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Nutrición y fe

junio 10, 2016

Las religiones monoteístas siempre han sido muy proclives a normalizar y legislar (es decir, establecer prohibiciones) sobre cualquier aspecto de la vida de sus fieles, quizá aprovechando que éstos solían hacer gala, en general, de una amplia incultura.

Entre los aspectos normativos de esas religiones, uno que siempre me ha fascinado es la prohibición de comer determinados alimentos.

La religión judía, que hace gala de una enorme inventiva en los asuntos alimenticios, prohíbe, además de comer cerdo en cualquier variante, comer animales que, no siendo rumiantes, no tengan la pezuña hendida, tomar carne y lácteos al mismo tiempo, comer animales marinos que no tengan aletas y escamas y, sobre todo, cualquier animal debe haber sido sacrificado siguiendo las normas que, en esencia, consisten en desangrarlos por completo. La sangre no es kosher. Hay otras limitaciones aún más complicadas para lo que se debe comer por Pascua, pero no entro en ellas para no marearos y no marearme.

El Islam es un poco menos restrictivo, pero también tiene tela. Están prohibidos el cerdo, los animales carnívoros, los anfibios, las mulas y burros, los perros… Y también los animales que no han sido sacrificados según las normas. Tampoco la sangre es halal. Luego está el ayuno del Ramadán, costumbre comprensible en el desierto de Arabia donde comer durante el día a 50º es insensato, pero que los fieles han llevado con su fe hasta Canadá o Noruega.

El cristianismo, la religión monoteísta más pagana en el fondo, es bastante laxa en cuanto a las restricciones alimentarias, limitándose a prohibir el consumo de carne durante varios días señalados y aconsejando el ayuno en determinadas fechas. Antes ese ayuno era obligatorio pero el cristianismo, religión en franco retroceso, se ha vuelto mucho más permisiva en sus normas a ver si así pierde menos adeptos.

En realidad, todas estas prohibiciones se originan para prevenir determinados problemas higiénicos y epidémicos, resultantes de vivir en zonas desérticas con elevadas temperaturas (eso hace al cristianismo, religión que se expande en zonas templadas, más tolerante con la alimentación). Al final, las restricciones alimentarias proceden de entornos geográficos y culturales determinados.

Por ejemplo, en zonas donde la ingesta de proteínas de origen animal es limitada y problemática, las culturas locales permitieron la antropofagia. O la sacralizaron, como en la cultura azteca (y otras mesoamericanas), que organizaba las guerras floridas para capturar enemigos que sacrificar a los dioses. Y cuya carne consumir posteriormente.

No seré yo quien diga nada contra la antropofagia. Comer cadáveres humanos me parece igual de terrible (o no) que comer cadáveres animales o vegetales. Pero matar humanos para comerlos me parece menos terrible que matarlos para que se callen, porque opinan de otra forma sobre cualquier tema, porque piden lo que es justo, porque son de un género diferente…

En fin, me desvío como siempre. Estaba hablando de cómo las religiones determinan qué se debe comer y qué no, y que la gente se sumerge en esas limitaciones sin considerar qué razones puede haber detrás de ello.

En las religiones modernas, lo de apelar a la fe y obviar la razón parece que es menos aceptable, por lo que todo el rollo New Age está cargado de razonamientos sobre por qué es adecuado o no realizar determinadas acciones. Como estoy hablando de la comida no me voy a meter en el patatal de hablar de los razonamientos sobre cómo se debe parir, cómo se debe decorar la casa o cómo deben jugar los niños, si debe vacunárseles o cuándo se les puede enseñar a leer.

Voy a meterme en otro patatal distinto y es hablar de una simpática (al menos para mí) religión que es el veganismo. Éste es un tema complejo, y por más que intente ser escueto sé que este artículo se me va a ir de las manos. También sé que en algún momento me van a tachar de retrógrado (espero que no de “taurino”, que es lo último), pero aun así, ahí va este ladrillo.

Los veganos, como todo el mundo sabe, se abstienen de utilizar cualquier producto de origen animal, tanto evitando la ingesta de alimentos de origen animal directo o indirecto (como es el caso de la miel), como el uso de cualquier otro producto (ropa, cosméticos, mobiliario) en el que se hayan utilizado sustancias de origen animal.

El loable propósito de esto es evitar la explotación de los animales, al tratarse éstos de seres vivientes y sentientes similares a la especie humana. Que quede claro que esta exquisita sensibilidad no se aplica a todas las especies (de ahí que no es correcto que los veganos se declaren “antiespecistas”), ya que especies de origen no animal, como vegetales, hongos, algas o bacterias pueden ser utilizadas sin ningún anatema por los creyentes.

Lo primero que sorprende de esta creencia y, desde mi óptica la descalifica, es su antropocentrismo. Los animales son dignos de respeto y consideración porque son similares a nosotras las humanas. No puedo dejar de apuntar que, desde mi punto de vista, si hay algún argumento que pudiera hacer respetables a los animales sería aquello que los hace diferentes de los humanos, pero bueno….

Evidentemente, las ideas de Linneo han sobrevivido desde el siglo XVIII, y para mucha gente los seres vivos se organizan en una jerarquía de supuesta proximidad a los humanos. Innegablemente, en lo alto de la jerarquía estamos los humanos (bueno, algunos siguen afirmando que, por encima se encuentran el Rey y Dios, lo que dota de totalidad a esa jerarquía). Después de las humanas, la clasificación es evidente y raya en lo infantil: mamíferos (entre los que, como su nombre indica, destacan los primates), aves, reptiles, anfibios y peces, por ese orden. Tras éstos, una amalgama de invertebrados que cada cual pone más o menos arriba según supuestas proximidades. Hay quien prefiere los moluscos cefalópodos (al fin y al cabo, tienen cerebro y unos ojos como los nuestros) y quienes prefieren los insectos sociales (que comparten con los humanos la aberración de las sociedades jerárquicas).

Más abajo, está toda esa maraña imprecisa de vegetales, hongos, etc. en la que también existen jerarquías, pero que, en el fondo, para el común de los mortales (sobre todo si es español) son poco más que piedras porque, siguiendo ese razonamiento de “sentido común”, ni se mueven ni tienen sistemas nerviosos similares a los nuestros. Lo que no se mueve, a tomar por culo. En fin, qué bonicas que son las jerarquías…

Tanta pseudociencia le abruma a uno que, en su simpleza, organiza a los seres vivos según le caigan más o menos simpáticos. En concreto, le tengo escasa simpatía a los mamíferos (exceptuando gatos y lobos) y a los insectos, bastante simpatía a los peces y soy un enamorado de las aves y de las plantas. Esta organización, aunque no afecta en modo alguno a mi utilización de los recursos naturales, resulta ser tan irracional y emocional como la anterior.

Y es que, al final, resulta bastante absurdo clasificar los seres vivos por la estrategia que han desarrollado, a lo largo de cientos de millones de años, para su supervivencia.

Determinados seres vivos (los animales) han optado por corretear estúpidamente de aquí para allá, devorando lo que sale a su paso (sea animal, vegetal o lo que se tercie), huyendo de ser devorados por otros como ellos o acercándose a otros seres de su especie para intercambiar código genético. Estos seres, como nosotros, se comunican a través de ruidos y posturas que, como todas sabemos, en general son confusas y conducen a malentendidos de todo tipo.

Otros (las plantas) han optado por instalarse en zonas ricas en nutrientes minerales y ayudarse de la energía de la luz solar para construir su alimento, y utilizar el viento, la gravedad u otros seres vivos (sin necesidad de aniquilarlos) para sus tareas reproductivas. Para comunicarse, utilizan un complejo intercambio de señales químicas que les avisan de peligros o situaciones de stress, alejan a los animales parásitos o atraen a los polinizadores, como las abejas o los colibrís.

Así, a bote pronto, me parece más admirable el modelo escogido por las plantas, que no necesitan prácticamente nunca aniquilar a otros seres vivos para nutrirse, ya que han seleccionado hacerlo por medio del anhídrido carbónico y la luz solar. O que en sus estrategias reproductivas tienen la “generosidad” de alimentar a los polinizadores con el néctar de las flores o a quienes dispersamos sus semillas mediante la ingesta de frutos. Los frutos no dejan de ser algo maravilloso como estrategia reproductiva, pues se hacen comestibles cuando sus semillas ya están listas para desarrollarse y consiguen dispersar esas semillas (junto con el estiércol que alimentará su crecimiento inicial) a través del movimiento y de las funciones digestivas de los animales frugívoros

Desde luego, la relación de las plantas con su entorno me parece bastante más inteligente que la de los animales, aunque no cuenten con un Sistema Nervioso Central del que tan orgullosas estamos las humanas.

Pero, al margen de simpatías y jerarquías, obviando que uno clasifique a los seres vivos en una estupenda pirámide de compartimentos estancos, la realidad es que la vida en la Tierra procede de una fuente única y los seres vivos están más próximos entre sí de lo que podríamos pensar en principio. Como demuestra, por ejemplo, la peculiar simetría pentagonal que compartimos con las manzanas, las rosas y las estrellas de mar.

A nivel ilustrativo, suelto más adelante los porcentajes de proximidad genética (compartición de ADN) de diversas especies respecto a los seres humanos. Adelanto que todo esto no quiere decir nada, porque el concepto mismo de “especie” no deja de ser una construcción mental de los humanos fruto del afán clasificatorio que tanto gustaba a los Ilustrados del siglo XVIII, y que es bastante polémica y confusa desde un punto de vista biológico.

  • Chimpancés 98%
  • Gatos 90 %
  • Ratones 88 %
  • Vacas 80 %
  • Moscas y pollos 60%
  • Bananas 50 %
  • Lechugas 40%

Esto último me conduce a contar la anécdota sobre el horror que sentí una vez en un supermercado pijo, viendo que vendían lechugas vivas (!!!), metidas en plastiquillos y con todas sus raíces sumergidas en agua. Estaba a criterio del consumidor (y de su sadismo), si al llegar a casa mataba las lechugas antes de devorarlas o se las comía vivas directamente desde el cachivache.

En fin, que puestos a respetar a los seres vivos y no comernos lo que no es ético que nos comamos, sólo nos queda la opción de ser frugívoros (como fuimos durante millones de años, alternando con algún rico coleóptero o larva, por eso de ingerir aminoácidos, hasta que la sequía en África Oriental dio con todo al traste), ya que los frutos son el único producto que está “preparado” de forma natural para ser ingerido sin dañar (habitualmente)  al ser vivo que lo produce.

Evito entrar en la argumentación (reconozco que demagógica), de las contradicciones a las que me lleva ese “respeto” a los animales.

Si yo no puedo comer la miel de las abejas, ¿debo respetar que un oso destroce una colmena para comérsela? ¿Debo tomar partido en la pugna de los carnívoros contra el resto de los animales?

¿Qué decir de la explotación indirecta de los animales que ejerzo al comer vegetales? Uso de las abejas para la polinización (no, no es algo natural, ya que son criadas específicamente para esta labor), uso de abonos de origen animal, eliminación de todo tipo de parásitos…

Por último, si respeto a los animales, ¿no es una aberración que mantenga a perros, gatos o cobayas bajo mi dominio y viviendo en entornos artificiales creados por la Humanidad? Ser vegana y “tener” un perro en una ciudad, ¿no es realmente chocante?

Muchas más insensateces y también sensateces podría soltar respecto a las pretensiones éticas del veganismo; siempre desde la inmensa admiración, no nos engañemos, por todos los seres vivos. Jamás se me ocurriría salir a “divertirme” reventando corzos a cartuchazos y me duele tanto la idea de arrancar una rama a un árbol como la de arrancarle una pata a un gorrión.

Pero hay otros dos razonamientos detrás de las creencias veganas, que son los beneficios para la salud (humana) y los beneficios para el ambiente que generaría una sociedad exclusivamente herbívora.

Pasaré totalmente por alto el argumento de que comer vegetales es “mejor para nuestra salud”. La salud de las humanas, claro, no la de las plantas. Al margen de que eso es bastante debatible desde un punto de vista científico, no deja de ser un argumento egoísta, mezquino y egocéntrico, que es mejor obviar.

El otro hilo argumental es mucho más relevante, pero a estas alturas intentaré resumirlo al máximo. Pretender que la agricultura industrial es menos dañina para el entorno que la ganadería industrial, es no haberse enterado de cómo funciona el Sistema.

La agricultura industrial se basa en el monocultivo de una serie limitada de plantas, de alta productividad a corto plazo. A largo plazo (concepto inexistente en el Sistema capitalista), los monocultivos arrasan la capa viva del suelo y sólo se pueden mantener artificialmente durante una temporada a base de abonos, también industriales, derivados del petróleo. Al final, el suelo queda baldío, el chiringuito se mueve para arrasar otra zona, y no hay nada que hacer.

La agricultura industrial prospera, sobre todo, en base a cultivos de semillas transgénicas, modificadas para incrementar enormemente su productividad y también para que generen, por sí mismas, sustancias insecticidas y herbicidas.

Si no optamos por las semillas transgénicas (y, en realidad, aunque optemos por ellas), nos veremos en la necesidad de utilizar esos insecticidas, herbicidas y otros venenos (que luego se propagan por el medio), para mantener a esas plantas fuera del alcance de sus depredadores animales naturales (insectos, roedores y otros herbívoros) y de la competencia de otras plantas.

En cualquiera de los casos, estos cultivos de soja, palma, maíz y cereales requieren que previamente se haya arrasado el bosque y el suelo primigenios, con toda la diversidad animal que aquéllos sostenían. En Indonesia o Brasil, la desaparición acelerada de la selva y toda la vida animal y vegetal que ésta sustenta, es un subproducto de las plantaciones masivas de palma y soja, esta última bajo licencia de Monsanto.

Los cultivos requieren un consumo desmesurado de agua (el 70% del agua que se gasta en el mundo se dedica a la agricultura) y contaminan la que no usan. Requieren el uso de abonos contaminantes provenientes de la industria del petróleo. Originan multitud de desechos tóxicos. Eliminan toda la biodiversidad animal, vegetal y bacteriana del entorno. En fin, son una pesadilla ecológica.

Me podéis argumentar que no hace falta que la agricultura sea industrial. Desde luego, pero esto nos plantearía el tema de cómo alimentar a más de 7.000 millones de humanos, de los que más de la mitad viven en ciudades baldías y de los que sólo una minoría cultiva su propio alimento.

Una solución podría ser la horticultura, siempre para un número muy reducido de humanas, nada de miles de millones. Pero, aun así, o tienes la suerte de contar con un terreno rico en elementos minerales como las tierras volcánicas o te ves en la tesitura de abonarlo. Y ahí, o eres víctima de las multinacionales del petróleo o te pones a explotar los residuos animales. Eso sin considerar el control de las llamadas “plagas” (animales herbívoros) que van a intentar alimentarse de lo que estamos cultivando.

En fin, otro día me enrollaré más sobre la agricultura, desde mi punto de vista uno de los inventos humanos de consecuencias más nefastas.

El problema, a la postre, se reduce a que es insostenible que 8.000 millones de humanos se alimenten como cuando éramos 5 millones, y podíamos ser parte del ciclo biológico, nutriéndonos de otros seres vivos (pues somos heterótrofos) y terminando nuestro ciclo como alimento de otros seres vivos. Eso se ha acabado, y pretender un retorno a un equilibrio con el medio mediante proyectos reformistas, está condenado al fracaso. Las humanas somos una verdadera plaga para la vida del Planeta, y sólo mediante soluciones radicales (e impracticables) como reducir la población en un 99,9 % podríamos replantearnos establecer otro tipo de relación con el resto de la Biosfera.

Termino, más por no aburriros que porque no tenga más que contar. El veganismo no deja de tener su punto “ilustrado” y un tanto elitista, y eso no me molestaría si no fuese por su afán evangelizador (como el de los cristianos) y por su anatemización de los no creyentes (también como los cristianos).

En su origen, los cristianos venían a salvar el mundo de sus pecados, construir una sociedad igualitaria y traer la felicidad a todos los humanos sin distinción: ricos y esclavos, hombres y mujeres, griegos y romanos, judíos y gentiles. Luego, tomaron el poder y se acabó el buen rollo. Mil años de feroz represión de la mente y del cuerpo, de jerarquización absoluta, de destrucción de la cultura y la tolerancia, de los que recién empezamos a salir.

Espero de mis amigos veganos, cargados también de buenas intenciones, que si llegan a tener el control de la sociedad no empiecen a montar hogueras y autos de fe para los que ponemos en cuestión, desde nuestra condición de heterótrofas, los principios y dogmas de su religión.

From → Antropología

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