquina militar y el esfuerzo de países terceros aliados. Sin embargo, en el Reino Unido se mantuvo la ficción imperial hasta el fiasco de la aventura colonial de Suez en 1956. En eso momento quedó patente que la histórica zona de influencia británica en el Cercano Oriente y en Oriente Medio ya no era tal, y que los Imperios que marcaban la pauta de lo que se podía o no se podía hacer en el Mundo, eran el soviético y el yanqui.

La crisis de identidad y de autoestima que causó en los ingleses la retirada obligada del Canal de Suez se vio intensificada por la crisis cultural de los años 60, sumada a la guerra no declarada en el Ulster y la independencia de todas las colonias africanas.

Inglaterra, que había respondido a la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) con el invento de la EFTA se vio en la humillante tesitura de abandonar su invento y limosnear la entrada en la CEE, que le fue concedida en 1973, en plena crisis del petróleo, dejando tirados a sus antiguo socios comerciales (Portugal, Noruega, Islandia, Austria…).

La entrada del Reino Unido en la órbita franco-alemana nunca fue aceptada por los británicos más que como un mal menor ante la pérdida de su status imperial. Contra toda su trayectoria histórica, Gran Bretaña aceptó ser cola de león antes que cabeza de lo que fuere, y se integró (bien que a medias y con significativas cláusulas restrictivas) en la esfera de influencia económica alemana. Todo con tal de no hundirse en la insignificancia geopolítica.

La realidad es que el Cuarto Imperio Alemán nunca terminó de ser entendido y aceptado por los ingleses que, en cualquier caso, siempre han considerado a los Imperios terrestres europeos (Alemania o Rusia) como meros depredadores de sus vecinos; y con razón.

Lo que no percibió en su momento el Reino Unido es que Europa era, tanto como ellos, otro Imperio en franca decadencia. Ha bastado que los bárbaros (que en esta época proceden del Sur y del Este del Mediterráneo) pongan cerco a Europa para que los británicos se hayan dado cuenta de que Europa no es ninguna barrera contra la degradación que, para una sociedad profundamente racista como siempre ha sido la inglesa, representa la llegada de los inmigrantes. La barrera debe volver a ser, como antes, el Canal de la Mancha y los ingleses, si han de hundirse en la decadencia, será en medio de su espléndido aislamiento y no acompañando el titánico y colosal hundimiento que espera a los europeos.

El resultado del referéndum de salida de la Unión Europea es, por tanto, la elección de una sociedad enferma, racista y avejentada, que prefiere morir sola a hacerlo en el asilo junto con otra retahíla de países enfermos, racistas y avejentados. Es escoger cómo gestionar mi propia decadencia xenófoba y no alinearme con los modelos de la decadencia xenófoba del Continente. Si es evidente que no van a poder salvarme, porque ustedes se están hundiendo como yo, al menos déjenme hundirme solo, ya que mi orgullo sufrirá menos.

Si uno no fuese ya un escarmentado de todo, me alegraría de que las estructuras de Poder (tanto las europeas como las británicas) se cuarteasen, en vez de reforzarse por medio de la unión. Que las tomas de decisiones se llevasen a cabo en comunidades cada vez más pequeñas, hasta que las decisiones fuesen obra de cada uno de los individuos en su, esta vez sí, espléndido aislamiento.

Pero no va a ser así. El Poder reside en esferas más altas y en lo único en que esto le va a afectar es en que habrá unos meses de movimientos especulativos en la Bolsa y el mercado de divisas, con el resultado de que algunos ricos incrementarán aún más su riqueza a costa de una mara de pobres. Como siempre, todo lo que ocurre desemboca en la transferencia de aún más dinero de los muchos a los pocos.

De todos modos, uno que es un romántico, no puede dejar de sentir cierta satisfacción al ver que, al menos, los ingleses van a dejar de marchar con el paso de la oca y cantar el Horst Wessel para rendir pleitesía a la Cancillería de Berlín.

Nutrición y fe

Las religiones monoteístas siempre han sido muy proclives a normalizar y legislar (es decir, establecer prohibiciones) sobre cualquier aspecto de la vida de sus fieles, quizá aprovechando que éstos solían hacer gala, en general, de una amplia incultura.

Entre los aspectos normativos de esas religiones, uno que siempre me ha fascinado es la prohibición de comer determinados alimentos.

La religión judía, que hace gala de una enorme inventiva en los asuntos alimenticios, prohíbe, además de comer cerdo en cualquier variante, comer animales que, no siendo rumiantes, no tengan la pezuña hendida, tomar carne y lácteos al mismo tiempo, comer animales marinos que no tengan aletas y escamas y, sobre todo, cualquier animal debe haber sido sacrificado siguiendo las normas que, en esencia, consisten en desangrarlos por completo. La sangre no es kosher. Hay otras limitaciones aún más complicadas para lo que se debe comer por Pascua, pero no entro en ellas para no marearos y no marearme.

El Islam es un poco menos restrictivo, pero también tiene tela. Están prohibidos el cerdo, los animales carnívoros, los anfibios, las mulas y burros, los perros… Y también los animales que no han sido sacrificados según las normas. Tampoco la sangre es halal. Luego está el ayuno del Ramadán, costumbre comprensible en el desierto de Arabia donde comer durante el día a 50º es insensato, pero que los fieles han llevado con su fe hasta Canadá o Noruega.

El cristianismo, la religión monoteísta más pagana en el fondo, es bastante laxa en cuanto a las restricciones alimentarias, limitándose a prohibir el consumo de carne durante varios días señalados y aconsejando el ayuno en determinadas fechas. Antes ese ayuno era obligatorio pero el cristianismo, religión en franco retroceso, se ha vuelto mucho más permisiva en sus normas a ver si así pierde menos adeptos.

En realidad, todas estas prohibiciones se originan para prevenir determinados problemas higiénicos y epidémicos, resultantes de vivir en zonas desérticas con elevadas temperaturas (eso hace al cristianismo, religión que se expande en zonas templadas, más tolerante con la alimentación). Al final, las restricciones alimentarias proceden de entornos geográficos y culturales determinados.

Por ejemplo, en zonas donde la ingesta de proteínas de origen animal es limitada y problemática, las culturas locales permitieron la antropofagia. O la sacralizaron, como en la cultura azteca (y otras mesoamericanas), que organizaba las guerras floridas para capturar enemigos que sacrificar a los dioses. Y cuya carne consumir posteriormente.

No seré yo quien diga nada contra la antropofagia. Comer cadáveres humanos me parece igual de terrible (o no) que comer cadáveres animales o vegetales. Pero matar humanos para comerlos me parece menos terrible que matarlos para que se callen, porque opinan de otra forma sobre cualquier tema, porque piden lo que es justo, porque son de un género diferente…

En fin, me desvío como siempre. Estaba hablando de cómo las religiones determinan qué se debe comer y qué no, y que la gente se sumerge en esas limitaciones sin considerar qué razones puede haber detrás de ello.

En las religiones modernas, lo de apelar a la fe y obviar la razón parece que es menos aceptable, por lo que todo el rollo New Age está cargado de razonamientos sobre por qué es adecuado o no realizar determinadas acciones. Como estoy hablando de la comida no me voy a meter en el patatal de hablar de los razonamientos sobre cómo se debe parir, cómo se debe decorar la casa o cómo deben jugar los niños, si debe vacunárseles o cuándo se les puede enseñar a leer.

Voy a meterme en otro patatal distinto y es hablar de una simpática (al menos para mí) religión que es el veganismo. Éste es un tema complejo, y por más que intente ser escueto sé que este artículo se me va a ir de las manos. También sé que en algún momento me van a tachar de retrógrado (espero que no de “taurino”, que es lo último), pero aun así, ahí va este ladrillo.

Los veganos, como todo el mundo sabe, se abstienen de utilizar cualquier producto de origen animal, tanto evitando la ingesta de alimentos de origen animal directo o indirecto (como es el caso de la miel), como el uso de cualquier otro producto (ropa, cosméticos, mobiliario) en el que se hayan utilizado sustancias de origen animal.

El loable propósito de esto es evitar la explotación de los animales, al tratarse éstos de seres vivientes y sentientes similares a la especie humana. Que quede claro que esta exquisita sensibilidad no se aplica a todas las especies (de ahí que no es correcto que los veganos se declaren “antiespecistas”), ya que especies de origen no animal, como vegetales, hongos, algas o bacterias pueden ser utilizadas sin ningún anatema por los creyentes.

Lo primero que sorprende de esta creencia y, desde mi óptica la descalifica, es su antropocentrismo. Los animales son dignos de respeto y consideración porque son similares a nosotras las humanas. No puedo dejar de apuntar que, desde mi punto de vista, si hay algún argumento que pudiera hacer respetables a los animales sería aquello que los hace diferentes de los humanos, pero bueno….

Evidentemente, las ideas de Linneo han sobrevivido desde el siglo XVIII, y para mucha gente los seres vivos se organizan en una jerarquía de supuesta proximidad a los humanos. Innegablemente, en lo alto de la jerarquía estamos los humanos (bueno, algunos siguen afirmando que, por encima se encuentran el Rey y Dios, lo que dota de totalidad a esa jerarquía). Después de las humanas, la clasificación es evidente y raya en lo infantil: mamíferos (entre los que, como su nombre indica, destacan los primates), aves, reptiles, anfibios y peces, por ese orden. Tras éstos, una amalgama de invertebrados que cada cual pone más o menos arriba según supuestas proximidades. Hay quien prefiere los moluscos cefalópodos (al fin y al cabo, tienen cerebro y unos ojos como los nuestros) y quienes prefieren los insectos sociales (que comparten con los humanos la aberración de las sociedades jerárquicas).

Más abajo, está toda esa maraña imprecisa de vegetales, hongos, etc. en la que también existen jerarquías, pero que, en el fondo, para el común de los mortales (sobre todo si es español) son poco más que piedras porque, siguiendo ese razonamiento de “sentido común”, ni se mueven ni tienen sistemas nerviosos similares a los nuestros. Lo que no se mueve, a tomar por culo. En fin, qué bonicas que son las jerarquías…

Tanta pseudociencia le abruma a uno que, en su simpleza, organiza a los seres vivos según le caigan más o menos simpáticos. En concreto, le tengo escasa simpatía a los mamíferos (exceptuando gatos y lobos) y a los insectos, bastante simpatía a los peces y soy un enamorado de las aves y de las plantas. Esta organización, aunque no afecta en modo alguno a mi utilización de los recursos naturales, resulta ser tan irracional y emocional como la anterior.

Y es que, al final, resulta bastante absurdo clasificar los seres vivos por la estrategia que han desarrollado, a lo largo de cientos de millones de años, para su supervivencia.

Determinados seres vivos (los animales) han optado por corretear estúpidamente de aquí para allá, devorando lo que sale a su paso (sea animal, vegetal o lo que se tercie), huyendo de ser devorados por otros como ellos o acercándose a otros seres de su especie para intercambiar código genético. Estos seres, como nosotros, se comunican a través de ruidos y posturas que, como todas sabemos, en general son confusas y conducen a malentendidos de todo tipo.

Otros (las plantas) han optado por instalarse en zonas ricas en nutrientes minerales y ayudarse de la energía de la luz solar para construir su alimento, y utilizar el viento, la gravedad u otros seres vivos (sin necesidad de aniquilarlos) para sus tareas reproductivas. Para comunicarse, utilizan un complejo intercambio de señales químicas que les avisan de peligros o situaciones de stress, alejan a los animales parásitos o atraen a los polinizadores, como las abejas o los colibrís.

Así, a bote pronto, me parece más admirable el modelo escogido por las plantas, que no necesitan prácticamente nunca aniquilar a otros seres vivos para nutrirse, ya que han seleccionado hacerlo por medio del anhídrido carbónico y la luz solar. O que en sus estrategias reproductivas tienen la “generosidad” de alimentar a los polinizadores con el néctar de las flores o a quienes dispersamos sus semillas mediante la ingesta de frutos. Los frutos no dejan de ser algo maravilloso como estrategia reproductiva, pues se hacen comestibles cuando sus semillas ya están listas para desarrollarse y consiguen dispersar esas semillas (junto con el estiércol que alimentará su crecimiento inicial) a través del movimiento y de las funciones digestivas de los animales frugívoros

Desde luego, la relación de las plantas con su entorno me parece bastante más inteligente que la de los animales, aunque no cuenten con un Sistema Nervioso Central del que tan orgullosas estamos las humanas.

Pero, al margen de simpatías y jerarquías, obviando que uno clasifique a los seres vivos en una estupenda pirámide de compartimentos estancos, la realidad es que la vida en la Tierra procede de una fuente única y los seres vivos están más próximos entre sí de lo que podríamos pensar en principio. Como demuestra, por ejemplo, la peculiar simetría pentagonal que compartimos con las manzanas, las rosas y las estrellas de mar.

A nivel ilustrativo, suelto más adelante los porcentajes de proximidad genética (compartición de ADN) de diversas especies respecto a los seres humanos. Adelanto que todo esto no quiere decir nada, porque el concepto mismo de “especie” no deja de ser una construcción mental de los humanos fruto del afán clasificatorio que tanto gustaba a los Ilustrados del siglo XVIII, y que es bastante polémica y confusa desde un punto de vista biológico.

  • Chimpancés 98%
  • Gatos 90 %
  • Ratones 88 %
  • Vacas 80 %
  • Moscas y pollos 60%
  • Bananas 50 %
  • Lechugas 40%

Esto último me conduce a contar la anécdota sobre el horror que sentí una vez en un supermercado pijo, viendo que vendían lechugas vivas (!!!), metidas en plastiquillos y con todas sus raíces sumergidas en agua. Estaba a criterio del consumidor (y de su sadismo), si al llegar a casa mataba las lechugas antes de devorarlas o se las comía vivas directamente desde el cachivache.

En fin, que puestos a respetar a los seres vivos y no comernos lo que no es ético que nos comamos, sólo nos queda la opción de ser frugívoros (como fuimos durante millones de años, alternando con algún rico coleóptero o larva, por eso de ingerir aminoácidos, hasta que la sequía en África Oriental dio con todo al traste), ya que los frutos son el único producto que está “preparado” de forma natural para ser ingerido sin dañar (habitualmente)  al ser vivo que lo produce.

Evito entrar en la argumentación (reconozco que demagógica), de las contradicciones a las que me lleva ese “respeto” a los animales.

Si yo no puedo comer la miel de las abejas, ¿debo respetar que un oso destroce una colmena para comérsela? ¿Debo tomar partido en la pugna de los carnívoros contra el resto de los animales?

¿Qué decir de la explotación indirecta de los animales que ejerzo al comer vegetales? Uso de las abejas para la polinización (no, no es algo natural, ya que son criadas específicamente para esta labor), uso de abonos de origen animal, eliminación de todo tipo de parásitos…

Por último, si respeto a los animales, ¿no es una aberración que mantenga a perros, gatos o cobayas bajo mi dominio y viviendo en entornos artificiales creados por la Humanidad? Ser vegana y “tener” un perro en una ciudad, ¿no es realmente chocante?

Muchas más insensateces y también sensateces podría soltar respecto a las pretensiones éticas del veganismo; siempre desde la inmensa admiración, no nos engañemos, por todos los seres vivos. Jamás se me ocurriría salir a “divertirme” reventando corzos a cartuchazos y me duele tanto la idea de arrancar una rama a un árbol como la de arrancarle una pata a un gorrión.

Pero hay otros dos razonamientos detrás de las creencias veganas, que son los beneficios para la salud (humana) y los beneficios para el ambiente que generaría una sociedad exclusivamente herbívora.

Pasaré totalmente por alto el argumento de que comer vegetales es “mejor para nuestra salud”. La salud de las humanas, claro, no la de las plantas. Al margen de que eso es bastante debatible desde un punto de vista científico, no deja de ser un argumento egoísta, mezquino y egocéntrico, que es mejor obviar.

El otro hilo argumental es mucho más relevante, pero a estas alturas intentaré resumirlo al máximo. Pretender que la agricultura industrial es menos dañina para el entorno que la ganadería industrial, es no haberse enterado de cómo funciona el Sistema.

La agricultura industrial se basa en el monocultivo de una serie limitada de plantas, de alta productividad a corto plazo. A largo plazo (concepto inexistente en el Sistema capitalista), los monocultivos arrasan la capa viva del suelo y sólo se pueden mantener artificialmente durante una temporada a base de abonos, también industriales, derivados del petróleo. Al final, el suelo queda baldío, el chiringuito se mueve para arrasar otra zona, y no hay nada que hacer.

La agricultura industrial prospera, sobre todo, en base a cultivos de semillas transgénicas, modificadas para incrementar enormemente su productividad y también para que generen, por sí mismas, sustancias insecticidas y herbicidas.

Si no optamos por las semillas transgénicas (y, en realidad, aunque optemos por ellas), nos veremos en la necesidad de utilizar esos insecticidas, herbicidas y otros venenos (que luego se propagan por el medio), para mantener a esas plantas fuera del alcance de sus depredadores animales naturales (insectos, roedores y otros herbívoros) y de la competencia de otras plantas.

En cualquiera de los casos, estos cultivos de soja, palma, maíz y cereales requieren que previamente se haya arrasado el bosque y el suelo primigenios, con toda la diversidad animal que aquéllos sostenían. En Indonesia o Brasil, la desaparición acelerada de la selva y toda la vida animal y vegetal que ésta sustenta, es un subproducto de las plantaciones masivas de palma y soja, esta última bajo licencia de Monsanto.

Los cultivos requieren un consumo desmesurado de agua (el 70% del agua que se gasta en el mundo se dedica a la agricultura) y contaminan la que no usan. Requieren el uso de abonos contaminantes provenientes de la industria del petróleo. Originan multitud de desechos tóxicos. Eliminan toda la biodiversidad animal, vegetal y bacteriana del entorno. En fin, son una pesadilla ecológica.

Me podéis argumentar que no hace falta que la agricultura sea industrial. Desde luego, pero esto nos plantearía el tema de cómo alimentar a más de 7.000 millones de humanos, de los que más de la mitad viven en ciudades baldías y de los que sólo una minoría cultiva su propio alimento.

Una solución podría ser la horticultura, siempre para un número muy reducido de humanas, nada de miles de millones. Pero, aun así, o tienes la suerte de contar con un terreno rico en elementos minerales como las tierras volcánicas o te ves en la tesitura de abonarlo. Y ahí, o eres víctima de las multinacionales del petróleo o te pones a explotar los residuos animales. Eso sin considerar el control de las llamadas “plagas” (animales herbívoros) que van a intentar alimentarse de lo que estamos cultivando.

En fin, otro día me enrollaré más sobre la agricultura, desde mi punto de vista uno de los inventos humanos de consecuencias más nefastas.

El problema, a la postre, se reduce a que es insostenible que 8.000 millones de humanos se alimenten como cuando éramos 5 millones, y podíamos ser parte del ciclo biológico, nutriéndonos de otros seres vivos (pues somos heterótrofos) y terminando nuestro ciclo como alimento de otros seres vivos. Eso se ha acabado, y pretender un retorno a un equilibrio con el medio mediante proyectos reformistas, está condenado al fracaso. Las humanas somos una verdadera plaga para la vida del Planeta, y sólo mediante soluciones radicales (e impracticables) como reducir la población en un 99,9 % podríamos replantearnos establecer otro tipo de relación con el resto de la Biosfera.

Termino, más por no aburriros que porque no tenga más que contar. El veganismo no deja de tener su punto “ilustrado” y un tanto elitista, y eso no me molestaría si no fuese por su afán evangelizador (como el de los cristianos) y por su anatemización de los no creyentes (también como los cristianos).

En su origen, los cristianos venían a salvar el mundo de sus pecados, construir una sociedad igualitaria y traer la felicidad a todos los humanos sin distinción: ricos y esclavos, hombres y mujeres, griegos y romanos, judíos y gentiles. Luego, tomaron el poder y se acabó el buen rollo. Mil años de feroz represión de la mente y del cuerpo, de jerarquización absoluta, de destrucción de la cultura y la tolerancia, de los que recién empezamos a salir.

Espero de mis amigos veganos, cargados también de buenas intenciones, que si llegan a tener el control de la sociedad no empiecen a montar hogueras y autos de fe para los que ponemos en cuestión, desde nuestra condición de heterótrofas, los principios y dogmas de su religión.