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Compraventa de personas

noviembre 18, 2013

El otro día, discutiendo en Internet sobre prostitutas, proxenetas y “clientes” (una forma elegante de decir puteros) alguno afirmó que si alguien quería vender su cuerpo tenía todo el derecho a ello.

La afirmación quería tener un transfondo liberal y permisivo, del estilo “hay que dejar que cada uno haga lo que quiera”. Para mí, lo que demuestra esa frase es cuán contagiado está todo el mundo por el modelo mercantilista que impera en la sociedad.

La verdad que en un Sistema donde mucha gente vende su alma por un puñado de euros, es lógico que alguno piense que es legítimo vender tu cuerpo cómo te parezca. En principio, no sería más degradante que vender tu tiempo, tu libertad y tu criterio como hacemos cotidianamente en tantos trabajos asalariados.

Y ahí está la raíz del problema. En el sistema capitalista, cualquier persona puede ser objeto de compraventa. Esa lógica de que el que quiera venda su cuerpo, es la misma que está detrás de las exigencias de los empresarios para que se les permita comprar muy barato el tiempo, el esfuerzo y la inteligencia de sus trabajadores. El que quiera trabajar por un salario miserable en unas condiciones semiesclavistas tiene derecho a ello; nadie debe impedirle vender su dignidad por cuatro euros.

Hubo tiempos en que el trabajo era creación, aportación social, desarrollo de la persona y eso dignificaba el trabajo y a quienes lo ejercían. El trabajo es ahora el resultado de un mercadillo donde el empleador compra al mejor postor: que es el que está dispuesto a pasar por cualquier indignidad y a tragarse cualquier sapo con tal de tener un puesto de trabajo. Incluso haciendo de esquirol.

Los graciosillos de corte machista y casposo han llamado habitualmente a la prostitución “la profesión más vieja del mundo”. Nada más falso. Las profesiones más antiguas fueron las de cazador, recolectora, contador de cuentos, sanadora de cuerpos y espíritus, fabricante de utensilios, artista, investigador de lo desconocido… La prostitución sólo surgió cuando surgieron los gobiernos, las élites, la división de clases, que fue la época en la que se relegó a la mujer a ese papel subordinado y esa condición de objeto de la que a duras penas está saliendo.

Si es cierto que, cada día más, aceptar un trabajo implica un nivel de degradación y sumisión, es aún más cierto que la prostitución conlleva una situación de debilidad, de dependencia y de indefensión en la que la “proveedora” es, al mismo tiempo, explotada por el “cliente” y el amo y está, al mismo tiempo, sometida sin remedio a cualquier abuso discrecional que cualquiera de ellos decida cometer.

Una de las cosas más duras de la explotación sexual es que la explotada lo es por partida doble: por el proxeneta y por el putero. Además de que las condiciones de “trabajo” conllevan una violencia, una humillación personal y una falta de libertad que se dan en pocos trabajos en Occidente.

No me extraña, en todo caso, que haya gente que vea la prostitución como un mero intercambio comercial. Nos han enseñado que todo se compra y se vende, y la gente es ya incapaz de pensar en un modelo de relación social entre iguales, sin que cada acción sea contabilizada con un coste, con unos gastos y con unos ingresos.

Por eso, creo que la prostitución es un símbolo de una enfermedad: la existencia de una sociedad de jerarquías, de amos y siervos, de potestad y sumisión, de las que las prostitutas siguen siendo las víctimas más sometidas, más abandonadas y, a la vez, más vilipendiadas. Avanzamos, cada día más, por ese camino por el que ya nos venden el agua, la limpieza, la salud, el conocimiento, el amor y la felicidad. Y también el sexo, cómo no.

No aceptar esta sociedad de contables, balances y cuentas de resultados pasa también, en gran medida, por no aceptar como “normal” que una persona se vea obligada (casi nunca lo decide libremente) a vender su cuerpo para ganarse miserablemente el pan de cada día.

From → Sociedad

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