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Domingos y fiestas de guardar

agosto 27, 2015

Últimamente escucho cada vez más voces en contra de la apertura de tiendas en domingos y festivos con argumento del tipo “Los domingos son para descansar” “Los domingos para la familia”…

Entiendo que los señores de la derecha rancia y católica se indignen ante tamaño desacato a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia que preconizan el descanso los “Domingos y Fiestas de Guardar”. También que los que añoran la familia patriarcal no estén dispuestos a abandonar la costumbre del paseíto y la cañita dominicales con “la señora y los niños”.

En general, toda esta gente que defiende lo de no trabajar en domingos y fiestas de guardar es conservadora y de lo más ritualista. Desde luego, a ninguno de ellos se le ocurre plantear que cierren en los festivos bares, cines, teatros, panaderías o churrerías. Eso ha abierto siempre los domingos y las costumbres deben conservarse. Evidentemente, tampoco nadie aboga porque bomberos, médicos, enfermeros o las personas de salvamento marítimo no trabajen los domingos.

Eso me lleva a sospechar que los motivos de estos defensores del descanso dominical son bastante egoístas, cosa inherente a la mentalidad conservadora y de derechas.

Pero lo que parece, en principio, chocante es escuchar este mismo argumento desde posiciones izquierdistas u obreristas.

Claro que la “izquierda” también se ha caracterizado siempre por ser bastante ritualista, conservadora y fetichista. Muchas veces me cuesta distinguir entre un sindicalista reformista y un defensor de los gremios medievales. Bueno, no me cuesta distinguirlos, es que son exactamente lo mismo.

Lo que pasa es que, esta vez, ya no se retrotraen a la Edad Media, sino al Imperio Babilónico. De la sociedad de Babilonia nos separa un lapso de tiempo de 4.000 años, pero, cultural y socialmente, las diferencias son insignificantes. En Babilonia descubrieron (o debía decir, inventaron) el poder cabalístico del número 7: 7 planetas, 7 metales, 7 colores… Además, daba la casualidad de que la Luna tenía cuatro fases con un ciclo aproximado de 7 días cada una.

Así que el número 7 se convirtió en un número mágico; se inventaron la semana (que todavía sufrimos) y, sobre todo, inventaron el día sagrado, una vez a la semana, en la que el pueblo debía acudir a los templos para que los sacerdotes le refrescasen el debido adoctrinamiento en la docilidad y la sumisión a la voluntad de los dioses y los jerarcas.

Ese rollo del 7, la semana y el día sagrado lo adoptaron los judíos, durante su cautividad en Babilonia, y pasó luego a cristianos y musulmanes. Y aquí sigue.

Claro que ahora existe la TV, con lo cual el adoctrinamiento es diario. Los domingos antes tenían fútbol, la nueva alienación, pero eso ya ha pasado a ser otro evento diario. El día sagrado ha dejado de tener sentido social, salvo para esos conservadores que no quieren dejar atrás los usos y costumbres babilónicas.

A mí, particularmente, me da cien patadas descansar los domingos o los miércoles, porque lo que me jode la vida es el trabajo, en tanto en cuanto es un asunto normativo. Y me jode igualmente el descanso normativo que me quieren imponer los burócratas, dictándome qué días debo y no debo trabajar. Sobre todo, porque en ningún momento cuestionan el problema de fondo, que es el concepto de trabajo. El trabajo no es liberador y el descanso pautado en medio del trabajo no es más que otro entorno normativo, cuyo objetivo es, exclusivamente, reponer fuerzas para una nueva dosis de embrutecimiento laboral. Déjense de horarios y busquen libertad para actuar. Si yo quiero trabajar quince días seguidos y luego holgar durante una semana, ya están los Amos para impedírmelo sin necesidad de que, en su empeño de establecer normas, les refuercen los burócratas de “izquierdas”.

Porque lo de los domingos, ni siquiera desde un punto de vista reformista es un planteamiento positivo. El asunto, dentro de esa óptica de “mejora” del Sistema, no debería ser si trabajar o no en determinados días, sino garantizar que se trabaja un máximo razonable de horas al año y que se recibe un salario aceptable para vivir con normalidad a cambio de esas horas.

Pero, repito, el problema real es el concepto de trabajo, instrumento de control y alienación, entorno donde se estimula la subordinación y la jerarquía, y que carece de todo sentido social. El concepto de trabajo no se atreven a atacarlo.

El trabajo no es algo enriquecedor, personal o socialmente productivo y, mucho menos aún, algo liberador. La vida demanda una serie de tareas para garantizarnos el alimento, el cobijo, el aprendizaje, la diversión, la salud. Pero el trabajo no tiene nada que ver con esas tareas; es un puro elemento de control. El trabajo no surge de ninguna necesidad económica o social, surge de una necesidad política de disciplina, orden y sumisión.

De ahí que siempre (y cada vez con más amplitud) hayan existido una serie de trabajos que no aportan absolutamente nada al bienestar social, pero permiten tener al populacho disciplinado y bajo un férreo control normativo. Volvemos a Babilonia: desde la construcción de esos magníficos templos y zigurats que no tenían la más mínima utilidad social, pero ocupaban a miles de esclavos, hasta los millares de empleos prescindibles de la sociedad actual, nada ha cambiado en la esencia del modelo, sólo que éste se ha enriquecido y diversificado.

Abogados, corredores de bolsa, teleoperadores, comerciales, community managers, notarios, diplomáticos, burócratas, vendedores, subsecretarios y ministros, informáticos, presentadores de TV y tertulianos, futbolistas, curas, agentes secretos, registradores de la propiedad, “coachs”, contables y oficinistas, seguratas, directores y mandos intermedios… se me ocurre una lista interminable de trabajos absolutamente improductivos y que sólo sirven para tener controlada a la población.

Actualmente, se trabaja más moviendo papeles, reales o electrónicos, que produciendo nada. En una reciente encuesta, el 37% de los trabajadores británicos decían sentir que sus trabajos no eran productivos para nada. Probablemente, es una minoría consciente ya que la realidad de los trabajos improductivos es cada día más extensa.

En un interesante artículo (http://strikemag.org/bullshit-jobs/) sobre el trabajo basura, David Graeber argumenta que se suponía que ahora deberíamos trabajar menos horas menos días a la semana, según la tecnología automatiza la producción. Pero la realidad es que han surgido nuevas industrias sin ninguna utilidad social y más trabajos meramente para administrar, dar soporte y securizar esas industrias.

La tecnología ya permite eliminar las tareas más penosas. Como se mecanizaron la siega, la trilla y el empacado de paja en la cosecha, se pueden mecanizar la recogida de basuras, limpieza de calles o minería. Esto debería dejar un conjunto mínimo de tareas productivas que no fuesen vocacionales; para ellas siempre habría voluntarios o un reparto acordado de tareas.

En una sociedad orientada al disfrute, desarrollo personal y satisfacción de sus componentes, y no al control y sumisión de la mayoría para el demencial y desorbitante enriquecimiento de unos pocos, el trabajo como concepto no existiría y cada persona dedicaría su tiempo y sus esfuerzos a actividades vocacionales y realmente productivas para sí y para sus congéneres. Aunque muchos no se lo crean, no somos tan burros como para necesitar que nos fustiguen para hacer lo necesario (y, menos aún, lo innecesario).

Por tanto, como conclusión, dejémonos de chorradas de si trabajar o no los domingos y centrémonos en conseguir lo que realmente puede liberarnos de la esclavitud cotidiana: acabar con la antigua, maldita y abusiva institución del trabajo.

From → Economía

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