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Finanzas

abril 11, 2013

Los humanos tenemos una interesante y peculiar tendencia al trueque, que no se da en el resto de las especies.

No es tanto hacer un favor para que luego me devuelvan otro. Es algo más interesante: “te doy esto que me sobra y a cambio me das aquello que me falta”. Lo interesante es que el valor de lo que se intercambia está (en principio) al criterio de los protagonistas del intercambio y esos valores pueden ser muy cambiantes en función de infinidad de circunstancias. Eso es lo que siempre se ha llamado “el mercado” (nada que ver con los grupos chantajistas y mafiosos que se han apropiado de ese nombre) y, como otras construcciones producto de la capacidad de abstracción del ser humano, siempre me ha despertado gran interés.

Otra abstracción que me parece cojonuda (casi al nivel de la escritura o las matemáticas) es el dinero. El dinero sirve para resolver esos casos en los que lo que a mí me sobra te interesa, pero tú no tienes lo que me hace falta. Convenimos en una abstracción (unas conchas, unos trozos de metal, unos papeles, unas determinadas configuraciones de electrones) que representa el valor de la mercancía que no podemos intercambiar de forma efectiva. Es así de simple, no me das lo que necesito, sino un medio para que, en otro lugar, en otro momento, consiga lo que necesito.

Desde luego, esto requiere que esa abstracción tenga una credibilidad aceptada por todos. El dinero es, así, el primer instrumento de crédito (que viene del latín “credere”, creer/confiar y viene a querer decir algo así como “aquello en lo que se confía”).

Hasta aquí yo creo (quizá equivocadamente) que vamos bien. Lo malo es cuando el instrumento se convierte en el objetivo.

 En la empresa en la que me explotan tiene la manía del control. El control puede ser un instrumento adecuado para validar objetivos como la productividad, la calidad, yo qué sé… Pero cuando el control (que es un instrumento para obtener un fin) se convierte en el objetivo las cosas se tuercen y se llega al ridículo y al absurdo. Lo importante es a qué hora entra y sale la gente, cuánto tiempo está sentada y si tiene asignado trabajo. Que lo haga bien o mal, incluso que lo haga o no, es irrelevante. Lo importante es el control.

Con el dinero (instrumento para facilitar el intercambio de objetos y servicios, presentes o futuros)  ha pasado lo mismo. La clase dominante, y por extensión la mayor parte de la gente, se ha obsesionado con tener dinero, mucho dinero, independientemente de si lo va a intercambiar por productos y servicios, que es su teórico fin. Los individuos de la clase dominante han llegado a acumular tanto dinero, en su ansia por hacerse con el instrumento, que, en muchos casos, es imposible que en toda su vida y en la de sus descendientes lleguen a intercambiarlo por cualquier cosa. De hecho, además de imposible es que no es lo que desean. El instrumento es ahora el objetivo.

Con el poder de abstracción que nos caracteriza, hemos creado el dinero, el metadinero y el metametadinero. Los instrumentos financieros para sacar dinero de debajo de las piedras, para generar opciones de acumular más dinero se han vuelto, no sofisticados como dicen, sino sencillamente demenciales.

Claro que todos esos instrumentos especulativos como son tan demenciales funcionan como el culo, y se producen, cada vez más deprisa, burbujas especulativas que estallan en medio de un gran estruendo y con resultados catastróficos. La burbuja de las .com dio paso a la burbuja inmobiliaria y ésta ha dado paso a la burbuja de la deuda soberana.

Todo eso no les importa a los especuladores financieros y a los que inventan los mecanismos especulativos. El tema es tener más dinero, están enganchados a la creación de dinero, tienen adicción a poner ceros a la derecha, se han convertido en unos drogadictos de las cifras. Como toda la gente que se droga sin control, ya no encuentran placer en las dosis que acostumbraban y piden más y más y más, y pasan por encima de lo que sea para conseguirlo.

El problema de los drogadictos no es sólo que acaban mal, sino que antes suelen arruinar la vida de los que están a su alcance. Estos drogadictos que nos mandan y manejan tienen, además, el problema añadido de que no quieren dejarlo. Su argumento, con aires de chantaje, es del tipo “si me das más droga, puede que te deje tranquilo durante un rato”.

Yo creo que si la credibilidad que se le da a un yonqui cuando asegura que va a dejarlo es, por desgracia, escasa, va siendo hora de que, por coherencia, a estos adictos al dinero le concedamos un crédito cero en todos los aspectos, máxime teniendo en cuenta que no tienen la menor intención de reformarse. Hasta que no dejemos de seguirles el rollo, seguiremos siendo rehenes y víctimas de su vicio insaciable, que tan caro nos está costando a todos los que no lo padecemos.

From → Economía

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