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Domesticados

julio 12, 2014

Hace quizá unos 30.000 años, algunos lobos empezaron a convivir con los humanos y terminaron dando origen a los perros. Desde aquella época, los humanos han tratado de conseguir, mediante cruces selectivos y educación, que, en general, los perros pierdan muchas de sus características agresivas propias de un depredador, en el proceso llamado domesticación.

La domesticación del lobo requiere un cuidadoso ajuste entre restringir sus facetas más agresivas, para evitar una competencia violenta con el domesticador por el alimento, y mantener un cierto nivel de agresividad, necesario para que el animal pueda llevar a cabo las tareas de caza, defensa, guarda, etc. que se le asignan.

Uno tiene la tentación de pensar que, durante siglos, los energúmenos que han ejercido el Poder en sus diversas formas han estado pensando en cómo domesticar también a los humanos. Aquí, el difícil equilibrio a obtener se mueve entre la sumisión absoluta, que evita cualquier tipo de rebelión o protesta, y la necesidad de que el doméstico cuente con alguna iniciativa, so pena de ser incapaz de llevar a cabo la más mínima actividad productiva.

Pienso que sólo la dificultad para mantener ese necesario equilibrio entre sumisión y autonomía es la que todavía nos mantiene a unos cuantos (no a muchos), como humanos medio silvestres, que aún tenemos nuestras reticencias a acudir a la llamada del silbato.

Pero los poderosos son muchos, y tienen mucho tiempo y recursos para perseguir sus fines. Y, de la misma forma que se van criando razas de perros cada vez más absurdas, como los perros-juguete, en los que la utilidad ya es lo de menos, los que mandan han decidido desarrollar una subespecie humana que no tenga el más mínimo albedrío ni criterio y que se limite a obedecer órdenes.

El riesgo de que esos humanos sin ideas propias, que se limitan a respirar y obedecer a los que mandan, resulten improductivos para los poderosos no les preocupa. Al fin y al cabo, ejemplos de descerebrados que se limitan a cumplir órdenes y resultan útiles al Poder hay muchos: desde el presidente Rajoy a cualquier miembro del Cuerpo de Policía.

Así que mediante una cría selectiva, apoyada en medios de alienación tan poderosos como la televisión, el cine o el consumo, los que mandan están empeñados en extender la subespecie del humano domesticado, al tiempo que eliminan o arrinconan a los humanos medio salvajes que andamos dando la murga por ahí.

Al humano domesticado nos lo encontramos cada día en nuestro vecindario, en el Metro, en el trabajo, en la escuela. Son personas que, en el fondo, están satisfechas de cómo les marchan las cosas, probablemente porque nunca han pensado que las cosas podrían ser de otra manera.

No saben, ni quieren saber nada ajeno a lo que les cuentan desde la Televisión o a esas nimiedades que les afectan directamente. Hablan sólo de aquello que les han contado y sobre lo que les han instruido de qué modo tienen que hablar. Repiten slogans y lugares comunes en los que les han adoctrinado, asumiendo que ésa es su propia opinión.

Son ésos que consideran que, si las cosas son como son, debe haber razones inmanentes, arcanas y poderosísimas para que sean como son.

En el trabajo, aceptan cualquier actitud o idea aberrante de los jefes porque para eso son jefes. En los estudios, memorizan sin cuestionarlas una sarta de estupideces porque es lo que se supone que deben aprender. En la vida cotidiana, cumplen con esmero las leyes y las normas, porque les han sido dictadas desde arriba. Y están imbuidos del convencimiento de que los que mandan tienen todos los derechos y privilegios para hacer lo que les venga en gana; de hecho, si ellos mandasen harían exactamente lo mismo.

Como perros domesticados, van a soportar los palos, las patadas y las humillaciones mientras el amo les dé periódicamente un hueso y alguna piltrafa. Y miran con recelo, temor y algo de odio a los perros que permanecemos asilvestrados.

Estos domésticos son los sustentadores esenciales del Sistema, precisamente porque ignoran que el Sistema existe y desconocen el lugar que ocupan en el mismo.

Pero los Amos deberían meditar, y temer, y tomar precauciones.

Porque hasta los perros más domesticados también muerden cuando les tocan mucho los cojones, cuando les quitan los huesos de la boca, cuando les condenan a morir de hambre y de ignominia. Y, en ese momento, se preguntan qué hacer para devorar a los Amos, y vuelven los ojos hacia nosotros, los perros no domesticados, para que les demos la respuesta.

From → Sociedad

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