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La derecha española

diciembre 22, 2012

Ser de izquierdas es difícil. No ya porque tienes que moverte en un mundo que no corresponde a los parámetros con los que te sentirías cómodo, porque tienes que luchar contra la corriente mayoritaria para intentar arrancar minúsculas concesiones adecuadas a tu planteamiento de vida, porque la losa de la realidad se encarga constantemente de recordarte que las utopías están siempre un poco más allá del horizonte…

Hay otra dificultad y es la exigencia con que la gente que no es de izquierdas (la inmensa mayoría), cuando se digna tenerte en cuenta, te demanda una estrictísima reglamentación de tu vida cotidiana para que sea un modelo inmaculado de la utopía futura. Vamos, que te exigen que, por creer en un mundo mejor, estés obligado a crear a tu alrededor una maqueta diminuta de ese mundo benéfico, igualitario, sin errores ni contradicciones.

Y si consideras que el anarquismo es el único conjunto de ideas que apela a lo que es en realidad el ser humano, un ente a la vez libre y social y solidario, entonces la has cagado.

Normalmente, a la gente le da la risa que te sientas próximo al anarquismo o, si son menos condescendientes y están más informados, te critican por no tener el coraje moral y el valor físico de unos Ascaso, Durruti o García Oliver. No entienden que, por desgracia, soñar un mundo nuevo no siempre va acompañado de la energía suficiente para empezar a construirlo con las manos desnudas.

Sin embargo, la gente de derechas, como no tiene ningún principio moral salvo el de que cada palo aguante su vela, no se ve constreñida a mantener esa absoluta coherencia entre actos e ideas que se nos exige a la gente de izquierdas. Lo más que puedes criticarles es que no sean ricos, pues, ya que piensan que esta sociedad capitalista es la sociedad de las oportunidades para todos los que las buscan, si ellos no han triunfado es porque deben ser muy poco espabilados. (O, más bien, ¿no será porque lo de la igualdad de oportunidades en esta sociedad sí que es una utopía?).

Bueno, también podrían criticárseles sus momentos de solidaridad, de bonhomía, de desprendimiento, tan poco acordes con su ideario. Pero no puedes exigirle a nadie que sea un completo hijo de puta las 24 horas del día. Ni tampoco la gente de izquierdas solemos estar tan pendientes de lo que hacen los demás, salvo cuando hacen daño.

La derecha, para su desgracia y la nuestra, no cree en el ser humano. La gente de derechas vive en un mundo donde, al parecer, todos debn ser como ellos: tramposos, indecentes, vagos, ladrones, asesinos en potencia y violadores. Y, claro, rodeados de esa gentuza, entienden que lo único que queda es recurrir al palo, la prohibición y el ordeno y mando. La educación no sirve para nada y viven ese infantilismo siniestro que se llama hipocresía: hay que poner reglas muy estrictas para los demás, y luego ver cómo nosotros nos las podemos saltar.

Esa falta de humanidad que tiene la derecha, su mala conciencia le lleva a compensarla con la caridad, que es una “virtud” que requiere de poseedores y desposeídos, de personajes rimbombantes y de menesterosos, de señoritos y siervos.
Entre la gente de derechas del mundo, poca tan singular y, al mismo tiempo tan representativa de lo que es la derecha, como la derecha española. La derecha española se hizo con la Revolución Nacionalsindicalista (esa amalgama feroz de curas, militares coloniales, caciques agrarios, tenderos al por menor y señoritos de provincias). En ese golpe tremendamente cruento que fue el Alzamiento Nacional, la derecha española se llevó por delante, no sólo a los temidos obreros, sino también a la burguesía liberal (médicos, arquitectos, maestros, científicos, abogados, periodistas) de la que odiaban, especialmente, su cultura.

El alma de la derecha española la representan dueños de ferreterías y de bares costrosos, taxistas, capataces de obra y capataces de jornaleros, funcionarios de provincias, pequeños propietarios agrícolas, católicos sombríos, proxenetas, intermediarios en negocios inmobiliarios, empresarios evasores de impuestos.

Los hombres típicos de la derecha española son católicos no practicantes, van de putas, tienen el pelo grasiento, les gusta poco lavarse, creen que ser un hombre implica menospreciar a las mujeres, suelen tener un coche grande, les tranquiliza escaquearse de pagar lo que deben, les mola creerse que engañan a los que no tienen más remedio que seguirles el rollo. Admiran “los cojones” de Esperanza Aguirre, que es una forma de decir que admiran sus malos modos y su chulería de falangista.

Las mujeres de la derecha española van a misa (aunque algunas han empezado ahora a ir de putos, es la liberación femenina entendida desde su óptica), dicen tacos porque creen que eso las acerca al nivel de los hombres, todas se tiñen de rubio, son profundamente machistas, odian a los inmigrantes y disimulan su mal olor con perfumes rancios y con la naftalina que tienen en el alma. Su ídolo es Aznar, a pesar de la melenita y el aire amanerado.

A la derecha española le parece que las corridas de toros representan la esencia patria, les molan las cacerías, les saldría del alma (aunque ahora se corten) imponerse con un “usted no sabe con quién está hablando”, y en cuanto se cabrean un poco se les va inconscientemente la mano a la culata, menos mal que ahora no llevan fusco como en el 36…

La derecha española que ha quedado es, pues, ignorante, grosera y sanguinaria. Cruel, rapaz y maleducada. Son desconfiados, “listos” y se ponen farrucos cuando les pillas colándose en el supermercado o saltándose con el coche el semáforo de peatones.

Este residuo del pasado no sé si hace más fácil o más difícil alcanzar la utopía más allá del horizonte. Sólo sé que es necesario dejarlos en un meandro de la Historia. Pero, salvo como ejercicio de autodefensa, no soy partidario de su exterminio físico. Mejor ponerles a trabajar, que es algo que no han hecho en su vida. Eso sí, vigilados para que no sigan, como siempre, haciendo trampas.

From → Sociedad

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