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Mitología y conspiraciones

julio 24, 2015

Todas las sociedades intentan buscar la justificación de su existencia en una serie de mitos culturales que, aceptados por una parte significativa de la sociedad, dan a ésta cohesión, sentido y continuidad. Lo menos importante es la realidad de esos mitos; lo que realmente importa es que suficiente gente crea en ellos como para aceptar que justifican el estado de las cosas y no poner en cuestión la estructura normativa y las relaciones de poder de la sociedad.

Por ejemplo, la sociedad romana tenía entre sus principales mitos estructurales la religión romana, el culto a los antepasados y la participación del pueblo en la gobernación a través del Senado, los tribunos y los cónsules. La sociedad capitalista moderna, más economicista, se sustenta en mitos como el crecimiento, el progreso científico y el Gobierno representativo.

Cuando una cultura entra en decadencia, la reacción de la sociedad ante sus mitos fundacionales es diversa. Una parte se empeña en seguir creyendo (o, si se trata de la élite dominante, en simular que sigue creyendo) en la mitología establecida. Otra parte, minoritaria, intenta mostrar desde el escepticismo y la crítica razonada la invalidez y la necedad de seguir creyendo en esos mitos, o, para el caso, en cualquier mito. Otra parte, que va creciendo según la decadencia de la sociedad se acelera, se apresura a sustituir los mitos en ruinas por nuevos mitos aún más absurdos, en una especie de “horror vacui” de quedarse sin mitologías.

Habitualmente, los nuevos mitos suelen ser aún más destructivos que los anteriores, al surgir como un refugio desesperado de aquellos que, parafraseando a León Felipe, desde su miedo necesitan inventar cuentos.

Así, los romanos sustituyeron el mito de las instituciones legalistas por el de la omnipotencia del Emperador, la religión histórica por el cristianismo, el culto a los ancestros por el culto a la curia y al Papa.

En nuestra sociedad, que en el fondo sigue siendo una sociedad agrícola y patriarcal escasamente diferente de la romana, se produce el mismo fenómeno de sustitución de mitologías por otras, cuando menos, preocupantes.

El desprestigio de la supuesta representatividad del Gobierno da lugar a la aparición de líderes, gurús y otras manifestaciones caudillistas. Sobre eso hay poco que decir, pues todos vemos cotidianamente como las instituciones se personalizan, la gente adora u odia al líder omnipotente, las ideas no cuentan nada ante el poder carismático, cualquier enfoque político debe estar encarnado en un dirigente. En fin, otra vez el culto al Emperador.

Respecto al crecimiento, por desgracia es un mito que cuesta y costará derribar, pero cuando se cuestiona el crecimiento, normalmente se plantea la alternativa de volver a un sistema cavernario  donde los grandes objetivos son estar cubierto de piojos y talar los árboles para calentar la cueva en invierno. Y esto enlaza con el fin de otro mito, que para mí es más preocupante: la fe en el avance científico.

Desde luego, tener fe en algo es una estupidez, con lo que nada vamos a perder con la desaparición de la fe en el avance científico, máxime cuando éste se ha convertido en mera progresión tecnológica. Lo que me preocupa es que, en este rechazo del batiburrillo científico-tecnológico, se pasa a rechazar el método científico, el análisis racional y el propio raciocinio.

Aparecen entonces los magufos y conspiranoicos que están convencidos de que la ciencia y la tecnología son instrumentos en manos de unos malvados de película de James Bond, que los utilizan para domesticar y, seguidamente, exterminar a la Humanidad.

Es bien cierto que las actitudes y las acciones de los Gobiernos, el secretismo en la toma de decisiones, el control de la vida cotidiana por una minoría sin escrúpulos y las constantes manipulaciones de la opinión pública para hacernos ver que lo negro es blanco y lo blanco es negro, dan pie a pensar en todo tipo de conspiraciones y camarillas secretas organizando el mundo desde sus refugios subterráneos. Pero no entiendo bien qué tiene que ver eso con la dejación absoluta de cualquier tipo de análisis racional de la realidad.

Una suerte de “cuñadismo” se está extendiendo por una sociedad cada vez más descreída de lo que le cuentan y que necesita creer, como sea, en algo; cuanto más inverosímil, mejor.

Este pensamiento mágico se presenta, especialmente, cuando se trata de temas de salud, aspecto que en esta sociedad egoísta, narcisista y con ansias de eternidad, se ha convertido en el centro de las obsesiones de la gente. Claro que, tratándose de cuñadismo del bueno, lo menos importante es que lo que se piensa tenga la menor verosimilitud; sólo importa que tenga su base en algún contubernio siniestro y oculto que sólo se ha desvelado a los “iniciados”.

Basándose en el evidente afán de lucro de las industrias farmacéuticas (como cualquier empresa capitalista), los iniciados han descubierto una conspiración a nivel mundial para enfermarnos, matarnos o, cuando menos, volvernos autistas por medio de medicinas y vacunas que no sólo no tienen ninguna utilidad, sino que están cargadas de efectos negativos y letales, conocidos y promovidos tanto por los Gobiernos como por las farmacéuticas. Qué estúpido interés pueden tener en hacerse ricos envenenándonos (con lo que perderían clientela) en lugar de hacerse ricos intentado curarnos, es algo que escapa a mi comprensión. Pero ahí están los movimientos antivacunas, el pingüe negocio de la homeopatía, la medicina alternativa, el reiki y otras formas de “imposición de manos” alimentando una sociedad de lo irracional y lo mágico, que, desde luego, no pone en cuestión lo más mínimo de la estructura del Sistema y no deja de ser una nueva versión extendida y ampliada de los libros de autoayuda.

Toda esta gente que afirma tajantemente que las farmacéuticas ponen en el mercado, y los médicos promocionan, sustancias conocidamente dañinas con el mero objetivo de ganar dinero, no abren, sin embargo, la boca cuando se trata de la industria automovilística. Claro, que todos los cuñados entienden de motores y aceleraciones y se sienten cómodos con esos artefactos, pero lo de las moléculas y la química es un tema bastante más complejo.

La industria automovilística, y esto sí es un hecho incontestable, pone en el mercado millones de artefactos respecto a los cuales son muy conscientes de que su uso es letal. Y lo es porque los costes de hacerlos no letales serían excesivos y disminuirían la rentabilidad del negocio.

Implantar mecanismos para que los autos no emitiesen gases venenosos y cancerígenos, que matan todos los años a millones de personas, es más caro que montar un motor de combustión, tecnológicamente atrasado, que quema hidrocarburos y expulsa todo tipo de moléculas infinitamente más tóxicas y peligrosas que las vacunas.

Poner en marcha los elementos de seguridad que evitasen que un auto se convierta en una trampa mortal ante cualquier descuido a 100 Km/hora (velocidad que todos estos cacharros superan sin el menor esfuerzo) también incrementaría el coste de una forma que los fabricantes de automóviles no están dispuestos a asumir.

Así, la gente utiliza cotidianamente un aparato en cuya fabricación está previsto y calculado que va a ocasionar cientos de miles de muertos al año por su mero uso. ¿Os imagináis que, en el mundo, utilizar la lavadora, la plancha o el frigorífico produjese durante un mes la décima parte de los muertos que los autos en una semana? Se exigirían comisiones de investigación, cierre de fábricas, responsabilidades penales a los fabricantes y se produciría una caída abismal en la compra de esos mortíferos aparatos. Podemos esperar sentados a que ocurra lo mismo con el auto, esa máquina asesina que sale de las cadenas de montaje con una tasa ya predeterminada de muertos por centenar de unidades.

Otra de mis teorías favoritas de los conspiranoicos es la de las “chemtrails”, las supuestas estelas de productos químicos con que nos fumigan desde los aviones. Ignorando todo sobre la condensación del vapor por efecto de la presión, esta gente nos quiere convencer de que nos están fumigando con el objetivo de acabar con nosotros. Evidentemente, de la “fumigación” a que nos someten los vehículos con motor de combustión nunca hablan. Ni tienen el menos reparo en tomar un avión “fumigador” para irse a una playa tailandesa o a Londres.

El problema de todas estas paranoias y mitologías es doble: por un lado, rechazan cualquier aproximación analítica a los problemas de la sociedad, con lo cual es imposible que lleguemos siquiera a analizar las causas y a procurar los remedios; todo es mágico, oculto y conspirativo, no hay forma racional de oponerse a ello.

Igual de preocupante es el otro problema inherente a las teorías conspirativas, la pérdida de visibilidad de los atentados reales a nuestra vida: mientras se preocupan de descubrir dónde y cuándo les han implantado el chip para anularles la voluntad, se dejan embrutecer por las cadenas televisivas y las visitas semanales a los centros comerciales.  Mientras imaginan el programa secreto de control de la Humanidad, no tienen reparo en pasear entre los miles de cámaras que inundan las ciudades o en ir dejando el rastro de sus actividades, intenciones, localizaciones, afinidades por medio de múltiples cachivaches electrónicos conectados todo el día y en los que publicitan su vida privada sin limitaciones. Mientras se fabrican gorros de papel Albal para que no les proyecten pensamientos, se emboban escuchando a los líderes de opinión, santones o saltimbanquis del circo político.

En fin, conducidos de una forma cada vez más acelerada a una nueva Edad Media, y enfrentado a estas “alternativas” a la sociedad actual, intento mantener la esperanza de que, cuando se derrumbe definitivamente la civilización occidental, al menos los nuevos mitos sobre los que se construya la sociedad no tengan como Libro Sagrado una colección de tratados sobre homeopatía, acupuntura y reiki.

From → Sociedad

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