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Éticas cotidianas

diciembre 6, 2016

Hay quien, con una sutileza que no se corresponde en absoluto a la realidad de esta vida, cuyo decorado está siempre pintado con brocha gorda, se empeña en diferenciar la moral de la ética.

Podríamos decir que la ética es el estudio de la moral. Pero, como tal, la ética no tiene nada que ver con el individuo, ni con opciones individuales; sigue siendo una construcción social como la moral. De hecho, sus raíces filogénicas son las mismas, con la diferencia de que una palabra proviene del griego y otra del latín y no dejan de representar las costumbres que mantiene un grupo social, al que cohesionan. Por ejemplo, podríamos decir que, según la moral de los empresarios, es ético enriquecerse a costa de los trabajadores, o decir que la ética del sistema capitalista no ve ningún impedimento moral en enriquecerse con la explotación de los trabajadores.

Uno, en su simpleza, no ve la diferencia por ninguna parte, y considera que la ética y la moral no son más que el entramado que sustenta lo que es admisible e inadmisible, a nivel de usos y costumbres, para una sociedad determinada, con una cultura determinada. La ética y la moral son conceptos grupales, totalmente ajenos a la realidad, a las decisiones y a los actos del individuo, y en ellas se basan la estupidez de las religiones, la crueldad de los sistemas políticos y la alienación de los esquemas sociales.

Se me ha venido todo esto a la cabeza a causa de una chorrada manifiesta: la malhadada cena de empresa donde todo el mundo acude para emborracharse gratis a costa del Amo, salvo el Amo que va disfrutar, con una sonrisa paternalista, abarcando con su mirada la extensión de su poder (mayor o menor según cuánta gente logre reunir, por eso es delito de lesa majestad no acudir a la cena navideña), levantando su copa de champán emulando la escena de Johnny cogió su fusil e intentando pellizcar el culo a alguna subordinada en medio del tumulto general. En fin, una de tantas maravillas navideñas…

El caso es que este año, han adelantado el menú para que la gente escoja y me encuentro una cosa repugnante, algo así como “no sé qué sobre cama de pimientos del piquillo”. Más por tocar las narices que por otra cosa (pues no voy a participar de la mamarrachada) le digo a la infeliz que gestiona el tema, que a mí me dan asco los pimientos del piquillo, que si no pueden imaginar otro plato algo menos desmoralizador. La tía betorda me mira de arriba abajo y no se digna contestar. Es evidente, que mi imposibilidad psicológica de enfrentarme a un plato lleno de pimientos del piquillo se la suda absolutamente.

Pero resulta que, al poco rato, aparece un tipo indeseable de la empresa, déspota, agresivo y grosero como hay pocos, pero que resulta que es vegano. Y pide que se cambie el menú para él, ya que éticamente no puede comer alimentos de origen animal. Como todas os podéis esperar, se mueve Roma con Santiago para que este infumable cene de acuerdo a su ética. No importa que esa ética no alcance a sus subordinados sometidos a terrorismo cotidiano, que cada mascarada electoral se pasee jactándose de que él vota (!!!) –por cierto, a Podemos, pero esto es intrascendente–, que sea un machista impenitente, en fin, no importa que el tío sea un mierda. Lo que importa es que existe un predicamento ético, y que ese predicamento ético es admitido por el grupo social, con lo que se convierte en Religión. Y, ay, amigo, las Religiones se respetan porque sin ellas no hay moral, ni ética, ni sociedad.

Lo mío con los piquillos queda en el curro como una más de las innumerables locuras de Hez pues, dado que se trata de una elección, de un gusto o un displacer absolutamente individual y basada únicamente en criterios de lo que para mí es adecuado o inadecuado. Es decir, al no estar reconocido socialmente como un acto moral, pasa a la categoría de capricho.

Otra cosa sería si yo hubiese dicho que mis antepasados tagalos tenían prohibido comer pimientos por tratarse de un cultivo importado por los colonizadores. Cuidado, que ahí estamos hablando de grandes conceptos: grupo, costumbre, ética compartida y transmitida a través de un ente social y no individual. En ese caso, se me hubiese ahorrado el deleznable espectáculo de los pimientos piquillos, pero no por mí, sino para satisfacer a mi bisabuela tagala y a sus compañeros, antepasados y descendientes; vamos, un grupo social. Independientemente de que a mi bisabuela no la conocen, pues murió hace cerca de un siglo y que, hasta donde yo sé, le eran indiferentes los pimientos.

En resumidas cuentas, de todo se aprende, y gracias a los pimientos del piquillo, he aprendido que puedes ser un gran cabrón con tus compañeros, egoísta, jerárquico e insolidario, pero a la hora de alimentarte puede ser un gran ético, siempre que esa ética esté sustentada por una moral aceptada por el grupo o, como se llamaba en tiempos, por una Religión.

From → Antropología

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