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Poder económico y poder político: una amalgama

diciembre 6, 2014

Desde el siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XX, se ha ido produciendo (inicialmente en la Europa occidental, posteriormente en el resto del Mundo) el cambio gradual desde las sociedades campesinas a la sociedad capitalista.

Este cambio ha modificado los modelos de explotación de los pobres por parte de los ricos, especialmente en un aspecto esencial: En la sociedad campesina, el pobre, de una u otra manera, puede buscarse la subsistencia a espaldas del señor, aunque éste le someta a continuas exacciones que le sumen en la miseria. En la sociedad capitalista, los pobres no tienen medios de subsistencia salvo que decidan poner su fuerza de trabajo al servicio de un empleador.

El Estado capitalista es más fuerte y totalitario que los anteriores y prácticamente no deja resquicios para que la gente pueda buscarse la vida si no acepta jugar con las estrictas reglas de juego que se plantean.

El trabajador es sometido, entonces, a dos formas simultáneas de coerción.

La represión estructural, antes casi inexistente, establece un modelo social de producción en el que el  trabajador se somete, por su propia voluntad, a la tiranía del trabajo asalariado, ya que es su única forma de obtención de lo necesario para sobrevivir. Los empresarios no tienen que salir a la búsqueda de siervos, como anteriormente, ya que son los siervos los que hacen cola para emplearse en las condiciones que sean.

Por otra parte, en el puesto de trabajo, el obrero sufre también la represión clásica proveniente de la autoridad del dueño, la altanería del señorito, el acoso de los pelotas y mandos intermedios, las amenazas de los gorilas… Las demostraciones de la autoridad son tan patentes y despreciables como en la época feudal, con la diferencia de que el obrero se ha sumado voluntariamente a su papel, ya que el entorno social le hace ver (sea cierto o falso) que su única opción de subsistencia es ponerse al servicio del empresario capitalista.

En esta relación, los intereses son, sin embargo, manifiestamente divergentes. El empresario debe obtener el máximo esfuerzo productivo del obrero ofreciéndole el mínimo de compensaciones. Para el empresario, la meta es obtener el máximo de beneficios y, para ello, debe minimizar sus costes, especialmente laborales. Consiguientemente, reduce salarios, incrementa los horarios, exige el máximo de producción por hora trabajada…

Es evidente que el trabajador tiene objetivos distintos: su bienestar personal requiere salarios dignos, tiempo libre para sí y sus asuntos, una presión menos asfixiante para producir durante el tiempo que pasa en el trabajo.

Es, por tanto, inevitable un conflicto de intereses y en él, el empresario tiene de su parte la fuerza de la autoridad, de los mandos intermedios, de las represalias. Pero poco podría obtener entrando en un conflicto directo frente a la unidad de los trabajadores. Es por ello que, en el Sistema capitalista, la represión estructural es más importante que la propia represión directa en el lugar de trabajo.

Cuando las cosas (por un mayor grado de combatividad obrera) están muy negras para los capitalistas, el Sistema utiliza los medios represivos más concretos: la prohibición de las asociaciones de trabajadores, la ilegalización de los movimientos y organizaciones obreras, la eliminación física de los elementos más recalcitrantes y subversivos… El fascismo, en suma.

A los neoliberales, sin embargo, eso de la sangre y los desfiles no les parece eficiente y optan por medios más complejos y más prácticos, como es integrar culturalmente a los obreros en el modelo de los explotadores, vendiéndoles el paraíso artificial del consumo, la papanatería del contrato free-lance, la “épica” del emprendedor.

Pero como ahora pintan malos tiempos, y toda esa mierda cada vez convence a menos gente, los neoliberales han inventado una nueva arma represiva: la eliminación de los servicios sociales públicos.

Los recortes en servicios sociales no corresponden sólo a una lógica del enriquecimiento para media docena de sinvergüenzas. Hay algo más sutil y más poderoso en este movimiento, y es la precarización de la vida cotidiana del trabajador.

El obrero ya es consciente de que el Estado no está dispuesto a pagarle un tratamiento si se pone enfermo, o a concederle una pensión si envejece o queda inválido, o a ayudarle en el desarrollo educacional de sus hijos, o a sostenerle si se queda sin trabajo hasta que encuentre otro, o a facilitarle un transporte colectivo cómodo, eficiente y barato.

El obrero sabe que todo eso se lo va a tener que pagar él con su salario y eso le pone en una posición de mucha mayor dependencia respecto a su trabajo actual y a su empleador. Y, por tanto, en una posición de mayor debilidad.

La colusión entre los intereses empresariales y las políticas del Estado es cada día más patente y descarada. La desaparición de los servicios sociales públicos ha conseguido obtener una masa atemorizada, obediente y dispuesta a todo para tener y mantener un salario sin el cual, ahora, se encontraría en la miseria más absoluta y sin una red de seguridad social que le permita capear el temporal con unos medios de subsistencia básicos.

Por eso, la lucha contra los recortes y por la resurrección del Estado social es una lucha corta de miras y equivocada.

Corta de miras, porque no percibe que el enemigo es la propia lógica del Sistema capitalista y sólo luchando contra el Sistema será posible alcanzar unos grados de bienestar y dignidad mínimos para todos.

Equivocada, porque el Estado nunca va a dar marcha atrás, ya que no es él quien pone en marcha estas medidas, sino el ansia insaciable de beneficio de los empresarios.

Es denunciando, limitando, coartando, atemorizando, anulando y, si es necesario, exterminando a los empresarios y a su cultura como alguna vez será posible sustituir estas coordenadas de miseria y precariedad colectivas por un mundo en el que vivir sea algo más que agradecer lastimeramente los mendrugos que te arrojan desde la mesa del banquete.

From → Sociedad

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