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Españoles y trabajo

mayo 10, 2013

Puede que ofenda a algunos, pero creo que no miento cuando digo que en España no nos gusta trabajar.

Respecto a cuál es el origen de ese amor a la holganza, no sé decirlo, aunque sospecho que no tiene absolutamente nada que ver con el clima. En España hay razones mucho más complejas y son las que voy a intentar resumir en las líneas que siguen.

Durante siglos (desde el siglo VIII al XV) hemos tenido la suerte de vivir como bárbaros, es decir, saqueando, rapiñando, violando, matando y robando a nuestros vecinos que, en su mayor parte, mantenían una sociedad agrícola sedentaria. Eso es lo que se llama la Reconquista, llevada a cabo bajo la dirección de nuestra élite visigoda, con esa facilidad que parecen tener los germánicos para hacer la guerra y masacrar a las poblaciones.

Durante esa época, nada de trabajar: obligábamos a trabajar a los pueblos sometidos (judíos y moriscos). En realidad, tampoco valía la pena trabajar porque desde el otro lado también se hacían razzias en la que la peor parte siempre la llevaban los campesinos a punto de recoger la cosecha. En fin, que el que no vivía a caballo y con una espada a mano, tenía pocas posibilidades de dejar descendencia.

Cuando se acabó eso, mira qué suerte que, en el mismo año, llegamos a América. No nos precipitemos: mientras se empieza a explotar América tenemos las guerras de Italia, que también dejan pingües beneficios sin necesidad de doblar el espinazo.

Bueno, el caso es que esto es lo que define la Monarquía Hispánica desde entonces hasta el siglo XIX: aquí nadie trabaja. Todo el mundo era hidalgo, aunque estuviese muerto de hambre. ¿Industria, comercio, ciencia, investigación? Que inventen ellos…

Los que trabajaban eran sospechosos, cuando menos, de tener antepasados judíos o moriscos. O, a partir del siglo XVII, de ser herejes. Con las desagradables consecuencias que esas sospechas conllevaban.

¿Cómo podía mantenerse todo un país sin trabajar? De muchas formas: guerreando en Italia o Flandes, expropiando bienes de judíos y herejes y, sobre todo, con las remesas de plata de América.

La plata de América (mal repartida, naturalmente) contribuyó en enorme medida a construir una sociedad que perdura: señoritos ociosos y dilapidadores, paniaguados y lacayos abyectos viviendo a la sombra de los señoritos, pedigüeños y limosneros recogiendo las migajas de la caridad (tan católica), pícaros y buscavidas intentando sacarles el dinero a unos y a otros. Pero nadie trabajando, salvo los negros y los indígenas en las Américas, y los moriscos en el Levante y Aragón.

¿Que se acaba América? Aquí tampoco se trabaja. Cualquier cosa antes que trabajar. Desde la independencia de las colonias americanas, los españoles se dedican a matarse los unos a los otros en cinco guerras civiles, mientras la renta del país baja y baja hasta que la mitad de la población se ve reducida al hambre extrema o a la necesidad de emigrar a las Américas (los célebres “gallegos”).

El último intento de arreglar esto, termina desencadenando una enésima guerra civil a la salida de la cual, un personaje de pesadilla, un dictador cazurro, ignorante y pragmático organiza el país en una serie de categorías espeluznantes: especuladores, estraperlistas, fusilados, emigrantes, albañiles, camareros y funcionarios del Régimen. Pensar una a una en cada de las categorías me provoca escalofríos, por eso las escribo todas del tirón.

Francisco Franco, en realidad, no era tan sutil como para establecer esa compleja división. Para él todo era mucho más sencillo: estaban los obedientes y los desobedientes. Para estos últimos, el paredón, la cárcel o el exilio. Para los obedientes, un modelo productivo en el que haya poco que pensar y mucho que obedecer.

Bueno, todo esto tiene que ver con la postergación de la edad de jubilación. Si aquí no hay el más mínimo trabajo de corte intelectual, si en este país los pocos que trabajan son en su mayoría albañiles o camareros, no veo yo muy claro lo de jubilarse a los 67 años (ni a los 60).

Es de todos conocido que los albañiles, cuando envejecen, probablemente por haber pasado tantos años al sol de Agosto y a los hielos de Enero, suelen volverse torpes y frágiles, y tienen una terrible tendencia a caerse del andamio. En cuanto a los camareros, por su parte, son proclives en su vejez a derramar el café encima de los clientes o a que se les caigan los platos. ¿Quién pretende prolongar la vida laboral de estas personas? ¿A qué estamos jugando?

Por su parte, los especuladores y estraperlistas, que siguen siendo muchos, cuando envejecen retiran de la cuenta de Suiza unos cuantos millones y se van a tomar el Sol a algún sitio donde el invierno sea suave. A estos no les afecta la edad de jubilación porque se jubilan cuando les sale de los cojones.

En fin, que como cada día soy más paranoico, estoy pensando que esto de los 67 años va dirigido contra mí y otra media docena de pringados, porque si no, no lo entiendo.

From → Sociedad

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