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Cuidadores de la materia

mayo 2, 2015

Los humanos tenemos la capacidad de percibir, en cierta medida, lo que está sucediendo en la mente de otros humanos a los que vemos, gracias a las llamadas “neuronas espejo”. Esta capacidad sabemos que la comparten otras especies como los grandes simios, los elefantes o los cetáceos. Ése es el origen de la empatía.

Pero, además, gracias a nuestra capacidad de abstracción, nuestra empatía puede extenderse más allá, y abarcar a humanos que no vemos, aquéllos de que nos hablan o que, simplemente imaginamos o, incluso, a otros animales.

A veces sucede que nuestra capacidad empática se desarrolla aún más y no sólo nos podemos identificar con lo más cercano a nosotros (como los humanos o los mamíferos). Tengo la desgracia de sufrir esa empatía extendida y me sorprendo identificándome y sintiéndome solidario con aves, peces o insectos. Más aún, me abruma el sufrimiento de las plantas y me llena de plenitud su alegría, tan patente en los árboles reverdecidos en la Primavera, en las plantas que embellecen su entorno cuando se muestran sanas y vivaces después de la lluvia.

Mi identificación con otros seres se extiende también a los seres minerales, a los que muchos consideran inertes y muertos, pero que desarrollan una vida lenta, milenaria, construyendo montañas, depositándose en los valles de los ríos, creciendo desde el manto terrestre en lavas y basaltos. No hay prueba más evidente de que los minerales viven que tomar una piedra del campo o un guijarro de la playa, llevárselo a casa y ver cómo va perdiendo brillo y belleza, se va poniendo mustio y termina siendo un pedazo de nada inerte y desvaído al estar alejado de su entorno natural. Ver el mar o la atmósfera, cambiante a cada segundo, me convence aún más de la vitalidad extraña y remota que tienen todos los seres minerales. Y, ¿quién puede dudar de la vida que se demuestra en la evolución de los planetas, las estrellas o las galaxias?

La empatía con toda esta multiplicidad de seres no me parece extraña ni significa que esté loco, como algunos pensarán. Al fin y al cabo, compartimos con ellos el milagro de ser seres materiales.

Ser materia, estar formado por átomos, no es algo tan usual como pensamos y los seres materiales constituimos una parte ínfima del Universo conocido. Al fin y al cabo, la materia que conocemos (y ahí incluyo a los neutrinos y todo tipo de fotones) no representa más que el 4,6 % del Universo. El 24 % lo constituye la materia oscura (adjetivo que sólo indica nuestro absoluto desconocimiento sobre en qué consiste) y el 71.4% de la densidad energética del Universo se halla en la forma de energía oscura, de la que sólo se sabe que tiene un efecto gravitacional negativo.

Muchos de mis amigos se abstienen de consumir alimentos de origen animal, por esas afinidades empáticas de las que hablamos. Comparto con ellos el desasosiego ante la explotación a la que sometemos a los animales; pero lo mío es bastante jodido, porque mi empatía se extiende a ese 4,6 % del Universo con el que me identifico al tratarse de seres materiales como yo.

Así, me irrita profundamente y me exaspera el maltrato a que se somete a las plantas, especialmente en España, cuyos habitantes comparten con las cabras el dudoso honor de ser enemigos de cualquier árbol, brote o hierbajo. Y también me aturde y me entristece pensar en laderas montañosas reventadas para hacer autopistas, en extensiones de terreno devastadas por canteras, en el subsuelo explotado y degradado por prácticas mineras o por el fracking.

Me preocupa y me abate el ánimo pensar que van a estrellar la sonda Messenger contra el planeta Mercurio, para estudiar posteriormente el tipo de cicatriz que producirá ese choque antinatural en la corteza del planeta. Y me pregunto si tenemos derecho, en el futuro, a explotar los recursos del cinturón de asteroides o a terraformar Marte (terraformar, por si alguno lo desconoce, es un término que define la técnica de modificar artificialmente la atmósfera, el clima y las condiciones de un planeta para hacerlo habitable por los humanos).

Todo esto me conduce a pensar si, como materia inteligente, no seremos una enfermedad de la propia materia, empeñada en su destrucción, explotación y modificación.

No percibo una solución sencilla a esta relación destructiva que tenemos con los otros seres materiales y que se ha acrecentado desde que, debido a la tecnología, hemos roto nuestros vínculos de colaboración con nuestro entorno. El modelo mental y económico de lo que llamamos civilización (que tiene su máximo exponente en la ideología capitalista) nos condena a ser los enemigos de nuestro entorno, a explotarlo sin consideración, a degradarlo para servir a nuestros intereses egoístas y cortoplacistas.

Una posibilidad sería impregnarnos de la filosofía nihilista que subyace en las manifestaciones más radicales del pensamiento hindú o budista, absteniéndonos de toda acción y disolviéndonos en la Nada nirvánica.

Mientras decidimos si hacer eso o no, lo único coherente que se me ocurre es convertirnos en “cuidadores de la materia”. Hacernos conscientes de que somos parte consustancial del mundo material, de que ese mundo no está a nuestro servicio e intentar, lo mismo que lo intentamos con los animales, respetar, y abstenernos de explotar y degradar gratuitamente, al resto de los seres con los que compartimos esa fraternidad ínfima (y minoritaria en el Universo) de ser materia.

From → Sociedad

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