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Mundo en blanco y negro

marzo 29, 2013

Para los que vivimos la dictadura franquista, el mundo se nos ha quedado, irremediablemente, un poco en blanco y negro. Sé que la ausencia de colores es real cuando callejeo en Invierno por mi barrio, mal iluminado y escaso de árboles. Igual que cuando sufro, inesperadamente, la retransmisión de alguna sesión del Congreso o de una procesión de Semana Santa.

Pero hay otros aspectos, menos tangibles, en que mi cerebro es también incapaz de percibir matices y colores, y la realidad se me presenta en unos absolutos blanco y negro.

Acostumbrado a escuchar historias maniqueas de buenos y malos, contadas por los malos, me he vuelto hasta cierto punto también maniqueo y he adquirido la costumbre de alinearme, sin reservas mentales, al lado de los indios frente a los americanos, al lado de los esclavos frente a los romanos, al lado de Sandokán frente a los ingleses.

Sé, por ejemplo, que existen policías honestos y hasta buenos, pero no puedo evitar sentir una manifiesta incomodidad cuando paso al lado de una comisaría o un coche de policía. Incomodidad tan manifiesta y evidente que creo que es la razón por la que, más de una vez, me han pedido la documentación por la calle sin ninguna razón aparente.

Del mismo modo, los mitos que me creé en mi juventud siguen ahí, intactos, con su toque de maniqueísmo, sin que me haya dado nunca por intentar racionalizarlos ni justificarlos.

Durante el oprobio nacional que representó la dictadura franquista, a los que no comulgábamos con el Régimen, no nos estaban permitidas muchas alegrías, sino más bien bastante tristezas. Por esa razón, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas se colmaban con cualquier cosa que entendíamos que, directa o indirectamente, hacía daño al Régimen.

En nuestra mitología visceral y primigenia, se ganaron lugares de privilegio, la Revolución de los Claveles, la lucha y la victoria del Viet Cong, el triunfo electoral de Salvador Allende. Y, cómo no, ETA.

De ETA nos gustaba todo, hasta el punto que los más infantiles de entre nosotros se hacían pasar por vascos, porque eso daba mucho prestigio. Análisis políticos respecto a ETA hacíamos pocos (también, por una enorme falta de información), nos bastaba saber que se enfrentaban a las fuerzas represivas del Régimen y que eran odiados por nuestros enemigos.

Por mucho que nos hubieran intentado convencer de que debíamos tener miedo a ETA, nosotros nos sentíamos mucho más amenazados por policías, comisarios de la Social o jueces. O, sin ir más lejos, por los automóviles que atropellan y contaminan. No era esa, es cierto, la mentalidad de la mayor parte de la sociedad española, inmersa en la propaganda del Régimen (inalterable hasta nuestros días, es significativo), que presentaba a ETA como un peligro mortal para cada uno de los miembros de la sociedad.

Claro que ETA hizo algo que no se le va a perdonar nunca, que era matar políticos, empresarios, fascistas y traficantes de droga. Reconozco que matar a alguien es un hecho de enorme trascendencia, y que conduce a profundos análisis sobre la moral y la justicia, que entonces nos importaban un bledo aunque supongo que eran parte del día a día de los militantes de ETA. Bien es cierto que la Policía y los Ejércitos de todos los países tienen como profesión y actividad cotidiana matar a gente, de forma directa, y los grandes empresarios y banqueros, matar a mucha más gente de forma indirecta. Pero no creo que lleven a cabo ningún análisis moral ni antes ni después de hacerlo.

Es cierto que ETA, organización compuesta por seres humanos, ha cometido errores: pequeños, medianos y de bulto. Y también injusticias. También es cierto, como sabemos todos los que hemos militado en la clandestinidad, que es muy fácil para la policía y los agentes provocadores infiltrarse en una organización ilegal. Ahí está el ejemplo del IRA, que comprobó, tras su disolución, que una parte significativa de su cúpula eran agentes de los servicios británicos. ETA ha llevado a cabo, en algunos momentos, acciones que, por su falta de sentido político o el momento en que se han realizado, me han llevado a sospechar en la acción de provocadores infiltrados.

Pero todo esto no obsta para que, sin ninguna base lógica, ETA siga siendo una de las luces en mi mundo en blanco y negro, y que acusar, como está haciendo ahora determinada gentuza con la PAH, a cualquier movimiento de ser “filoetarra” para mí sigue siendo una garantía de que ese movimiento está actuando correctamente y de que les causa inquietud, y le tienen miedo.

From → Política

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