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Liberación animal

diciembre 6, 2016

El otro día, entrando en casa de una amiga, me encontré tumbada en el suelo a una perra grande, dulce, adormilada. Envidiando su estado (en estas épocas, exprimido al máximo por mis Amos, envidio realmente hasta a los muertos), se lo comenté a mi amiga.

“Sí, está embarazada por tercera vez” me dijo. “Dentro de unos días van a sacarle los cachorrillos”. Resulta que la perra era una criadora de perros-guía para la ONCE y periódicamente la inseminan para producir camadas de perros-guía para ciegos.

Confieso que me quedé horrorizado ante la frialdad con que se utiliza a un ser vivo como mero procreador. Me horrorizó tanto como el modelo de sociedad patriarcal en que las mujeres están destinadas a ser carne de paritorio: es lo mismo.

Mi amiga (que, para mi placer, no tiene hijos ni quiere tenerlos) se reía contándome las anécdotas de la perra que tiene en el pueblo, a la que esperan en la puerta todos los machos de la zona y que se queda embarazada con una frecuencia asombrosa. Claro que, desde mi punto de vista, no es lo mismo que la perra, libremente, decida que se la ventile medio pueblo, que vivir destinada a criar, una y otra vez, cachorros en un procedimiento en el que tu intervención es la de mero útero. En fin, tampoco estoy muy seguro de si la perra del pueblo era tan libre como yo creo al dejarse montar y, por otra parte, a la perra/paridora de la ONCE se la veía plácida y feliz.

Salí de la casa con un notable cacao en la cabeza.

¿Tenemos derecho los animales humanos a utilizar a otros animales para nuestro beneficio? En principio, coincido con los veganos en que no, pero, ¿acaso no somos también los humanos animales? ¿Qué animal pesa más? ¿Puede alguien, de los políticamente correctos, decir que les jodan a los ciegos y que se acabe con la cría, amaestramiento y explotación de los perros guía?

En realidad, los perros están todos bastante jodidos, desde el momento en que no hacen lo que es su rollo natural, que es andar en manada por los bosques cazando ciervos, conejos, bueyes, ovejas y, si se tercia, humanos. Podrán decirnos los dueños (qué palabra más horrible, y, a la vez, más real) de los perros, que éstos están felices, sanos y bien alimentados. Pero eso me recuerda la fábula de Esopo en que el lobo escuálido y hambriento le pregunta al perro rollizo y bien alimentado qué es esa marca que tiene en el cuello. Cuando el perro le dice que es la marca del collar con que le sujetan para que no vaya donde quiera, el lobo huye, destacando que prefiere mil veces su libertad al mayor de los tesoros.

Los perros, que son posiblemente los animales más explotados desde que entraron en simbiosis con los humanos, no levantan esa solidaridad absurda que despiertan las vacas, las gallinas y los corderos. Claro, con ese egoísmo innato en los humanos, nadie protesta porque haya perros que salvan a personas que se están ahogando o se han extraviado en la montaña, o que conducen a ciegos o acompañan a ancianos o niños autistas, o que rebuscan supervivientes entre las ruinas de los terremotos, o que detectan y señalan explosivos con riesgo de su vida. Eso parece no ser explotación animal, como tampoco lo es encerrarlos en un piso, “educarlos” y sacarlos a mear dos veces al día, bien atados, como el perro de la fábula. No es explotación, porque no están en riesgo de terminar en nuestra mesa.

Ahora bien, esos humanos que mantienen a su perro en dorada cautividad, se escandalizan cuando los chinos (otra cultura, otras costumbres y, por tanto, otra “moral”) se dan un banquete con sus perros.

No se dan cuenta de que lo que es aceptable o no depende de unos conceptos que derivan de las costumbres y, poco a poco, se convierten en dogmas. En Europa, el perro ha tenido una utilidad económica elevada hasta muy recientemente; no sólo como ayuda al cazador (en Europa se ha cazado para comer hasta bien entrado el siglo XIX y todavía hay quien lo hace por el placer de comerse el animal al que él mismo ha reventado). También como protector de rebaños frente al lobo y de haciendas frente a humanos merodeadores, tareas en las que sigue igualmente activo y valorado, aunque hoy en día los lobos, al menos en España, sean unas pocas docenas, y los humanos merodeadores sean menos peligrosos que la élite financiera.

En China, sin embargo, el cultivo masivo del arroz cambió el paisaje hace milenios, la agricultura dominó y modificó el paisaje, el modelo social impulsó la docilidad y el servilismo, y el perro pasó a tener un valor nulo como protector del entorno y la propiedad sociales y lo adquirió, por el contrario, como proveedor de las escasas proteínas animales a las que tenía acceso el campesino.

Al final, las costumbres se convierten en modelos sociales éticos y morales, cuando no son más que estrategias de supervivencia en un momento dado. Recuerdo cuando era pequeño, en una España nada sobrada de víveres, que había en mi barrio dos “Expendedurías de Carne de Caballo”. El caballo no ha solido comerse en Europa por el valor que tenía como fuerza de trabajo para la agricultura y para la guerra (utilizándose extensivamente hasta la misma Segunda Guerra Mundial) y también porque el caballo siempre ha sido un símbolo de status: los ricos tenían caballos para demostrar que eran de una clase superior, y ni se les ocurría comérselos.

Así que la carne de caballo sólo se comía cuando el caballo era muy viejo, económica y socialmente no productivo, y, claro, esa carne dura y vieja sólo se la comían los pobres a falta de otra fuente asequible de proteína animal. Ahora que todos somos señoritos, las expendedurías de carne de caballo han desaparecido en España.

En fin, el caso es que estamos luchando por la liberación animal, y me pregunto por qué la liberación de los animales no es obra de ellos mismos. ¿Es que son menos inteligentes y debemos hacer esa tarea por ellos? ¿Qué derechos decidimos que queremos darles a los animales? ¿los mismos que a nosotros? ¿No es todo esto otro pecado de antropocentrismo? ¿No estaremos pensando más bien en los “derechos” de nuestra conciencia? Tal vez la mejor (y única) liberación animal sea dejarles en paz, dejarles el planeta a su albedrío y desaparecer de su camino.

En cualquier caso, amando a muchos animales, tampoco tengo en ellos esa fe ciega de que hacen gala algunos. Me pregunto si una sociedad perruna sería mejor que la humana, o estaría superjerarquizada, dominada por los doberman y los pitbulls. Y mejor no pensar en una sociedad simia: ya tenemos nuestro ejemplo.

Termino por donde empecé: me produce un profundo desasosiego ver que una perra tranquila y amable no es, para algunos, más que una factoría de reproducción, que hay gente, de lo mejor intencionada, eso sí, que no ve en ella más que un útero y un conjunto de genes manipulados desde hace siglos.

Pero esto no me impedirá comerme estas navidades, probablemente, unos cuantos langostinos congelados y unos pedazos de turrón. De verdad que sigo sin entender que tiene que ver eso con la conciencia, concepto que, por otra parte, siempre me ha rechinado en mi modelo del mundo.

From → Antropología

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