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Siria

septiembre 2, 2012
Cuando se habla de Siria en la prensa occidental, se limitan a contarnos una película de buenos (los insurgentes) y malos (el Gobierno sirio al que, para mayor descrédito, denominan el “Régimen” sirio).
Lo que no nos cuenta la prensa occidental es que la adicción al petróleo del modelo económico de los EE.UU. es lo que está detrás de éste y otros conflictos que vienen sucediendo en la última década en el mundo.
Los EE.UU., cada vez menos confiados en sus “aliados” saudíes, llevan varios años buscando fuentes alternativas de petróleo, especialmente en Asia Central (en los restos del ex-imperio soviético) y en Oriente Medio.
La guerra de Iraq (segundo país del mundo en reservas probadas de petróleo) fue el resultado de la búsqueda de esas fuentes alternativas. Saddam Hussein representaba un obstáculo a los intereses gringos, en tanto que había cerrado las puertas de la explotación petrolífera a las empresas americanas. Hacerse con el control de los pozos iraquís era el objetivo esencial de la invasión que, desde el primer momento, contó con el boicot más o menos soterrado de Arabia Saudí. La guerra resultó mucho peor de lo esperado, el control del petróleo iraquí por los EE.UU. ha resultado, cuando menos, parcial y los objetivos de la guerra no se han cumplido en gran medida.
Afganistán era otro objetivo. Al margen de las riquezas propias del subsuelo afgano, la ubicación de este país le convertía en la vía de paso idónea para transportar el petróleo de Asia Central hasta el mar, a través de Pakistán, sin necesidad de transportarlo por territorio de la Federación Rusa, país que, tras la reacción nacionalista que llevó al poder a Putin, ha dejado de ser un peón de la estrategia global norteamericana. La resistencia de los talibanes (sostenidos por saudíes y pakistaníes), la corrupción del régimen títere de Kabul, compuesto por señores de la guerra y traficantes de heroína, y el descarado entorpecimiento de las operaciones por parte del “aliado” pakistaní, han conseguido que la guerra de Afganistán sea un nuevo fracaso y el soñado oleoducto hasta el Mar Arábigo se ha quedado en los papeles.
Ahora, los EE.UU. llevan un tiempo fijando los ojos en Irán. Tercer país del mundo en reservas de petróleo y primero en reservas de gas, cuenta con un gobierno radicalmente anti-americano, que impide al imperio oleoadicto el menor acceso a sus productos. Las campañas de desprestigio y agresión a Irán sostenidas por los EE.UU. y su aliado en la zona, Israel, quieren contribuir a crear un estado de opinión que justifique una nueva operación militar estadounidense.
Pero las lecciones de Iraq y Afganistán están frenando la toma de decisión para el ataque frontal. Aunque los halcones en Tel Aviv se han ofrecido en numerosas ocasiones a tomar ellos la iniciativa y bombardear los centros clave iraníes, los gringos saben que es relativamente fácil derrocar un gobierno mediante una superioridad militar aérea aplastante, pero es mucho más difícil tomar el control del país “desde el suelo”, requisito indispensable para poder explotar y gestionar los recursos minerales.
El tiempo pasa, la solución mágica no se vislumbra y, entre tanto, los EE.UU. e Israel han decidido empezar por intentar cercar al “enemigo”. Para ello, el primer movimiento es despojarlo de su principal aliado en la zona: el gobierno sirio. En consecuencia, aprovechando el impulso de la primavera árabe, han decidido embarcarse en una operación de desestabilización por “personas interpuestas”. Poco importa que estos grupos insurgentes a los que han armado hasta los dientes a través de Turquía e Israel estén compuestos por radicales islámicos, terroristas, mercenarios o agentes de los servicios secretos. Lo importante es eliminar el peón sirio dentro del demencial ajedrez que están jugando por el control del petróleo.
Si esperaban que la ONU, como en el caso de Libia, les iba a dar carta verde para involucrarse directamente en el conflicto que ellos mismos han organizado, se han encontrado en el Consejo de Seguridad con la resistencia férrea de Rusia y China. Rusia, que no quiere dejar tan fácilmente que los EE.UU. se instalen en su patio trasero y que no está dispuesta a perder el lucrativo negocio de la venta de armas a su aliado sirio. China, que es un ávido consumidor del petróleo de Irán, es un competidor presente y futuro de los EE.UU. en el acceso a recursos energéticos, y es consciente de la envergadura del juego estratégico que se encuentra en marcha.
El caso es que los intereses de unos y otros están permitiendo que los terroristas de la “insurgencia” y los terroristas del gobierno sirio continúen con sus campañas de bombardeos y atentados indiscriminados (exceptúo la voladura, bien específica, de la cúpula de Defensa del gobierno sirio, que por su eficiencia tiene todos los visos de ser obra del Mossad) en los que, como desgraciadamente suele suceder, la peor parte la llevan los indefensos ciudadanos sirios.
Nunca he creído mucho en las historias de buenos y malos, lo que pasa en Siria no deja de ser más que una historia de malos y malos, pero esta vez quiero sentir que se merecen el papel de buenos, al menos en cuanto víctimas inocentes, el pobre pueblo sirio, atrapado y masacrado en un conflicto en el que su única culpa es vivir en un lugar en el que, ahora mismo, se cruzan los designios estratégicos de los EE.UU. y sus supuestos enemigos.
Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet (lo que afecta a todos, debe ser aprobado por todos) 

From → Internacional

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