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La clase media

mayo 23, 2014

La Clase Media, tan pagada de sí misma y con esas pretensiones de eternidad, ignora que es un producto del siglo XIX, que sólo alcanza su máximo desarrollo a mediados del siglo XX y que corre el riesgo de desaparecer en el siglo XXI

Hasta entonces, la sociedad se dividía en dos grupos: la clase alta y la clase baja. La clase alta la formaban la nobleza, el alto clero y algunos comerciantes enriquecidos. El resto eran, según las épocas, campesinos, siervos, esclavos, artesanos y obreros de la industria. Todos ellos empobrecidos, sometidos cultural y políticamente, y víctimas ocasionales de hambrunas y miseria abyecta.

En contra de lo que se opina habitualmente, la clase media no es necesaria para la estabilidad de una sociedad y los poderosos lo tienen muy claro. Hay múltiples ejemplos de sociedades de absoluta estabilidad donde no existe la clase media. Ésta sólo es necesaria cuando un cambio radical en las concepciones políticas puede poner en riesgo la dominación de los poderosos. No es ése el caso en los momentos actuales y a los capitalistas, con su mentalidad del beneficio inmediato, no les preocupa pensar qué puede ocurrir dentro de 10 ó 50 años. Ahora mismo están dispuestos a apoderarse de los bienes de la pequeña burguesía igual que lo han hecho con los de los obreros.

La clase media es un invento contrarrevolucionario. Los poderosos, en la época de las Revoluciones, descubren que la mejor medida contra la amenaza de los desposeídos es crear una capa de elementos aliados cuyos intereses coincidan, aparentemente, con los del Poder.

Así, generan un estamento al que convencen de que forman parte de los niveles superiores. La pequeña burguesía, con sus míseras propiedades, piensa que es o puede llegar a ser igual que la gran burguesía. Máxime cuando los ricos, temerosos entonces de mostrarse como son, también pretenden ser clase media.

En definitiva, se crea un grupo de desclasados que piensan que tienen mucho que perder y se convierten en aliados objetivos de las clases explotadoras.

A partir de los años 70 ya hay mucha gente convencida de que viven en el mejor de los mundos posibles. Puede ponerse en marcha la revolución conservadora. La clase media ha crecido en el espejismo de que si trabajas duro alcanzaras todo cuanto quieras y que los desfavorecidos económicos lo son por su desidia y falta de esfuerzo.

En España, la prueba de fuego es la Ley de Huelga, aprobada al tiempo que la Constitución, en la que se prohíbe expresamente la huelga por solidaridad. En ese momento, la huelga deja de ser un arma de clase y pasa a ser un mero elemento de reivindicación económica, el concepto de solidaridad de clase desaparece y pasamos al modelo de que cada uno mire exclusivamente a sus intereses. Los poderosos han logrado que entremos en su juego.

A partir de ahí, poco a poco, van recortando derechos y presionando económicamente. La presión se va realizando por sectores: el naval, la siderurgia, los parados, los jubilados, el carbón… Nadie se siente implicado en esa lucha en la que no están cuestionados de forma directa sus pequeños intereses económicos cortoplacistas. Año tras año, los gobiernos desmantelan sectores industriales, recortan las prestaciones por desempleo, endurecen las condiciones de jubilación, fomentan los contratos basura, amplían las facilidades para el despido. Pasito a pasito. Nadie se mueve mientras la lluvia moje a otros y no a él.

Los esquemas piramidales en los que tanta gente ha entrado con alegría y total inconsciencia (compra de inmuebles, preferentes, sellos usados…) son la constatación de que lo que quiere la clase media es hacerse rica. Que, en su interior, han aceptado el modelo y lo único que no les gusta es cuando ellos salen perdiendo.

No se cuestionan que, en estos esquemas piramidales (que son la esencia del capitalismo) todo lo que ganan unos lo pierden los demás y a ellos, los pobres infelices, siempre les va a tocar perder, igual que si jugasen a la lotería o a la ruleta. No se plantean que, al entrar en ese juego del enriquecimiento, están sustentando, reforzando y dando legitimidad social al sistema de trileros que les expolia, les margina, les empobrece y termina por matarlos.

Ahora, cuando le toca perder a ese grupo mezquino y egoísta que es la clase media, cada uno mira a su alrededor sorprendido y espantado. Nadie va a venir a ayudarle y se pregunta en qué momento se ha equivocado para venir a parar a esta situación.

Ante estos latrocinios, la clase media no pide que se termine con el modelo que se basa en el robo a los muchos por parte de unos pocos impunes. Ni siquiera que se impida la actividad de los ladrones (bancos, corporaciones, empresarios). Sólo unos pocos piden que se castigue a los más descarados de entre estos ladrones. La mayoría lo que quiere es que les devuelvan el dinero.

Que les devuelvan el dinero para seguir viviendo en ese inexistente País de las Maravillas en el que creen haber estado todos estos años y que ahora, de repente, ha mostrado su cara más oscura, más despiadada, más inflexible a estos pobres proletas que se vestían con las galas de la Clase Media.

From → Sociedad

One Comment
  1. CabrAX permalink

    Pozzi Hez! Mu bonico! Charlaba anoche de ello con Salida y tú ahora describes, con el acierto de la sencillez, esa tecnología puesta en marcha por las élites para disgregarnos. Tanta inconsciente ambición hay en el clasemediano directivo del mercedes y los tres chalets como en la clasemediana chacha de los setecientos euros… y el iphone! Buenos clientes todos de la zanahoria y el palo, de esa trampa infame que nos hace, una vez nacidas, asumir que aún hemos de ‘ganarnos la vida’, que no es más que reconocer el propio esclavismo. Gilipollas dices? No: humano, demasiado humano.
    Es cierto que esa tecnología por una parte se desmorona –para los que han perdido todo– y por la otra se refuerza –para los que algo les queda– con el recurso al idealizado recuerdo de lo que fue solo un mal sueño que terminó, como cada sueño sistémico, con el timbre del despertador –por mucho que se agarren, cual clavo ardiendo, a la odiosa comparación entre la propia línea de flotación y la del vecino mientras se ahoga–. Pura mezquindad expresada por los componentes de una estructura mezquina desde sus premisas.

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