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Ser niños

abril 27, 2013

En un interesante artículo sobre la mente de los niños pequeños, la psicóloga Alison Gopnik, citando trabajos de otros psicólogos como Paul Harris y Marjorie Taylor, plantea la que puede parecer sorprendente (pero para mí es evidente) conclusión de que los niños no confunden en absoluto sus fantasías con la realidad; lo que ocurre es que prefieren vivir en mundos imaginarios que en los reales.

Comentando el tema de la imaginación, Alison Gopnik plantea que una de las principales características que distingue a los humanos de otros animales es nuestra capacidad para imaginar que el mundo podría ser de otra manera. Aprendemos sobre el mundo, llegamos a conocerlo pero, sobre todo, podemos pensar en mundos alternativos y, a partir de esas imaginaciones, llegar a crearlos.

Los niños (y no nos olvidemos de que todos hemos sido niños y algunos seguimos siéndolo) tienen una imaginación vívida, inventan situaciones y elementos diferentes en los que se sienten cómodos y son conscientes de que el mundo que llamamos real no es más que una de las infinitas posibilidades de cómo pueden llegar a ser las cosas.

Al mismo tiempo, los niños tienen la maravillosa capacidad de atender simultáneamente a todo lo que les rodea. Su cerebro está estructurado y abierto para aprender de todas las experiencias y, a diferencia de los adultos, no pueden prestar atención a una sola cosa a la vez; mejor dicho, pueden prestar toda su atención a muchas cosas a la vez.

Atención a toda la información que proviene del mundo que les rodea e imaginación para crear otras configuraciones del mundo, distintas del mundo en el que vivimos, son características que comparten todos los niños sanos y que todos hemos tenido hasta que a alguien se le ha ocurrido la peregrina idea de convertirnos en adultos.

Hay gente que se entusiasma con la idea de que todos seamos adultos responsables, es decir, que perdamos la capacidad de imaginar mundos distintos y de atender de verdad a todo lo que nos rodea. Ésta es la gente que desdeña las utopías, que denigra el romanticismo y que cuantifica cuanto sucede y, si es posible, le asigna un precio. Es la gente que utiliza expresiones como “madurez democrática” para felicitar a un pueblo cuando éste se comporta como un borrego o dicen de una sociedad que “demostró gran madurez” cuando no tiene ninguna reacción ante cualquier agresión a las que ahora nos tienen tan acostumbrados.

Afortunadamente, la naturaleza humana es como es, y muchos de nosotros compartimos con los niños la posibilidad de imaginar mundos inexistentes, de pensar cómo crear esos mundos diferentes. Muchos de nosotros, por fortuna, no hemos madurado del todo ni hemos dejado del todo de ser niños. Esta característica de no anquilosarse ni empobrecerse en ese nefasto estado de adultos se encuentra, especialmente, en los científicos, los artistas y los revolucionarios.

Claro que, a los que mandan, no les gustan mucho los científicos ni los artistas, y mucho menos todavía los revolucionarios. Así que se dedican a denigrar a los niños y a todos los que se parecen a ellos. Cuántas veces se critica un comportamiento “infantil”, haciendo un insulto de la capacidad de ser niño.

A los niños se les reprime, se les prohíbe y se les limita hasta que, por puro cansancio, se convierten en adultos. Y a los que no se terminan de convertir, se les sigue reprimiendo, prohibiendo y limitando con la esperanza de que también lleguen a cansarse.

De todas formas, todo esto que han descubierto ahora los psicólogos no es nuevo. En los Evangelios a los que tanto se aferran los que mandan pero que, por su tranquilidad nunca han leído, ya lo dijo Jesús: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

No sé muy bien qué es o cómo será el reino de los cielos, pero si es un lugar en el que hay que ser niño para entrar, desde luego que será infinitamente mejor que este reino de los infiernos que crean, cotidianamente, los que son adultos y los que quieren serlo.

From → Sociedad

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