Skip to content

La indisoluble unidad

octubre 5, 2012

Partamos de la base de que las fronteras son algo absolutamente artificial, producto de conflictos militares, accidentes dinásticos e intereses económicos más o menos disfrazados. Además, consideremos que los estados nacionales son un invento de la burguesía del siglo XIX con el doble objetivo de asegurarse unos mercados cautivos y de sustituir los mitos religiosos en declive por los mitos identitarios.

Con esas premisas, es fácil entender que los nacionalismos me parecen, a la vez, absurdos y contraproducentes para la libertad.

No quiero con ello negar mi simpatía por las ansias de autodeterminación que pueden sentir pueblos oprimidos en lo cultural o en lo económico. Pero la autodeterminación  (que debería llegar hasta el nivel de los individuos) suele tener muy poco recorrido cuando se la encorseta en el estrecho traje del estado nacional, aunque sea un nuevo estado nacional.

Viene todo esto a cuento de la polémica, ya histórica, que crece actualmente entre los nacionalismos catalán y español. Ninguno de estos nacionalismos me es simpático pero, quizá por haber nacido en España o a pesar de ello, el nacionalismo español me resulta especialmente antipático.

Cuando se habla de España y se dicen multitud de tonterías ahistóricas, lo primero que se olvida es que España es un concepto geográfico muy definido (también llamado Iberia) y que, desde esa óptica, el estado que se autodenomina España no deja de ser una entidad mutilada desde el momento que una parte significativa de España (Portugal), para su dicha, no pertenece al estado español. España, como unidad política, no ha existido más que en la época de los romanos y durante un breve espacio de unos 70 años entre los siglos XVI y XVII.

Cuando surge en el siglo XIX la fiebre de las naciones (que, no lo olvidemos, fue en su inicio un concepto revolucionario francés para oponer la legitimidad del pueblo a la legitimidad de las dinastías), la burguesía española se encuentra con un marco plagado de contradicciones y dificultades a la hora de construir su mito nacional.

En primer lugar, el nacionalismo español no puede ser moderno ni revolucionario, porque el país sigue tutelado por la dinastía borbónica y la aristocracia rentista. El nacionalismo español nace, así, contaminado por una realidad reaccionaria, clasista y antidemocrática, y debe echar mano de la retórica imperial y católica para identificarse. Esa es una de las diferencias entre, por ejemplo, el nacionalismo francés (originariamente democrático) y el nacionalismo español, y explica ese contraste entre los sentimientos nacionales franceses y españoles, diferencia que tanto sorprende y duele a los nacionalistas españoles.

Desde luego, si el nacionalismo de por sí no me resulta atractivo, un nacionalismo de tintes medievales, monárquico, clerical, rancio y clasista como el español, me resulta absolutamente repugnante.

Por otra parte, en el siglo XIX España es un país atrasado técnicamente, aislado culturalmente del mundo, y con unos problemas sustanciales de comunicación interna (cadenas montañosas, ausencia de ríos navegables) que no contribuyen en nada a la estructuración del estado nacional.

Adicionalmente, en el siglo XIX, las áreas más dinámicas en lo cultural y en lo económico (entre otras razones, por su capacidad de relación con el exterior vía marítima) son el País Vasco y Cataluña, áreas que han contado, históricamente, con una especificidad cultural, con un idioma propio y con una tradición de instituciones de gobierno independientes de las instituciones castellanas.

Sin entrar en un análisis de las complejas relaciones de fuerza que están en la génesis de los nacionalismos vasco y catalán del siglo XIX, el nacionalismo español se encuentra, ante estos nacionalismos, incapacitado para vertebrar su concepto de estado nacional.

Se enfrentan dos modelos que resultan incompatibles y que dan lugar a las tensiones que todavía siguen vigentes.

Por un lado, el nacionalismo centralista, empeñado en hurgar en un pasado de glorias imperiales, aglutinado alrededor de las apolilladas esencias tradicionales de Monarquía, Iglesia y aristocracia. Este nacionalismo paleto, cerrado al exterior y mirando desconfiado desde la atalaya mesetaria, está definido perfectamente por Machado cuando escribe de Castilla: “envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora”.

Por otro lado, los nacionalismos catalán y vasco, esencialmente nacionalismos burgueses, con un modelo industrial capitalista, basado en relaciones comerciales con el exterior, integrados en el mundo moderno que está creando el capitalismo europeo.

Adicionalmente, la Corte de Madrid, nido de derroche y corrupción, atiende y protege sistemáticamente los intereses económicos del país agrario, fuente de la riqueza de la aristocracia latifundista. Intereses que entran en conflicto con los intereses económicos de la burguesía industrial de las naciones periféricas.

Se crea entonces el concepto (real, pero base también de mucha demagogia posterior) de una periferia industriosa subviniendo con su esfuerzo la molicie de un país incapaz, sumido en una modorra eterna alimentada de toros, flamenco y francachelas nocturnas.

Entre esos dos modelos nacionalistas o, más bien, bajo esos modelos nacionalistas, se encuentran el pueblo español, y el pueblo catalán y el pueblo vasco, oprimidos y explotados respectivamente por la aristocracia terrateniente y por la burguesía capitalista.

Los nacionalismos periféricos siempre han tenido, frente al nacionalismo centralista, el atractivo de su modernidad y su apertura cultural. Entre la explotación por los señores feudales y el clero, y la explotación por los dueños de las fábricas, se me hace (quizá sin razón), intelectualmente más tolerable la segunda. Prefiero ser un obrero que un vasallo feudal; al menos en teoría, las leyes capitalistas me ofrecen más oportunidades que las leyes feudales.

Termino, porque este tema puede dar lugar a una digresión interminable. La España de charanga y pandereta debería reflexionar, no un poco sino un mucho, sobre la pobreza, las carencias y la falta de atractivo de su modelo nacionalista, antes de amenazar con sacar los tanques ante quienes oponen otro modelo nacionalista al suyo. Y los catalanes deberían ser más conscientes de que el nacionalismo que les venden tiene muy poco que ver con la autodeterminación de su destino.

En cuanto a los vascos, tal vez por la debilidad que uno tiene hacia ellos, tengo la reconfortante impresión de que muchos tienen ya una conciencia muy clara de la diferencia entre autodeterminación de un pueblo y nacionalismo burgués, lo que espero que quede patente en las próximas elecciones.

En cualquier caso, que nadie cuente conmigo para ir a pegar tiros si a estos locos que nos gobiernan les da por envolverse de nuevo en los designios imperiales y mandarnos a reconquistar Cataluña a golpe de sable.

From → Política

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: