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Vacunas y chips

Dos cosas que a menudo se confunden son el escepticismo científico y el negacionismo.

El escepticismo científico concuerda con la etimología de la palabra escéptico, que procede del griego skeptikós (“el que examina”). El escepticismo científico es parte del método científico y cuestiona la veracidad de las afirmaciones que carecen de una prueba empírica suficiente.

Es erróneo llamar escépticos a quienes negaban (o aún siguen negando) la teoría de la evolución, que la edad del planeta Tierra es de unos 4.500 millones de años y no de 6.000 años, o que el ser humano es un animal aparecido por azar y no una criatura diseñada a medida por un tal Dios con una finalidad universal y trascendente. Estos no son escépticos, sino negacionistas.

Todo esto viene a cuento de quienes se consideran escépticos por no creer en el discurso oficial sobre la epidemia causada por el SARS-CoV-2 (coloquialmente coronavirus, pero prefiero distinguirlo ya que hay muchos otros coronavirus, como el que causa el resfriado común.

Desde luego, yo tampoco me creo mucha de la comunicación oficial sobre el SARS-CoV-2 y la epidemia causada. Múltiples errores, más contradicciones aún, mentiras descaradas, ocultación de datos, tergiversación de la información, transmisión consciente de información parcial, fomento estudiado de la paranoia cuando conviene y mensajes tranquilizadores cuando conviene lo contrario… Todo esto ha contribuido a que la credibilidad del discurso oficial sobre el virus y la epidemia sea cercana a nula.

Podemos preguntarnos muchas cosas: El virus proviene realmente de un mercado chino o es producto de una experimentación que se ha descontrolado? O, peor aún, es un arma biológica (en las que todos sabemos que las grandes potencias están trabajando, aunque estén prohibidas por tratados internacionales)? Se han manejado desde el Poder los medios de comunicación para instilar el miedo en la población y hacerla más susceptible a la manipulación? Se ha aprovechado el parón económico para dar una nueva vuelta de tuerca al modelo económico en el que los pobres viven de una forma cada vez más precaria y los ricos cuentan cada vez con más ayudas del Estado? Se ha producido, de forma consciente, una eliminación “eugenésica” de la población más anciana?

Es absolutamente razonable tener éstas y muchas otras dudas, en vista de la nula transparencia y las numerosas contradicciones en la información suministrada por todos los Gobiernos.

Lo que ya me parece menos razonable es creer que ha quedado al descubierto una conspiración a nivel mundial basada en las siguientes premisas:

  • Se hace creer a la población que existe un virus peligroso y mortal en muchos casos.
  • Se envía un mensaje constante y se toman unas medidas drásticas con el fin de aterrorizar a la población.
  • Se ofrece una vacuna contra el virus que la población, aterrorizada, aceptará no sólo con facilidad, sino con un entusiasmo desesperado.
  • Con la vacuna se inserta un chip a los inocentes ciudadanos.
  • Simultáneamente, se pone en marcha la red de comunicaciones 5G, la cual activa el chip introducido y pone a todos los vacunados bajo el control de no se sabe muy bien qué Poder.

Esta es la versión más sencilla; hay otras que rizan más el rizo mezclando conceptos pseudocientíficos y religiosos. Pero ésas se descalifican solas.

Por qué entiendo que esta teoría no es propia de personas escépticas sino de negacionistas (o, utilizando un término tal vez más agresivo, conspiranoicos)? Podría extenderme en argumentos y citaciones, pero voy a intentar ser lo más breve posible indicando los fallos que encuentro en esa teoría:

1. Introducir un chip en el cuerpo no es tan fácil como parece. Aunque se han hecho grandes avances en la miniaturización, el tamaño de un chip que entra al torrente sanguíneo es lo suficientemente grande para ser detectado por las células del sistema inmunitario como los macrófagos que, en primera instancia, lo fagocitarán, inflamarán la zona o producirán hemostasia.

2. Aunque los constructores del chip lo sepan construir de forma que evite o engañe a los macrófagos, su supuesta actividad de control debería ejercerse desde las estructuras cerebrales del sistema límbico (amígdala, hipotálamo, hipocampo, etc.), lo que implica que la corriente sanguínea lo conduzca al cerebro y no a cualquier otra parte, como un músculo, un riñón, el hígado o los ovarios).

3. Supongamos que el chip es autopropulsado (?) y guiado de tal forma que termina en la parte del cerebro adecuada. Aquí surgen otra serie de problemas:

4. En realidad, hoy en día, se tiene un enorme desconocimiento sobre el funcionamiento del cerebro y, en concreto, sobre el funcionamiento del sistema límbico, sus importantísimas interacciones con el sistema endocrino y sus relaciones con el sistema nervioso periférico. Con este desconocimiento, cómo va a ser posible controlar en remoto (individuo a individuo) las respuestas emocionales de cada uno? Y conste que estoy hablando de las reacciones emocionales, que son mucho más sencillas que la conciencia. No sé si los propugnadores de esta teoría pretenden que el control será a nivel de las emociones o a nivel del pensamiento consciente, pero esta segunda opción ya es de ciencia ficción muy avanzada.

5. Aun en el caso de que se consigan dominar las emociones primarias (que es un mecanismo de control más sencillo, pero, aun así, imposible con un chip al nivel de los conocimientos actuales sobre el cerebro), lo que vamos a poder generar son sensaciones puntuales de miedo, pánico, ira, placer… Para qué vale eso? El miedo por sí mismo, en un momento aleatorio o definido, qué ventaja ofrece al Poder? O el placer? Tiene que ser un miedo a algo o un placer ante algo y eso no es factible si no sabes qué está enfrentando cada individuo en un momento concreto.

Es mucho más fácil (y barato, atención) crear un miedo colectivo a un fantasma al que se recurre sistemáticamente y de forma manipuladora, como lo demuestran las campañas colectivas de miedo al “terrorismo islámico” o, ahora mismo, a la “pandemia”.

Para qué complicarse la vida cuando se ha demostrado que los medios actuales de creación de estados mentales son tremendamente eficaces? No cree la gente que vive en un sistema político donde su opinión es clave y la demuestra mediante el voto? No cree la gente que los explotadores son benéficos “emprendedores” que sólo buscan generar riqueza y puestos de trabajo con su sacrificio? No cree la gente que el doctor Simón es un genio de la Naturaleza equivalente a Bohr o Einstein? No se ha quedado la gente encerrada en casa durante tres meses instigada sólo desde los medios de comunicación?

6. Respecto al control de la ubicación, eso ya lo tienen mediante los teléfonos móviles (que tenemos encendidos todo el día). A nivel de movimiento de masas, que es lo que les interesa, ya lo analizan empresas y Gobiernos. A nivel de movimiento individual, es igual de fácil y, por cuestiones de practicidad, se realiza sólo sobre algunos individuos de los que es evidente que representan algún tipo de molestia para el Sistema.

6. Para temas más complejos, como la promoción, selección y compra de productos, en realidad no les interesa actuar sobre el individuo. Apple no necesita convencer a cada pijo o pretencioso, uno a uno, de que se compre el último modelo de iPhone. Le basta con anunciarlo profusamente y el día de su salida al mercado, millones de personas en todo el mundo se ponen en cola delante de las tiendas Apple. Todos sabemos lo de los anuncios segmentados (“personalizados”) que nos salen en función de nuestras búsquedas o actividades en Internet. En realidad, alguien les hace el menor caso? Yo busco un hotel en Valencia y me salen, durante los siguientes días, en la derecha de la pantalla, anuncios sobre hoteles en Valencia. Hace eso que, si ya he reservado el hotel, reserve otro? O que, si no lo he reservado, cambie de opinión y lo reserve?

Realmente, el poder de convicción lo tiene los medios de masas, y los capitalistas han entendido que es mucho más rentable la inversión en crear una demanda colectiva de un producto, que la relación entre el coste y los resultados de campañas para crear “necesidades” individuales.

En resumen, de qué control estamos hablando? Control ideológico desde el Sistema y sus Gobiernos? Ya lo tienen. Control individual de nuestros hábitos consumidores? No les interesa; es mucho mejor el control masivo. Control de nuestra ubicación? Ya lo tienen. Control de nuestros pensamientos? A nivel general, ya lo tienen; a nivel individual, eso está a siglos de distancia.

Concluyo: las medidas de control actuales son super eficientes para el Sistema y no sé qué mejoras o qué tipo de “control” no existente, podría justificar el inmenso coste de esta supuesta campaña para inocularnos un chip. El que no se quiera vacuna, que no se vacune, pero no me cuenten historias abracadabrantes, que para eso ya tenemos a los Gobiernos, las Instituciones y sus medios de propaganda.

Animalistas sin ánimo

Sin ánimo (perdóneseme el juego de palabras) de ofender, mi cabeza no termina de digerir eso de que exista un Partido Animalista contra el Maltrato Animal. Y no me refiero a la absoluta cacofonía del nombre, sino al hecho de crear un Partido político para un tema que, desde todas las vertientes que se mire, es un hecho cuyas esencias son sociales y culturales.

Antes de meterme en el tema del Partido, nunca he entendido muy bien el tema de la lucha contra el maltrato animal sin integrarlo en un ámbito más amplio que incluya también la lucha contra el maltrato vegetal y biológico, en general. Y por maltrato vegetal me refiero a arrasar bosques, con su enorme diversidad biológica, para dedicarlos a la agricultura industrial de “rentabilidad” económica rápida y cortoplacista; o a quemar bosques para, posteriormente, recalificar el terreno y construir urbanizaciones; o talar árboles para ampliar una carretera o autopista; o plantar especies invasivas, como el eucalipto, donde debería haber castaños, nogales, hayas o robles; o, simplemente, esas podas “estéticas”, más parecidas a talas que dejan al árbol medio muerto, arrancar musgos para los belenes o la falta de respeto que existe en España, en general, hacia cualquier manifestación de la vida vegetal.

Al final, el tema del Partido animalista parece que trata más de la relación humano-animal que del lugar del propio animal en su entorno. No a los circos y zoos, no a las corridas de toros, no al uso de pieles como abrigo, no a la caza… Nadie, salvo que tenga un profundo déficit de empatía, rayando en la enfermedad psiquiátrica, puede estar en desacuerdo con estas medidas. Echo de menos, en todo esto, una visión más global de lo que es un ecosistema complejo, como el de la Tierra, y qué lugar ocupa, en su progresiva aniquilación, la lógica económica y los valores culturales del sistema capitalista.

Y paso al tema de constituir un Partido político para estas reivindicaciones.

Salvando las tremendas distancias, crear un Partido político para luchar contra el maltrato animal es como crear un partido político contra la violación o contra la ejecución de desalojos por deudas hipotecarias o contra el uso de las mujeres como prostitutas.

Tanto la violación como el maltrato animal están penados por la Ley, lo cual no evita que ocurran. ¿Qué queremos? ¿Un endurecimiento de la Ley? ¿Realmente alguien piensa que una posible pena de prisión va a detener a un tarado que abusa sexualmente de una mujer o que apalea a un perro en su casa?

Impedir que este tipo de aberraciones ocurra solamente se consigue (como se consiguió la abolición de la esclavitud) mediante una extensión de la conciencia social, mediante campañas de boicot a estas prácticas, mediante el ostracismo social de cualquiera de estos monstruos, sea un violador, un adicto a la tortura animal o un putero. Mandar a dos o tres o cuatro diputados a llevar una vida muelle dotada de enormes beneficios y que, de vez en cuando, suelten una pequeña diatriba contra los festejos taurinos, me parece una opción de una practicidad nula y más propia de gentes que han perdido el ánimo para luchar por sí mismos contra las injusticias.

No ha hecho falta ningún diputado de ningún partido animalista para que se prohíba la muerte del Toro de la Vega o se prohíban las corridas en Cataluña y Canarias. Ha sido un estado de opinión (y de ánimo) social. El mismo que ha contribuido a arrinconar a los márgenes del espectáculo los circos con animales. Y que, desgraciadamente, no se da para frenar aspectos mucho más espeluznantes de la sociedad como la existencia de violadores, puteros y otros tipos de maltratadores de las mujeres.

Si la solución pasa (como es evidente que no) por crear un Partido político, ¿por qué no se ha creado un Partido contra el Maltrato a la Mujer? Básicamente, porque el maltrato a la mujer es producto de un modelo cultural, de una estructura social, de unas relaciones jerárquicas y de un sistema económico que son los que hay que poner en cuestión para enfrentarse a esa aberración. Y, desgraciadamente, ningún Partido querrá ni podría (en caso de que quisiese) enfrentarse abiertamente, y en la práctica, al sistema económico actual, a cualquier tipo de relación jerárquica, a la estructura social existente…

Estas prácticas monstruosas se detendrán el día en que haya una conciencia social, y una militancia social, y un ánimo social, y una lucha social que impidan que cualquier degenerado pueda siquiera intentar llevar a la práctica estas acciones, lo mismo que hoy en día nadie intenta mantener en su casa a un siervo encadenado y sometido a una serie de latigazos cuando le plazca a su dueño, cosa que estaba perfectamente asumida en sociedades “avanzadas” hace menos de un siglo y medio.

Después de haber visto las diferentes intervenciones electorales de las principales candidatas de PACMA a las instituciones del Estado, mi reflexión es que demuestra muy poco coraje y muy poco ánimo dejar la realización de los cambios que precisa la sociedad en manos de unas señoras pijas que se preocupan mucho de su mascota, pero no han tenido, literalmente, tiempo para hacerse una opinión sobre temas como el aborto, la prostitución o los vientres de alquiler.

Misoginia y Ginofobia

En general, los hombres temen a las mujeres, como a todo aquello a lo que no pueden sojuzgar.

El temor a las mujeres pienso que tiene que ver con el temor a la Naturaleza, que nos lleva a considerar cualquier invención que nos aleje y aísle de la Naturaleza como un gran avance, llámense ciudades, agricultura industrial, aviones o aire acondicionado.

Me imagino que, en el Paleolítico, este temor sería un temor reverencial. Las mujeres creaban vida, proveían la mayor parte del alimento, sabían distinguir entre los miles de plantas y hongos las que eran beneficiosas, dañinas o mortíferas; o permitían eliminar las ataduras del espíritu. Las mujeres, también, reproducían el ciclo mágico de la Luna en su menstruación. Dudo que en esa reverencia no hubiese, también, algo de envidia.

Con el advenimiento de nuestro gran enemigo como especie, el sedentarismo, los humanos nos alejamos con fruición de la Naturaleza. La Naturaleza va a representar todo lo que es incontrolable, ajeno, peligroso. De ahí surge ese concepto, tanto tiempo utilizado, de dominar la Naturaleza como esencia de los logros humanos.

La sociedad sedentaria, aunque pudiese parecer lo contrario, es más brutal que la sociedad paleolítica. La defensa del territorio, de los campos y cosechas, de los rebaños, de las ciudades, de las posesiones, en suma, pone en vigor un modelo de violencia institucionalizada mediante inventos como el ejército, los guardianes del orden, las leyes, los jueces, las cárceles y los verdugos… Desde luego, el primero y menos sutil de esos inventos es el ejército o grupo armado y organizado para la violencia sistemática.

La institución del ejército es (a pesar de mitos como las amazonas) esencialmente masculina. Es evidente que el hombre tiene mayor masa muscular, lo que le dota de más potencia en el golpeo o el lanzamiento de objetos, y también de más resistencia en el enfrentamiento físico. El ejército inicial se compone de hombres, es liderado por hombres y son los hombres los encargados de ejercer la violencia que mantiene el orden social implantado en los grupos agrícolas sedentarios.

Como consecuencia de esta institucionalización de la violencia masculina, las mujeres pasan a perder progresivamente protagonismo social. Su estatus económico se ve minimizado, al no participar en la defensa activa de las propiedades del grupo y, menos aún, en las provechosas “razzias” que estos ejércitos lanzarían contra vecinos menos armados o en los que aún no se ha creado el ejército. Su participación en la vida social también se ve mermada y se las va relegando al papel de cuidadora del hogar, reproductora y educadora de las crías. Esto no obsta para que la mujer siga siendo productora, especialmente en las tareas agrícolas, pero su reconocimiento social se ha ido degradando. Al final de un largo proceso de ostracismo social, la mujer termina siendo (o, al menos, se intenta) una posesión más del hombre. Ropas, animales, mobiliario, joyas, armas, cosechas, silos, esclavos…y mujeres, son las propiedades de los hombres y su acumulación determina el status social de su propietario.

Me pregunto cómo, en esa progresiva pérdida de posición en el grupo, las mujeres no fueron capaces de reaccionar. ¿Fue debido todo a la fuerza bruta? ¿Fue un proceso tan dilatado y sutil que se convirtió en imperceptible? Probablemente, haya otras razones que soy incapaz de dilucidar.

El caso es que el hombre domina y posee, al menos nominalmente, a la mujer. Pero no se fía. Sigue experimentando temor ante unas potencialidades que desconoce y no controla. Así que el dominio pasa a ser cada vez más brutal, se establecen leyes contra las mujeres que no se atienen a la norma, se crea un entramado de leyendas y descalificaciones de la mujer: envenenadoras, brujas, tentadoras, manipuladoras… Se degrada y culpabiliza la sexualidad femenina, se considera sucia la sangre menstrual y a la misma mujer durante el periodo menstrual, se hace a la mujer el origen de todos los males sociales, se la compra como un objeto para satisfacer los deseos del hombre y, al tiempo, se desprecia aquello que se ha objetivizado.

Con más o menos altibajos, este modelo social está en funcionamiento durante milenios y en todas las sociedades. Hasta que empieza a presentar grietas a lo largo del siglo XIX.

Probablemente, el modelo económico y la estructura militar se ven, a partir de ese siglo, modificados radicalmente por la Revolución Industrial y la aparición del maquinismo. La fuerza muscular del hombre empieza a dejar de ser una ventaja competitiva y cada vez son más los campos en que lo que es necesario es contar, más que con fuerza bruta, con capacidades intelectuales (desde básicas hasta avanzadas). Y, en ese aspecto, el hombre no tiene ninguna ventaja competitiva sobre la mujer.

Lo que ha ido ocurriendo desde entonces lo conocemos todas. La mujer está dejando de ser, poco a poco, una propiedad del hombre y éste está cada día más incapacitado para definir el rol de las mujeres en la sociedad.

Pero, y ahora vuelvo al principio, ¿qué se ha hecho del temor del hombre a las mujeres? Pues se ha incrementado.

Como cualquier propietario que ve que lo que él tenía por suyo está empezando a dejar de serlo, los hombres ven con alarma el cambio social que está sacando a las mujeres de esa mazmorra de siglos.

Ante esa pérdida de privilegios hay dos actitudes posibles: asumirla e intentar adaptarse a ella, o luchar con rabia y desesperación para mantener un mundo que se esfuma. Lo mismo que la burguesía siempre ha sido esencialmente represora, pero cuando el miedo la embarga desata toda su violencia mediante el fascismo, el macho humano, otra vez abrumado por el miedo a las mujeres, desata toda la violencia del machismo.

El machismo, en suma, tiene más de miedo que de odio (aunque éste exista) y sería más adecuado hablar de ginofobia que de misoginia, si bien ambas taras se encuentran presentes en todos los machistas.

El miedo a la mujer, que es el miedo a la Naturaleza, a lo no esquematizable, a lo que se asfixia en los cuarteles que componen la civilización del hombre es, sencillamente, el miedo a la libertad y a lo desconocido. Por eso, machistas, fascistas y xenófobos comparten los mismos parámetros mentales, y son el mismo enemigo a batir y deben ser objeto del mismo desprecio y del mismo combate.

Termino con una traducción aproximada de una cita de mi admirada Ursula Kroeber LeGuin, que resume y expresa, mucho mejor que yo, el mensaje que intento transmitir.

<<En la literatura, como en la vida “real”, las mujeres, los niños y los animales son la materia oscura sobre la que la Civilización se yergue, falológicamente. Que ellas son “el Otro” es la base del lenguaje, el Lenguaje Padre. Si el nombre del juego es El Hombre frente a la Naturaleza, no es de extrañar que los jugadores expulsen a todas esas no-hombres que no van a aprender las reglas y corretean por el terreno de juego, chillando, ladrando y parloteando.>> (Ursula K. LeGuin)

Libros

Pienso que el resultado de la lectura de un libro es el producto de la combinación de una enorme cantidad de elementos independientes entre sí: lo que quiso decir el escritor, lo que realmente llegó a decir, los prejuicios, potencialidades y limitaciones con que parte el escritor, el marco conceptual de la cultura de su época, las imposiciones, restricciones o consejos del editor, los mismos condicionantes por parte del traductor (cuando tienen la desgracia de no poder leer en idioma original sin ese filtro previo)… más los elementos que introduce igualmente el lector: su experiencia vital, su momento emocional, el esquema cultural que le rodea, las referencias respecto al libro y al escritor, el objetivo (consciente o inconsciente) con que aborda la lectura…

Por estos motivos, no tengo por costumbre hacer crítica de lo que leo, especialmente por el fuerte componente de subjetividad que se da en las sensaciones que te genera un libro.

Pero esta vez voy a hacer una brevísima excepción, porque me ha ocurrido que he empezado dos libros de manera consecutiva y he tenido que dejarlos, después de muchos esfuerzos, no más allá de la página 70…No sé si es que uno se vuelve mucho más pejiguero con la edad o es que he tenido mala suerte.

En realidad, tengo la teoría de que los gustos de cada uno se forman en la primera juventud y luego es muy difícil que aparezcan hechos o cosas que te hagan modificar esos gustos. En mi caso, después de los 30 años sólo he descubierto el gusto por Bioy Casares y por las alcachofas. Cuando digo gusto, me refiero a algo que te entusiasme; gustillos de pasar un rato agradable siempre surgen cada día.

El caso es que no me quiero enrollar mucho y se me está pasando hablar de los dos libros. No es que vaya a aportar mucho a quienes lean esto; sencillamente, creo que me merezco un desahogo después de lo mal que me lo han hecho pasar estos libros y cómo han empañado groseramente uno de los que considero los mayores placeres de la vida: leer.

El primero ha sido “City of Glass”, de Paul Auster. Había leído hace mucho “El país de las últimas cosas” y me había gustado tanto que comencé a comprar libros de Auster- Sin llegar a los niveles del primero, me gustó mucho “Mr. Vertigo” pero, a partir de ahí, cada libro que leía de este hombre me parecía peor…Hasta que dejé de leerlo.

Hace unos días, buscando qué leer en mi biblioteca, me encontré “City of Glass”, que tenía sin abrir y me puse con ello. Y duré tres días. El resumen de mi lectura es: la trama es absurda, previsible (a pesar de que intenta dar algunos giros “sorpresa” que se quedan en nada) y, en algunos momentos roza el ridículo; el desarrollo de la novela es tedioso y aburrido, parece que el escritor está estreñido y, en ningún momento llega a dar rienda suelta a las palabras. Y por último, morfológica y sintácticamente dan muchas ganas de llorar; parece el discurso escrito para algún político del PP. Y la culpa no es de ningún traductor, lo he leído en versión original.

Total, que, al cabo de tres días agónicos, lo dejé y busqué otro de estos ejemplares que están cogiendo polvo porque nunca ha llegado su hora. Y, desde luego, su hora podía haber esperado.

Cogí “The secret Agent” de Joseph Conrad, un escritor que me empeñé siempre en que me gustase y no lo he conseguido. Me había leído “Heart of Darkness” y, aunque no me desagradó, lo encontré poco sólido para el gran renombre que tiene. No me pareció un libro reseñable ni del que obtener ninguna visión especialmente interesante sobre el mundo.

Pero, bueno, como cada libro es distinto y cada momento también, me tiré a por otro Conrad. Aquí sí que no he aguantado ni dos días. Resumiendo como con el de Auster, me pareció: la trama profundamente ridícula, no ya por lo inverosímil, que no tiene que ser un defecto, sino por lo poco elaborada, lo previsible que es todo y su superficialidad; en cuanto al desarrollo, me parece evidente que Conrad tenía trama para 30 páginas y algo o alguien le obligó a rellenar párrafo tras párrafo hasta conseguir un mejunje infumable que dan ganas de leer en diagonal. Si reconozco que, a diferencia de Auster, la técnica del lenguaje es buena, pero también lo puede ser la del Levítico y no se me ocurriría ponerme a leerlo.

Así que finalmente, he optado por releer, por quinta o sexta vez, “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Al final, uno lee por obtener placer y, con ese libro, para mí, el placer está asegurado.

La única conclusión que saco de esto es que ya me he hecho viejo, edad en la que la gente suele tender a releer lo que ya ha disfrutado, buscando reproducir placeres que ya conoce. Me temo que es una forma de conservadurismo, pero que me quiten lo bailao…

Trabajo de puta

Ocurre que veo, con cierta frecuencia (sólo en las redes sociales y en la prensa, claro), a personas que dicen trabajar de putas y estar muy contentas de su trabajo con el que obtienen pingües ingresos. Otros, por su parte, se indignan de que no se considere a las putas unas trabajadoras iguales al resto de los trabajadores. Unos terceros, despotrican ácidamente contra quienes pretenden abolir la prostitución.

Tengo la sospecha de que las putas que dicen estar muy contentas y orgullosas de su trabajo pertenecen a una élite minoritaria que no tiene nada que ver con (e ignora) las condiciones de esclavitud, explotación descarnada, malos tratos, marginación social y pobreza que viven la mayor parte de las putas.

Me suena eso a como comparar el trabajo de una diseñadora de vestidos de moda con el de una niña en una sweat shop asiática de fabricación de ropa. Las dos son trabajadoras del textil, ¿verdad? O comparar a la arquitecta de interiores y el albañil inmigrante. Los dos trabajan en el sector inmobiliario, ¿cierto?

La realidad es que es evidente que las putas trabajan, pero también es evidente que no se trata de un trabajo como cualquier otro. También es evidente que todo trabajo es una mierda y me afirmo abolicionista de todo tipo de trabajo. Respecto a la prostitución, también soy abolicionista, claro que sí. Abolicionista del trabajo, por qué no habría de serlo de uno de los trabajos con mayor índice de explotación y socialmente más degradado.

Mi Amo vende productos que fabricamos. De algún modo también me vende a mí, mi presencia, mi cerebro. Pero mi capacidad de oponerme al cliente es superior, muchas veces incluso está respaldada por el Amo, o puedo, como hago con frecuencia, oponerme al Amo. Que lo comparen con la capacidad de oposición al cliente o al Amo que tiene la puta.

La puta tiene que trabajar con un cliente que no deja de ser un tipo con problemas mentales, habitualmente ignorante, o déspota, o ambas cosas. Las putas están sometidas, de forma brutal y sin ningún tipo de defensa, al cliente, al proxeneta, al policía. Ésas que dicen que trabajan de putas y lo hacen a gusto las hay, seguro. Como hay gilipollas que trabajan a gusto; también a mí a veces me gusta lo que hago. Pero no me olvido de que mientras es trabajo es una mierda.

En mi ciudad existe un espacio verde llamado la Casa de Campo donde, entre otras cosas, se han refugiado las aves de la provincia y, en una de las zonas, algunas putas inmigrantes. Las llevan y las traen en coche y pobre de la que, a la hora de la recogida, no esté en su sitio o no haya hecho la “caja” estipulada por quienes las explotan.

La gente de mi ciudad, que es muy clasista, no suele ir a la Casa de Campo porque está “llena de putas”. Yo sí que voy, pero a quien me daría repelús encontrarme es a los clientes. Porque eso sí, a muchos ciudadanos de Madrid, como clientes no les importa ir y el tráfico habitual por la zona donde trabajan estas mujeres suele ser, curiosamente, furgonetas y coches caros.

Los de los coches caros también van a las casas de putas (siempre es más cómodo para ellos), que se disfrazan con eufemismos como clubs de alterne, clubs de señoritas, whiskerías o casas de masajes. Por su parte, las putas no están nada más cómodas en esos locales, de donde habitualmente les impiden salir, tanto mediante la violencia física si lo intentan, como encerrándolas las 24 horas, como desgraciadamente comprobó la mujer que se ahogó el otro día en Málaga al no poder salir del local de putas cerrado que se estaba inundando.

Todo esto no le importa al cliente de la prostitución que, siendo profundamente machista, jerárquico y esclavista, no siente más que desprecio por la mujer que trabaja de puta. A quien me intente negar esas características del putero, que me explique qué hay que ser para mercantilizar a la mujer y crecerse al sentir que tienes poder omnímodo sobre la mujer.

El problema que hay con el trabajo de puta, y que crea tantas posturas incomprensibles (entre otras, la de cerrar fuertemente los ojos a la situación social de la inmensa mayoría de las putas), es que se trata de vender sexo. Y resulta que el sexo sigue sin tratarse con ninguna naturalidad en una sociedad que aún no se ha liberado de las doctrinas de los Padres de la Iglesia, para los que el sexo, al menos nominalmente, y vaya usted a saber por qué extraña aberración, era algo de lo que huir y a lo que se debía temer más que a la propia Muerte.

El problema social y mental que hay con el sexo es uno de los componentes que más ayuda a la marginalización y el desprecio del trabajo de puta.

El sexo sigue siendo algo clandestino (quien lo dude, que se ponga a tener sexo en público) y tardará aún en ser una cosa tan natural como comer, beber, jugar o dormir. Quienes se dedican a mercadear con personas en un entorno que, por sus connotaciones sociales, está marginalizado, oculto y es vergonzante, saben que tienen mayor impunidad para someter a todo tipo de abusos y vejaciones a la trabajadora. Hablo tanto de clientes como de explotadores de estas trabajadoras.

La sociedad produce enfermos, parece ser su principal objetivo.

Legalizar la prostitución, como piden algunos, tal como existe en el siglo XXI es el equivalente a legalizar la esclavitud como existía en las plantaciones de EEUU en el siglo XIX.

Desde luego que hubo un número considerable de esclavos negros que vivieron peor que antes tras la emancipación y que podría decirse que la esclavitud no era tan mala (?). Pero si alguien utilizase eso como argumento a favor de la esclavitud reconoceríamos que es, simplemente, una imbecilidad.

Imbéciles hay de muchos tipos y seguro que yo pertenezco a alguno de ellos, pero creo que entre los imbéciles más sublimes están quienes se sienten orgullosas proclamando “Yo trabajo de puta y estoy muy contenta de ello”.

Liberación animal

El otro día, entrando en casa de una amiga, me encontré tumbada en el suelo a una perra grande, dulce, adormilada. Envidiando su estado (en estas épocas, exprimido al máximo por mis Amos, envidio realmente hasta a los muertos), se lo comenté a mi amiga.

“Sí, está embarazada por tercera vez” me dijo. “Dentro de unos días van a sacarle los cachorrillos”. Resulta que la perra era una criadora de perros-guía para la ONCE y periódicamente la inseminan para producir camadas de perros-guía para ciegos.

Confieso que me quedé horrorizado ante la frialdad con que se utiliza a un ser vivo como mero procreador. Me horrorizó tanto como el modelo de sociedad patriarcal en que las mujeres están destinadas a ser carne de paritorio: es lo mismo.

Mi amiga (que, para mi placer, no tiene hijos ni quiere tenerlos) se reía contándome las anécdotas de la perra que tiene en el pueblo, a la que esperan en la puerta todos los machos de la zona y que se queda embarazada con una frecuencia asombrosa. Claro que, desde mi punto de vista, no es lo mismo que la perra, libremente, decida que se la ventile medio pueblo, que vivir destinada a criar, una y otra vez, cachorros en un procedimiento en el que tu intervención es la de mero útero. En fin, tampoco estoy muy seguro de si la perra del pueblo era tan libre como yo creo al dejarse montar y, por otra parte, a la perra/paridora de la ONCE se la veía plácida y feliz.

Salí de la casa con un notable cacao en la cabeza.

¿Tenemos derecho los animales humanos a utilizar a otros animales para nuestro beneficio? En principio, coincido con los veganos en que no, pero, ¿acaso no somos también los humanos animales? ¿Qué animal pesa más? ¿Puede alguien, de los políticamente correctos, decir que les jodan a los ciegos y que se acabe con la cría, amaestramiento y explotación de los perros guía?

En realidad, los perros están todos bastante jodidos, desde el momento en que no hacen lo que es su rollo natural, que es andar en manada por los bosques cazando ciervos, conejos, bueyes, ovejas y, si se tercia, humanos. Podrán decirnos los dueños (qué palabra más horrible, y, a la vez, más real) de los perros, que éstos están felices, sanos y bien alimentados. Pero eso me recuerda la fábula de Esopo en que el lobo escuálido y hambriento le pregunta al perro rollizo y bien alimentado qué es esa marca que tiene en el cuello. Cuando el perro le dice que es la marca del collar con que le sujetan para que no vaya donde quiera, el lobo huye, destacando que prefiere mil veces su libertad al mayor de los tesoros.

Los perros, que son posiblemente los animales más explotados desde que entraron en simbiosis con los humanos, no levantan esa solidaridad absurda que despiertan las vacas, las gallinas y los corderos. Claro, con ese egoísmo innato en los humanos, nadie protesta porque haya perros que salvan a personas que se están ahogando o se han extraviado en la montaña, o que conducen a ciegos o acompañan a ancianos o niños autistas, o que rebuscan supervivientes entre las ruinas de los terremotos, o que detectan y señalan explosivos con riesgo de su vida. Eso parece no ser explotación animal, como tampoco lo es encerrarlos en un piso, “educarlos” y sacarlos a mear dos veces al día, bien atados, como el perro de la fábula. No es explotación, porque no están en riesgo de terminar en nuestra mesa.

Ahora bien, esos humanos que mantienen a su perro en dorada cautividad, se escandalizan cuando los chinos (otra cultura, otras costumbres y, por tanto, otra “moral”) se dan un banquete con sus perros.

No se dan cuenta de que lo que es aceptable o no depende de unos conceptos que derivan de las costumbres y, poco a poco, se convierten en dogmas. En Europa, el perro ha tenido una utilidad económica elevada hasta muy recientemente; no sólo como ayuda al cazador (en Europa se ha cazado para comer hasta bien entrado el siglo XIX y todavía hay quien lo hace por el placer de comerse el animal al que él mismo ha reventado). También como protector de rebaños frente al lobo y de haciendas frente a humanos merodeadores, tareas en las que sigue igualmente activo y valorado, aunque hoy en día los lobos, al menos en España, sean unas pocas docenas, y los humanos merodeadores sean menos peligrosos que la élite financiera.

En China, sin embargo, el cultivo masivo del arroz cambió el paisaje hace milenios, la agricultura dominó y modificó el paisaje, el modelo social impulsó la docilidad y el servilismo, y el perro pasó a tener un valor nulo como protector del entorno y la propiedad sociales y lo adquirió, por el contrario, como proveedor de las escasas proteínas animales a las que tenía acceso el campesino.

Al final, las costumbres se convierten en modelos sociales éticos y morales, cuando no son más que estrategias de supervivencia en un momento dado. Recuerdo cuando era pequeño, en una España nada sobrada de víveres, que había en mi barrio dos “Expendedurías de Carne de Caballo”. El caballo no ha solido comerse en Europa por el valor que tenía como fuerza de trabajo para la agricultura y para la guerra (utilizándose extensivamente hasta la misma Segunda Guerra Mundial) y también porque el caballo siempre ha sido un símbolo de status: los ricos tenían caballos para demostrar que eran de una clase superior, y ni se les ocurría comérselos.

Así que la carne de caballo sólo se comía cuando el caballo era muy viejo, económica y socialmente no productivo, y, claro, esa carne dura y vieja sólo se la comían los pobres a falta de otra fuente asequible de proteína animal. Ahora que todos somos señoritos, las expendedurías de carne de caballo han desaparecido en España.

En fin, el caso es que estamos luchando por la liberación animal, y me pregunto por qué la liberación de los animales no es obra de ellos mismos. ¿Es que son menos inteligentes y debemos hacer esa tarea por ellos? ¿Qué derechos decidimos que queremos darles a los animales? ¿los mismos que a nosotros? ¿No es todo esto otro pecado de antropocentrismo? ¿No estaremos pensando más bien en los “derechos” de nuestra conciencia? Tal vez la mejor (y única) liberación animal sea dejarles en paz, dejarles el planeta a su albedrío y desaparecer de su camino.

En cualquier caso, amando a muchos animales, tampoco tengo en ellos esa fe ciega de que hacen gala algunos. Me pregunto si una sociedad perruna sería mejor que la humana, o estaría superjerarquizada, dominada por los doberman y los pitbulls. Y mejor no pensar en una sociedad simia: ya tenemos nuestro ejemplo.

Termino por donde empecé: me produce un profundo desasosiego ver que una perra tranquila y amable no es, para algunos, más que una factoría de reproducción, que hay gente, de lo mejor intencionada, eso sí, que no ve en ella más que un útero y un conjunto de genes manipulados desde hace siglos.

Pero esto no me impedirá comerme estas navidades, probablemente, unos cuantos langostinos congelados y unos pedazos de turrón. De verdad que sigo sin entender que tiene que ver eso con la conciencia, concepto que, por otra parte, siempre me ha rechinado en mi modelo del mundo.

Éticas cotidianas

Hay quien, con una sutileza que no se corresponde en absoluto a la realidad de esta vida, cuyo decorado está siempre pintado con brocha gorda, se empeña en diferenciar la moral de la ética.

Podríamos decir que la ética es el estudio de la moral. Pero, como tal, la ética no tiene nada que ver con el individuo, ni con opciones individuales; sigue siendo una construcción social como la moral. De hecho, sus raíces filogénicas son las mismas, con la diferencia de que una palabra proviene del griego y otra del latín y no dejan de representar las costumbres que mantiene un grupo social, al que cohesionan. Por ejemplo, podríamos decir que, según la moral de los empresarios, es ético enriquecerse a costa de los trabajadores, o decir que la ética del sistema capitalista no ve ningún impedimento moral en enriquecerse con la explotación de los trabajadores.

Uno, en su simpleza, no ve la diferencia por ninguna parte, y considera que la ética y la moral no son más que el entramado que sustenta lo que es admisible e inadmisible, a nivel de usos y costumbres, para una sociedad determinada, con una cultura determinada. La ética y la moral son conceptos grupales, totalmente ajenos a la realidad, a las decisiones y a los actos del individuo, y en ellas se basan la estupidez de las religiones, la crueldad de los sistemas políticos y la alienación de los esquemas sociales.

Se me ha venido todo esto a la cabeza a causa de una chorrada manifiesta: la malhadada cena de empresa donde todo el mundo acude para emborracharse gratis a costa del Amo, salvo el Amo que va disfrutar, con una sonrisa paternalista, abarcando con su mirada la extensión de su poder (mayor o menor según cuánta gente logre reunir, por eso es delito de lesa majestad no acudir a la cena navideña), levantando su copa de champán emulando la escena de Johnny cogió su fusil e intentando pellizcar el culo a alguna subordinada en medio del tumulto general. En fin, una de tantas maravillas navideñas…

El caso es que este año, han adelantado el menú para que la gente escoja y me encuentro una cosa repugnante, algo así como “no sé qué sobre cama de pimientos del piquillo”. Más por tocar las narices que por otra cosa (pues no voy a participar de la mamarrachada) le digo a la infeliz que gestiona el tema, que a mí me dan asco los pimientos del piquillo, que si no pueden imaginar otro plato algo menos desmoralizador. La tía betorda me mira de arriba abajo y no se digna contestar. Es evidente, que mi imposibilidad psicológica de enfrentarme a un plato lleno de pimientos del piquillo se la suda absolutamente.

Pero resulta que, al poco rato, aparece un tipo indeseable de la empresa, déspota, agresivo y grosero como hay pocos, pero que resulta que es vegano. Y pide que se cambie el menú para él, ya que éticamente no puede comer alimentos de origen animal. Como todas os podéis esperar, se mueve Roma con Santiago para que este infumable cene de acuerdo a su ética. No importa que esa ética no alcance a sus subordinados sometidos a terrorismo cotidiano, que cada mascarada electoral se pasee jactándose de que él vota (!!!) –por cierto, a Podemos, pero esto es intrascendente–, que sea un machista impenitente, en fin, no importa que el tío sea un mierda. Lo que importa es que existe un predicamento ético, y que ese predicamento ético es admitido por el grupo social, con lo que se convierte en Religión. Y, ay, amigo, las Religiones se respetan porque sin ellas no hay moral, ni ética, ni sociedad.

Lo mío con los piquillos queda en el curro como una más de las innumerables locuras de Hez pues, dado que se trata de una elección, de un gusto o un displacer absolutamente individual y basada únicamente en criterios de lo que para mí es adecuado o inadecuado. Es decir, al no estar reconocido socialmente como un acto moral, pasa a la categoría de capricho.

Otra cosa sería si yo hubiese dicho que mis antepasados tagalos tenían prohibido comer pimientos por tratarse de un cultivo importado por los colonizadores. Cuidado, que ahí estamos hablando de grandes conceptos: grupo, costumbre, ética compartida y transmitida a través de un ente social y no individual. En ese caso, se me hubiese ahorrado el deleznable espectáculo de los pimientos piquillos, pero no por mí, sino para satisfacer a mi bisabuela tagala y a sus compañeros, antepasados y descendientes; vamos, un grupo social. Independientemente de que a mi bisabuela no la conocen, pues murió hace cerca de un siglo y que, hasta donde yo sé, le eran indiferentes los pimientos.

En resumidas cuentas, de todo se aprende, y gracias a los pimientos del piquillo, he aprendido que puedes ser un gran cabrón con tus compañeros, egoísta, jerárquico e insolidario, pero a la hora de alimentarte puede ser un gran ético, siempre que esa ética esté sustentada por una moral aceptada por el grupo o, como se llamaba en tiempos, por una Religión.

Imperios en decadencia

Una profesión que, en la época actual, es digna de lástima es la de historiador. Histórico es ahora que una selección de fútbol supere una eliminatoria, del concepto de “clásico” se apoderan también partidillos de fútbol y los eventos que marcan el siglo son asimismo enfrentamientos futbolísticos. En fin, que los historiadores del futuro, si aún existen, escribirán la historia de nuestros tiempos basándose en las crónicas del Marca o del Sport.

Unida a esa trivialización de lo histórico se encuentra esa banalización del proceso mental que representa el “presentismo”. Nada importa salvo el presente o, como mucho, el plazo inmediato, y el pasado se convierte en una nebulosa inconsistente a partir de un par de meses para atrás. Eventos con la trascendencia para todo el siglo XX y el XXI, como la I Guerra Mundial, se encuentran ya fosilizados en remotísimas capas del tiempo, junto al primer Imperio de Babilonia o la invención de la cerámica.

Este presentismo ha sido constante en estos días en que todo dios ha aportado sus comentarios inanes y repetitivos sobre la salida del Reino Unido de la UE. Los más atrevidos se han remontado en su análisis hasta las últimas elecciones británicas o han osado especular sobre lo que pasará a lo largo de la semana que viene. Todo ello, eso sí, impregnado (tanto a derecha como a “izquierda”, si se me permite la broma de utilizar este último vocablo) del discurso institucional y conservador del que es imposible o peligroso salirse.

Como nadie se ha tomado la molestia de dar un paso atrás y echar una miradita con una perspectiva un poco más amplia, me voy a permitir la pedantería de echarle una pizca de sal histórica al acontecimiento de la semana.

El hecho es que Inglaterra nunca se ha sentido partícipe de la política europea, salvo en los casos en que ha tenido que intervenir para “poner orden”, cuando alguna potencia continental se acercaba demasiado a una hegemonía indeseable para los británicos. En esos momentos, Inglaterra organizaba coaliciones temporales con países europeos opuestos al hegemónico y, una vez devuelto el equilibrio al Continente, los británicos se retiraban a su “splendid isolation”, protegidos al otro lado del Canal.

Tratados, alianzas, coaliciones eran efímeras y duraban lo que el Imperio inglés creía necesario para disipar la supuesta amenaza a sus intereses.

A Inglaterra le fue bien durante siglos enrocada en su espléndido aislamiento (sólo interrumpido para cañonear, saquear y ocupar puertos a lo largo de todos los mares) hasta que, como a todo Imperio, le llegó la decadencia.

El papel de Gran Bretaña en las dos Guerras Mundiales ya reveló las limitaciones de una potencia agotada que, en ambos casos, debió su supervivencia a la máquina militar y el esfuerzo de países terceros aliados. Sin embargo, en el Reino Unido se mantuvo la ficción imperial hasta el fiasco de la aventura colonial de Suez en 1956. En eso momento quedó patente que la histórica zona de influencia británica en el Cercano Oriente y en Oriente Medio ya no era tal, y que los Imperios que marcaban la pauta de lo que se podía o no se podía hacer en el Mundo, eran el soviético y el yanqui.

La crisis de identidad y de autoestima que causó en los ingleses la retirada obligada del Canal de Suez se vio intensificada por la crisis cultural de los años 60, sumada a la guerra no declarada en el Ulster y la independencia de todas las colonias africanas.

Inglaterra, que había respondido a la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) con el invento de la EFTA se vio en la humillante tesitura de abandonar su invento y limosnear la entrada en la CEE, que le fue concedida en 1973, en plena crisis del petróleo, dejando tirados a sus antiguo socios comerciales (Portugal, Noruega, Islandia, Austria…).

La entrada del Reino Unido en la órbita franco-alemana nunca fue aceptada por los británicos más que como un mal menor ante la pérdida de su status imperial. Contra toda su trayectoria histórica, Gran Bretaña aceptó ser cola de león antes que cabeza de lo que fuere, y se integró (bien que a medias y con significativas cláusulas restrictivas) en la esfera de influencia económica alemana. Todo con tal de no hundirse en la insignificancia geopolítica.

La realidad es que el Cuarto Imperio Alemán nunca terminó de ser entendido y aceptado por los ingleses que, en cualquier caso, siempre han considerado a los Imperios terrestres europeos (Alemania o Rusia) como meros depredadores de sus vecinos; y con razón.

Lo que no percibió en su momento el Reino Unido es que Europa era, tanto como ellos, otro Imperio en franca decadencia. Ha bastado que los bárbaros (que en esta época proceden del Sur y del Este del Mediterráneo) pongan cerco a Europa para que los británicos se hayan dado cuenta de que Europa no es ninguna barrera contra la degradación que, para una sociedad profundamente racista como siempre ha sido la inglesa, representa la llegada de los inmigrantes. La barrera debe volver a ser, como antes, el Canal de la Mancha y los ingleses, si han de hundirse en la decadencia, será en medio de su espléndido aislamiento y no acompañando el titánico y colosal hundimiento que espera a los europeos.

El resultado del referéndum de salida de la Unión Europea es, por tanto, la elección de una sociedad enferma, racista y avejentada, que prefiere morir sola a hacerlo en el asilo junto con otra retahíla de países enfermos, racistas y avejentados. Es escoger cómo gestionar mi propia decadencia xenófoba y no alinearme con los modelos de la decadencia xenófoba del Continente. Si es evidente que no van a poder salvarme, porque ustedes se están hundiendo como yo, al menos déjenme hundirme solo, ya que mi orgullo sufrirá menos.

Si uno no fuese ya un escarmentado de todo, me alegraría de que las estructuras de Poder (tanto las europeas como las británicas) se cuarteasen, en vez de reforzarse por medio de la unión. Que las tomas de decisiones se llevasen a cabo en comunidades cada vez más pequeñas, hasta que las decisiones fuesen obra de cada uno de los individuos en su, esta vez sí, espléndido aislamiento.

Pero no va a ser así. El Poder reside en esferas más altas y en lo único en que esto le va a afectar es en que habrá unos meses de movimientos especulativos en la Bolsa y el mercado de divisas, con el resultado de que algunos ricos incrementarán aún más su riqueza a costa de una mara de pobres. Como siempre, todo lo que ocurre desemboca en la transferencia de aún más dinero de los muchos a los pocos.

De todos modos, uno que es un romántico, no puede dejar de sentir cierta satisfacción al ver que, al menos, los ingleses van a dejar de marchar con el paso de la oca y cantar el Horst Wessel para rendir pleitesía a la Cancillería de Berlín.

Nutrición y fe

Las religiones monoteístas siempre han sido muy proclives a normalizar y legislar (es decir, establecer prohibiciones) sobre cualquier aspecto de la vida de sus fieles, quizá aprovechando que éstos solían hacer gala, en general, de una amplia incultura.

Entre los aspectos normativos de esas religiones, uno que siempre me ha fascinado es la prohibición de comer determinados alimentos.

La religión judía, que hace gala de una enorme inventiva en los asuntos alimenticios, prohíbe, además de comer cerdo en cualquier variante, comer animales que, no siendo rumiantes, no tengan la pezuña hendida, tomar carne y lácteos al mismo tiempo, comer animales marinos que no tengan aletas y escamas y, sobre todo, cualquier animal debe haber sido sacrificado siguiendo las normas que, en esencia, consisten en desangrarlos por completo. La sangre no es kosher. Hay otras limitaciones aún más complicadas para lo que se debe comer por Pascua, pero no entro en ellas para no marearos y no marearme.

El Islam es un poco menos restrictivo, pero también tiene tela. Están prohibidos el cerdo, los animales carnívoros, los anfibios, las mulas y burros, los perros… Y también los animales que no han sido sacrificados según las normas. Tampoco la sangre es halal. Luego está el ayuno del Ramadán, costumbre comprensible en el desierto de Arabia donde comer durante el día a 50º es insensato, pero que los fieles han llevado con su fe hasta Canadá o Noruega.

El cristianismo, la religión monoteísta más pagana en el fondo, es bastante laxa en cuanto a las restricciones alimentarias, limitándose a prohibir el consumo de carne durante varios días señalados y aconsejando el ayuno en determinadas fechas. Antes ese ayuno era obligatorio pero el cristianismo, religión en franco retroceso, se ha vuelto mucho más permisiva en sus normas a ver si así pierde menos adeptos.

En realidad, todas estas prohibiciones se originan para prevenir determinados problemas higiénicos y epidémicos, resultantes de vivir en zonas desérticas con elevadas temperaturas (eso hace al cristianismo, religión que se expande en zonas templadas, más tolerante con la alimentación). Al final, las restricciones alimentarias proceden de entornos geográficos y culturales determinados.

Por ejemplo, en zonas donde la ingesta de proteínas de origen animal es limitada y problemática, las culturas locales permitieron la antropofagia. O la sacralizaron, como en la cultura azteca (y otras mesoamericanas), que organizaba las guerras floridas para capturar enemigos que sacrificar a los dioses. Y cuya carne consumir posteriormente.

No seré yo quien diga nada contra la antropofagia. Comer cadáveres humanos me parece igual de terrible (o no) que comer cadáveres animales o vegetales. Pero matar humanos para comerlos me parece menos terrible que matarlos para que se callen, porque opinan de otra forma sobre cualquier tema, porque piden lo que es justo, porque son de un género diferente…

En fin, me desvío como siempre. Estaba hablando de cómo las religiones determinan qué se debe comer y qué no, y que la gente se sumerge en esas limitaciones sin considerar qué razones puede haber detrás de ello.

En las religiones modernas, lo de apelar a la fe y obviar la razón parece que es menos aceptable, por lo que todo el rollo New Age está cargado de razonamientos sobre por qué es adecuado o no realizar determinadas acciones. Como estoy hablando de la comida no me voy a meter en el patatal de hablar de los razonamientos sobre cómo se debe parir, cómo se debe decorar la casa o cómo deben jugar los niños, si debe vacunárseles o cuándo se les puede enseñar a leer.

Voy a meterme en otro patatal distinto y es hablar de una simpática (al menos para mí) religión que es el veganismo. Éste es un tema complejo, y por más que intente ser escueto sé que este artículo se me va a ir de las manos. También sé que en algún momento me van a tachar de retrógrado (espero que no de “taurino”, que es lo último), pero aun así, ahí va este ladrillo.

Los veganos, como todo el mundo sabe, se abstienen de utilizar cualquier producto de origen animal, tanto evitando la ingesta de alimentos de origen animal directo o indirecto (como es el caso de la miel), como el uso de cualquier otro producto (ropa, cosméticos, mobiliario) en el que se hayan utilizado sustancias de origen animal.

El loable propósito de esto es evitar la explotación de los animales, al tratarse éstos de seres vivientes y sentientes similares a la especie humana. Que quede claro que esta exquisita sensibilidad no se aplica a todas las especies (de ahí que no es correcto que los veganos se declaren “antiespecistas”), ya que especies de origen no animal, como vegetales, hongos, algas o bacterias pueden ser utilizadas sin ningún anatema por los creyentes.

Lo primero que sorprende de esta creencia y, desde mi óptica la descalifica, es su antropocentrismo. Los animales son dignos de respeto y consideración porque son similares a nosotras las humanas. No puedo dejar de apuntar que, desde mi punto de vista, si hay algún argumento que pudiera hacer respetables a los animales sería aquello que los hace diferentes de los humanos, pero bueno….

Evidentemente, las ideas de Linneo han sobrevivido desde el siglo XVIII, y para mucha gente los seres vivos se organizan en una jerarquía de supuesta proximidad a los humanos. Innegablemente, en lo alto de la jerarquía estamos los humanos (bueno, algunos siguen afirmando que, por encima se encuentran el Rey y Dios, lo que dota de totalidad a esa jerarquía). Después de las humanas, la clasificación es evidente y raya en lo infantil: mamíferos (entre los que, como su nombre indica, destacan los primates), aves, reptiles, anfibios y peces, por ese orden. Tras éstos, una amalgama de invertebrados que cada cual pone más o menos arriba según supuestas proximidades. Hay quien prefiere los moluscos cefalópodos (al fin y al cabo, tienen cerebro y unos ojos como los nuestros) y quienes prefieren los insectos sociales (que comparten con los humanos la aberración de las sociedades jerárquicas).

Más abajo, está toda esa maraña imprecisa de vegetales, hongos, etc. en la que también existen jerarquías, pero que, en el fondo, para el común de los mortales (sobre todo si es español) son poco más que piedras porque, siguiendo ese razonamiento de “sentido común”, ni se mueven ni tienen sistemas nerviosos similares a los nuestros. Lo que no se mueve, a tomar por culo. En fin, qué bonicas que son las jerarquías…

Tanta pseudociencia le abruma a uno que, en su simpleza, organiza a los seres vivos según le caigan más o menos simpáticos. En concreto, le tengo escasa simpatía a los mamíferos (exceptuando gatos y lobos) y a los insectos, bastante simpatía a los peces y soy un enamorado de las aves y de las plantas. Esta organización, aunque no afecta en modo alguno a mi utilización de los recursos naturales, resulta ser tan irracional y emocional como la anterior.

Y es que, al final, resulta bastante absurdo clasificar los seres vivos por la estrategia que han desarrollado, a lo largo de cientos de millones de años, para su supervivencia.

Determinados seres vivos (los animales) han optado por corretear estúpidamente de aquí para allá, devorando lo que sale a su paso (sea animal, vegetal o lo que se tercie), huyendo de ser devorados por otros como ellos o acercándose a otros seres de su especie para intercambiar código genético. Estos seres, como nosotros, se comunican a través de ruidos y posturas que, como todas sabemos, en general son confusas y conducen a malentendidos de todo tipo.

Otros (las plantas) han optado por instalarse en zonas ricas en nutrientes minerales y ayudarse de la energía de la luz solar para construir su alimento, y utilizar el viento, la gravedad u otros seres vivos (sin necesidad de aniquilarlos) para sus tareas reproductivas. Para comunicarse, utilizan un complejo intercambio de señales químicas que les avisan de peligros o situaciones de stress, alejan a los animales parásitos o atraen a los polinizadores, como las abejas o los colibrís.

Así, a bote pronto, me parece más admirable el modelo escogido por las plantas, que no necesitan prácticamente nunca aniquilar a otros seres vivos para nutrirse, ya que han seleccionado hacerlo por medio del anhídrido carbónico y la luz solar. O que en sus estrategias reproductivas tienen la “generosidad” de alimentar a los polinizadores con el néctar de las flores o a quienes dispersamos sus semillas mediante la ingesta de frutos. Los frutos no dejan de ser algo maravilloso como estrategia reproductiva, pues se hacen comestibles cuando sus semillas ya están listas para desarrollarse y consiguen dispersar esas semillas (junto con el estiércol que alimentará su crecimiento inicial) a través del movimiento y de las funciones digestivas de los animales frugívoros

Desde luego, la relación de las plantas con su entorno me parece bastante más inteligente que la de los animales, aunque no cuenten con un Sistema Nervioso Central del que tan orgullosas estamos las humanas.

Pero, al margen de simpatías y jerarquías, obviando que uno clasifique a los seres vivos en una estupenda pirámide de compartimentos estancos, la realidad es que la vida en la Tierra procede de una fuente única y los seres vivos están más próximos entre sí de lo que podríamos pensar en principio. Como demuestra, por ejemplo, la peculiar simetría pentagonal que compartimos con las manzanas, las rosas y las estrellas de mar.

A nivel ilustrativo, suelto más adelante los porcentajes de proximidad genética (compartición de ADN) de diversas especies respecto a los seres humanos. Adelanto que todo esto no quiere decir nada, porque el concepto mismo de “especie” no deja de ser una construcción mental de los humanos fruto del afán clasificatorio que tanto gustaba a los Ilustrados del siglo XVIII, y que es bastante polémica y confusa desde un punto de vista biológico.

  • Chimpancés 98%
  • Gatos 90 %
  • Ratones 88 %
  • Vacas 80 %
  • Moscas y pollos 60%
  • Bananas 50 %
  • Lechugas 40%

Esto último me conduce a contar la anécdota sobre el horror que sentí una vez en un supermercado pijo, viendo que vendían lechugas vivas (!!!), metidas en plastiquillos y con todas sus raíces sumergidas en agua. Estaba a criterio del consumidor (y de su sadismo), si al llegar a casa mataba las lechugas antes de devorarlas o se las comía vivas directamente desde el cachivache.

En fin, que puestos a respetar a los seres vivos y no comernos lo que no es ético que nos comamos, sólo nos queda la opción de ser frugívoros (como fuimos durante millones de años, alternando con algún rico coleóptero o larva, por eso de ingerir aminoácidos, hasta que la sequía en África Oriental dio con todo al traste), ya que los frutos son el único producto que está “preparado” de forma natural para ser ingerido sin dañar (habitualmente)  al ser vivo que lo produce.

Evito entrar en la argumentación (reconozco que demagógica), de las contradicciones a las que me lleva ese “respeto” a los animales.

Si yo no puedo comer la miel de las abejas, ¿debo respetar que un oso destroce una colmena para comérsela? ¿Debo tomar partido en la pugna de los carnívoros contra el resto de los animales?

¿Qué decir de la explotación indirecta de los animales que ejerzo al comer vegetales? Uso de las abejas para la polinización (no, no es algo natural, ya que son criadas específicamente para esta labor), uso de abonos de origen animal, eliminación de todo tipo de parásitos…

Por último, si respeto a los animales, ¿no es una aberración que mantenga a perros, gatos o cobayas bajo mi dominio y viviendo en entornos artificiales creados por la Humanidad? Ser vegana y “tener” un perro en una ciudad, ¿no es realmente chocante?

Muchas más insensateces y también sensateces podría soltar respecto a las pretensiones éticas del veganismo; siempre desde la inmensa admiración, no nos engañemos, por todos los seres vivos. Jamás se me ocurriría salir a “divertirme” reventando corzos a cartuchazos y me duele tanto la idea de arrancar una rama a un árbol como la de arrancarle una pata a un gorrión.

Pero hay otros dos razonamientos detrás de las creencias veganas, que son los beneficios para la salud (humana) y los beneficios para el ambiente que generaría una sociedad exclusivamente herbívora.

Pasaré totalmente por alto el argumento de que comer vegetales es “mejor para nuestra salud”. La salud de las humanas, claro, no la de las plantas. Al margen de que eso es bastante debatible desde un punto de vista científico, no deja de ser un argumento egoísta, mezquino y egocéntrico, que es mejor obviar.

El otro hilo argumental es mucho más relevante, pero a estas alturas intentaré resumirlo al máximo. Pretender que la agricultura industrial es menos dañina para el entorno que la ganadería industrial, es no haberse enterado de cómo funciona el Sistema.

La agricultura industrial se basa en el monocultivo de una serie limitada de plantas, de alta productividad a corto plazo. A largo plazo (concepto inexistente en el Sistema capitalista), los monocultivos arrasan la capa viva del suelo y sólo se pueden mantener artificialmente durante una temporada a base de abonos, también industriales, derivados del petróleo. Al final, el suelo queda baldío, el chiringuito se mueve para arrasar otra zona, y no hay nada que hacer.

La agricultura industrial prospera, sobre todo, en base a cultivos de semillas transgénicas, modificadas para incrementar enormemente su productividad y también para que generen, por sí mismas, sustancias insecticidas y herbicidas.

Si no optamos por las semillas transgénicas (y, en realidad, aunque optemos por ellas), nos veremos en la necesidad de utilizar esos insecticidas, herbicidas y otros venenos (que luego se propagan por el medio), para mantener a esas plantas fuera del alcance de sus depredadores animales naturales (insectos, roedores y otros herbívoros) y de la competencia de otras plantas.

En cualquiera de los casos, estos cultivos de soja, palma, maíz y cereales requieren que previamente se haya arrasado el bosque y el suelo primigenios, con toda la diversidad animal que aquéllos sostenían. En Indonesia o Brasil, la desaparición acelerada de la selva y toda la vida animal y vegetal que ésta sustenta, es un subproducto de las plantaciones masivas de palma y soja, esta última bajo licencia de Monsanto.

Los cultivos requieren un consumo desmesurado de agua (el 70% del agua que se gasta en el mundo se dedica a la agricultura) y contaminan la que no usan. Requieren el uso de abonos contaminantes provenientes de la industria del petróleo. Originan multitud de desechos tóxicos. Eliminan toda la biodiversidad animal, vegetal y bacteriana del entorno. En fin, son una pesadilla ecológica.

Me podéis argumentar que no hace falta que la agricultura sea industrial. Desde luego, pero esto nos plantearía el tema de cómo alimentar a más de 7.000 millones de humanos, de los que más de la mitad viven en ciudades baldías y de los que sólo una minoría cultiva su propio alimento.

Una solución podría ser la horticultura, siempre para un número muy reducido de humanas, nada de miles de millones. Pero, aun así, o tienes la suerte de contar con un terreno rico en elementos minerales como las tierras volcánicas o te ves en la tesitura de abonarlo. Y ahí, o eres víctima de las multinacionales del petróleo o te pones a explotar los residuos animales. Eso sin considerar el control de las llamadas “plagas” (animales herbívoros) que van a intentar alimentarse de lo que estamos cultivando.

En fin, otro día me enrollaré más sobre la agricultura, desde mi punto de vista uno de los inventos humanos de consecuencias más nefastas.

El problema, a la postre, se reduce a que es insostenible que 8.000 millones de humanos se alimenten como cuando éramos 5 millones, y podíamos ser parte del ciclo biológico, nutriéndonos de otros seres vivos (pues somos heterótrofos) y terminando nuestro ciclo como alimento de otros seres vivos. Eso se ha acabado, y pretender un retorno a un equilibrio con el medio mediante proyectos reformistas, está condenado al fracaso. Las humanas somos una verdadera plaga para la vida del Planeta, y sólo mediante soluciones radicales (e impracticables) como reducir la población en un 99,9 % podríamos replantearnos establecer otro tipo de relación con el resto de la Biosfera.

Termino, más por no aburriros que porque no tenga más que contar. El veganismo no deja de tener su punto “ilustrado” y un tanto elitista, y eso no me molestaría si no fuese por su afán evangelizador (como el de los cristianos) y por su anatemización de los no creyentes (también como los cristianos).

En su origen, los cristianos venían a salvar el mundo de sus pecados, construir una sociedad igualitaria y traer la felicidad a todos los humanos sin distinción: ricos y esclavos, hombres y mujeres, griegos y romanos, judíos y gentiles. Luego, tomaron el poder y se acabó el buen rollo. Mil años de feroz represión de la mente y del cuerpo, de jerarquización absoluta, de destrucción de la cultura y la tolerancia, de los que recién empezamos a salir.

Espero de mis amigos veganos, cargados también de buenas intenciones, que si llegan a tener el control de la sociedad no empiecen a montar hogueras y autos de fe para los que ponemos en cuestión, desde nuestra condición de heterótrofas, los principios y dogmas de su religión.

Lecturas sobre los nazis

Esto no es un escrito al uso, sino una débil, probablemente inútil, llamada a recordar qué fue el nazismo, en un tiempo en que es tan fácil llamar “nazi” a cualquiera con el que no compartas ideología o praxis.

Así, son “nazis” los nacionalistas catalanes o vascos, las feministas, el Estado de Israel (por más que éste sea racista y militarista, es una peligrosa trivialidad llamarlo nazi)… Es evidente que todos los que tienen tanta facilidad para usar el calificativo nazi ignoran deliberadamente lo que representó, para tantos millones de personas, la persecución, la marginalización y la aniquilación a las que fueron sometidas por el Gobierno alemán nazi.

Yo he tenido la suerte de no sufrir en mi persona esas exacciones, pero, en un pedazo de mi memoria, están presente el pavor y el desasosiego que sufrió mi abuelo, uno de los escasos judíos españoles, mientras el Régimen del Caudillo coqueteaba de manera repugnante con el Gobierno nazi.

No tengo, desde luego, ni la cultura, ni la experiencia, ni la prosa de tantos que han escrito sobre la dictadura nazi. Por eso, y a la vez para que no olvidemos qué fue el nazismo y no usemos ese abismal término tan alegremente, me permito recomendaros algunos (muy pocos) de los libros en los que he aprendido algo sobre el nazismo.

En primer lugar, es instructivo el libro “La Revolución alemana”, de Karl Dietrich Bracher. Este escritor plantea cómo la ideología nazi impulsó como valores socialmente aceptables la crueldad, la brutalidad y la destrucción. Y que el odio a los judíos y el plan para su exterminio eran consustanciales al modelo político nazi.

Otro libro interesante, y que en su día fue polémico, es “Hitler’s Willing Executioners”, de Daniel Goldhagen, que afirma que el “antisemitismo eliminacionista” era consustancial a la cultura política alemana desde el siglo XIX, y describe la participación voluntaria de los alemanes ordinarios en la marginalización, primero, la deshumanización, después, y la eliminación física, por último, de los judíos alemanes y europeos.

En otro orden de cosas y desde una óptica diferente, el libro “Russia at War”, de Alexander Werth cuenta la terrible guerra de los rusos contra los alemanes entre 1941 y 1945, perfilando de pasada el salvajismo y odio de los alemanes contra los eslavos y contra los judíos rusos y los resultados de la eliminación sistemática y planificada de unos y otros por los nazis.

Dejo para el final dos libros de dos de mis autores favoritos.

En primer lugar, Primo Levi, un químico italiano que sólo se sintió judío cuando los nazis lo identificaron como tal y lo enviaron al campo de exterminio de Auschwitz, al que sobrevivió por azares de las cosas. Levi era un gran escritor, aparte de su profesión de químico, y tiene cuentos maravillosos que recomiendo leer. Sin embargo, lo que le hizo famoso fueron sus tres libros sobre su experiencia de Auschwitz: “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados”.

Si bien toda la obra de Levi es altamente recomendable, este último libro citado “Los hundidos y los salvados” es uno de los más impactantes que he leído sobre los campos de concentración nazis. Escrito como una serie de serenos ensayos, alejado de la truculencia, es quizá el mejor análisis sobre el proceso de destrucción psicológica y física a que eran sometidos los humanos en los campos de concentración nazis. Con absoluta lucidez (y un profundísimo escepticismo), Primo Levi reconoce que, de la misma forma que no odia al pueblo alemán por lo que hizo, nunca será capaz de perdonarlo.

Termino con el autor cuyos libros más me han impactado y me han hecho meditar sobre los humanos, el mundo que hemos construido, lo que somos y lo que podríamos haber sido: Stanislaw Lem.

Dentro de una serie de “metalibros” en los que desarrolla reseñas y resúmenes de libros inexistentes, está “Provocación”. En este libro, la reseña principal y más extensa es sobre el libro “El genocidio” de un tal Aspernicus. Me es imposible hacer un resumen de este resumen de un libro que no existe. Sólo indicaré que es un profundo y pesimista análisis sobre la crueldad institucionalizada, sobre la maldad como modo de gestionar el mundo, sobre el sadismo inherente a toda relación jerárquica. Y muestra, para nuestro horror, cómo el nazismo marcó un punto de inflexión en nuestros conceptos de sociedad y, desde entonces, todo está permitido o, al menos, todo es justificable.

Este último libro, que esboza qué abismos de depravación y miseria moral se abrieron (y posiblemente no se cierren ya jamás) para la Humanidad con el triunfo del nazismo, debería hacernos meditar muy mucho antes de calificar como “nazis” cualquier acción en la que percibamos o imaginemos, poco, mucho o demasiado, un acto de desprecio, marginación o crueldad hacia los otros.

Europa

Nuestra sociedad, como ya no da para grandes ideas ni para heroísmos, se ha acomodado felizmente a la mitología pequeñoburguesa, que es lo que nos corresponde, por cutres.

La democracia parlamentaria, las libertades cívicas, la igualdad de oportunidades o la libertad de elección individual dotan de una fantasmal imaginería a nuestros ciudadanos. Junto a estos mitos primordiales hay, evidentemente, otras construcciones míticas secundarias, igualmente grises y acartonadas, y hoy quiero reflexionar sobre una de ellas: Europa como sinónimo de los derechos humanos, la tolerancia y el respeto a la diferencia.

Bastaría repasar los libros de Historia o las portadas recientes de los periódicos para que ese mito se tambalease, pero ahí sigue. Europa como faro de la Libertad iluminando el mundo.

El caso es que el propio concepto de Europa como unidad cultural es una falacia que no resiste ni siquiera el análisis tan superficial que voy a dedicarle a continuación.

Para los griegos clásicos, Europa era una parte de la Hélade, distinta de las islas del Egeo, del Asia helénica y del África helenizada. Desde luego, a ningún griego se le hubiese pasado por la cabeza considerar Europa las riberas del Rhin o las costas del mar Báltico.

Durante milenios, la cultura de la que hoy dicen ser herederos los europeos, fue una cultura centrada en el Mediterráneo. Los habitantes de Alejandría, Éfeso, Antioquía, Atenas, Cartago, Roma, Ampurias, Marsella compartían un estilo de vida, un modelo social, unos principios políticos, una economía y unos mitos que no tenían absolutamente nada que ver con los de los bárbaros germánicos, celtas o nórdicos que hoy representan la esencia de lo europeo.

Y es que Europa es una invención medieval, que surge como afirmación identitaria de la Iglesia germanizada y aislada para siempre de la cultura clásica mediterránea, frente a musulmanes, eslavos y bizantinos. En aquella época, era de uso habitual denominar La Cristiandad a la Europa bajo la férula de la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Germánico, ambos declarándose herederos espurios de Roma.

Los grandes hitos de Europa desde entonces han sido, entre otros, las Cruzadas, los progromos antijudíos, la Inquisición, el mercantilismo, las guerras de religión, el expolio colonial, las guerras mundiales y el Holocausto.

Me diréis que Europa ha sido también la cuna de la Razón y las libertades, pero no hay más que leer a personajes como Voltaire, Rousseau o Locke para darse cuenta de lo que significan, en la mente de estos aristócratas hondamente religiosos, la razón y las libertades. La Revolución francesa no es ni más ni menos libertaria que las muchas otras revoluciones que han surgido en el mundo desde que existen los poderosos, y toda su relevancia se debe a que ocurrió en el seno de la cultura dominante y dio paso a la actual clase dominante.

Las tan cacareadas libertades se han limitado, en la práctica, a la libertad de los burgueses para intercambiar sus mercancías por todo el mundo, por las buenas o por las malas. La cultura emblemática de la libertad mantuvo la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la sustituyó por el modelo de explotación capitalista, en la que el Amo se ahorra la gestión directa de la manutención y el alojamiento del esclavo.

La tolerancia de la que se precian los europeos la han sufrido repetidas veces judíos, ateos, gitanos, inmigrantes pobres, mujeres y enfermos mentales, por nombrar sólo unos cuantos.

Hoy en día, los mayores defensores de la idea de Europa son los nazis, los cristianos integristas y los capitalistas partidarios del libre mercado. Con esa compañía, entenderéis el nulo entusiasmo que siento por cualquier cosa que apeste a europea.

Así que no me cuenten historias de lo buenos que son los europeos, que ya están la Unión Europea, el Consejo de Europa, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea para mostrarme lo que puedo esperar de esta sociedad autocomplaciente que se precia, esencialmente, de despilfarrar el agua corriente lavándose las manos varias veces al día ante todo lo que ocurre.

Cambio climático y contaminación (II)

Al hablar de contaminación atmosférica, los medios de desinformación, en su afán porque la gente no se entere de nada, suelen mezclar sin ningún criterio los contaminantes que producen el calentamiento global, los humos que oscurecen el cielo de las ciudades y los gases tóxicos que envenenan el aire que respiramos.

Conviene distinguir entre:

  • Gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico o el agua, que son inodoros, invisibles y no solo inocuos, sino necesarios para el sostenimiento de la vida en el planeta.
  • Gases que son venenosos o cancerígenos, como el óxido nitroso (NO2), el monóxido de carbono o los hidrocarburos policíclicos, también imperceptibles a la vista.
  • Partículas procedentes de combustiones incompletas de los combustibles. Es lo que se llama habitualmente humo, produce las nubes de “smog” y contiene carbono, sulfatos, metales y compuestos orgánicos. Son perceptibles por la vista y el olfato y son tremendamente dañinos para el tejido pulmonar.

Todos estos gases son subproductos de la combustión de carbón y derivados del petróleo y lo originan las centrales térmicas, algunas fábricas y, especialmente en las ciudades, los motores de combustión interna.

Según el informe de 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (http://www.iea.org/textbase/npsum/weo2014sum.pdf), para 2040 el suministro mundial de energía provendrá de cuatro orígenes a partes casi iguales; petróleo, gas, carbón y fuentes bajas en carbono.

No es ajeno a este reparto el hecho de que, según el mismo informe, las energías derivadas de combustibles fósiles estén fuertemente subvencionadas. Los subsidios estatales a energías fósiles (petróleo, gas y carbón) sumaron 550.000 millones de dólares en 2013, más de cuatro veces los subsidios a energías renovables. Este reparto de dinero público frena drásticamente las inversiones en mejorar la eficiencia energética y en energías renovables. Los combustibles fósiles (los grandes contaminantes) no sólo son baratos sino que, además, son los más subvencionados.

Uno de las fuentes más dañinas de contaminación son los vehículos con motor de combustión de energías fósiles. Estos vehículos, lo mismo que sus combustibles, también están subvencionados por los Estados, respondiendo a los intereses de las compañías petroleras y de los fabricantes de automóviles. Una parte sustancial de nuestros impuestos está dedicada a fomentar el enriquecimiento de unas corporaciones cuyos productos están, literalmente, envenenándonos.

En Europa, además, tenemos la particularidad de que se subvenciona un modelo de motor, el diésel, y su combustible, el gasóleo, con emisiones significativamente más dañinas que las de los vehículos de gasolina. Esto consigue que en Europa el 53% de los vehículos sean diésel (en España es el 63%) frente a 3 % en EEUU. Probablemente esta mierda sea debida que el motor diésel es un invento alemán.

Los escapes de la combustión diésel son la principal fuente de contaminantes que originan cáncer, daños pulmonares y cardíacos y problemas mentales. Los escapes de diésel contienen contaminantes señalados como carcinogénicos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC).

Las principales emisiones de los motores diésel son partículas, NO2 (representando el 80% de las emisiones de este gas venenoso), hidrocarburos policíclicos, monóxido de carbono, benceno, arsénico, antimonio, anilinas, tolueno, ozono…

Se estima (según la Agencia Europea del Ambiente) que unas 432.000 personas en Europa murieron prematuramente en 2013 debido a las concentraciones de partículas en la atmósfera, otras 75.000 murieron debido a la exposición a largo plazo al óxido nitroso (NO2) y otras 17.000 debido a la exposición al ozono a nivel de la superficie. Todos estos contaminantes, producto esencialmente de los motores diésel.

A pesar de todos estos datos, la política de la UE respecto a estos motores no varía. Más aún, el fraude de las emisiones de los vehículos fabricados por Volkswagen nos demuestra a qué intereses responde la legislación europea: Cuando se ha comprobado que Volkswagen mentía y que sus motores emitían más contaminantes de los que marcaba la norma de la UE, en lugar de paralizar la fabricación y venta de esos utensilios mortíferos, en lugar de sancionar a la empresa alemana por su fraude, lo que se ha hecho es aumentar los límites permitidos, en medio del silencio y la indiferencia generales. Aun así, es alucinante constatar que 9 de cada 10 vehículos Diesel no cumplen los límites que marca la nueva legislación.

Todo este mamoneo que antepone los intereses de los grandes industriales a nuestra salud y que desvía el dinero público a subvencionar a estos envenenadores y tramposos, tiene sus cómplices entusiastas. Todos los poseedores de un vehículo privado y, más específicamente, todos estos “listos” que se compran un vehículo diésel porque, entre todos, con nuestros impuestos, conseguimos que el combustible con que nos atufa y nos enferma le salga más barato.

Mi fe en la Humanidad siempre ha sido escasa, pero cuando veo esas interminables caravanas de automóviles emitiendo veneno y pienso en el entusiasmo con que sus dueños acogen que el litro de gasóleo esté a menos de 1 €, la indignación de cuñados que manifiestan porque su combustible no se abarata al mismo ritmo que el petróleo, el levantamiento general que protagonizarían si se limitase la circulación se sus máquinas de muerte por el centro de las ciudades, se me caen todos los palos del sombrajo. Y me retiro.

Cambio climático y contaminación (I)

Hace pocas semanas terminó la Cumbre del Clima en París y se ha organizado el gran circo con cientos de políticos y mandatarios mostrando su inmensa preocupación (como siempre), esta vez por los efectos de las emisiones de CO2.

Cuando antiguos negacionistas del cambio climático (llamarles “escépticos” me parece dotarles de una categoría intelectual de la que carecen) como el zurullo del presidente Rajoy se han dejado llevar por la corriente dominante uno no puede dejar de sentir sospechas sobre qué hay detrás de este cambio.

Que los humanos influimos sobre el clima desde la Revolución Industrial es un hecho que ya nadie en sus cabales puede negar. Hay quien argumenta que nuestra influencia sobre el clima se remonta ya a unos 5.000 años, a causa de la emisión de metano que produce el cultivo de arroz, la deforestación masiva asociada a la agricultura y la emisión de anhídrido carbónico asociada a la quema de bosques que, por ejemplo, acabaron con la masa forestal australiana en unos pocos miles de años. Pero, muy probablemente, esos efectos no hayan sido tan masivos como los de la quema de combustibles fósiles en los últimos 150 años, especialmente dado el escaso número de humanos al inicio de la era agrícola.

Volviendo a la citada Cumbre de París, en ésta se ha llegado a un supuesto acuerdo para limitar el incremento global de temperaturas por debajo de 2º C sobre los niveles pre-industriales.

Es interesante recordar que, desde todos los medios, se hace un énfasis desmesurado sobre los efectos del anhídrido carbónico, obviando otro potente gas de invernadero como es el vapor de agua y que, junto a éste, se encuentran el metano o el óxido nitroso. Con premisas tan simplificatorias, no sé qué análisis en profundidad se ha podido hacer sobre las medidas a tomar.

Como lector impenitente, he tenido la santa paciencia de leerme el protocolo aprobado y es, como esperaba, una larga letanía de lugares comunes, declaraciones de intenciones y terminología grandilocuente en el que hay escasísimas concreciones en cuanto a medidas a tomar para alcanzar ese objetivo mágico de los 2º.

Uno es escéptico por naturaleza y mal pensado por experiencia, por lo que me cuestiono cuáles son los motivos que han llevado a definir un objetivo tan específico cuando el resto del protocolo carece de la menos especificidad.

En realidad, lo que se ha acordado no compromete a nadie a nada concreto, sino que todo se deja a criterio de los respectivos Gobiernos, que marcarán sus límites de emisión de CO2 y las medidas que tomarán para alcanzarlos. No hay tampoco ningún tipo de supervisión ni de medidas de estímulo o coerción para cumplir los objetivos. En resumen, cada uno definirá lo que quiere hacer y nadie supervisará siquiera si esas acciones se llevan a cabo. La mano de los EEUU, Arabia Saudí, China y otros grandes contaminadores ha convertido el acuerdo en papel mojado antes de ponerlo en práctica.

Desde luego, toda esta parafernalia que han montado los Gobiernos mundiales no hubiese tenido lugar sin la aquiescencia y visto bueno de los que realmente mandan, que son las grandes corporaciones industriales. Estas corporaciones y otros centros de Poder llevan estudiando el cambio climático desde hace décadas y no habrían admitido ninguna medida que pusiese en peligro sus intereses económicos a corto y medio plazo. De hecho, es lo que han estado haciendo en las últimas décadas con respecto al calentamiento global.

Sospecho que el análisis realizado se basa en los siguientes parámetros:

  • Un incremento de 2º C es suficiente para deshelar el Océano Ártico totalmente, al menos durante una parte sustancial del año, lo que permitirá la explotación de los recursos minerales de su fondo y el uso de esas aguas como vía de transporte más corta y más barata que el Canal de Panamá.
  • Ese incremento, además, aumentaría la capacidad agrícola de los países del Norte (cultivos a mayores latitudes y mayor periodo de crecimiento y maduración). Como contrapartida, los países de latitudes más bajas se encontrarían con problemas en su producción alimentaria. Pero esos países son pobres y, por tanto, que se jodan, como diría Andrea Fabra.
  • Sin embargo, incrementos superiores a los 2º pueden llevar a efectos incontrolables en el clima, especialmente si se derriten las grandes masas de hielo terrestre (Groenlandia y la Antártida) que, además, sí que afectarían sensiblemente al nivel del mar en el planeta.

Así que estos delincuentes han hecho su apuesta por un escenario con las ventajas de un calentamiento mesurado y sin las desventajas de un calentamiento descontrolado.

Aunque la mafia planetaria no es tan tonta ni tan descuidada como a veces queremos creer, sí lo es lo suficiente como para apostar por una situación que no tiene ninguna garantía de ser controlable: ni los patrones del clima terrestre se conocen más que muy superficialmente, ni las medidas a tomar están definidas, ni, sobre todo, puede uno fiarse de que estos trileros no se pongan a hacer trampas desde el día siguiente a la aprobación del protocolo. Al fin y al cabo, no dejan de ser capitalistas, es decir, esencialmente mentirosos y tramposos.

Mientras tanto, se pasan por alto o se confunden otros problemas de contaminación derivados del modelo capitalista de consumo, como la emisión de gases tóxicos que atenazan las atmósferas de todas las ciudades del mundo, en un radio de decenas de kilómetros. Pero este tema requiere un poco más de tiempo y lo dejo para otro día.

Domingos y fiestas de guardar

Últimamente escucho cada vez más voces en contra de la apertura de tiendas en domingos y festivos con argumento del tipo “Los domingos son para descansar” “Los domingos para la familia”…

Entiendo que los señores de la derecha rancia y católica se indignen ante tamaño desacato a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia que preconizan el descanso los “Domingos y Fiestas de Guardar”. También que los que añoran la familia patriarcal no estén dispuestos a abandonar la costumbre del paseíto y la cañita dominicales con “la señora y los niños”.

En general, toda esta gente que defiende lo de no trabajar en domingos y fiestas de guardar es conservadora y de lo más ritualista. Desde luego, a ninguno de ellos se le ocurre plantear que cierren en los festivos bares, cines, teatros, panaderías o churrerías. Eso ha abierto siempre los domingos y las costumbres deben conservarse. Evidentemente, tampoco nadie aboga porque bomberos, médicos, enfermeros o las personas de salvamento marítimo no trabajen los domingos.

Eso me lleva a sospechar que los motivos de estos defensores del descanso dominical son bastante egoístas, cosa inherente a la mentalidad conservadora y de derechas.

Pero lo que parece, en principio, chocante es escuchar este mismo argumento desde posiciones izquierdistas u obreristas.

Claro que la “izquierda” también se ha caracterizado siempre por ser bastante ritualista, conservadora y fetichista. Muchas veces me cuesta distinguir entre un sindicalista reformista y un defensor de los gremios medievales. Bueno, no me cuesta distinguirlos, es que son exactamente lo mismo.

Lo que pasa es que, esta vez, ya no se retrotraen a la Edad Media, sino al Imperio Babilónico. De la sociedad de Babilonia nos separa un lapso de tiempo de 4.000 años, pero, cultural y socialmente, las diferencias son insignificantes. En Babilonia descubrieron (o debía decir, inventaron) el poder cabalístico del número 7: 7 planetas, 7 metales, 7 colores… Además, daba la casualidad de que la Luna tenía cuatro fases con un ciclo aproximado de 7 días cada una.

Así que el número 7 se convirtió en un número mágico; se inventaron la semana (que todavía sufrimos) y, sobre todo, inventaron el día sagrado, una vez a la semana, en la que el pueblo debía acudir a los templos para que los sacerdotes le refrescasen el debido adoctrinamiento en la docilidad y la sumisión a la voluntad de los dioses y los jerarcas.

Ese rollo del 7, la semana y el día sagrado lo adoptaron los judíos, durante su cautividad en Babilonia, y pasó luego a cristianos y musulmanes. Y aquí sigue.

Claro que ahora existe la TV, con lo cual el adoctrinamiento es diario. Los domingos antes tenían fútbol, la nueva alienación, pero eso ya ha pasado a ser otro evento diario. El día sagrado ha dejado de tener sentido social, salvo para esos conservadores que no quieren dejar atrás los usos y costumbres babilónicas.

A mí, particularmente, me da cien patadas descansar los domingos o los miércoles, porque lo que me jode la vida es el trabajo, en tanto en cuanto es un asunto normativo. Y me jode igualmente el descanso normativo que me quieren imponer los burócratas, dictándome qué días debo y no debo trabajar. Sobre todo, porque en ningún momento cuestionan el problema de fondo, que es el concepto de trabajo. El trabajo no es liberador y el descanso pautado en medio del trabajo no es más que otro entorno normativo, cuyo objetivo es, exclusivamente, reponer fuerzas para una nueva dosis de embrutecimiento laboral. Déjense de horarios y busquen libertad para actuar. Si yo quiero trabajar quince días seguidos y luego holgar durante una semana, ya están los Amos para impedírmelo sin necesidad de que, en su empeño de establecer normas, les refuercen los burócratas de “izquierdas”.

Porque lo de los domingos, ni siquiera desde un punto de vista reformista es un planteamiento positivo. El asunto, dentro de esa óptica de “mejora” del Sistema, no debería ser si trabajar o no en determinados días, sino garantizar que se trabaja un máximo razonable de horas al año y que se recibe un salario aceptable para vivir con normalidad a cambio de esas horas.

Pero, repito, el problema real es el concepto de trabajo, instrumento de control y alienación, entorno donde se estimula la subordinación y la jerarquía, y que carece de todo sentido social. El concepto de trabajo no se atreven a atacarlo.

El trabajo no es algo enriquecedor, personal o socialmente productivo y, mucho menos aún, algo liberador. La vida demanda una serie de tareas para garantizarnos el alimento, el cobijo, el aprendizaje, la diversión, la salud. Pero el trabajo no tiene nada que ver con esas tareas; es un puro elemento de control. El trabajo no surge de ninguna necesidad económica o social, surge de una necesidad política de disciplina, orden y sumisión.

De ahí que siempre (y cada vez con más amplitud) hayan existido una serie de trabajos que no aportan absolutamente nada al bienestar social, pero permiten tener al populacho disciplinado y bajo un férreo control normativo. Volvemos a Babilonia: desde la construcción de esos magníficos templos y zigurats que no tenían la más mínima utilidad social, pero ocupaban a miles de esclavos, hasta los millares de empleos prescindibles de la sociedad actual, nada ha cambiado en la esencia del modelo, sólo que éste se ha enriquecido y diversificado.

Abogados, corredores de bolsa, teleoperadores, comerciales, community managers, notarios, diplomáticos, burócratas, vendedores, subsecretarios y ministros, informáticos, presentadores de TV y tertulianos, futbolistas, curas, agentes secretos, registradores de la propiedad, “coachs”, contables y oficinistas, seguratas, directores y mandos intermedios… se me ocurre una lista interminable de trabajos absolutamente improductivos y que sólo sirven para tener controlada a la población.

Actualmente, se trabaja más moviendo papeles, reales o electrónicos, que produciendo nada. En una reciente encuesta, el 37% de los trabajadores británicos decían sentir que sus trabajos no eran productivos para nada. Probablemente, es una minoría consciente ya que la realidad de los trabajos improductivos es cada día más extensa.

En un interesante artículo (http://strikemag.org/bullshit-jobs/) sobre el trabajo basura, David Graeber argumenta que se suponía que ahora deberíamos trabajar menos horas menos días a la semana, según la tecnología automatiza la producción. Pero la realidad es que han surgido nuevas industrias sin ninguna utilidad social y más trabajos meramente para administrar, dar soporte y securizar esas industrias.

La tecnología ya permite eliminar las tareas más penosas. Como se mecanizaron la siega, la trilla y el empacado de paja en la cosecha, se pueden mecanizar la recogida de basuras, limpieza de calles o minería. Esto debería dejar un conjunto mínimo de tareas productivas que no fuesen vocacionales; para ellas siempre habría voluntarios o un reparto acordado de tareas.

En una sociedad orientada al disfrute, desarrollo personal y satisfacción de sus componentes, y no al control y sumisión de la mayoría para el demencial y desorbitante enriquecimiento de unos pocos, el trabajo como concepto no existiría y cada persona dedicaría su tiempo y sus esfuerzos a actividades vocacionales y realmente productivas para sí y para sus congéneres. Aunque muchos no se lo crean, no somos tan burros como para necesitar que nos fustiguen para hacer lo necesario (y, menos aún, lo innecesario).

Por tanto, como conclusión, dejémonos de chorradas de si trabajar o no los domingos y centrémonos en conseguir lo que realmente puede liberarnos de la esclavitud cotidiana: acabar con la antigua, maldita y abusiva institución del trabajo.

Mitología y conspiraciones

Todas las sociedades intentan buscar la justificación de su existencia en una serie de mitos culturales que, aceptados por una parte significativa de la sociedad, dan a ésta cohesión, sentido y continuidad. Lo menos importante es la realidad de esos mitos; lo que realmente importa es que suficiente gente crea en ellos como para aceptar que justifican el estado de las cosas y no poner en cuestión la estructura normativa y las relaciones de poder de la sociedad.

Por ejemplo, la sociedad romana tenía entre sus principales mitos estructurales la religión romana, el culto a los antepasados y la participación del pueblo en la gobernación a través del Senado, los tribunos y los cónsules. La sociedad capitalista moderna, más economicista, se sustenta en mitos como el crecimiento, el progreso científico y el Gobierno representativo.

Cuando una cultura entra en decadencia, la reacción de la sociedad ante sus mitos fundacionales es diversa. Una parte se empeña en seguir creyendo (o, si se trata de la élite dominante, en simular que sigue creyendo) en la mitología establecida. Otra parte, minoritaria, intenta mostrar desde el escepticismo y la crítica razonada la invalidez y la necedad de seguir creyendo en esos mitos, o, para el caso, en cualquier mito. Otra parte, que va creciendo según la decadencia de la sociedad se acelera, se apresura a sustituir los mitos en ruinas por nuevos mitos aún más absurdos, en una especie de “horror vacui” de quedarse sin mitologías.

Habitualmente, los nuevos mitos suelen ser aún más destructivos que los anteriores, al surgir como un refugio desesperado de aquellos que, parafraseando a León Felipe, desde su miedo necesitan inventar cuentos.

Así, los romanos sustituyeron el mito de las instituciones legalistas por el de la omnipotencia del Emperador, la religión histórica por el cristianismo, el culto a los ancestros por el culto a la curia y al Papa.

En nuestra sociedad, que en el fondo sigue siendo una sociedad agrícola y patriarcal escasamente diferente de la romana, se produce el mismo fenómeno de sustitución de mitologías por otras, cuando menos, preocupantes.

El desprestigio de la supuesta representatividad del Gobierno da lugar a la aparición de líderes, gurús y otras manifestaciones caudillistas. Sobre eso hay poco que decir, pues todos vemos cotidianamente como las instituciones se personalizan, la gente adora u odia al líder omnipotente, las ideas no cuentan nada ante el poder carismático, cualquier enfoque político debe estar encarnado en un dirigente. En fin, otra vez el culto al Emperador.

Respecto al crecimiento, por desgracia es un mito que cuesta y costará derribar, pero cuando se cuestiona el crecimiento, normalmente se plantea la alternativa de volver a un sistema cavernario  donde los grandes objetivos son estar cubierto de piojos y talar los árboles para calentar la cueva en invierno. Y esto enlaza con el fin de otro mito, que para mí es más preocupante: la fe en el avance científico.

Desde luego, tener fe en algo es una estupidez, con lo que nada vamos a perder con la desaparición de la fe en el avance científico, máxime cuando éste se ha convertido en mera progresión tecnológica. Lo que me preocupa es que, en este rechazo del batiburrillo científico-tecnológico, se pasa a rechazar el método científico, el análisis racional y el propio raciocinio.

Aparecen entonces los magufos y conspiranoicos que están convencidos de que la ciencia y la tecnología son instrumentos en manos de unos malvados de película de James Bond, que los utilizan para domesticar y, seguidamente, exterminar a la Humanidad.

Es bien cierto que las actitudes y las acciones de los Gobiernos, el secretismo en la toma de decisiones, el control de la vida cotidiana por una minoría sin escrúpulos y las constantes manipulaciones de la opinión pública para hacernos ver que lo negro es blanco y lo blanco es negro, dan pie a pensar en todo tipo de conspiraciones y camarillas secretas organizando el mundo desde sus refugios subterráneos. Pero no entiendo bien qué tiene que ver eso con la dejación absoluta de cualquier tipo de análisis racional de la realidad.

Una suerte de “cuñadismo” se está extendiendo por una sociedad cada vez más descreída de lo que le cuentan y que necesita creer, como sea, en algo; cuanto más inverosímil, mejor.

Este pensamiento mágico se presenta, especialmente, cuando se trata de temas de salud, aspecto que en esta sociedad egoísta, narcisista y con ansias de eternidad, se ha convertido en el centro de las obsesiones de la gente. Claro que, tratándose de cuñadismo del bueno, lo menos importante es que lo que se piensa tenga la menor verosimilitud; sólo importa que tenga su base en algún contubernio siniestro y oculto que sólo se ha desvelado a los “iniciados”.

Basándose en el evidente afán de lucro de las industrias farmacéuticas (como cualquier empresa capitalista), los iniciados han descubierto una conspiración a nivel mundial para enfermarnos, matarnos o, cuando menos, volvernos autistas por medio de medicinas y vacunas que no sólo no tienen ninguna utilidad, sino que están cargadas de efectos negativos y letales, conocidos y promovidos tanto por los Gobiernos como por las farmacéuticas. Qué estúpido interés pueden tener en hacerse ricos envenenándonos (con lo que perderían clientela) en lugar de hacerse ricos intentado curarnos, es algo que escapa a mi comprensión. Pero ahí están los movimientos antivacunas, el pingüe negocio de la homeopatía, la medicina alternativa, el reiki y otras formas de “imposición de manos” alimentando una sociedad de lo irracional y lo mágico, que, desde luego, no pone en cuestión lo más mínimo de la estructura del Sistema y no deja de ser una nueva versión extendida y ampliada de los libros de autoayuda.

Toda esta gente que afirma tajantemente que las farmacéuticas ponen en el mercado, y los médicos promocionan, sustancias conocidamente dañinas con el mero objetivo de ganar dinero, no abren, sin embargo, la boca cuando se trata de la industria automovilística. Claro, que todos los cuñados entienden de motores y aceleraciones y se sienten cómodos con esos artefactos, pero lo de las moléculas y la química es un tema bastante más complejo.

La industria automovilística, y esto sí es un hecho incontestable, pone en el mercado millones de artefactos respecto a los cuales son muy conscientes de que su uso es letal. Y lo es porque los costes de hacerlos no letales serían excesivos y disminuirían la rentabilidad del negocio.

Implantar mecanismos para que los autos no emitiesen gases venenosos y cancerígenos, que matan todos los años a millones de personas, es más caro que montar un motor de combustión, tecnológicamente atrasado, que quema hidrocarburos y expulsa todo tipo de moléculas infinitamente más tóxicas y peligrosas que las vacunas.

Poner en marcha los elementos de seguridad que evitasen que un auto se convierta en una trampa mortal ante cualquier descuido a 100 Km/hora (velocidad que todos estos cacharros superan sin el menor esfuerzo) también incrementaría el coste de una forma que los fabricantes de automóviles no están dispuestos a asumir.

Así, la gente utiliza cotidianamente un aparato en cuya fabricación está previsto y calculado que va a ocasionar cientos de miles de muertos al año por su mero uso. ¿Os imagináis que, en el mundo, utilizar la lavadora, la plancha o el frigorífico produjese durante un mes la décima parte de los muertos que los autos en una semana? Se exigirían comisiones de investigación, cierre de fábricas, responsabilidades penales a los fabricantes y se produciría una caída abismal en la compra de esos mortíferos aparatos. Podemos esperar sentados a que ocurra lo mismo con el auto, esa máquina asesina que sale de las cadenas de montaje con una tasa ya predeterminada de muertos por centenar de unidades.

Otra de mis teorías favoritas de los conspiranoicos es la de las “chemtrails”, las supuestas estelas de productos químicos con que nos fumigan desde los aviones. Ignorando todo sobre la condensación del vapor por efecto de la presión, esta gente nos quiere convencer de que nos están fumigando con el objetivo de acabar con nosotros. Evidentemente, de la “fumigación” a que nos someten los vehículos con motor de combustión nunca hablan. Ni tienen el menos reparo en tomar un avión “fumigador” para irse a una playa tailandesa o a Londres.

El problema de todas estas paranoias y mitologías es doble: por un lado, rechazan cualquier aproximación analítica a los problemas de la sociedad, con lo cual es imposible que lleguemos siquiera a analizar las causas y a procurar los remedios; todo es mágico, oculto y conspirativo, no hay forma racional de oponerse a ello.

Igual de preocupante es el otro problema inherente a las teorías conspirativas, la pérdida de visibilidad de los atentados reales a nuestra vida: mientras se preocupan de descubrir dónde y cuándo les han implantado el chip para anularles la voluntad, se dejan embrutecer por las cadenas televisivas y las visitas semanales a los centros comerciales.  Mientras imaginan el programa secreto de control de la Humanidad, no tienen reparo en pasear entre los miles de cámaras que inundan las ciudades o en ir dejando el rastro de sus actividades, intenciones, localizaciones, afinidades por medio de múltiples cachivaches electrónicos conectados todo el día y en los que publicitan su vida privada sin limitaciones. Mientras se fabrican gorros de papel Albal para que no les proyecten pensamientos, se emboban escuchando a los líderes de opinión, santones o saltimbanquis del circo político.

En fin, conducidos de una forma cada vez más acelerada a una nueva Edad Media, y enfrentado a estas “alternativas” a la sociedad actual, intento mantener la esperanza de que, cuando se derrumbe definitivamente la civilización occidental, al menos los nuevos mitos sobre los que se construya la sociedad no tengan como Libro Sagrado una colección de tratados sobre homeopatía, acupuntura y reiki.

Principios y tácticas

Para una anarquista, la disyuntiva que implica el título de este artículo, puede parecer evidente. Los principios deben anteponerse a las tácticas. El fin no justifica los medios.

Claro que, como anarquista, hablar de principios siempre me ha rechinado un poco. Dado que, afortunadamente, la mayoría de los anarquistas no creemos en ningún Libro revelado ni admitimos popes infalibles que nos digan cómo actuar en cada momento, el tema de los principios se convierte en un asunto individual y, por tanto, subjetivo.

En cuanto al fin u objetivo de las anarquistas éste es, evidentemente, la Anarquía como forma de sociedad. Sin atreverme a definir la Anarquía (como no me atrevo a definir la Vida), pienso que la sociedad anarquista es una sociedad en la que, mediante la cooperación voluntaria de humanos libres, se intenta obtener la felicidad y el bienestar de la mayoría, evitando toda forma de privilegios, dominación, sumisión, explotación, discriminación, poder, represión y coerción. Esta definición puede ser objeto de todo tipo de críticas, pero creo que será aceptada por la mayoría de las anarquistas.

Ese objetivo, ¿es alcanzable mediante un brusco giro histórico, tipo insurrección? ¿Es posible todavía pensar en un movimiento masivo de personas que asaltan las Instituciones, que les arrancan el Poder y lo destruyen, lo deshacen y pulverizan?

Una serie de consideraciones hace que sea bastante escéptico respecto a esa posibilidad.

En primer lugar, la toma del Poder siempre la llevaría a cabo una minoría que, una vez alcanzado ese Poder, no tendría el menor interés en destruirlo. La defensa de la Revolución frente a los contrarrevolucionarios, la inmadurez popular, la necesidad de instruir a las masas, el desenmascaramiento de los enemigos infiltrados… El nuevo Poder siempre encontrará excusas para reforzarse, instaurar un nuevo régimen represivo, imponer normas de conducta, reproducir, en suma, el modelo de dominación y su contrapartida, la sumisión.

Por otro lado, el Poder está actualmente infinitamente más disperso que hace uno, dos o tres siglos. Anteriormente, bastaba con tomar el Palacio de Invierno o cortar la cabeza al Rey para desmoronar, en gran medida, las estructuras de Poder existentes. Ahora el Poder habita en múltiples instancias y se ejerce desde diferentes entornos. Las empresas, grandes y pequeñas, las instituciones educativas, las entidades financieras, los conglomerados militares, los organismos internacionales de todo tipo, los gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales, y la lista podría extenderse indefinidamente, son centros de Poder. Interrelacionados muchas veces, organizan la vida de las personas en múltiples aspectos y representan barreras al libre ejercicio de la responsabilidad de cada una.

Un último aspecto, y quizá el más grave, es la extendidísima ignorancia de los seres humanos respecto al funcionamiento real de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos. Una sociedad en la que, gracias a los medios de desinformación, las personas consideran el summum de la felicidad poder pasear los fines de semana por los centros comerciales o tener la posibilidad de comprarse un trineo, aunque uno viva en el desierto del Sáhara. Una sociedad que promueve la competencia, la desigualdad, la jerarquía y la hostilidad hacia los extraños. Una sociedad de personas lobotomizadas mediante espectáculos televisados de trifulcas escenificadas por actorzuelos de tercera fila, campañas electorales, personajes-modelo carentes de neuronas, pugna continua por hacerse con el último utensilio que les impone la moda, focalizacón de la atención en efímeras trivialidades ultrapublicitadas, miedos absurdos inculcados…

Este aspecto de la ignorancia promovida desde los poderes es el que me hace más escéptico respecto a la posibilidad de un cambio súbito y radical en nuestro modelo de convivencia. Y, probablemente, el que más difícil solución tenga. ¿Cómo cambiar la educación sin cambiar la sociedad que fomenta esa “deseducación”? ¿Cómo cambiar la sociedad sin cambiar la educación que legitima y sustenta el poder de esa sociedad?

En fin, derivo como siempre… Ante la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo como anarquistas de una forma inmediata o en un futuro previsible, ¿debemos retirarnos a nuestros “cuarteles de invierno” hasta que las condiciones sean más propicias? ¿O debemos trabajar en el día a día para conseguir esas condiciones más propicias?

Y es en esa disyuntiva donde me planteo la cuestión de los principios frente a las tácticas.

Si nuestro objetivo es conseguir una sociedad de personas libres, solidarias y fraternas, ¿es preferible aceptar cualquier avance en esa dirección o debemos mantenernos inflexibles en el rechazo absoluto de todo lo que no sea la Anarquía? En la propia forma de exponer la pregunta, creo que es fácil adivinar cuál es mi perspectiva al respecto.

Creo honestamente que debemos aprovechar cualquier resquicio, contradicción o ventaja que nos aporte el Sistema para limitar su poder e influencia, a riesgo de “contaminarnos” con prácticas propias del Sistema.

Por ejemplo, aunque los tribunales y la profesión de abogado son parte inherente del Sistema, ¿no es más lógico, en un juicio contra unas compañeras, utilizar un abogado para intentar que el juez las ponga en libertad que rechazar cualquier tipo de ayuda basándose en que no reconocemos la legitimidad del Tribunal para juzgarnos?

Aunque el dinero vaya a parar a las arcas del Estado, ¿es coherente negarse a recolectarlo para pagar la fianza de unos compañeros? ¿O es mejor que puedan volver a la calle para seguir trabajando en la lucha diaria?

Y entrando en terrenos más resbaladizos, si una candidatura municipal va a implantar modelos participativos y fomentar el debate asambleario en los barrios, ¿no es más adecuado votarla que abstenerse y permitir que se imponga una candidatura fascista? Digo que este terreno es resbaladizo, porque entramos en el debate de la participación en las instituciones (que, personalmente, rechazo) o el sostén de las instituciones (que puede considerarse que se produce por el hecho de colaborar en sus circos electorales).

Por mi parte, no tengo ninguna fe en ningún “representante” político, pero tampoco considero que “cuanto peor, mejor”. Que las instituciones locales estén ocupadas por personas que puedan buscar el bienestar de los comunes o ser más tolerantes con las luchas reivindicativas y los modelos alternativos, creo que es objetivamente beneficioso, aunque esté a años luz de la Revolución.

La otra opción es mantenerse aferrado a los “principios” (sean éstos lo que sean) y, como Simeón el Estilita, permanecer de pie en lo alto de un pedestal a salvo de toda contaminación. Claro que, al que le agote estar de pie, siempre tiene la posibilidad de retirarse de este sucio mundo, como los anacoretas, y vociferar desde el fondo de su cueva contra todos los “reformistas” que buscamos un mundo con mayor bienestar, aunque sea a cachitos y dejando que nuestros principios se pringuen con las tácticas.

Cuidadores de la materia

Los humanos tenemos la capacidad de percibir, en cierta medida, lo que está sucediendo en la mente de otros humanos a los que vemos, gracias a las llamadas “neuronas espejo”. Esta capacidad sabemos que la comparten otras especies como los grandes simios, los elefantes o los cetáceos. Ése es el origen de la empatía.

Pero, además, gracias a nuestra capacidad de abstracción, nuestra empatía puede extenderse más allá, y abarcar a humanos que no vemos, aquéllos de que nos hablan o que, simplemente imaginamos o, incluso, a otros animales.

A veces sucede que nuestra capacidad empática se desarrolla aún más y no sólo nos podemos identificar con lo más cercano a nosotros (como los humanos o los mamíferos). Tengo la desgracia de sufrir esa empatía extendida y me sorprendo identificándome y sintiéndome solidario con aves, peces o insectos. Más aún, me abruma el sufrimiento de las plantas y me llena de plenitud su alegría, tan patente en los árboles reverdecidos en la Primavera, en las plantas que embellecen su entorno cuando se muestran sanas y vivaces después de la lluvia.

Mi identificación con otros seres se extiende también a los seres minerales, a los que muchos consideran inertes y muertos, pero que desarrollan una vida lenta, milenaria, construyendo montañas, depositándose en los valles de los ríos, creciendo desde el manto terrestre en lavas y basaltos. No hay prueba más evidente de que los minerales viven que tomar una piedra del campo o un guijarro de la playa, llevárselo a casa y ver cómo va perdiendo brillo y belleza, se va poniendo mustio y termina siendo un pedazo de nada inerte y desvaído al estar alejado de su entorno natural. Ver el mar o la atmósfera, cambiante a cada segundo, me convence aún más de la vitalidad extraña y remota que tienen todos los seres minerales. Y, ¿quién puede dudar de la vida que se demuestra en la evolución de los planetas, las estrellas o las galaxias?

La empatía con toda esta multiplicidad de seres no me parece extraña ni significa que esté loco, como algunos pensarán. Al fin y al cabo, compartimos con ellos el milagro de ser seres materiales.

Ser materia, estar formado por átomos, no es algo tan usual como pensamos y los seres materiales constituimos una parte ínfima del Universo conocido. Al fin y al cabo, la materia que conocemos (y ahí incluyo a los neutrinos y todo tipo de fotones) no representa más que el 4,6 % del Universo. El 24 % lo constituye la materia oscura (adjetivo que sólo indica nuestro absoluto desconocimiento sobre en qué consiste) y el 71.4% de la densidad energética del Universo se halla en la forma de energía oscura, de la que sólo se sabe que tiene un efecto gravitacional negativo.

Muchos de mis amigos se abstienen de consumir alimentos de origen animal, por esas afinidades empáticas de las que hablamos. Comparto con ellos el desasosiego ante la explotación a la que sometemos a los animales; pero lo mío es bastante jodido, porque mi empatía se extiende a ese 4,6 % del Universo con el que me identifico al tratarse de seres materiales como yo.

Así, me irrita profundamente y me exaspera el maltrato a que se somete a las plantas, especialmente en España, cuyos habitantes comparten con las cabras el dudoso honor de ser enemigos de cualquier árbol, brote o hierbajo. Y también me aturde y me entristece pensar en laderas montañosas reventadas para hacer autopistas, en extensiones de terreno devastadas por canteras, en el subsuelo explotado y degradado por prácticas mineras o por el fracking.

Me preocupa y me abate el ánimo pensar que van a estrellar la sonda Messenger contra el planeta Mercurio, para estudiar posteriormente el tipo de cicatriz que producirá ese choque antinatural en la corteza del planeta. Y me pregunto si tenemos derecho, en el futuro, a explotar los recursos del cinturón de asteroides o a terraformar Marte (terraformar, por si alguno lo desconoce, es un término que define la técnica de modificar artificialmente la atmósfera, el clima y las condiciones de un planeta para hacerlo habitable por los humanos).

Todo esto me conduce a pensar si, como materia inteligente, no seremos una enfermedad de la propia materia, empeñada en su destrucción, explotación y modificación.

No percibo una solución sencilla a esta relación destructiva que tenemos con los otros seres materiales y que se ha acrecentado desde que, debido a la tecnología, hemos roto nuestros vínculos de colaboración con nuestro entorno. El modelo mental y económico de lo que llamamos civilización (que tiene su máximo exponente en la ideología capitalista) nos condena a ser los enemigos de nuestro entorno, a explotarlo sin consideración, a degradarlo para servir a nuestros intereses egoístas y cortoplacistas.

Una posibilidad sería impregnarnos de la filosofía nihilista que subyace en las manifestaciones más radicales del pensamiento hindú o budista, absteniéndonos de toda acción y disolviéndonos en la Nada nirvánica.

Mientras decidimos si hacer eso o no, lo único coherente que se me ocurre es convertirnos en “cuidadores de la materia”. Hacernos conscientes de que somos parte consustancial del mundo material, de que ese mundo no está a nuestro servicio e intentar, lo mismo que lo intentamos con los animales, respetar, y abstenernos de explotar y degradar gratuitamente, al resto de los seres con los que compartimos esa fraternidad ínfima (y minoritaria en el Universo) de ser materia.

Cuentos chinos

Si hay una palabra que se ha desacreditado en las últimas décadas es “popular”. El Partido integrista y reaccionario que gobierna en España se denomina Popular, el Banco y la emisora de radio de la Conferencia Episcopal española se llaman Popular, Belén Esteban y los programas de Tele 5 son populares…

Aunque para mí, uno de los mayores descréditos de esa palabra es que la dictadura capitalista que gobierna en China se autodenomine República Popular China.

Desde que Deng Xiaoping abrió en 1979 la economía china a las reglas del mercado y al capital extranjero, se ha producido un crecimiento económico acelerado que, como era de esperar, ha beneficiado a una minoría: la nueva clase empresarial formada por cuadros del Partido y dirigentes del Ejército Popular. Esta élite económica se ha beneficiado de la asignación a sus intereses privados de fábricas, conglomerados industriales y otros recursos previamente de titularidad pública. Adicionalmente, la legislación promulgada por la Asamblea Popular a lo largo de los años 2000 ha promovido todo tipo de beneficios fiscales y protección de las empresas privadas que, en 2011, ya representaban el 90% de las empresas en China.

Si sumamos a esta protección el hecho de que los obreros chinos carecen de cualquier tipo de derecho laboral, están sometidos a jornadas de trabajo interminable, con salarios reducidos y sin que las empresas se gasten un duro en garantías de seguridad o salubridad en los centros de trabajo, resulta que la República Popular China se ha convertido en el paraíso de la empresa capitalista.

Como colofón, la absoluta permisividad en cuanto a la degradación y contaminación del medio evita a las empresas el coste adicional de producción que conllevan las medidas de prevención o reparación del daño ambiental.

China es el segundo país más contaminante de la Tierra y pronto será el primero a base de la falta de controles ambientales y del uso masivo de carbón como fuente de energía (no olvidemos que el primitivo medio de quemar carbón sigue siendo, en costes directos, el medio más barato de obtener energía).

Aunque las empresas extranjeras tienen ciertas barreras para instalarse en ese paraíso neoliberal, muchas de estas barreras se levantan con los (cuantiosos) sobornos adecuados a las personas clave del Régimen Popular. El que empresas como General Motors, CocaCola, Apple o McDonalds y muchas otras obtengan sustanciosos beneficios en China es una de las razones por las que el régimen tiránico de China nunca es objeto de ninguna crítica en la prensa occidental (aparte de ser el primer acreedor de los EEUU).

La inmensa riqueza de los nuevos multimillonarios chinos, evidentemente, no se redistribuye para mejorar las condiciones de vida en el país. Como buenos capitalistas, los millonarios chinos, tras acumular numerosos ceros a la derecha en sus cuentas, trasladan la mayoría de su dinero a paraísos fiscales o lo invierten en países en los que tienen facilidades para manejar su dinero de forma opaca, como España.

El capitalismo chino se expande, siguiendo la lógica del Sistema, por todo el Planeta, con diversos modos de penetración:

  • En África, al más puro estilo colonial, saquea las materias primas a cambio de sobornos a la clase gobernante de esos países. Esta clase se enriquece, el capitalismo chino se enriquece, y la población local queda sumida en la miseria y expoliada de sus recursos.
  • En Iberoamérica el modelo es similar pero al encontrarse con sociedades civiles más avanzadas, el saqueo es menos descarado y el reparto de beneficios ligeramente más favorable a sectores locales.
  • En el Sur de Europa, la inversión es más lenta y compleja pero, poco a poco, van haciéndose con sectores económicos con la complicidad de las élites locales.
  • Por último, está la pura especulación financiera, comprando deuda soberana, “reflotando” empresas en crisis, creando fondos de inversión opacos y depositando dinero en paraísos fiscales.

La corrupción que se deriva de la colusión de intereses entre el Poder político y el Poder económico, de la nula transparencia en la gestión gubernamental y de la ausencia total de medio de denuncia de los abusos, ha convertido al Régimen y a los capitalistas chinos en una verdadera Mafia que mezcla, sin ningún reparo, todo tipo de negocios legales e ilegales con los que poder enriquecerse.

Así, algunas de las principales actividades que lleva a cabo la élite económica china (recordemos, principalmente miembros del Partido y el Ejército) son el tráfico de personas, la prostitución y el tráfico de drogas ilegales.

Un ejemplo paradigmático y cercano de las actividades del capitalismo chino es lo que ocurre en el Sur de Europa. Por ejemplo, la empresa pública china Cosco se ha hecho la explotación de la mitad del puerto griego de El Pireo mediante una privatización parcial del mismo. Esto ha implicado un buen pellizco para el anterior gobierno griego (que no ha visto el pueblo, evidentemente) y la creación de una zona de prácticas mafiosas en las operaciones de esa mitad del puerto, donde se han rescindido los contratos anteriores y se contrata ahora sólo a los que admiten una bajada sustancial en sus condiciones laborales y su salario. Sólo la llegada de Syriza al gobierno ha paralizado la prevista privatización completa del puerto.

En España, tema que conozco más de cerca, la mafia capitalista china invierte, de forma visible, en el principal activo que tiene este país, el inmobiliario, como la reciente compra del Edificio España de Madrid por el empresario Wang Jianlin.

Pero una parte sustancial de los negocios chinos en España están más cerca de lo “invisible”.

Las mafias estatales chinas “exportan”, de manera ilegal, personas que al llegar a España deben pagar el coste desmesurado de su billete de una de dos formas: mediante la prostitución, en el caso de las jóvenes, o mediante el trabajo esclavo en “sweat shops” o en tiendas al por menor, abiertas casi 24 horas al día.

Uno de los aspectos más curiosos de esas tiendas chinas es que siempre se les ha concedido (desde la Administración española), libertad de horarios que no tenían el resto de los comercios. Me pregunto cuál habrá sido el pago para obtener esa concesión.

Una vez que la mafia empresarial se hace con un local de venta al público (y el número de locales crece de forma absolutamente ilógica), instala un grupo de esclavos a trabajar sin descanso, con unos salarios ínfimos (con los que deben pagar su “pasaje”) y sometidos a un régimen de control y amedrentamiento que puede percibirse si alguna vez has tenido la desgracia de asistir a la toma de recaudación diaria por un sicario que ga descendido de un vehículo de lujo.

Lógicamente, la relación entre los precios a los que compran y a los que venden esas tiendas, por mínimos o nulos que sean los salarios, no puede reportar beneficios. Éstos proceden del blanqueo del dinero negro que está obteniendo la mafia mediante actividades no legales como la prostitución o la distribución de drogas ilegales.

Podría seguir narrando los entresijos de esa red mafiosa del Ejército Popular y el Gobierno de la República Popular China, pero creo que ya es bastante.

Sólo quiero hacer notar, para terminar, a qué tipo de entramado mafioso estamos sosteniendo cuando compramos esos productos “baratos” en los almacenes chinos y qué modelo de explotación laboral y social estamos permitiendo que exporten los capitalistas chinos.

Como leí una vez en la red, no recuerdo a quién: “¿Pensáis que podéis comprar a los chinos y no terminaréis viviendo como los chinos?”

La Revolución

Entre todos los que soñamos con hacer la Revolución, los que andamos más descolocados somos los que ya arrastramos unos años con el mismo sueño. Nosotros, vamos ya camino de envejecer junto con nuestro sueño y no se nos quita de la cabeza por más que lo veamos tan lejano como el primer día.

Más que la Revolución en sí misma, lo que yo soñaba era una situación revolucionaria en la que un grupo de locos idealistas armados asaltábamos violentamente las estructuras del Poder. Como, además, siempre he sido un romántico y tengo un sentido trágico de la vida muy español, lo habitual es que es mis sueños moría heroicamente en un asalto frontal contra las fuerzas de la reacción. En fin, creo que he visto demasiadas imágenes de tipos con abrigos largos entrando a tiros en el Palacio de Invierno…

Una cosa que me va quedando clara es que es difícil, aunque sólo sea porque los años pasan muy deprisa, que me vea enarbolando un subfusil en medio de columnas de humo, gritos y ráfagas, entrando a saco en las sedes ministeriales, despachando polizontes y quemando legajos del Boletín Oficial del Estado. Lo cual me frustra un poco, para qué negarlo.

El caso es que, con los años, me he vuelto más analítico y, si bien sigo cultivando esos sueños, intento cada vez más a menudo razonar sobre qué es eso de hacer la Revolución.

Y lo primero que me planteo es si el objetivo de la Revolución es la toma del Poder. Porque, si tomas el Poder, ¿qué haces con él?

La Revolución política que es la toma violenta del Poder implica que no se ha producido una Revolución social que desmonte el modelo cultural imperante y que es necesario desmontarlo por la fuerza. Pero eso también implica que la estructura íntima de la sociedad no ha cambiado y también hay que cambiarla por la fuerza.

La Revolución política debe pues, como ya apuntó Lenin, establecer una Dictadura férrea para acabar con los elementos sociales que van a promover la reacción en cuanto les sea posible. La dictadura se establece con el objetivo de llevar a cabo la real Revolución social. Por desgracia, la experiencia nos dice que, de ese modo, nunca llega a realizarla.

El problema de fondo es que esta dictadura se propone construir la sociedad nueva en base a la coacción y ésos son unos pésimos cimientos sobre los que levantar un mundo. El día que la coacción, por cualquier motivo, ya no es posible o deseable, el edificio construido se derrumba con una velocidad increíble como ocurrió en la Unión Soviética, y en un momento se echa atrás todo lo conseguido desde la toma del Poder.

También es cierto que si el Poder revolucionario no implanta esa dictadura, los que han detentado el poder hasta el momento van a apoyarse en todos los elementos y resortes de la sociedad antigua (que sigue existiendo debajo del edificio del poder político) para volver a tomar el poder y reconstruir el modelo político anterior. Al final, el resultado es el mismo, sólo se diferencia la magnitud del desastre.

Todo esto me lleva a concluir que no se pueden destruir las estructuras del Sistema tomando las riendas del mismo, porque, en ese caso, se da nueva vida y se sustenta aquello con lo que se pretendía acabar. El Sistema sigue existiendo, únicamente con otro decorado, pero a la larga o a la corta, las cosas volverán a estar como estaban.

Sin embargo, si se cambia el modelo social y cultural en que se basa el Sistema, éste pierde su sentido y se deshace por sí mismo. Cuando se cambia la sociedad, el cambio ya no tiene marcha atrás, a diferencia de lo que sucede si se cambia el modelo político o se sustituyen las élites que detentan el Poder.

Las sufragistas y feministas, por ejemplo, no han tomado nunca el Poder, pero sus planteamientos han calado en la sociedad hasta un punto que era impensable hace solamente un siglo. Es cierto que queda muchísimo por hacer en cuanto a la liberación femenina, pero el modelo cultural imperante considera inadmisibles, en principio, las prácticas de sumisión de las mujeres que eran perfectamente asumibles hace menos de 100 años.

Quiero decir con esto que un cambio cultural conlleva una serie de cambios en las relaciones de poder, económicas y sociales que un mero cambio político no es capaz de alcanzar.

Por qué no imaginar un día en el que las relaciones de sumisión que implica cualquier jerarquía sean tan inaceptables como lo es, por lo menos formalmente, el maltrato a las mujeres?

O que trabajar para otros parezca tan aberrante como obligar a casarse a una niña de 10 años con un energúmeno que compra ese derecho?

O que las actividades de los empresarios produzcan la misma repugnancia que las de un acosador sexual?

O que la distribución desigual de la riqueza sea tan inconcebible como que un hombre tenga derechos de cualquier tipo sobre la mujer que es su pareja?

A lo mejor, la forma de hacer la Revolución es ir creando, de mil formas, la conciencia necesaria para que la sociedad abomine de las jerarquías, del trabajo asalariado, de los empresarios (¿o debo decir “emprendedores”?) o de las desigualdades económicas, del mismo modo que se rechazan los comportamientos machistas y la violencia contra la mujer.

A lo mejor, mostrar categóricamente nuestro rechazo a esos modelos culturales actuales, y educar a los demás en ese rechazo, sea el camino para un cambio social revolucionario que ahora mismo parece estar desaparecido más allá del horizonte.

Digo sólo a lo mejor, porque tal vez sea inevitable que, para llegar a ello, haya que pasar por el escenario de incendios, tiroteos y asaltos a las sedes del Poder. Independientemente de que algunos no alcancemos jamás a verlo.

Poder económico y poder político: una amalgama

Desde el siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XX, se ha ido produciendo (inicialmente en la Europa occidental, posteriormente en el resto del Mundo) el cambio gradual desde las sociedades campesinas a la sociedad capitalista.

Este cambio ha modificado los modelos de explotación de los pobres por parte de los ricos, especialmente en un aspecto esencial: En la sociedad campesina, el pobre, de una u otra manera, puede buscarse la subsistencia a espaldas del señor, aunque éste le someta a continuas exacciones que le sumen en la miseria. En la sociedad capitalista, los pobres no tienen medios de subsistencia salvo que decidan poner su fuerza de trabajo al servicio de un empleador.

El Estado capitalista es más fuerte y totalitario que los anteriores y prácticamente no deja resquicios para que la gente pueda buscarse la vida si no acepta jugar con las estrictas reglas de juego que se plantean.

El trabajador es sometido, entonces, a dos formas simultáneas de coerción.

La represión estructural, antes casi inexistente, establece un modelo social de producción en el que el  trabajador se somete, por su propia voluntad, a la tiranía del trabajo asalariado, ya que es su única forma de obtención de lo necesario para sobrevivir. Los empresarios no tienen que salir a la búsqueda de siervos, como anteriormente, ya que son los siervos los que hacen cola para emplearse en las condiciones que sean.

Por otra parte, en el puesto de trabajo, el obrero sufre también la represión clásica proveniente de la autoridad del dueño, la altanería del señorito, el acoso de los pelotas y mandos intermedios, las amenazas de los gorilas… Las demostraciones de la autoridad son tan patentes y despreciables como en la época feudal, con la diferencia de que el obrero se ha sumado voluntariamente a su papel, ya que el entorno social le hace ver (sea cierto o falso) que su única opción de subsistencia es ponerse al servicio del empresario capitalista.

En esta relación, los intereses son, sin embargo, manifiestamente divergentes. El empresario debe obtener el máximo esfuerzo productivo del obrero ofreciéndole el mínimo de compensaciones. Para el empresario, la meta es obtener el máximo de beneficios y, para ello, debe minimizar sus costes, especialmente laborales. Consiguientemente, reduce salarios, incrementa los horarios, exige el máximo de producción por hora trabajada…

Es evidente que el trabajador tiene objetivos distintos: su bienestar personal requiere salarios dignos, tiempo libre para sí y sus asuntos, una presión menos asfixiante para producir durante el tiempo que pasa en el trabajo.

Es, por tanto, inevitable un conflicto de intereses y en él, el empresario tiene de su parte la fuerza de la autoridad, de los mandos intermedios, de las represalias. Pero poco podría obtener entrando en un conflicto directo frente a la unidad de los trabajadores. Es por ello que, en el Sistema capitalista, la represión estructural es más importante que la propia represión directa en el lugar de trabajo.

Cuando las cosas (por un mayor grado de combatividad obrera) están muy negras para los capitalistas, el Sistema utiliza los medios represivos más concretos: la prohibición de las asociaciones de trabajadores, la ilegalización de los movimientos y organizaciones obreras, la eliminación física de los elementos más recalcitrantes y subversivos… El fascismo, en suma.

A los neoliberales, sin embargo, eso de la sangre y los desfiles no les parece eficiente y optan por medios más complejos y más prácticos, como es integrar culturalmente a los obreros en el modelo de los explotadores, vendiéndoles el paraíso artificial del consumo, la papanatería del contrato free-lance, la “épica” del emprendedor.

Pero como ahora pintan malos tiempos, y toda esa mierda cada vez convence a menos gente, los neoliberales han inventado una nueva arma represiva: la eliminación de los servicios sociales públicos.

Los recortes en servicios sociales no corresponden sólo a una lógica del enriquecimiento para media docena de sinvergüenzas. Hay algo más sutil y más poderoso en este movimiento, y es la precarización de la vida cotidiana del trabajador.

El obrero ya es consciente de que el Estado no está dispuesto a pagarle un tratamiento si se pone enfermo, o a concederle una pensión si envejece o queda inválido, o a ayudarle en el desarrollo educacional de sus hijos, o a sostenerle si se queda sin trabajo hasta que encuentre otro, o a facilitarle un transporte colectivo cómodo, eficiente y barato.

El obrero sabe que todo eso se lo va a tener que pagar él con su salario y eso le pone en una posición de mucha mayor dependencia respecto a su trabajo actual y a su empleador. Y, por tanto, en una posición de mayor debilidad.

La colusión entre los intereses empresariales y las políticas del Estado es cada día más patente y descarada. La desaparición de los servicios sociales públicos ha conseguido obtener una masa atemorizada, obediente y dispuesta a todo para tener y mantener un salario sin el cual, ahora, se encontraría en la miseria más absoluta y sin una red de seguridad social que le permita capear el temporal con unos medios de subsistencia básicos.

Por eso, la lucha contra los recortes y por la resurrección del Estado social es una lucha corta de miras y equivocada.

Corta de miras, porque no percibe que el enemigo es la propia lógica del Sistema capitalista y sólo luchando contra el Sistema será posible alcanzar unos grados de bienestar y dignidad mínimos para todos.

Equivocada, porque el Estado nunca va a dar marcha atrás, ya que no es él quien pone en marcha estas medidas, sino el ansia insaciable de beneficio de los empresarios.

Es denunciando, limitando, coartando, atemorizando, anulando y, si es necesario, exterminando a los empresarios y a su cultura como alguna vez será posible sustituir estas coordenadas de miseria y precariedad colectivas por un mundo en el que vivir sea algo más que agradecer lastimeramente los mendrugos que te arrojan desde la mesa del banquete.

El Estado omnipresente

El Estado es la institucionalización del Poder y de todos los tipos de violencia que se ejercen desde el Poder.

El Estado surge antes de que se invente la escritura y por ello no hay datos fidedignos de cómo aparece y si su grado de complejidad se alcanza de forma casi inmediata o muy gradual.

Con toda probabilidad, el Estado aparece con las comunidades agrícolas sedentarias permanentes. Surgen, de forma muy rápida, las clases sociales. Los que han llegado más tarde y ocupan tierras menos fértiles o escasas de riego, se convierten en clase obrera al tener que ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de una participación mínima en los productos generados por su esfuerzo.

Los que han ocupado las mejores tierras y las más cercanas a las fuentes de riego se ven en la necesidad de defender esas tierras frente a los recién llegados o a los nómadas que no entienden (con toda razón) que los recursos de un pedazo del planeta sean usados en exclusiva y de forma permanente por un grupo de humanos.

Evidentemente, ésa no es una situación que se sostenga por sí sola mucho tiempo, y los poderosos dan parte de sus recursos a una serie de matarifes, sádicos e incultos, que les ayudan a sustentar el estado de las cosas por medio de la violencia. Nace la casta militar.

Pero como mantener el orden a palos es costoso y no siempre eficiente, los poderosos reparten otra parte de sus riquezas a otros grupos de parásitos que les ayudan a mantener el orden: los sacerdotes que justifican el statu quo con pretextos mágicos y designios divinos, los burócratas que definen el cuerpo legal (normas y castigos) que todo el mundo ha de cumplir, los espías y chivatos (los policías) que vigilan que nadie manifieste la menor disconformidad con el modo de funcionamiento y de pensamiento de la sociedad, los jueces y verdugos que implementan y ejecutan las leyes…

Como a los poderosos les sale caro mantener a tanto sinvergüenza improductivo, el saqueo y explotación de los pobres es cada día más intenso: aparecen los impuestos, necesarios para que toda la maquinaria de sumisión y control funcione adecuadamente.

Y ya tenemos el Estado, que, en lo esencial, no ha variado gran cosa desde la época de los sumerios.

El Estado tiene tendencia al control total de cada aspecto de la vida, y así funcionó efectivamente en la época de los grandes imperios agrícolas.

Si bien ha habido épocas en que el poder del Estado ha sufrido algunos retrocesos, en la actualidad nos encontramos en una época en que el Estado ha retomado su vocación totalitaria. El Estado se encuentra hoy más presente que nunca en todos los aspectos de la vida.

El Estado nos obliga a registrar y lleva un cuidadoso control de cada una de nuestras actividades, desde que nacemos, hasta lo que estudiamos, dónde vivimos, dónde y cuándo trabajamos, dónde tenemos nuestro dinero, qué carro conducimos o cómo establecemos nuestra vida de pareja.

El Estado determina el currículo educativo del que es imposible escaparse, definiendo qué temas, con qué enfoque y con qué profundidad se deben estudiar en cada fase del aprendizaje. Incluyendo, desde luego, las instrucciones debidas para hacer de cada estudiante un ser sumiso, acrítico y respetuoso de las jerarquías y del orden inmanente.

Es imposible morir o que dispongan de tu cadáver sin que el Estado intervenga en ello. Por ejemplo, cuando me muera, a mí me gustaría que me enterrasen en el campo o que me disecasen para quedarme leyendo en un sillón de mi casa por toda la eternidad. Imposible. El Estado determina qué es legal o no cuando se trata de disponer de un cadáver.

El Estado puede prohibir que yo comparta mi auto con terceros, que alquile una habitación de mi casa o que cultive lo que me dé la gana en los balcones. El Estado está al tanto y establece las correspondientes tasas de cualquier transacción comercial o económica que uno quiera llevar a cabo.

Mientras se habla de austeridad, el Estado incrementa su presupuesto en las fuerzas represivas, porque la Policía es necesaria para proteger los intereses de los poderosos.

Leyes y jueces, elementos indisociables del Estado, se utilizan para sostener unas condiciones en las que los ricos puedan actuar con absoluta libertad y los pobres vean restringida y penalizada cualquier posibilidad de oponerse al orden establecido.

Funcionarios de la Administración, parlamentarios, autoridades municipales, medios públicos, organismos de “control”, siguen siendo sostenidos por el Estado para que organicen el modelo de sociedad y de vida de acuerdo a los parámetros que sean más adecuados para los poderosos.

Con eso de que el Estado-providencia está de capa caída hay quien piensa que el Estado va camino de desaparecer, sometido al acoso implacable de los neoliberales. El principal error de ese planteamiento es que los neoliberales no quieren que desaparezca el Estado. Lo que quieren es que el Estado no sea redistribuidor de la riqueza. Pero, para todo lo demás, el Estado les conviene, les apoya y les garantiza los medios para que sigan enriqueciéndose de forma obscena e ilimitada.

Sucede, únicamente, que una de las tareas que, muy a pesar de los poderosos, ha llevado a cabo el Estado en las últimas décadas ya no tiene cabida en el nuevo modelo de sociedad. Que era recaudar un poco de la riqueza de los muy acomodados para repartirla entre los desposeídos.

Por todo lo demás, el Estado está más fuerte que nunca y utiliza los medios que posee para establecer un marco de operaciones que sea lo más beneficioso para los que detentan el Poder económico.

Después de varias décadas de verse obligado a disfrazar su verdadera esencia, el Estado nos demuestra, cada día más, que es un conjunto de instituciones puestas en operación por los poderosos con el único objetivo de controlar todos los resortes de la sociedad para que se acomoden a sus intereses.

¿Cómo pensar entonces que el Estado está en trance de desaparecer? ¿Puede haber algo más absurdo que defender que el Estado se fortalezca como defienden algunos “socialistas”?

Sexo e identidad

Los humanos tenemos la inmensa suerte de haber trascendido el papel reproductor del sexo para convertirlo en una experiencia de placer cerebral. Al menos, en teoría, porque la práctica cotidiana se aleja mucho de este planteamiento.

El sexo se construye también dentro de un modelo social, no meramente individual, y ahí una sociedad jerárquica y represiva establece jerarquías y represión alrededor del sexo.

La represión ha sido y es muy evidente dentro del modelo cultural cristiano. La filosofía cristiana ha sido siempre una filosofía del deber y del dolor, contraria al placer y a la libertad. El cristianismo, base de la cultura patriarcal y represiva de Occidente, ha limitado el sexo “permitido” al sexo procreador. Cualquier placer sexual no directamente reproductivo ha estado vetado y perseguido.

Así, la masturbación, la homosexualidad, el sexo oral o anal, los métodos anticonceptivos, los meros pensamientos sexuales se convertían en actos pecaminosos o ilegales, castigados con el Infierno Eterno o, en determinadas épocas, directamente con la hoguera en esta Tierra, no fuese a ser que Dios fuese olvidadizo y no hubiese reservado el lugar oportuno en la hoguera trascendente.

Del mismo modo, se establece una jerarquía sexual en que se da el papel principal a la sexualidad del macho heterosexual y dominante, seguida por la  sexualidad de la hembra sumisa y fecunda, y desterrando a las tinieblas exteriores cualquier otra forma de sexualidad.

El sexo, entonces, deja de ser una actividad destinada al placer personal y se convierte en un constructo social, cargado de matices políticos y de jerarquía.

La revolución sexual de los años 60 pretende acabar con el modelo de sexualidad jerárquica y reproductiva, obteniéndolo sólo en parte, pero creando unos espacios de libertad de los que he podido disfrutar y que, aunque aún muy limitados, espero que se expandan algún día.

He tenido la suerte de poder vivir en un entorno y una época donde el sexo se concebía como un agradable modo de comunicación entre compañeros. Como irse a cenar, pero más largo y más placentero. Una relación sexual era una compartición entre personas que sabían lo que querían, lo que el otro buscaba y en la que no había más matices que aquéllos de que quisiesen dotarla los participantes. Compromisos o no, permanencias o no, parejas o grupos, mismo sexo o diferente: lo importante era establecer un vínculo más con personas a las que ya conocías, a las que apreciabas y con las que compartías un placer para el que todos estábamos preparados y en el que todos éramos iguales.

Esto es también importante para mí en el sexo: la igualdad, el conocimiento mutuo, el compañerismo, la transparencia y la complicidad en lo que cada uno de los participantes espera obtener del encuentro. Por eso me repugnan profundamente las relaciones en las que existe agresión, tanto la física de la violación, la económica de la prostitución o la mental de la sumisión. Porque creo que el sexo debe ser compartición, comunicación y complicidad, tampoco me gustan las relaciones sexuales en las que no puede existir una complicidad y compartición mental entre los participantes, como las relaciones con niños, animales o personas no conscientes de lo que están haciendo.

A lo largo de mi vida sexual he tenido experiencias autoeróticas (éstas han sido un clásico), heterosexuales, homosexuales, en pareja y en grupo, orientadas a la permanencia o esporádicas, he sido mirón y exhibicionista, he imaginado el sexo, lo he hablado y lo he escrito. Y aunque no me he sentido nunca atraído por las relaciones sado-masoquistas, no tengo nada que criticarlas mientras haya complicidad y transparencia en las mismas.

Después de todas estas líneas pensaréis que el sexo es muy importante para mí. Efectivamente lo es, pero no hasta el punto de definir absolutamente mi identidad, como no la definen unívocamente las comidas que me gustan, los espectáculos a los que asisto, los sitios por los que camino o los libros que leo.

El ser humano es multifacético y el sexo no deja de ser una de sus características. Definir a alguien por sus prácticas sexuales es una pura limitación, y más considerando que éstas son producto de su genética, su educación, su ambiente, sus elecciones, su momento vital, sus idealizaciones, etc.

He comprobado, a lo largo de mi vida, que la mayor parte de las personas tiene una sexualidad fluctuante, que no se ajusta totalmente a los estereotipos con que intentan clasificarnos. Estereotipos que antes eran más limitados (hombre y mujer) y ahora abarcan más modelos (homosexual, bisexual, transexual, …), que no dejan de ser estereotipos.

La sociedad represiva en la que vivimos intenta, además de enjaularnos, colocarnos una etiqueta descriptiva en la jaula como medio de establecer un mejor control y afinar los medios de dominación sobre nosotros.

Pero nuestra identidad no viene representada por nuestras elecciones sexuales ni por ninguna otra característica lineal y limitadora con la que quieran etiquetarnos.

A estas alturas de mi vida, la etiqueta que más me colocan en cuanto a mi vida sexual es la de macho heterosexual monógamo. Ni soy macho, ni soy heterosexual, ni soy monógamo.

Soy yo mismo y os invito a todos a ser vosotros mismos, despreciando, subvirtiendo e ignorando cualquier etiqueta con las que la sociedad de las jerarquías pretenda clasificaros, no sólo en las experiencias sexuales sino en cualquier otra faceta de vuestra compleja vida.

La Democracia

Debo adelantar que he estado durante mucho rato pensando si titular este texto sencillamente “Democracia” o introducir el artículo “la”.

La distinción no es tan trivial como parece, ni el artículo “la” tan inocente como se podría pensar. Me voy a permitir unos minutos didáctico-pedantes para explicar la diferencia de la que estoy hablando.

“Democracia” es una forma de organización política en la que la dirección de los asuntos de la comunidad responde a la voluntad de los miembros de esa comunidad.

En las sociedades complejas o numerosas, es difícil establecer medios para hacer explícita la voluntad de todos los miembros de la comunidad (o lo era hasta ahora, en que la tecnología posibilita la apertura de nuevas vías de expresión del público; posibilita he dicho nada más).

A causa de esta dificultad, los miembros de la sociedad seleccionan a unos representantes, con los que acuerdan que harán llegar y defenderán las opiniones e intereses de los representados en instancias, foros y asambleas a las que no es práctico que acudan todos los miembros de una sociedad. La elección de representantes y la consiguiente delegación puede ejercerse en sucesivos niveles, según la toma de decisiones responde a la voluntad de conjuntos más amplios de población.

Este tipo de democracia se llama democracia representativa. Para que una democracia representativa sea una democracia real y no quede desvirtuada por malas prácticas de los representantes, deben cumplirse las siguientes premisas en la relación entre los representados y su representante:

– El representante lo es de manera temporal.

– El representante garantiza a los representados que sus acciones y planteamientos responderán fielmente, y en todo momento, a la voluntad manifestada y a los intereses de los representados.

– El representante se responsabiliza ante sus representados, a los que debe informar puntualmente de las actuaciones que lleve a cabo y de las opiniones que exprese en su ejercicio como representante. Esta responsabilidad incluye el derecho de los representados a supervisar y valorar las acciones del representante en el ejercicio de su función.

– El representante es revocable por los representados, en cualquier momento, si no cumple las instrucciones acordadas entre él y sus representados, o es incapaz de ejercer adecuadamente la representación, o actúa, de cualquier modo, en contra de la voluntad e intereses de los representados.

– El representante no es más ni tiene más privilegios, en ningún aspecto, que los representados. De hecho, como delegado por los representados para una labor concreta, se podría decir que se encuentra al servicio de ellos.

Una vez expuesto lo que es democracia, creo que es evidente para todos que ni en España ni en ningún país del mundo existe democracia, ni representativa ni de ningún tipo.

“La Democracia” podría ser simplemente la determinación (por medio del artículo) del sustantivo democracia. Pero me temo que, hoy en día, cuando se habla de “La Democracia”, así con artículo, lo que se está haciendo en realidad es vulgarizando y rebajando la palabra, como un medio más de prostituir y anular su significado. Es lo mismo que cuando a una mujer que se llama Remedios o Eurídice, se la nombra como “La Remedios” o “La Eurídice”. Es todo más coloquial, más paleto y, sobre todo, infinitamente menos respetuoso.

No sé en otros países pero aquí, en España, lo que prospera es “La Democracia”, ente de la misma ralea que La Remedios o La Eurídice y que ya se inventó en la época de Francisco Franco con el apellido “orgánica”: La Democracia Orgánica. Ahora ese apellido lo han dejado para los tomates, pero la esencia paleta, vulgar, ignorante, chulesca y barriobajera de La Democracia sigue siendo la misma.

Una demostración de cómo se entiende La Democracia es la prohibición de que en Cataluña se celebre un referéndum sobre la permanencia o no de ese país dentro del Estado español. Se acusa a los políticos catalanes de no respetar las reglas “democráticas” por no estar de acuerdo con la interpretación que se hace en la Constitución sobre la capacidad de convocar referéndums o la posibilidad de segregarse de España. La interpretación que hace, entre otros, un subproducto de La Democracia que es el Tribunal Constitucional. En definitiva, lo que no se respeta son las reglas de “La Democracia”.

Porque, ¿no sería más democrático atender a la opinión expresada por la mayoría de los ciudadanos catalanes en las urnas que a la opinión de una docena de juristas endogámicos, de origen sospechoso y de mandato interminable?

No me convence el plebiscito como forma de democracia. Es muy fácil manipular el sentimiento colectivo (conste que no digo el pensamiento colectivo, porque eso no existe). Todos los dictadores han utilizado el plebiscito como forma de legitimación. Y los han ganado; eso es innegable por más que, en añadidura, los hayan manipulado para ganar por el 99% de los votos. Los dictadores siempre han sido, además de sanguinarios, ridículamente celosos de su imagen.

Pero ¿no es más democrático un plebiscito que la decisión de media docena de “enteraos” a los que nadie ha elegido, que no deben dar cuentas a nadie, que no tienen más legitimidad que la que ellos mismos se otorgan y que más recuerdan al oráculo de Delfos que a un verdadero tribunal?

No me encuentro cómodo con los nacionalismos, verdadero “opio del pueblo”. Tampoco con el nacionalismo catalán, esencialmente producto de una de las burguesías más explotadoras, rapaces e insolidarias de Europa. Burguesía que, por otro lado, no ha tenido el menor rubor en apoyarse, en distintos momentos de la Historia, en los elementos más reaccionarios de España, incluyendo el Ejército, cuando ha necesitado acallar violentamente las reivindicaciones obreras.

Pero, ¿es “democracia” cuando gana el nacionalismo español y no es “democracia” cuando gana otro nacionalismo ibérico?

Termino. Me preguntaba si “La Democracia” (como opuesto y degeneración de una sana democracia) es un engendro que prospera en el solar ibérico. Creo que no es arriesgado afirmar que esa especie de pelagra se extiende y se contagia por todo el Planeta.

No sólo porque los supuestos representantes no lo son de los ciudadanos, sino de los partidos políticos.

Es porque las tomas de decisión reales, y que afectan en profundidad a la vida y la suerte de los ciudadanos, las llevan a cabo organismos que no son elegidos democráticamente, que no tienen la menor intención de serlo y que sólo responden ante los Amos (de los que espero hablar otro día). Sin pretender ser exhaustivo, ahí van algunos de estos organismos que deciden al margen de cualquier representatividad:

– La Comisión Europea o el Consejo de la Unión.

– El Departamento de Defensa americano.

– El Banco Europeo.

– Las agencias de calificación económica.

– El Fondo Monetario Internacional.

– Los Consejos de Administración de los Bancos y, en general, de las empresas.

Uno, que no ha dejado nunca de ser un pobre romántico, sigue empeñado, como en la época de Franco, en pensar que si algún día logramos implantar una democracia, se acabarán muchas de las miserias e injusticias de este mundo. Pero a lo mejor lo que ocurre, simplemente, es que soy sólo un viejo que se ha quedado medio colgado en un tiempo y un mundo inexistentes…

Domesticados

Hace quizá unos 30.000 años, algunos lobos empezaron a convivir con los humanos y terminaron dando origen a los perros. Desde aquella época, los humanos han tratado de conseguir, mediante cruces selectivos y educación, que, en general, los perros pierdan muchas de sus características agresivas propias de un depredador, en el proceso llamado domesticación.

La domesticación del lobo requiere un cuidadoso ajuste entre restringir sus facetas más agresivas, para evitar una competencia violenta con el domesticador por el alimento, y mantener un cierto nivel de agresividad, necesario para que el animal pueda llevar a cabo las tareas de caza, defensa, guarda, etc. que se le asignan.

Uno tiene la tentación de pensar que, durante siglos, los energúmenos que han ejercido el Poder en sus diversas formas han estado pensando en cómo domesticar también a los humanos. Aquí, el difícil equilibrio a obtener se mueve entre la sumisión absoluta, que evita cualquier tipo de rebelión o protesta, y la necesidad de que el doméstico cuente con alguna iniciativa, so pena de ser incapaz de llevar a cabo la más mínima actividad productiva.

Pienso que sólo la dificultad para mantener ese necesario equilibrio entre sumisión y autonomía es la que todavía nos mantiene a unos cuantos (no a muchos), como humanos medio silvestres, que aún tenemos nuestras reticencias a acudir a la llamada del silbato.

Pero los poderosos son muchos, y tienen mucho tiempo y recursos para perseguir sus fines. Y, de la misma forma que se van criando razas de perros cada vez más absurdas, como los perros-juguete, en los que la utilidad ya es lo de menos, los que mandan han decidido desarrollar una subespecie humana que no tenga el más mínimo albedrío ni criterio y que se limite a obedecer órdenes.

El riesgo de que esos humanos sin ideas propias, que se limitan a respirar y obedecer a los que mandan, resulten improductivos para los poderosos no les preocupa. Al fin y al cabo, ejemplos de descerebrados que se limitan a cumplir órdenes y resultan útiles al Poder hay muchos: desde el presidente Rajoy a cualquier miembro del Cuerpo de Policía.

Así que mediante una cría selectiva, apoyada en medios de alienación tan poderosos como la televisión, el cine o el consumo, los que mandan están empeñados en extender la subespecie del humano domesticado, al tiempo que eliminan o arrinconan a los humanos medio salvajes que andamos dando la murga por ahí.

Al humano domesticado nos lo encontramos cada día en nuestro vecindario, en el Metro, en el trabajo, en la escuela. Son personas que, en el fondo, están satisfechas de cómo les marchan las cosas, probablemente porque nunca han pensado que las cosas podrían ser de otra manera.

No saben, ni quieren saber nada ajeno a lo que les cuentan desde la Televisión o a esas nimiedades que les afectan directamente. Hablan sólo de aquello que les han contado y sobre lo que les han instruido de qué modo tienen que hablar. Repiten slogans y lugares comunes en los que les han adoctrinado, asumiendo que ésa es su propia opinión.

Son ésos que consideran que, si las cosas son como son, debe haber razones inmanentes, arcanas y poderosísimas para que sean como son.

En el trabajo, aceptan cualquier actitud o idea aberrante de los jefes porque para eso son jefes. En los estudios, memorizan sin cuestionarlas una sarta de estupideces porque es lo que se supone que deben aprender. En la vida cotidiana, cumplen con esmero las leyes y las normas, porque les han sido dictadas desde arriba. Y están imbuidos del convencimiento de que los que mandan tienen todos los derechos y privilegios para hacer lo que les venga en gana; de hecho, si ellos mandasen harían exactamente lo mismo.

Como perros domesticados, van a soportar los palos, las patadas y las humillaciones mientras el amo les dé periódicamente un hueso y alguna piltrafa. Y miran con recelo, temor y algo de odio a los perros que permanecemos asilvestrados.

Estos domésticos son los sustentadores esenciales del Sistema, precisamente porque ignoran que el Sistema existe y desconocen el lugar que ocupan en el mismo.

Pero los Amos deberían meditar, y temer, y tomar precauciones.

Porque hasta los perros más domesticados también muerden cuando les tocan mucho los cojones, cuando les quitan los huesos de la boca, cuando les condenan a morir de hambre y de ignominia. Y, en ese momento, se preguntan qué hacer para devorar a los Amos, y vuelven los ojos hacia nosotros, los perros no domesticados, para que les demos la respuesta.

Nacionalismos

Puede parecer contradictorio mirar con simpatía las luchas por la autodeterminación de los pueblos y, a la vez, renegar del nacionalismo y del patriotismo. Pero, en mi opinión, se trata de cosas distintas.

El ansia de autodeterminación es una cualidad inherente al hombre libre. Que esa necesidad de poder decidir por uno mismo se envuelva en la bandera del nacionalismo es un tema más complejo y sobre el que quiero, muy superficialmente, recapacitar.

El nacionalismo moderno (expresión política del patriotismo, del que no consigo distinguirlo) surge como legitimador del Poder en un territorio en el momento en que las antiguas instancias legitimadoras, el Rey y la Religión, dejan de serlo.

Cuando la burguesía toma el Poder en la Revolución Francesa, se encuentra al frente de una colectividad que no tiene más vínculos en común que el vasallaje a un mismo Rey. Las fronteras de Francia, como todas las fronteras, son límites artificiales, producto de las casualidades dinásticas y los azares bélicos. En Francia no hay franceses, sino una amalgama de bretones, borgoñeses, vascos, aquitanos, alemanes, catalanes, provenzales, etc. unidos bajo la égida de una dinastía.

Cuando los revolucionarios acaban con la Monarquía y el poder de la Iglesia, deben crear una nueva abstracción que vincule y unifique a esos pueblos diferentes: la Nación francesa. Este concepto, que en su momento puede parecer e, incluso, llegar a ser revolucionario, es rápidamente utilizado como sustitutivo de la religión para adocenar, instrumentalizar y controlar al pueblo.

En nombre de la Nación se desarrolla, en los siglos XIX y XX, la institucionalización del Poder en un Estado omnipresente y cada vez más intrusivo en la vida de las personas. El Estado Nacional pone en marcha y organiza una máquina burocrática que persigue y controla al individuo en cada uno de sus actos, desde su nacimiento hasta su muerte. Las instituciones nacionales: Ejército, Policía, Judicatura, Ministerios, Parlamento… legislan, registran, recaudan, movilizan, llevan a la guerra a los vasallos, convertidos ahora en ciudadanos de una Nación que les otorga carta de naturaleza y existencia legal.

Claro que existen y han existido nacionalismos liberadores, que luchaban contra el domino y la opresión de tiranías bárbaras, como los italianos contra los austriacos, los africanos contra las potencias coloniales, los griegos o armenios contra el imperio turco. Pero la realidad es que estas luchas de liberación, cuando triunfan, se estabilizan en regímenes opresores, sustituyendo el Amo remoto por el Amo cercano, la burguesía de la metrópoli por la burguesía local.

La burguesía aprende a envolverse en la bandera de la nación para ocultar todos sus trapos sucios y utiliza el nacionalismo y la xenofobia como coartada para la impunidad de las clases dirigentes. El patriotismo consiste en cerrar filas con los explotadores y delincuentes nacionales.

A la gente, a la que parece que le entusiasma que la embrutezcan, le emociona que un delincuente de alto nivel extienda sus redes de explotación por todo el mundo, que un millonario incremente sus millones dándole toquecitos a un esférico, que un haragán sea homenajeado en recepciones de otros parásitos, siempre que compartan pasaporte de su misma nacionalidad. Todos esos comportamientos serían inaceptables o irrelevantes si esos individuos tuviesen otro escudo distinto en el pasaporte.

Al final, el patriotismo viene a ser un espectáculo chusco y barato donde el orgullo nacional se representa en los triunfos de algunos deportistas drogados, empresarios sin escrúpulos o cómicos corruptos.

Ante esa mascarada de colores y trapitos, de tradiciones inventadas e Historias manipuladas, intento refugiarme en un sano internacionalismo que, si bien no está de moda, nunca va a estar representado por ninguna institución a la que puedan darle tentaciones, algún día, de mandarme a pegar tiros a los vecinos de al lado porque quieren cambiarse el pasaporte.

La clase media

La Clase Media, tan pagada de sí misma y con esas pretensiones de eternidad, ignora que es un producto del siglo XIX, que sólo alcanza su máximo desarrollo a mediados del siglo XX y que corre el riesgo de desaparecer en el siglo XXI

Hasta entonces, la sociedad se dividía en dos grupos: la clase alta y la clase baja. La clase alta la formaban la nobleza, el alto clero y algunos comerciantes enriquecidos. El resto eran, según las épocas, campesinos, siervos, esclavos, artesanos y obreros de la industria. Todos ellos empobrecidos, sometidos cultural y políticamente, y víctimas ocasionales de hambrunas y miseria abyecta.

En contra de lo que se opina habitualmente, la clase media no es necesaria para la estabilidad de una sociedad y los poderosos lo tienen muy claro. Hay múltiples ejemplos de sociedades de absoluta estabilidad donde no existe la clase media. Ésta sólo es necesaria cuando un cambio radical en las concepciones políticas puede poner en riesgo la dominación de los poderosos. No es ése el caso en los momentos actuales y a los capitalistas, con su mentalidad del beneficio inmediato, no les preocupa pensar qué puede ocurrir dentro de 10 ó 50 años. Ahora mismo están dispuestos a apoderarse de los bienes de la pequeña burguesía igual que lo han hecho con los de los obreros.

La clase media es un invento contrarrevolucionario. Los poderosos, en la época de las Revoluciones, descubren que la mejor medida contra la amenaza de los desposeídos es crear una capa de elementos aliados cuyos intereses coincidan, aparentemente, con los del Poder.

Así, generan un estamento al que convencen de que forman parte de los niveles superiores. La pequeña burguesía, con sus míseras propiedades, piensa que es o puede llegar a ser igual que la gran burguesía. Máxime cuando los ricos, temerosos entonces de mostrarse como son, también pretenden ser clase media.

En definitiva, se crea un grupo de desclasados que piensan que tienen mucho que perder y se convierten en aliados objetivos de las clases explotadoras.

A partir de los años 70 ya hay mucha gente convencida de que viven en el mejor de los mundos posibles. Puede ponerse en marcha la revolución conservadora. La clase media ha crecido en el espejismo de que si trabajas duro alcanzaras todo cuanto quieras y que los desfavorecidos económicos lo son por su desidia y falta de esfuerzo.

En España, la prueba de fuego es la Ley de Huelga, aprobada al tiempo que la Constitución, en la que se prohíbe expresamente la huelga por solidaridad. En ese momento, la huelga deja de ser un arma de clase y pasa a ser un mero elemento de reivindicación económica, el concepto de solidaridad de clase desaparece y pasamos al modelo de que cada uno mire exclusivamente a sus intereses. Los poderosos han logrado que entremos en su juego.

A partir de ahí, poco a poco, van recortando derechos y presionando económicamente. La presión se va realizando por sectores: el naval, la siderurgia, los parados, los jubilados, el carbón… Nadie se siente implicado en esa lucha en la que no están cuestionados de forma directa sus pequeños intereses económicos cortoplacistas. Año tras año, los gobiernos desmantelan sectores industriales, recortan las prestaciones por desempleo, endurecen las condiciones de jubilación, fomentan los contratos basura, amplían las facilidades para el despido. Pasito a pasito. Nadie se mueve mientras la lluvia moje a otros y no a él.

Los esquemas piramidales en los que tanta gente ha entrado con alegría y total inconsciencia (compra de inmuebles, preferentes, sellos usados…) son la constatación de que lo que quiere la clase media es hacerse rica. Que, en su interior, han aceptado el modelo y lo único que no les gusta es cuando ellos salen perdiendo.

No se cuestionan que, en estos esquemas piramidales (que son la esencia del capitalismo) todo lo que ganan unos lo pierden los demás y a ellos, los pobres infelices, siempre les va a tocar perder, igual que si jugasen a la lotería o a la ruleta. No se plantean que, al entrar en ese juego del enriquecimiento, están sustentando, reforzando y dando legitimidad social al sistema de trileros que les expolia, les margina, les empobrece y termina por matarlos.

Ahora, cuando le toca perder a ese grupo mezquino y egoísta que es la clase media, cada uno mira a su alrededor sorprendido y espantado. Nadie va a venir a ayudarle y se pregunta en qué momento se ha equivocado para venir a parar a esta situación.

Ante estos latrocinios, la clase media no pide que se termine con el modelo que se basa en el robo a los muchos por parte de unos pocos impunes. Ni siquiera que se impida la actividad de los ladrones (bancos, corporaciones, empresarios). Sólo unos pocos piden que se castigue a los más descarados de entre estos ladrones. La mayoría lo que quiere es que les devuelvan el dinero.

Que les devuelvan el dinero para seguir viviendo en ese inexistente País de las Maravillas en el que creen haber estado todos estos años y que ahora, de repente, ha mostrado su cara más oscura, más despiadada, más inflexible a estos pobres proletas que se vestían con las galas de la Clase Media.

Compraventa de personas

El otro día, discutiendo en Internet sobre prostitutas, proxenetas y “clientes” (una forma elegante de decir puteros) alguno afirmó que si alguien quería vender su cuerpo tenía todo el derecho a ello.

La afirmación quería tener un transfondo liberal y permisivo, del estilo “hay que dejar que cada uno haga lo que quiera”. Para mí, lo que demuestra esa frase es cuán contagiado está todo el mundo por el modelo mercantilista que impera en la sociedad.

La verdad que en un Sistema donde mucha gente vende su alma por un puñado de euros, es lógico que alguno piense que es legítimo vender tu cuerpo cómo te parezca. En principio, no sería más degradante que vender tu tiempo, tu libertad y tu criterio como hacemos cotidianamente en tantos trabajos asalariados.

Y ahí está la raíz del problema. En el sistema capitalista, cualquier persona puede ser objeto de compraventa. Esa lógica de que el que quiera venda su cuerpo, es la misma que está detrás de las exigencias de los empresarios para que se les permita comprar muy barato el tiempo, el esfuerzo y la inteligencia de sus trabajadores. El que quiera trabajar por un salario miserable en unas condiciones semiesclavistas tiene derecho a ello; nadie debe impedirle vender su dignidad por cuatro euros.

Hubo tiempos en que el trabajo era creación, aportación social, desarrollo de la persona y eso dignificaba el trabajo y a quienes lo ejercían. El trabajo es ahora el resultado de un mercadillo donde el empleador compra al mejor postor: que es el que está dispuesto a pasar por cualquier indignidad y a tragarse cualquier sapo con tal de tener un puesto de trabajo. Incluso haciendo de esquirol.

Los graciosillos de corte machista y casposo han llamado habitualmente a la prostitución “la profesión más vieja del mundo”. Nada más falso. Las profesiones más antiguas fueron las de cazador, recolectora, contador de cuentos, sanadora de cuerpos y espíritus, fabricante de utensilios, artista, investigador de lo desconocido… La prostitución sólo surgió cuando surgieron los gobiernos, las élites, la división de clases, que fue la época en la que se relegó a la mujer a ese papel subordinado y esa condición de objeto de la que a duras penas está saliendo.

Si es cierto que, cada día más, aceptar un trabajo implica un nivel de degradación y sumisión, es aún más cierto que la prostitución conlleva una situación de debilidad, de dependencia y de indefensión en la que la “proveedora” es, al mismo tiempo, explotada por el “cliente” y el amo y está, al mismo tiempo, sometida sin remedio a cualquier abuso discrecional que cualquiera de ellos decida cometer.

Una de las cosas más duras de la explotación sexual es que la explotada lo es por partida doble: por el proxeneta y por el putero. Además de que las condiciones de “trabajo” conllevan una violencia, una humillación personal y una falta de libertad que se dan en pocos trabajos en Occidente.

No me extraña, en todo caso, que haya gente que vea la prostitución como un mero intercambio comercial. Nos han enseñado que todo se compra y se vende, y la gente es ya incapaz de pensar en un modelo de relación social entre iguales, sin que cada acción sea contabilizada con un coste, con unos gastos y con unos ingresos.

Por eso, creo que la prostitución es un símbolo de una enfermedad: la existencia de una sociedad de jerarquías, de amos y siervos, de potestad y sumisión, de las que las prostitutas siguen siendo las víctimas más sometidas, más abandonadas y, a la vez, más vilipendiadas. Avanzamos, cada día más, por ese camino por el que ya nos venden el agua, la limpieza, la salud, el conocimiento, el amor y la felicidad. Y también el sexo, cómo no.

No aceptar esta sociedad de contables, balances y cuentas de resultados pasa también, en gran medida, por no aceptar como “normal” que una persona se vea obligada (casi nunca lo decide libremente) a vender su cuerpo para ganarse miserablemente el pan de cada día.

Abismo cultural

Hace algunas semanas, un informe de la OCDE ha pasado como un cometa por el cielo de este triste país y, como todo cometa, ha creado expectación, pavor, tumulto y luego ha quedado en nada.

El informe ha puesto de manifiesto, de forma incontestable, el lugar abismal en que se encuentra la cultura media de los españoles que, como uno ya sospechaba, apenas entienden lo que leen y son incapaces de efectuar las más elementales operaciones matemáticas.

Curiosamente (en realidad, significativamente), los análisis que se han hecho de esta deplorable situación no han incidido en ningún problema estructural de la sociedad, sino que han adquirido un deslustrado tinte político. Aunque parezca de coña, la bronca general ha sido acerca de si la culpa de nuestra incultura es o no de Zapatero.

Por si no bastase el informe de la OCDE, la banalidad del debate que se ha generado, junto con la constatación del concepto omnipresente de que la Historia de España empieza hace 20 años, han dado una medida atinada de la sequía cultural que arrasa este país.

Yo creo en las identidades culturales de los pueblos, y creo que esas identidades son producto de la Geografía y de la Historia, esas dos materias en la que también estamos tan ayunos los españoles y nuestros programas educativos.

España tiene una identidad cultural producto de su Historia. Ha sido éste un país construido sobre la intransigencia cultural, basada en una religión revelada, y que ha vivido sin recurrir al trabajo, explotando los recursos minerales que obtenía de América y la mano de obra esclava tanto de ese mismo continente, como proveniente de África. Pocos países pueden jactarse de un modelo de vida tan vergonzoso y esterilizador; quizá, hoy en día, Arabia Saudí.

La Historia de España es larga en ejemplos de cómo el fanatismo religioso y la pereza de todo tipo, de cómo esta inanidad intelectual y laboral nos ha condicionado y ha conformado el estilo de vida español hasta nuestros días.

Sólo entresacaré un ejemplo de lo que llevamos en nuestro acervo cultural: Mientras en Europa llevaba casi dos siglos expandiéndose la Revolución Científica (Galileo, Copérnico, Kepler, Newton, Leibniz…), en la Corte española se llevaban a cabo exorcismos al rey Carlos II “El Hechizado” para curar su esterilidad.

Este país de curas y señoritos, lacayos y sayones, orgulloso de sus supersticiones y su ignorancia, sólo ha visto peligrar ese estado de las cosas cuando la República inició una reforma radical de la enseñanza en España, buscando la alfabetización de un pueblo ignorante, consciente de que sólo la culturización del país le liberaría del oscurantismo y la ignominia de siglos.

La República emprendió un ambicioso proyecto de reforma educativa que incluía la creación de 27.000 escuelas públicas, la dignificación de los maestros mediante su formación y la dotación de un salario digno, la implantación de las Misiones Pedagógicas y las Colonias Escolares,…

Era demasiado para la tranquilidad  y las ansias de dominación de la clase dirigente y de la Iglesia, que rápidamente, tras el Golpe de Estado del 18 de Julio pusieron en marcha, a toda prisa, una serie de medidas para retrotraer las cosas a su estado anterior. Una de las más significativas fue el Decreto de Depuración del Magisterio español el 8 de Noviembre de 1936 que mandó a la calle de decenas de miles de maestros de la escuela pública. No menos eficaz fue la represión directa, con centenares de maestros fusilados por el terrible delito de intentar acabar con la ignorancia secular del pueblo español.

El franquismo devolvió la educación de los españoles a las sombras, a la superstición, al siglo XVII. Y desde la muerte del Dictador no se ha realizado ningún esfuerzo serio, honesto, idealista como el de la República para salir de este oscurantismo.

El informe de la OCDE no hace sino mostrar en toda su crudeza el abismo cultural en que se encuentra España desde hace ya mucho tiempo.

Y mientras se discute airadamente si es o no Zapatero el responsable de que aquí nadie sepa hacer la O con un canuto, nos estamos ocultando a nosotros mismos la profundidad y la magnitud de una lacra histórica, que no tiene visos de repararse sin la abolición de unas estructuras de poder decididas a perpetuarse por los siglos de los siglos. Amén.

El juego al que nos obligan a jugar los que tienen el balón

Las cosas son, en realidad, muy sencillas, pero los que las manejan intentan hacer que parezcan muy complicadas, para que nadie tenga la tentación de examinarlas, analizarlas y darse cuenta de que nos están tomando el pelo.

Un modelo económico absurdo donde la riqueza no consiste en nada tangible, ni siquiera concreto, sino en herramientas de cálculo de probabilidades que añaden o restan ceros a fortunas que nunca nadie utilizará para nada.

Como esta riqueza, en realidad, no existe, todo se basa en una fe que se denomina crédito (al fin y al cabo, la palabra crédito representa el acto de creer). Una cadena de créditos termina, en el esquema piramidal que constituye esta sociedad de trileros y vendedores de crecepelos, por apoyarse en el crédito a los más pobres, a los parias de la tierra.

A estos pobres se les convence de que deben pedir prestado dinero para algo esencialmente innecesario o, peor aún, inconveniente. Los pobres se convierten, así, en deudores de los ricos, lo cual ya empieza a ser una aberración.

De repente, alguien decide retirar el crédito a los pobres. No porque no se fíe de ellos (nunca se han fiado de ellos), no porque alguna circunstancia esencial haya cambiado. Es porque el juego funciona así: en cuanto se supera un umbral predefinido de crédito, hay que retirarlo. Como decían los Rolling Stones: “aquello que te desconcierta, es la naturaleza de mi juego”.

Se retira el crédito en una reacción en cadena: de repente, no hay crédito para nadie. Y los que, de verdad, tienen la sartén por el mango, los que definen la naturaleza del juego (que no las reglas, porque esas cambian a conveniencia de los inventores del juego), los verdaderos miserables de este mundo, anuncian sus condiciones para volver al juego.

“Si queréis que volvamos a jugar” dicen como el niño dueño del balón “hay que hacer lo que digamos”.

Nadie se plantea si el juego tiene sentido. Nadie analiza si conviene seguir jugando al juego de estos tramposos. Nadie pone en cuestión que se va a seguir jugando a lo que mande el dueño del balón. Nadie parece darse cuenta de que esta mierda se repite periódicamente, y que la esencia del juego es que siempre ganen los mismos, que siempre pierdan los mismos, que nunca haya la menor oportunidad de que el juego termine de otra forma.

Y nos dicen, “si queréis que YO vuelva a jugar al juego que me he inventado y en el que YO siempre gano, tenéis que hacer esto y aquello”. Pero, ¿cómo somos todos tan gilipollas para seguir jugando a esto?

Tenéis que saquear el bolsillo de los pobres y las cuentas públicas para dármelo a mí todo, a ver si así me apetece seguir jugando.

Hay que echar a millones de personas a la calle, reducir los sueldos a los que menos ganan y precarizar el empleo, o no vuelvo a jugar a esto.

Hay que poner en la puta calle a todos los pobres que nos deben dinero de sus hipotecas, y hundir el mercado inmobiliario para que podamos comprar barato, y hundir el mercado de trabajo, para que podamos comprar (personas) aún más barato.

Hay que sacarles los cuartos a los viejecillos, y dejar de dar sanidad gratis a los que no tienen, y subir los impuestos a los que los pagan (a nosotros no nos va eso de pagar impuestos) y llevar a la ruina todos los servicios públicos, porque es la única forma de que me vuelva a sumar al juego.

Pero, ¿estamos locos o somos gilipollas? ¿No nos damos cuenta de que este juego no nos interesa? ¿De que nos están asaltando y violando en nuestra casa y nos amenazan exactamente con no volver a violarnos y asaltarnos si protestamos?

¿Qué coño nos creemos todavía que tenemos que proteger protegiéndoles a ellos? ¿Qué mierda nos han hecho creer que pensamos que es nuestro interés que vuelvan estos vampiros, una y otra vez, a chuparnos la sangre?

¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando al juego en el que siempre gana el niño malcriado que es el dueño del balón?

Otros tiempos, otro conocimiento

En la historia de la transmisión del conocimiento entre los humanos, hay dos grandes hitos significativos: la invención de la escritura y la invención de la imprenta.

La escritura permitió que el conocimiento trascendiese de aquél que lo poseía y llegase a lugares y épocas (y, por tanto, a personas) a los que no hubiese sido posible alcanzar con la transmisión oral.

La imprenta, por su parte, permitió que la transmisión del conocimiento se multiplicase de una forma inimaginable cuando la escritura era manual. Millones de personas pudieron acceder a escritos que antes estaban al alcance de sólo unos pocos cientos de privilegiados.

No existen, lógicamente, registros de cómo afectó el cambio de la transmisión oral a la transmisión escrita del conocimiento. Pero sí sabemos la revolución democratizadora que significó la imprenta.

Durante algún tiempo, en una batalla perdida de antemano, las autoridades civiles y eclesiásticas intentaron limitar o incluso evitar la expansión de la imprenta. Esfuerzo inútil. La imprenta llegó a todas partes, incluidos los rincones más lejanos de los Imperios más reaccionarios (como el español) y, al menos en teoría, el conocimiento estuvo al alcance de todas las personas y, con él, la posibilidad de acceder a nuevas visiones del mundo y de la sociedad, y a técnicas y valores que hicieron tambalearse el mundo antiguo.

Nuestra época está siendo testigo de otro hito relevante en la transmisión del conocimiento: el almacenamiento electrónico de conceptos e ideas. Una persona corriente puede acceder ahora, de forma casi ilimitada, a más información de la que se ha generado a lo largo de toda la historia de la Humanidad.

No todo el conocimiento al que accedemos es igual de válido, desde luego, pero las posibilidades de información son prácticamente infinitas. Esto hace que, por ejemplo, la mayor parte de los universitarios estén en iguales o, habitualmente, mejores condiciones para juzgar y analizar lo que pasa que los supuestos expertos que nos gobiernan y dicen representarnos.

No hay más que acceder a la red para encontrar fácilmente a muchas personas que están más informadas, tienen más criterios y saben mejor de qué hablan que cualquier ministro de cualquier Gobierno (y no digo nada si nos referimos al Gobierno español).

No nos apercibimos claramente de qué representa esto pero, en resumen, implica la capacidad de discernir qué están haciendo mal y qué están haciendo bien (en el caso improbable de que esto ocurra), las personas que se supone que deben tomar decisiones por nosotros, que deben tomar decisiones que, sobre todo, nos afectan.

La jerarquía gubernamental se mantiene por una inercia que es difícil de romper. Pero, poco a poco, la gente se va a ir dando cuenta de que están tomando decisiones sobre su vida personas con menos información, menos conocimientos y menos capacidades que ellos mismos.

Mientras tanto, los que mandan intentan convencernos de que no pasa nada y de que las cosas deben seguir igual a través de medios rudimentarios y de tecnología obsoleta como la Prensa y la Televisión.

¿Hasta cuándo se puede mantener esta estructura de poder no representativo, esta cáscara huera que son los Gobiernos, esta farsa heredada de otros tiempos que nada tienen que ver con los nuestros?

La sociedad en la que vivimos ya no es más que un decorado putrefacto donde se representa una obra que ya no es nada, que ya no dice nada, que ya no es adecuada para nadie. Más temprano que tarde, se cerrará el telón apolillado de este teatro del absurdo.

Y entonces, me estremezco al pensarlo, empezará a representarse, en un nuevo teatro, una nueva obra, cuyo guión estamos empezando a escribir ahora, sin casi darnos cuenta.