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La Revolución

enero 18, 2015

Entre todos los que soñamos con hacer la Revolución, los que andamos más descolocados somos los que ya arrastramos unos años con el mismo sueño. Nosotros, vamos ya camino de envejecer junto con nuestro sueño y no se nos quita de la cabeza por más que lo veamos tan lejano como el primer día.

Más que la Revolución en sí misma, lo que yo soñaba era una situación revolucionaria en la que un grupo de locos idealistas armados asaltábamos violentamente las estructuras del Poder. Como, además, siempre he sido un romántico y tengo un sentido trágico de la vida muy español, lo habitual es que es mis sueños moría heroicamente en un asalto frontal contra las fuerzas de la reacción. En fin, creo que he visto demasiadas imágenes de tipos con abrigos largos entrando a tiros en el Palacio de Invierno…

Una cosa que me va quedando clara es que es difícil, aunque sólo sea porque los años pasan muy deprisa, que me vea enarbolando un subfusil en medio de columnas de humo, gritos y ráfagas, entrando a saco en las sedes ministeriales, despachando polizontes y quemando legajos del Boletín Oficial del Estado. Lo cual me frustra un poco, para qué negarlo.

El caso es que, con los años, me he vuelto más analítico y, si bien sigo cultivando esos sueños, intento cada vez más a menudo razonar sobre qué es eso de hacer la Revolución.

Y lo primero que me planteo es si el objetivo de la Revolución es la toma del Poder. Porque, si tomas el Poder, ¿qué haces con él?

La Revolución política que es la toma violenta del Poder implica que no se ha producido una Revolución social que desmonte el modelo cultural imperante y que es necesario desmontarlo por la fuerza. Pero eso también implica que la estructura íntima de la sociedad no ha cambiado y también hay que cambiarla por la fuerza.

La Revolución política debe pues, como ya apuntó Lenin, establecer una Dictadura férrea para acabar con los elementos sociales que van a promover la reacción en cuanto les sea posible. La dictadura se establece con el objetivo de llevar a cabo la real Revolución social. Por desgracia, la experiencia nos dice que, de ese modo, nunca llega a realizarla.

El problema de fondo es que esta dictadura se propone construir la sociedad nueva en base a la coacción y ésos son unos pésimos cimientos sobre los que levantar un mundo. El día que la coacción, por cualquier motivo, ya no es posible o deseable, el edificio construido se derrumba con una velocidad increíble como ocurrió en la Unión Soviética, y en un momento se echa atrás todo lo conseguido desde la toma del Poder.

También es cierto que si el Poder revolucionario no implanta esa dictadura, los que han detentado el poder hasta el momento van a apoyarse en todos los elementos y resortes de la sociedad antigua (que sigue existiendo debajo del edificio del poder político) para volver a tomar el poder y reconstruir el modelo político anterior. Al final, el resultado es el mismo, sólo se diferencia la magnitud del desastre.

Todo esto me lleva a concluir que no se pueden destruir las estructuras del Sistema tomando las riendas del mismo, porque, en ese caso, se da nueva vida y se sustenta aquello con lo que se pretendía acabar. El Sistema sigue existiendo, únicamente con otro decorado, pero a la larga o a la corta, las cosas volverán a estar como estaban.

Sin embargo, si se cambia el modelo social y cultural en que se basa el Sistema, éste pierde su sentido y se deshace por sí mismo. Cuando se cambia la sociedad, el cambio ya no tiene marcha atrás, a diferencia de lo que sucede si se cambia el modelo político o se sustituyen las élites que detentan el Poder.

Las sufragistas y feministas, por ejemplo, no han tomado nunca el Poder, pero sus planteamientos han calado en la sociedad hasta un punto que era impensable hace solamente un siglo. Es cierto que queda muchísimo por hacer en cuanto a la liberación femenina, pero el modelo cultural imperante considera inadmisibles, en principio, las prácticas de sumisión de las mujeres que eran perfectamente asumibles hace menos de 100 años.

Quiero decir con esto que un cambio cultural conlleva una serie de cambios en las relaciones de poder, económicas y sociales que un mero cambio político no es capaz de alcanzar.

Por qué no imaginar un día en el que las relaciones de sumisión que implica cualquier jerarquía sean tan inaceptables como lo es, por lo menos formalmente, el maltrato a las mujeres?

O que trabajar para otros parezca tan aberrante como obligar a casarse a una niña de 10 años con un energúmeno que compra ese derecho?

O que las actividades de los empresarios produzcan la misma repugnancia que las de un acosador sexual?

O que la distribución desigual de la riqueza sea tan inconcebible como que un hombre tenga derechos de cualquier tipo sobre la mujer que es su pareja?

A lo mejor, la forma de hacer la Revolución es ir creando, de mil formas, la conciencia necesaria para que la sociedad abomine de las jerarquías, del trabajo asalariado, de los empresarios (¿o debo decir “emprendedores”?) o de las desigualdades económicas, del mismo modo que se rechazan los comportamientos machistas y la violencia contra la mujer.

A lo mejor, mostrar categóricamente nuestro rechazo a esos modelos culturales actuales, y educar a los demás en ese rechazo, sea el camino para un cambio social revolucionario que ahora mismo parece estar desaparecido más allá del horizonte.

Digo sólo a lo mejor, porque tal vez sea inevitable que, para llegar a ello, haya que pasar por el escenario de incendios, tiroteos y asaltos a las sedes del Poder. Independientemente de que algunos no alcancemos jamás a verlo.

From → Política

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