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El absurdo del cambio de hora

marzo 30, 2013

Cuando se avecina el día en que nos cambian la hora por decreto, siempre mandan a los periodistas becarios a preguntarle a la gente de la calle (esos corresponsales gratuitos que tienen ahora todos los medios de comunicación), qué piensan del cambio de hora.

Claro, esa pregunta, especialmente en España, no puede dar ningún resultado. Qué “piensa” la mayor parte de la gente es NADA.

La pregunta debería ser “¿qué le piensan?” o, con algún circunloquio más “¿qué pensamiento le han metido en la cabeza respecto a esto?”.

Hecha cualquiera de esas preguntas, la gente se divide en dos grupos: uno, minoritario, que habla de lo que a él le afecta “pos a mí me gusta mucho” “a mí me sienta mu mal el cambio”. No es que se me olviden letras, es que la gente habla así, que lo he escuchado en la radio.

Otro grupo, ampliamente mayoritario, es de betordos que contestan con aire contrito y voz sorda “bueno, me parece bien porque si es para ahorrar…”. ¡¡ Pero, imbécil, de qué estás hablando ¡!?? dan ganas de decirle. Pero luego te das cuenta de que es lo que “les piensan” y tampoco te vas cabrear por eso.

“Para ahorrar”. Cuando empezó esta manía del cambio de hora, allá por la crisis petrolífera de 1973, ésta fue una de las muchas medidas de urgencia que, en plan histérico, tomaron los gobiernos ante la repentina cuadruplicación del precio del petróleo de 3 a 12 dólares el barril.

Incapaces de gestionar la crisis y ante la imposibilidad de tomar cualquier medida de impacto inmediato (¿cómo reducir drásticamente el consumo de petróleo de un día para otro y menos en una sociedad oleoadicta?), lanzaron un brindis al sol con una de esas medidas de efectividad práctica nula pero de gran efectividad mediática. Al fin y al cabo, cambiar la hora es algo que se hace efectivo en dos segundos. Y si a la gente se le dice que con ese sencillo gesto se ahorra no sé cuánta energía, y la gente se lo cree (como todo), pues magnífico. Todo con tal de hacer ver que hacen algo, lo que sea, obsesión constante de todos los incapaces que nos gobiernan.

Desde entonces yo, que tengo ya muchos años, estoy esperando que alguien elabore un informe documentado, serio y analítico sobre las mágicas virtudes ahorradoras del cambio de hora (de los dos cambios de hora, el de Primavera y el de Otoño). No existen esos informes porque el supuesto ahorro no existe. Es una medida propagandística tomada en un momento crítico, y cualquiera se echa atrás ahora diciendo que eso no valía para nada. ¿Cómo se le dice a la gente: “mire, esto es una estupidez y han estado ustedes haciendo el paripé dos veces al año, todos estos años, para nada”?

Porque, vamos a hacer un análisis, primario, pero efectivo: Se supone que el ahorro es en iluminación, porque todo el transporte, la industria, la maquinaria, las fábricas, los frigoríficos, cocinas, lavadoras y aspiradoras, etc. todo eso sigue funcionando igual haga Sol o esté nublado.

Pero en absolutamente todas las oficinas del mundo, la luz se enciende cuando empieza la jornada laboral y se apaga cuando se acaba la jornada laboral. Diez horas de oficina, ocho horas de oficina, lo que sea, todo el rato está la luz encendida. Y lo mismo se puede decir de los colegios, universidades, museos y bibliotecas.

Nos quedan, pues, sólo, las casas. Pero ahí dudo yo que haya mucho ahorro tampoco:

Aunque la gente que la tenga estuviese en casa, ocurre que las horas de oscuridad son las mismas empiecen cuando empiecen a contarse. Yo tengo 12 horas de oscuridad (en Marzo) o 9 (en Junio) y las tengo aunque la hora a la que empiece la oscuridad la llame, por convención, las 8, las 9 o las 10. O sea, que si por la noche enciendo la luz una hora después, por la mañana la enciendo una hora antes. Si ayer me levantaba y ya era de día, mañana me levanto y es de noche. Al final, las horas que tengo que tener con luz son las mismas.

Yo diría, incluso, que seguramente se gaste más energía en las casas porque:

w  La gente se queda levantada hasta más tarde (no se hace nunca de noche), con lo que tiene la maldita TV encendida más rato.

w  En España, donde hace un calor africano en verano, resulta que, con este horario, se hace de noche a las 10 y pico con lo que la gente se va a dormir cuando ni siquiera ha empezado a refrescar. Sin embargo, a la hora de más fresco, que son las primeras horas después de amanecer, la gente ya ha tenido que salir de su casa. Resumen: no se puede aprovechar el fresco natural para las horas de sueño y la alternativa es dormir peor o poner el aire acondicionado (¡ toma ahorro energético !).

El caso del cambio de hora es más sangrante en España, porque aquí ya (como país vasallo de los europeos) vivimos todo el resto del año ajustados a la hora de Berlín, con lo que el cambio horario del verano nos pone en el huso horario de Beirut, Kiev o El Cairo.

Y, me pregunto yo, si tanto se ahorra con dos horas de desajuste con la hora solar, ¿por qué no poner tres y colocarnos la hora de Moscú o Teherán?

O mejor aún la de Tokio. ¿No se ahorrará muchísimo más si trastocamos nuestros relojes todavía más al Este y compartimos horario con los japoneses?

Y mientras escribo esto se me ocurre una idea aún más genial que la de Tokio. ¿Y si adelantamos los relojes 24 horas y nos quedamos como estamos? Aparte del tremendo ahorro que sería adelantarnos 24 horas (como 12 veces más ahorro que con sólo 2 horas de adelanto), viviríamos un día en el futuro respecto al resto del Mundo con lo que, por primera vez en su historia, este país de haraganes tomaría la delantera en algo. Y todo eso sin necesidad de volver a levantarse de noche…

From → Sociedad

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