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Principios y tácticas

julio 11, 2015

Para una anarquista, la disyuntiva que implica el título de este artículo, puede parecer evidente. Los principios deben anteponerse a las tácticas. El fin no justifica los medios.

Claro que, como anarquista, hablar de principios siempre me ha rechinado un poco. Dado que, afortunadamente, la mayoría de los anarquistas no creemos en ningún Libro revelado ni admitimos popes infalibles que nos digan cómo actuar en cada momento, el tema de los principios se convierte en un asunto individual y, por tanto, subjetivo.

En cuanto al fin u objetivo de las anarquistas éste es, evidentemente, la Anarquía como forma de sociedad. Sin atreverme a definir la Anarquía (como no me atrevo a definir la Vida), pienso que la sociedad anarquista es una sociedad en la que, mediante la cooperación voluntaria de humanos libres, se intenta obtener la felicidad y el bienestar de la mayoría, evitando toda forma de privilegios, dominación, sumisión, explotación, discriminación, poder, represión y coerción. Esta definición puede ser objeto de todo tipo de críticas, pero creo que será aceptada por la mayoría de las anarquistas.

Ese objetivo, ¿es alcanzable mediante un brusco giro histórico, tipo insurrección? ¿Es posible todavía pensar en un movimiento masivo de personas que asaltan las Instituciones, que les arrancan el Poder y lo destruyen, lo deshacen y pulverizan?

Una serie de consideraciones hace que sea bastante escéptico respecto a esa posibilidad.

En primer lugar, la toma del Poder siempre la llevaría a cabo una minoría que, una vez alcanzado ese Poder, no tendría el menor interés en destruirlo. La defensa de la Revolución frente a los contrarrevolucionarios, la inmadurez popular, la necesidad de instruir a las masas, el desenmascaramiento de los enemigos infiltrados… El nuevo Poder siempre encontrará excusas para reforzarse, instaurar un nuevo régimen represivo, imponer normas de conducta, reproducir, en suma, el modelo de dominación y su contrapartida, la sumisión.

Por otro lado, el Poder está actualmente infinitamente más disperso que hace uno, dos o tres siglos. Anteriormente, bastaba con tomar el Palacio de Invierno o cortar la cabeza al Rey para desmoronar, en gran medida, las estructuras de Poder existentes. Ahora el Poder habita en múltiples instancias y se ejerce desde diferentes entornos. Las empresas, grandes y pequeñas, las instituciones educativas, las entidades financieras, los conglomerados militares, los organismos internacionales de todo tipo, los gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales, y la lista podría extenderse indefinidamente, son centros de Poder. Interrelacionados muchas veces, organizan la vida de las personas en múltiples aspectos y representan barreras al libre ejercicio de la responsabilidad de cada una.

Un último aspecto, y quizá el más grave, es la extendidísima ignorancia de los seres humanos respecto al funcionamiento real de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos. Una sociedad en la que, gracias a los medios de desinformación, las personas consideran el summum de la felicidad poder pasear los fines de semana por los centros comerciales o tener la posibilidad de comprarse un trineo, aunque uno viva en el desierto del Sáhara. Una sociedad que promueve la competencia, la desigualdad, la jerarquía y la hostilidad hacia los extraños. Una sociedad de personas lobotomizadas mediante espectáculos televisados de trifulcas escenificadas por actorzuelos de tercera fila, campañas electorales, personajes-modelo carentes de neuronas, pugna continua por hacerse con el último utensilio que les impone la moda, focalizacón de la atención en efímeras trivialidades ultrapublicitadas, miedos absurdos inculcados…

Este aspecto de la ignorancia promovida desde los poderes es el que me hace más escéptico respecto a la posibilidad de un cambio súbito y radical en nuestro modelo de convivencia. Y, probablemente, el que más difícil solución tenga. ¿Cómo cambiar la educación sin cambiar la sociedad que fomenta esa “deseducación”? ¿Cómo cambiar la sociedad sin cambiar la educación que legitima y sustenta el poder de esa sociedad?

En fin, derivo como siempre… Ante la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo como anarquistas de una forma inmediata o en un futuro previsible, ¿debemos retirarnos a nuestros “cuarteles de invierno” hasta que las condiciones sean más propicias? ¿O debemos trabajar en el día a día para conseguir esas condiciones más propicias?

Y es en esa disyuntiva donde me planteo la cuestión de los principios frente a las tácticas.

Si nuestro objetivo es conseguir una sociedad de personas libres, solidarias y fraternas, ¿es preferible aceptar cualquier avance en esa dirección o debemos mantenernos inflexibles en el rechazo absoluto de todo lo que no sea la Anarquía? En la propia forma de exponer la pregunta, creo que es fácil adivinar cuál es mi perspectiva al respecto.

Creo honestamente que debemos aprovechar cualquier resquicio, contradicción o ventaja que nos aporte el Sistema para limitar su poder e influencia, a riesgo de “contaminarnos” con prácticas propias del Sistema.

Por ejemplo, aunque los tribunales y la profesión de abogado son parte inherente del Sistema, ¿no es más lógico, en un juicio contra unas compañeras, utilizar un abogado para intentar que el juez las ponga en libertad que rechazar cualquier tipo de ayuda basándose en que no reconocemos la legitimidad del Tribunal para juzgarnos?

Aunque el dinero vaya a parar a las arcas del Estado, ¿es coherente negarse a recolectarlo para pagar la fianza de unos compañeros? ¿O es mejor que puedan volver a la calle para seguir trabajando en la lucha diaria?

Y entrando en terrenos más resbaladizos, si una candidatura municipal va a implantar modelos participativos y fomentar el debate asambleario en los barrios, ¿no es más adecuado votarla que abstenerse y permitir que se imponga una candidatura fascista? Digo que este terreno es resbaladizo, porque entramos en el debate de la participación en las instituciones (que, personalmente, rechazo) o el sostén de las instituciones (que puede considerarse que se produce por el hecho de colaborar en sus circos electorales).

Por mi parte, no tengo ninguna fe en ningún “representante” político, pero tampoco considero que “cuanto peor, mejor”. Que las instituciones locales estén ocupadas por personas que puedan buscar el bienestar de los comunes o ser más tolerantes con las luchas reivindicativas y los modelos alternativos, creo que es objetivamente beneficioso, aunque esté a años luz de la Revolución.

La otra opción es mantenerse aferrado a los “principios” (sean éstos lo que sean) y, como Simeón el Estilita, permanecer de pie en lo alto de un pedestal a salvo de toda contaminación. Claro que, al que le agote estar de pie, siempre tiene la posibilidad de retirarse de este sucio mundo, como los anacoretas, y vociferar desde el fondo de su cueva contra todos los “reformistas” que buscamos un mundo con mayor bienestar, aunque sea a cachitos y dejando que nuestros principios se pringuen con las tácticas.

From → Política

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