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Trabajo de puta

diciembre 6, 2016

Ocurre que veo, con cierta frecuencia (sólo en las redes sociales y en la prensa, claro), a personas que dicen trabajar de putas y estar muy contentas de su trabajo con el que obtienen pingües ingresos. Otros, por su parte, se indignan de que no se considere a las putas unas trabajadoras iguales al resto de los trabajadores. Unos terceros, despotrican ácidamente contra quienes pretenden abolir la prostitución.

Tengo la sospecha de que las putas que dicen estar muy contentas y orgullosas de su trabajo pertenecen a una élite minoritaria que no tiene nada que ver con (e ignora) las condiciones de esclavitud, explotación descarnada, malos tratos, marginación social y pobreza que viven la mayor parte de las putas.

Me suena eso a como comparar el trabajo de una diseñadora de vestidos de moda con el de una niña en una sweat shop asiática de fabricación de ropa. Las dos son trabajadoras del textil, ¿verdad? O comparar a la arquitecta de interiores y el albañil inmigrante. Los dos trabajan en el sector inmobiliario, ¿cierto?

La realidad es que es evidente que las putas trabajan, pero también es evidente que no se trata de un trabajo como cualquier otro. También es evidente que todo trabajo es una mierda y me afirmo abolicionista de todo tipo de trabajo. Respecto a la prostitución, también soy abolicionista, claro que sí. Abolicionista del trabajo, por qué no habría de serlo de uno de los trabajos con mayor índice de explotación y socialmente más degradado.

Mi Amo vende productos que fabricamos. De algún modo también me vende a mí, mi presencia, mi cerebro. Pero mi capacidad de oponerme al cliente es superior, muchas veces incluso está respaldada por el Amo, o puedo, como hago con frecuencia, oponerme al Amo. Que lo comparen con la capacidad de oposición al cliente o al Amo que tiene la puta.

La puta tiene que trabajar con un cliente que no deja de ser un tipo con problemas mentales, habitualmente ignorante, o déspota, o ambas cosas. Las putas están sometidas, de forma brutal y sin ningún tipo de defensa, al cliente, al proxeneta, al policía. Ésas que dicen que trabajan de putas y lo hacen a gusto las hay, seguro. Como hay gilipollas que trabajan a gusto; también a mí a veces me gusta lo que hago. Pero no me olvido de que mientras es trabajo es una mierda.

En mi ciudad existe un espacio verde llamado la Casa de Campo donde, entre otras cosas, se han refugiado las aves de la provincia y, en una de las zonas, algunas putas inmigrantes. Las llevan y las traen en coche y pobre de la que, a la hora de la recogida, no esté en su sitio o no haya hecho la “caja” estipulada por quienes las explotan.

La gente de mi ciudad, que es muy clasista, no suele ir a la Casa de Campo porque está “llena de putas”. Yo sí que voy, pero a quien me daría repelús encontrarme es a los clientes. Porque eso sí, a muchos ciudadanos de Madrid, como clientes no les importa ir y el tráfico habitual por la zona donde trabajan estas mujeres suele ser, curiosamente, furgonetas y coches caros.

Los de los coches caros también van a las casas de putas (siempre es más cómodo para ellos), que se disfrazan con eufemismos como clubs de alterne, clubs de señoritas, whiskerías o casas de masajes. Por su parte, las putas no están nada más cómodas en esos locales, de donde habitualmente les impiden salir, tanto mediante la violencia física si lo intentan, como encerrándolas las 24 horas, como desgraciadamente comprobó la mujer que se ahogó el otro día en Málaga al no poder salir del local de putas cerrado que se estaba inundando.

Todo esto no le importa al cliente de la prostitución que, siendo profundamente machista, jerárquico y esclavista, no siente más que desprecio por la mujer que trabaja de puta. A quien me intente negar esas características del putero, que me explique qué hay que ser para mercantilizar a la mujer y crecerse al sentir que tienes poder omnímodo sobre la mujer.

El problema que hay con el trabajo de puta, y que crea tantas posturas incomprensibles (entre otras, la de cerrar fuertemente los ojos a la situación social de la inmensa mayoría de las putas), es que se trata de vender sexo. Y resulta que el sexo sigue sin tratarse con ninguna naturalidad en una sociedad que aún no se ha liberado de las doctrinas de los Padres de la Iglesia, para los que el sexo, al menos nominalmente, y vaya usted a saber por qué extraña aberración, era algo de lo que huir y a lo que se debía temer más que a la propia Muerte.

El problema social y mental que hay con el sexo es uno de los componentes que más ayuda a la marginalización y el desprecio del trabajo de puta.

El sexo sigue siendo algo clandestino (quien lo dude, que se ponga a tener sexo en público) y tardará aún en ser una cosa tan natural como comer, beber, jugar o dormir. Quienes se dedican a mercadear con personas en un entorno que, por sus connotaciones sociales, está marginalizado, oculto y es vergonzante, saben que tienen mayor impunidad para someter a todo tipo de abusos y vejaciones a la trabajadora. Hablo tanto de clientes como de explotadores de estas trabajadoras.

La sociedad produce enfermos, parece ser su principal objetivo.

Legalizar la prostitución, como piden algunos, tal como existe en el siglo XXI es el equivalente a legalizar la esclavitud como existía en las plantaciones de EEUU en el siglo XIX.

Desde luego que hubo un número considerable de esclavos negros que vivieron peor que antes tras la emancipación y que podría decirse que la esclavitud no era tan mala (?). Pero si alguien utilizase eso como argumento a favor de la esclavitud reconoceríamos que es, simplemente, una imbecilidad.

Imbéciles hay de muchos tipos y seguro que yo pertenezco a alguno de ellos, pero creo que entre los imbéciles más sublimes están quienes se sienten orgullosas proclamando “Yo trabajo de puta y estoy muy contenta de ello”.

From → Sociedad

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