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Misoginia y Ginofobia

julio 29, 2018

En general, los hombres temen a las mujeres, como a todo aquello a lo que no pueden sojuzgar.

El temor a las mujeres pienso que tiene que ver con el temor a la Naturaleza, que nos lleva a considerar cualquier invención que nos aleje y aísle de la Naturaleza como un gran avance, llámense ciudades, agricultura industrial, aviones o aire acondicionado.

Me imagino que, en el Paleolítico, este temor sería un temor reverencial. Las mujeres creaban vida, proveían la mayor parte del alimento, sabían distinguir entre los miles de plantas y hongos las que eran beneficiosas, dañinas o mortíferas; o permitían eliminar las ataduras del espíritu. Las mujeres, también, reproducían el ciclo mágico de la Luna en su menstruación. Dudo que en esa reverencia no hubiese, también, algo de envidia.

Con el advenimiento de nuestro gran enemigo como especie, el sedentarismo, los humanos nos alejamos con fruición de la Naturaleza. La Naturaleza va a representar todo lo que es incontrolable, ajeno, peligroso. De ahí surge ese concepto, tanto tiempo utilizado, de dominar la Naturaleza como esencia de los logros humanos.

La sociedad sedentaria, aunque pudiese parecer lo contrario, es más brutal que la sociedad paleolítica. La defensa del territorio, de los campos y cosechas, de los rebaños, de las ciudades, de las posesiones, en suma, pone en vigor un modelo de violencia institucionalizada mediante inventos como el ejército, los guardianes del orden, las leyes, los jueces, las cárceles y los verdugos… Desde luego, el primero y menos sutil de esos inventos es el ejército o grupo armado y organizado para la violencia sistemática.

La institución del ejército es (a pesar de mitos como las amazonas) esencialmente masculina. Es evidente que el hombre tiene mayor masa muscular, lo que le dota de más potencia en el golpeo o el lanzamiento de objetos, y también de más resistencia en el enfrentamiento físico. El ejército inicial se compone de hombres, es liderado por hombres y son los hombres los encargados de ejercer la violencia que mantiene el orden social implantado en los grupos agrícolas sedentarios.

Como consecuencia de esta institucionalización de la violencia masculina, las mujeres pasan a perder progresivamente protagonismo social. Su estatus económico se ve minimizado, al no participar en la defensa activa de las propiedades del grupo y, menos aún, en las provechosas “razzias” que estos ejércitos lanzarían contra vecinos menos armados o en los que aún no se ha creado el ejército. Su participación en la vida social también se ve mermada y se las va relegando al papel de cuidadora del hogar, reproductora y educadora de las crías. Esto no obsta para que la mujer siga siendo productora, especialmente en las tareas agrícolas, pero su reconocimiento social se ha ido degradando. Al final de un largo proceso de ostracismo social, la mujer termina siendo (o, al menos, se intenta) una posesión más del hombre. Ropas, animales, mobiliario, joyas, armas, cosechas, silos, esclavos…y mujeres, son las propiedades de los hombres y su acumulación determina el status social de su propietario.

Me pregunto cómo, en esa progresiva pérdida de posición en el grupo, las mujeres no fueron capaces de reaccionar. ¿Fue debido todo a la fuerza bruta? ¿Fue un proceso tan dilatado y sutil que se convirtió en imperceptible? Probablemente, haya otras razones que soy incapaz de dilucidar.

El caso es que el hombre domina y posee, al menos nominalmente, a la mujer. Pero no se fía. Sigue experimentando temor ante unas potencialidades que desconoce y no controla. Así que el dominio pasa a ser cada vez más brutal, se establecen leyes contra las mujeres que no se atienen a la norma, se crea un entramado de leyendas y descalificaciones de la mujer: envenenadoras, brujas, tentadoras, manipuladoras… Se degrada y culpabiliza la sexualidad femenina, se considera sucia la sangre menstrual y a la misma mujer durante el periodo menstrual, se hace a la mujer el origen de todos los males sociales, se la compra como un objeto para satisfacer los deseos del hombre y, al tiempo, se desprecia aquello que se ha objetivizado.

Con más o menos altibajos, este modelo social está en funcionamiento durante milenios y en todas las sociedades. Hasta que empieza a presentar grietas a lo largo del siglo XIX.

Probablemente, el modelo económico y la estructura militar se ven, a partir de ese siglo, modificados radicalmente por la Revolución Industrial y la aparición del maquinismo. La fuerza muscular del hombre empieza a dejar de ser una ventaja competitiva y cada vez son más los campos en que lo que es necesario es contar, más que con fuerza bruta, con capacidades intelectuales (desde básicas hasta avanzadas). Y, en ese aspecto, el hombre no tiene ninguna ventaja competitiva sobre la mujer.

Lo que ha ido ocurriendo desde entonces lo conocemos todas. La mujer está dejando de ser, poco a poco, una propiedad del hombre y éste está cada día más incapacitado para definir el rol de las mujeres en la sociedad.

Pero, y ahora vuelvo al principio, ¿qué se ha hecho del temor del hombre a las mujeres? Pues se ha incrementado.

Como cualquier propietario que ve que lo que él tenía por suyo está empezando a dejar de serlo, los hombres ven con alarma el cambio social que está sacando a las mujeres de esa mazmorra de siglos.

Ante esa pérdida de privilegios hay dos actitudes posibles: asumirla e intentar adaptarse a ella, o luchar con rabia y desesperación para mantener un mundo que se esfuma. Lo mismo que la burguesía siempre ha sido esencialmente represora, pero cuando el miedo la embarga desata toda su violencia mediante el fascismo, el macho humano, otra vez abrumado por el miedo a las mujeres, desata toda la violencia del machismo.

El machismo, en suma, tiene más de miedo que de odio (aunque éste exista) y sería más adecuado hablar de ginofobia que de misoginia, si bien ambas taras se encuentran presentes en todos los machistas.

El miedo a la mujer, que es el miedo a la Naturaleza, a lo no esquematizable, a lo que se asfixia en los cuarteles que componen la civilización del hombre es, sencillamente, el miedo a la libertad y a lo desconocido. Por eso, machistas, fascistas y xenófobos comparten los mismos parámetros mentales, y son el mismo enemigo a batir y deben ser objeto del mismo desprecio y del mismo combate.

Termino con una traducción aproximada de una cita de mi admirada Ursula Kroeber LeGuin, que resume y expresa, mucho mejor que yo, el mensaje que intento transmitir.

<<En la literatura, como en la vida “real”, las mujeres, los niños y los animales son la materia oscura sobre la que la Civilización se yergue, falológicamente. Que ellas son “el Otro” es la base del lenguaje, el Lenguaje Padre. Si el nombre del juego es El Hombre frente a la Naturaleza, no es de extrañar que los jugadores expulsen a todas esas no-hombres que no van a aprender las reglas y corretean por el terreno de juego, chillando, ladrando y parloteando.>> (Ursula K. LeGuin)

From → Sociedad

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