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Nacionalismos

julio 5, 2014

Puede parecer contradictorio mirar con simpatía las luchas por la autodeterminación de los pueblos y, a la vez, renegar del nacionalismo y del patriotismo. Pero, en mi opinión, se trata de cosas distintas.

El ansia de autodeterminación es una cualidad inherente al hombre libre. Que esa necesidad de poder decidir por uno mismo se envuelva en la bandera del nacionalismo es un tema más complejo y sobre el que quiero, muy superficialmente, recapacitar.

El nacionalismo moderno (expresión política del patriotismo, del que no consigo distinguirlo) surge como legitimador del Poder en un territorio en el momento en que las antiguas instancias legitimadoras, el Rey y la Religión, dejan de serlo.

Cuando la burguesía toma el Poder en la Revolución Francesa, se encuentra al frente de una colectividad que no tiene más vínculos en común que el vasallaje a un mismo Rey. Las fronteras de Francia, como todas las fronteras, son límites artificiales, producto de las casualidades dinásticas y los azares bélicos. En Francia no hay franceses, sino una amalgama de bretones, borgoñeses, vascos, aquitanos, alemanes, catalanes, provenzales, etc. unidos bajo la égida de una dinastía.

Cuando los revolucionarios acaban con la Monarquía y el poder de la Iglesia, deben crear una nueva abstracción que vincule y unifique a esos pueblos diferentes: la Nación francesa. Este concepto, que en su momento puede parecer e, incluso, llegar a ser revolucionario, es rápidamente utilizado como sustitutivo de la religión para adocenar, instrumentalizar y controlar al pueblo.

En nombre de la Nación se desarrolla, en los siglos XIX y XX, la institucionalización del Poder en un Estado omnipresente y cada vez más intrusivo en la vida de las personas. El Estado Nacional pone en marcha y organiza una máquina burocrática que persigue y controla al individuo en cada uno de sus actos, desde su nacimiento hasta su muerte. Las instituciones nacionales: Ejército, Policía, Judicatura, Ministerios, Parlamento… legislan, registran, recaudan, movilizan, llevan a la guerra a los vasallos, convertidos ahora en ciudadanos de una Nación que les otorga carta de naturaleza y existencia legal.

Claro que existen y han existido nacionalismos liberadores, que luchaban contra el domino y la opresión de tiranías bárbaras, como los italianos contra los austriacos, los africanos contra las potencias coloniales, los griegos o armenios contra el imperio turco. Pero la realidad es que estas luchas de liberación, cuando triunfan, se estabilizan en regímenes opresores, sustituyendo el Amo remoto por el Amo cercano, la burguesía de la metrópoli por la burguesía local.

La burguesía aprende a envolverse en la bandera de la nación para ocultar todos sus trapos sucios y utiliza el nacionalismo y la xenofobia como coartada para la impunidad de las clases dirigentes. El patriotismo consiste en cerrar filas con los explotadores y delincuentes nacionales.

A la gente, a la que parece que le entusiasma que la embrutezcan, le emociona que un delincuente de alto nivel extienda sus redes de explotación por todo el mundo, que un millonario incremente sus millones dándole toquecitos a un esférico, que un haragán sea homenajeado en recepciones de otros parásitos, siempre que compartan pasaporte de su misma nacionalidad. Todos esos comportamientos serían inaceptables o irrelevantes si esos individuos tuviesen otro escudo distinto en el pasaporte.

Al final, el patriotismo viene a ser un espectáculo chusco y barato donde el orgullo nacional se representa en los triunfos de algunos deportistas drogados, empresarios sin escrúpulos o cómicos corruptos.

Ante esa mascarada de colores y trapitos, de tradiciones inventadas e Historias manipuladas, intento refugiarme en un sano internacionalismo que, si bien no está de moda, nunca va a estar representado por ninguna institución a la que puedan darle tentaciones, algún día, de mandarme a pegar tiros a los vecinos de al lado porque quieren cambiarse el pasaporte.

From → Política

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