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El Estado omnipresente

noviembre 1, 2014

El Estado es la institucionalización del Poder y de todos los tipos de violencia que se ejercen desde el Poder.

El Estado surge antes de que se invente la escritura y por ello no hay datos fidedignos de cómo aparece y si su grado de complejidad se alcanza de forma casi inmediata o muy gradual.

Con toda probabilidad, el Estado aparece con las comunidades agrícolas sedentarias permanentes. Surgen, de forma muy rápida, las clases sociales. Los que han llegado más tarde y ocupan tierras menos fértiles o escasas de riego, se convierten en clase obrera al tener que ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de una participación mínima en los productos generados por su esfuerzo.

Los que han ocupado las mejores tierras y las más cercanas a las fuentes de riego se ven en la necesidad de defender esas tierras frente a los recién llegados o a los nómadas que no entienden (con toda razón) que los recursos de un pedazo del planeta sean usados en exclusiva y de forma permanente por un grupo de humanos.

Evidentemente, ésa no es una situación que se sostenga por sí sola mucho tiempo, y los poderosos dan parte de sus recursos a una serie de matarifes, sádicos e incultos, que les ayudan a sustentar el estado de las cosas por medio de la violencia. Nace la casta militar.

Pero como mantener el orden a palos es costoso y no siempre eficiente, los poderosos reparten otra parte de sus riquezas a otros grupos de parásitos que les ayudan a mantener el orden: los sacerdotes que justifican el statu quo con pretextos mágicos y designios divinos, los burócratas que definen el cuerpo legal (normas y castigos) que todo el mundo ha de cumplir, los espías y chivatos (los policías) que vigilan que nadie manifieste la menor disconformidad con el modo de funcionamiento y de pensamiento de la sociedad, los jueces y verdugos que implementan y ejecutan las leyes…

Como a los poderosos les sale caro mantener a tanto sinvergüenza improductivo, el saqueo y explotación de los pobres es cada día más intenso: aparecen los impuestos, necesarios para que toda la maquinaria de sumisión y control funcione adecuadamente.

Y ya tenemos el Estado, que, en lo esencial, no ha variado gran cosa desde la época de los sumerios.

El Estado tiene tendencia al control total de cada aspecto de la vida, y así funcionó efectivamente en la época de los grandes imperios agrícolas.

Si bien ha habido épocas en que el poder del Estado ha sufrido algunos retrocesos, en la actualidad nos encontramos en una época en que el Estado ha retomado su vocación totalitaria. El Estado se encuentra hoy más presente que nunca en todos los aspectos de la vida.

El Estado nos obliga a registrar y lleva un cuidadoso control de cada una de nuestras actividades, desde que nacemos, hasta lo que estudiamos, dónde vivimos, dónde y cuándo trabajamos, dónde tenemos nuestro dinero, qué carro conducimos o cómo establecemos nuestra vida de pareja.

El Estado determina el currículo educativo del que es imposible escaparse, definiendo qué temas, con qué enfoque y con qué profundidad se deben estudiar en cada fase del aprendizaje. Incluyendo, desde luego, las instrucciones debidas para hacer de cada estudiante un ser sumiso, acrítico y respetuoso de las jerarquías y del orden inmanente.

Es imposible morir o que dispongan de tu cadáver sin que el Estado intervenga en ello. Por ejemplo, cuando me muera, a mí me gustaría que me enterrasen en el campo o que me disecasen para quedarme leyendo en un sillón de mi casa por toda la eternidad. Imposible. El Estado determina qué es legal o no cuando se trata de disponer de un cadáver.

El Estado puede prohibir que yo comparta mi auto con terceros, que alquile una habitación de mi casa o que cultive lo que me dé la gana en los balcones. El Estado está al tanto y establece las correspondientes tasas de cualquier transacción comercial o económica que uno quiera llevar a cabo.

Mientras se habla de austeridad, el Estado incrementa su presupuesto en las fuerzas represivas, porque la Policía es necesaria para proteger los intereses de los poderosos.

Leyes y jueces, elementos indisociables del Estado, se utilizan para sostener unas condiciones en las que los ricos puedan actuar con absoluta libertad y los pobres vean restringida y penalizada cualquier posibilidad de oponerse al orden establecido.

Funcionarios de la Administración, parlamentarios, autoridades municipales, medios públicos, organismos de “control”, siguen siendo sostenidos por el Estado para que organicen el modelo de sociedad y de vida de acuerdo a los parámetros que sean más adecuados para los poderosos.

Con eso de que el Estado-providencia está de capa caída hay quien piensa que el Estado va camino de desaparecer, sometido al acoso implacable de los neoliberales. El principal error de ese planteamiento es que los neoliberales no quieren que desaparezca el Estado. Lo que quieren es que el Estado no sea redistribuidor de la riqueza. Pero, para todo lo demás, el Estado les conviene, les apoya y les garantiza los medios para que sigan enriqueciéndose de forma obscena e ilimitada.

Sucede, únicamente, que una de las tareas que, muy a pesar de los poderosos, ha llevado a cabo el Estado en las últimas décadas ya no tiene cabida en el nuevo modelo de sociedad. Que era recaudar un poco de la riqueza de los muy acomodados para repartirla entre los desposeídos.

Por todo lo demás, el Estado está más fuerte que nunca y utiliza los medios que posee para establecer un marco de operaciones que sea lo más beneficioso para los que detentan el Poder económico.

Después de varias décadas de verse obligado a disfrazar su verdadera esencia, el Estado nos demuestra, cada día más, que es un conjunto de instituciones puestas en operación por los poderosos con el único objetivo de controlar todos los resortes de la sociedad para que se acomoden a sus intereses.

¿Cómo pensar entonces que el Estado está en trance de desaparecer? ¿Puede haber algo más absurdo que defender que el Estado se fortalezca como defienden algunos “socialistas”?

From → Política

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