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Las putas

octubre 7, 2012

Cuando yo era joven, habíamos formado un grupo que se llamaba La Hez Social. Teníamos de todo: bandera, himno, escudo (todo muy bonito), un lenguaje secreto, una revista maravillosa y un montón de desorganizaciones que la componían. Y también muchísimos militantes, de los cuales la mayor parte ignoraban que lo fuesen.

Como éramos unos románticos, estábamos convencidos de que las mujeres iban a cambiar el mundo antes de que el mundo las cambiase a ellas. No ha podido ser, de momento, pero yo sigo esperando que será. Entre las mujeres que militaban en la Hez Social, sin saberlo, estaban, naturalmente, todas las putas. Las putas, como ya entendió Jesucristo hace muchos años, son poseedoras de un profundo depósito de ternura a la que no han podido dar rienda suelta y, como todas las víctimas, por muchos defectos que puedan achacárseles, sólo pueden despertar en la gente sensata tristeza y solidaridad.

En aquella época los tíos sólo iban de putas a escondidas. Eran personajes rijosos, gordos sudorosos que babeaban encima de las putas, que venían del pueblo a la capital a gastarse “en mujeres” los beneficios de la cosecha de olivas, de la venta del ganado o el sueldo de funcionarios de provincias. Estudiaban con ojos lascivos a la carne que compraban y se relamían anticipadamente debajo de sus bigotes casposos. Eran lo peor pero, por lo menos, lo sabían y no se jactaban de su miseria moral que, por otra parte, rezumaba y era patente con sólo verlos.

El tiempo pasa (tan deprisa !!!) y las cosas evolucionan.

Conozco a tipejos “felizmente” casados, que son parte del “establishment”, manejando pasta y BMWs, y que, en determinadas ocasiones salen por la noche, con los amigos, a sitios caros de alterne.

Según cuentan, porque, a diferencia de antes, esto ya es un tema del que la gente se jacta, allí se van a un reservado, empiezan a sacar billetes de 100 y 200 euros (de esos que la mayor parte de los mortales no hemos visto, porque no los dan en los cajeros) y se les adoban una serie de macizas que les ríen las gracias y, por otros cuantos billetes más, pueden terminar con alguno de los señoritos en la cama. Esta escoria despreciable salen de allí convencidos de que han ligado (en serio) y te miran con cara de enorme extrañeza si les dices que no te gusta la gente que va de putas

Conozco también personajillos que, entre risas, te cuentan cómo la tía a la que contrataron para la despedida de soltero de su colega, terminó yéndose a la cama con tres de ellos. Esta gente tiene menos pasta y seguro que la chica cobra mucho menos por hacérselo con tres pequeños cerdos de lo que cobra la otra con el cerdo grande. Estos palurdos tampoco entienden que, aunque ya no se llame así, lo que han hecho ha sido irse de putas sin necesidad de irse a la Casa de Campo, que es donde cree todo el mundo que están todas las putas.

Estas historias, que se cuentan en voz alta y sin que haga falta la menor intimidad, me producen una profunda tristeza y también una ardiente indignación. Pero también me dan miedo.

Creo que todos, absolutamente todos los tíos que van de putas son un peligro social y unos enfermos.

Un peligro social porque son esencialmente inhumanos. Una persona que desprecia tanto a otras personas como para pensar que puede obligarla a estremecer su cuerpo contra el suyo a cambio de dinero. Una persona a la que le importan tan poco las otras como para tener intimidad sexual con ellas y luego marcharse, sin ningún remordimiento, sabiendo que la deja en una cadena interminable, sórdida, oscura de otras y otras intimidades sexuales. Una persona que alquila almas y cuerpos a no sé cuántos euros el minuto…

Una persona que hace todo eso es un esclavista, un asesino a cámara lenta, un producto de las cavernas, un déspota y un servil al mismo tiempo. Una persona que hace todo esto y lo dice en voz alta es, a la vez, un gilipollas y una mala persona, un ignorante y un tirano.

Y también un enfermo. Parte de la podredumbre que tiene en la cabeza la demuestra en sus correrías con las putas, pero, ¿qué otras aberraciones no estarán revolcándose en la pocilga de su cerebro, esperando la ocasión en que socialmente sean aceptables?

En una sociedad armónica y sana esta gente no podría estar andando por la calle, sería imposible que estuviese hablando con niños, con adolescentes, con otras mujeres, sería inaceptable que tuviese el más mínimo papel en decidir la marcha de la sociedad. En un mundo a la medida de los sueños, a la medida de los inocentes, en un mundo más limpio de basura, esta gente estaría vigilada, aislada y sometida a tratamiento a ver si se les quitaba toda la mierda de la cabeza.

Lo que me da miedo de esta gente, que aún no lo he dicho, es que son, por dentro, exactamente iguales que el gordo sudoroso y con halitosis que sembraba de caspa los prostíbulos de hace años. Pero a diferencia del gordo, ya no hay quien los distinga por fuera, son gente de orden y que maneja el cotarro y a los que, en cualquier momento, puedes dejar la llave de tu casa o que acompañen a tu hija al colegio.

From → Sociedad

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