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Cambio climático y contaminación (II)

enero 16, 2016

Al hablar de contaminación atmosférica, los medios de desinformación, en su afán porque la gente no se entere de nada, suelen mezclar sin ningún criterio los contaminantes que producen el calentamiento global, los humos que oscurecen el cielo de las ciudades y los gases tóxicos que envenenan el aire que respiramos.

Conviene distinguir entre:

  • Gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico o el agua, que son inodoros, invisibles y no solo inocuos, sino necesarios para el sostenimiento de la vida en el planeta.
  • Gases que son venenosos o cancerígenos, como el óxido nitroso (NO2), el monóxido de carbono o los hidrocarburos policíclicos, también imperceptibles a la vista.
  • Partículas procedentes de combustiones incompletas de los combustibles. Es lo que se llama habitualmente humo, produce las nubes de “smog” y contiene carbono, sulfatos, metales y compuestos orgánicos. Son perceptibles por la vista y el olfato y son tremendamente dañinos para el tejido pulmonar.

Todos estos gases son subproductos de la combustión de carbón y derivados del petróleo y lo originan las centrales térmicas, algunas fábricas y, especialmente en las ciudades, los motores de combustión interna.

Según el informe de 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (http://www.iea.org/textbase/npsum/weo2014sum.pdf), para 2040 el suministro mundial de energía provendrá de cuatro orígenes a partes casi iguales; petróleo, gas, carbón y fuentes bajas en carbono.

No es ajeno a este reparto el hecho de que, según el mismo informe, las energías derivadas de combustibles fósiles estén fuertemente subvencionadas. Los subsidios estatales a energías fósiles (petróleo, gas y carbón) sumaron 550.000 millones de dólares en 2013, más de cuatro veces los subsidios a energías renovables. Este reparto de dinero público frena drásticamente las inversiones en mejorar la eficiencia energética y en energías renovables. Los combustibles fósiles (los grandes contaminantes) no sólo son baratos sino que, además, son los más subvencionados.

Uno de las fuentes más dañinas de contaminación son los vehículos con motor de combustión de energías fósiles. Estos vehículos, lo mismo que sus combustibles, también están subvencionados por los Estados, respondiendo a los intereses de las compañías petroleras y de los fabricantes de automóviles. Una parte sustancial de nuestros impuestos está dedicada a fomentar el enriquecimiento de unas corporaciones cuyos productos están, literalmente, envenenándonos.

En Europa, además, tenemos la particularidad de que se subvenciona un modelo de motor, el diésel, y su combustible, el gasóleo, con emisiones significativamente más dañinas que las de los vehículos de gasolina. Esto consigue que en Europa el 53% de los vehículos sean diésel (en España es el 63%) frente a 3 % en EEUU. Probablemente esta mierda sea debida que el motor diésel es un invento alemán.

Los escapes de la combustión diésel son la principal fuente de contaminantes que originan cáncer, daños pulmonares y cardíacos y problemas mentales. Los escapes de diésel contienen contaminantes señalados como carcinogénicos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC).

Las principales emisiones de los motores diésel son partículas, NO2 (representando el 80% de las emisiones de este gas venenoso), hidrocarburos policíclicos, monóxido de carbono, benceno, arsénico, antimonio, anilinas, tolueno, ozono…

Se estima (según la Agencia Europea del Ambiente) que unas 432.000 personas en Europa murieron prematuramente en 2013 debido a las concentraciones de partículas en la atmósfera, otras 75.000 murieron debido a la exposición a largo plazo al óxido nitroso (NO2) y otras 17.000 debido a la exposición al ozono a nivel de la superficie. Todos estos contaminantes, producto esencialmente de los motores diésel.

A pesar de todos estos datos, la política de la UE respecto a estos motores no varía. Más aún, el fraude de las emisiones de los vehículos fabricados por Volkswagen nos demuestra a qué intereses responde la legislación europea: Cuando se ha comprobado que Volkswagen mentía y que sus motores emitían más contaminantes de los que marcaba la norma de la UE, en lugar de paralizar la fabricación y venta de esos utensilios mortíferos, en lugar de sancionar a la empresa alemana por su fraude, lo que se ha hecho es aumentar los límites permitidos, en medio del silencio y la indiferencia generales. Aun así, es alucinante constatar que 9 de cada 10 vehículos Diesel no cumplen los límites que marca la nueva legislación.

Todo este mamoneo que antepone los intereses de los grandes industriales a nuestra salud y que desvía el dinero público a subvencionar a estos envenenadores y tramposos, tiene sus cómplices entusiastas. Todos los poseedores de un vehículo privado y, más específicamente, todos estos “listos” que se compran un vehículo diésel porque, entre todos, con nuestros impuestos, conseguimos que el combustible con que nos atufa y nos enferma le salga más barato.

Mi fe en la Humanidad siempre ha sido escasa, pero cuando veo esas interminables caravanas de automóviles emitiendo veneno y pienso en el entusiasmo con que sus dueños acogen que el litro de gasóleo esté a menos de 1 €, la indignación de cuñados que manifiestan porque su combustible no se abarata al mismo ritmo que el petróleo, el levantamiento general que protagonizarían si se limitase la circulación se sus máquinas de muerte por el centro de las ciudades, se me caen todos los palos del sombrajo. Y me retiro.

From → Sociedad

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