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Sexo e identidad

octubre 19, 2014

Los humanos tenemos la inmensa suerte de haber trascendido el papel reproductor del sexo para convertirlo en una experiencia de placer cerebral. Al menos, en teoría, porque la práctica cotidiana se aleja mucho de este planteamiento.

El sexo se construye también dentro de un modelo social, no meramente individual, y ahí una sociedad jerárquica y represiva establece jerarquías y represión alrededor del sexo.

La represión ha sido y es muy evidente dentro del modelo cultural cristiano. La filosofía cristiana ha sido siempre una filosofía del deber y del dolor, contraria al placer y a la libertad. El cristianismo, base de la cultura patriarcal y represiva de Occidente, ha limitado el sexo “permitido” al sexo procreador. Cualquier placer sexual no directamente reproductivo ha estado vetado y perseguido.

Así, la masturbación, la homosexualidad, el sexo oral o anal, los métodos anticonceptivos, los meros pensamientos sexuales se convertían en actos pecaminosos o ilegales, castigados con el Infierno Eterno o, en determinadas épocas, directamente con la hoguera en esta Tierra, no fuese a ser que Dios fuese olvidadizo y no hubiese reservado el lugar oportuno en la hoguera trascendente.

Del mismo modo, se establece una jerarquía sexual en que se da el papel principal a la sexualidad del macho heterosexual y dominante, seguida por la  sexualidad de la hembra sumisa y fecunda, y desterrando a las tinieblas exteriores cualquier otra forma de sexualidad.

El sexo, entonces, deja de ser una actividad destinada al placer personal y se convierte en un constructo social, cargado de matices políticos y de jerarquía.

La revolución sexual de los años 60 pretende acabar con el modelo de sexualidad jerárquica y reproductiva, obteniéndolo sólo en parte, pero creando unos espacios de libertad de los que he podido disfrutar y que, aunque aún muy limitados, espero que se expandan algún día.

He tenido la suerte de poder vivir en un entorno y una época donde el sexo se concebía como un agradable modo de comunicación entre compañeros. Como irse a cenar, pero más largo y más placentero. Una relación sexual era una compartición entre personas que sabían lo que querían, lo que el otro buscaba y en la que no había más matices que aquéllos de que quisiesen dotarla los participantes. Compromisos o no, permanencias o no, parejas o grupos, mismo sexo o diferente: lo importante era establecer un vínculo más con personas a las que ya conocías, a las que apreciabas y con las que compartías un placer para el que todos estábamos preparados y en el que todos éramos iguales.

Esto es también importante para mí en el sexo: la igualdad, el conocimiento mutuo, el compañerismo, la transparencia y la complicidad en lo que cada uno de los participantes espera obtener del encuentro. Por eso me repugnan profundamente las relaciones en las que existe agresión, tanto la física de la violación, la económica de la prostitución o la mental de la sumisión. Porque creo que el sexo debe ser compartición, comunicación y complicidad, tampoco me gustan las relaciones sexuales en las que no puede existir una complicidad y compartición mental entre los participantes, como las relaciones con niños, animales o personas no conscientes de lo que están haciendo.

A lo largo de mi vida sexual he tenido experiencias autoeróticas (éstas han sido un clásico), heterosexuales, homosexuales, en pareja y en grupo, orientadas a la permanencia o esporádicas, he sido mirón y exhibicionista, he imaginado el sexo, lo he hablado y lo he escrito. Y aunque no me he sentido nunca atraído por las relaciones sado-masoquistas, no tengo nada que criticarlas mientras haya complicidad y transparencia en las mismas.

Después de todas estas líneas pensaréis que el sexo es muy importante para mí. Efectivamente lo es, pero no hasta el punto de definir absolutamente mi identidad, como no la definen unívocamente las comidas que me gustan, los espectáculos a los que asisto, los sitios por los que camino o los libros que leo.

El ser humano es multifacético y el sexo no deja de ser una de sus características. Definir a alguien por sus prácticas sexuales es una pura limitación, y más considerando que éstas son producto de su genética, su educación, su ambiente, sus elecciones, su momento vital, sus idealizaciones, etc.

He comprobado, a lo largo de mi vida, que la mayor parte de las personas tiene una sexualidad fluctuante, que no se ajusta totalmente a los estereotipos con que intentan clasificarnos. Estereotipos que antes eran más limitados (hombre y mujer) y ahora abarcan más modelos (homosexual, bisexual, transexual, …), que no dejan de ser estereotipos.

La sociedad represiva en la que vivimos intenta, además de enjaularnos, colocarnos una etiqueta descriptiva en la jaula como medio de establecer un mejor control y afinar los medios de dominación sobre nosotros.

Pero nuestra identidad no viene representada por nuestras elecciones sexuales ni por ninguna otra característica lineal y limitadora con la que quieran etiquetarnos.

A estas alturas de mi vida, la etiqueta que más me colocan en cuanto a mi vida sexual es la de macho heterosexual monógamo. Ni soy macho, ni soy heterosexual, ni soy monógamo.

Soy yo mismo y os invito a todos a ser vosotros mismos, despreciando, subvirtiendo e ignorando cualquier etiqueta con las que la sociedad de las jerarquías pretenda clasificaros, no sólo en las experiencias sexuales sino en cualquier otra faceta de vuestra compleja vida.

From → Sociedad

One Comment
  1. lagranjadeax permalink

    Un texto autodeterminante sobre un tema donde las libertarias nos acabamos encontrando con nuestro yo más convencional.

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