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Libros

julio 29, 2018

Pienso que el resultado de la lectura de un libro es el producto de la combinación de una enorme cantidad de elementos independientes entre sí: lo que quiso decir el escritor, lo que realmente llegó a decir, los prejuicios, potencialidades y limitaciones con que parte el escritor, el marco conceptual de la cultura de su época, las imposiciones, restricciones o consejos del editor, los mismos condicionantes por parte del traductor (cuando tienen la desgracia de no poder leer en idioma original sin ese filtro previo)… más los elementos que introduce igualmente el lector: su experiencia vital, su momento emocional, el esquema cultural que le rodea, las referencias respecto al libro y al escritor, el objetivo (consciente o inconsciente) con que aborda la lectura…

Por estos motivos, no tengo por costumbre hacer crítica de lo que leo, especialmente por el fuerte componente de subjetividad que se da en las sensaciones que te genera un libro.

Pero esta vez voy a hacer una brevísima excepción, porque me ha ocurrido que he empezado dos libros de manera consecutiva y he tenido que dejarlos, después de muchos esfuerzos, no más allá de la página 70…No sé si es que uno se vuelve mucho más pejiguero con la edad o es que he tenido mala suerte.

En realidad, tengo la teoría de que los gustos de cada uno se forman en la primera juventud y luego es muy difícil que aparezcan hechos o cosas que te hagan modificar esos gustos. En mi caso, después de los 30 años sólo he descubierto el gusto por Bioy Casares y por las alcachofas. Cuando digo gusto, me refiero a algo que te entusiasme; gustillos de pasar un rato agradable siempre surgen cada día.

El caso es que no me quiero enrollar mucho y se me está pasando hablar de los dos libros. No es que vaya a aportar mucho a quienes lean esto; sencillamente, creo que me merezco un desahogo después de lo mal que me lo han hecho pasar estos libros y cómo han empañado groseramente uno de los que considero los mayores placeres de la vida: leer.

El primero ha sido “City of Glass”, de Paul Auster. Había leído hace mucho “El país de las últimas cosas” y me había gustado tanto que comencé a comprar libros de Auster- Sin llegar a los niveles del primero, me gustó mucho “Mr. Vertigo” pero, a partir de ahí, cada libro que leía de este hombre me parecía peor…Hasta que dejé de leerlo.

Hace unos días, buscando qué leer en mi biblioteca, me encontré “City of Glass”, que tenía sin abrir y me puse con ello. Y duré tres días. El resumen de mi lectura es: la trama es absurda, previsible (a pesar de que intenta dar algunos giros “sorpresa” que se quedan en nada) y, en algunos momentos roza el ridículo; el desarrollo de la novela es tedioso y aburrido, parece que el escritor está estreñido y, en ningún momento llega a dar rienda suelta a las palabras. Y por último, morfológica y sintácticamente dan muchas ganas de llorar; parece el discurso escrito para algún político del PP. Y la culpa no es de ningún traductor, lo he leído en versión original.

Total, que, al cabo de tres días agónicos, lo dejé y busqué otro de estos ejemplares que están cogiendo polvo porque nunca ha llegado su hora. Y, desde luego, su hora podía haber esperado.

Cogí “The secret Agent” de Joseph Conrad, un escritor que me empeñé siempre en que me gustase y no lo he conseguido. Me había leído “Heart of Darkness” y, aunque no me desagradó, lo encontré poco sólido para el gran renombre que tiene. No me pareció un libro reseñable ni del que obtener ninguna visión especialmente interesante sobre el mundo.

Pero, bueno, como cada libro es distinto y cada momento también, me tiré a por otro Conrad. Aquí sí que no he aguantado ni dos días. Resumiendo como con el de Auster, me pareció: la trama profundamente ridícula, no ya por lo inverosímil, que no tiene que ser un defecto, sino por lo poco elaborada, lo previsible que es todo y su superficialidad; en cuanto al desarrollo, me parece evidente que Conrad tenía trama para 30 páginas y algo o alguien le obligó a rellenar párrafo tras párrafo hasta conseguir un mejunje infumable que dan ganas de leer en diagonal. Si reconozco que, a diferencia de Auster, la técnica del lenguaje es buena, pero también lo puede ser la del Levítico y no se me ocurriría ponerme a leerlo.

Así que finalmente, he optado por releer, por quinta o sexta vez, “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Al final, uno lee por obtener placer y, con ese libro, para mí, el placer está asegurado.

La única conclusión que saco de esto es que ya me he hecho viejo, edad en la que la gente suele tender a releer lo que ya ha disfrutado, buscando reproducir placeres que ya conoce. Me temo que es una forma de conservadurismo, pero que me quiten lo bailao…

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