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El juego al que nos obligan a jugar los que tienen el balón

julio 29, 2013

Las cosas son, en realidad, muy sencillas, pero los que las manejan intentan hacer que parezcan muy complicadas, para que nadie tenga la tentación de examinarlas, analizarlas y darse cuenta de que nos están tomando el pelo.

Un modelo económico absurdo donde la riqueza no consiste en nada tangible, ni siquiera concreto, sino en herramientas de cálculo de probabilidades que añaden o restan ceros a fortunas que nunca nadie utilizará para nada.

Como esta riqueza, en realidad, no existe, todo se basa en una fe que se denomina crédito (al fin y al cabo, la palabra crédito representa el acto de creer). Una cadena de créditos termina, en el esquema piramidal que constituye esta sociedad de trileros y vendedores de crecepelos, por apoyarse en el crédito a los más pobres, a los parias de la tierra.

A estos pobres se les convence de que deben pedir prestado dinero para algo esencialmente innecesario o, peor aún, inconveniente. Los pobres se convierten, así, en deudores de los ricos, lo cual ya empieza a ser una aberración.

De repente, alguien decide retirar el crédito a los pobres. No porque no se fíe de ellos (nunca se han fiado de ellos), no porque alguna circunstancia esencial haya cambiado. Es porque el juego funciona así: en cuanto se supera un umbral predefinido de crédito, hay que retirarlo. Como decían los Rolling Stones: “aquello que te desconcierta, es la naturaleza de mi juego”.

Se retira el crédito en una reacción en cadena: de repente, no hay crédito para nadie. Y los que, de verdad, tienen la sartén por el mango, los que definen la naturaleza del juego (que no las reglas, porque esas cambian a conveniencia de los inventores del juego), los verdaderos miserables de este mundo, anuncian sus condiciones para volver al juego.

“Si queréis que volvamos a jugar” dicen como el niño dueño del balón “hay que hacer lo que digamos”.

Nadie se plantea si el juego tiene sentido. Nadie analiza si conviene seguir jugando al juego de estos tramposos. Nadie pone en cuestión que se va a seguir jugando a lo que mande el dueño del balón. Nadie parece darse cuenta de que esta mierda se repite periódicamente, y que la esencia del juego es que siempre ganen los mismos, que siempre pierdan los mismos, que nunca haya la menor oportunidad de que el juego termine de otra forma.

Y nos dicen, “si queréis que YO vuelva a jugar al juego que me he inventado y en el que YO siempre gano, tenéis que hacer esto y aquello”. Pero, ¿cómo somos todos tan gilipollas para seguir jugando a esto?

Tenéis que saquear el bolsillo de los pobres y las cuentas públicas para dármelo a mí todo, a ver si así me apetece seguir jugando.

Hay que echar a millones de personas a la calle, reducir los sueldos a los que menos ganan y precarizar el empleo, o no vuelvo a jugar a esto.

Hay que poner en la puta calle a todos los pobres que nos deben dinero de sus hipotecas, y hundir el mercado inmobiliario para que podamos comprar barato, y hundir el mercado de trabajo, para que podamos comprar (personas) aún más barato.

Hay que sacarles los cuartos a los viejecillos, y dejar de dar sanidad gratis a los que no tienen, y subir los impuestos a los que los pagan (a nosotros no nos va eso de pagar impuestos) y llevar a la ruina todos los servicios públicos, porque es la única forma de que me vuelva a sumar al juego.

Pero, ¿estamos locos o somos gilipollas? ¿No nos damos cuenta de que este juego no nos interesa? ¿De que nos están asaltando y violando en nuestra casa y nos amenazan exactamente con no volver a violarnos y asaltarnos si protestamos?

¿Qué coño nos creemos todavía que tenemos que proteger protegiéndoles a ellos? ¿Qué mierda nos han hecho creer que pensamos que es nuestro interés que vuelvan estos vampiros, una y otra vez, a chuparnos la sangre?

¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando al juego en el que siempre gana el niño malcriado que es el dueño del balón?

From → Economía

2 comentarios
  1. Una cabreada permalink

    Se le ve cabreado. Somos dos

    • Es que a veces parecemos tontos. Nos tienen hipnotizados con una par de trucos de humo, espejos y cuentas brillantes.

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