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Lecturas sobre los nazis

Esto no es un escrito al uso, sino una débil, probablemente inútil, llamada a recordar qué fue el nazismo, en un tiempo en que es tan fácil llamar “nazi” a cualquiera con el que no compartas ideología o praxis.

Así, son “nazis” los nacionalistas catalanes o vascos, las feministas, el Estado de Israel (por más que éste sea racista y militarista, es una peligrosa trivialidad llamarlo nazi)… Es evidente que todos los que tienen tanta facilidad para usar el calificativo nazi ignoran deliberadamente lo que representó, para tantos millones de personas, la persecución, la marginalización y la aniquilación a las que fueron sometidas por el Gobierno alemán nazi.

Yo he tenido la suerte de no sufrir en mi persona esas exacciones, pero, en un pedazo de mi memoria, están presente el pavor y el desasosiego que sufrió mi abuelo, uno de los escasos judíos españoles, mientras el Régimen del Caudillo coqueteaba de manera repugnante con el Gobierno nazi.

No tengo, desde luego, ni la cultura, ni la experiencia, ni la prosa de tantos que han escrito sobre la dictadura nazi. Por eso, y a la vez para que no olvidemos qué fue el nazismo y no usemos ese abismal término tan alegremente, me permito recomendaros algunos (muy pocos) de los libros en los que he aprendido algo sobre el nazismo.

En primer lugar, es instructivo el libro “La Revolución alemana”, de Karl Dietrich Bracher. Este escritor plantea cómo la ideología nazi impulsó como valores socialmente aceptables la crueldad, la brutalidad y la destrucción. Y que el odio a los judíos y el plan para su exterminio eran consustanciales al modelo político nazi.

Otro libro interesante, y que en su día fue polémico, es “Hitler’s Willing Executioners”, de Daniel Goldhagen, que afirma que el “antisemitismo eliminacionista” era consustancial a la cultura política alemana desde el siglo XIX, y describe la participación voluntaria de los alemanes ordinarios en la marginalización, primero, la deshumanización, después, y la eliminación física, por último, de los judíos alemanes y europeos.

En otro orden de cosas y desde una óptica diferente, el libro “Russia at War”, de Alexander Werth cuenta la terrible guerra de los rusos contra los alemanes entre 1941 y 1945, perfilando de pasada el salvajismo y odio de los alemanes contra los eslavos y contra los judíos rusos y los resultados de la eliminación sistemática y planificada de unos y otros por los nazis.

Dejo para el final dos libros de dos de mis autores favoritos.

En primer lugar, Primo Levi, un químico italiano que sólo se sintió judío cuando los nazis lo identificaron como tal y lo enviaron al campo de exterminio de Auschwitz, al que sobrevivió por azares de las cosas. Levi era un gran escritor, aparte de su profesión de químico, y tiene cuentos maravillosos que recomiendo leer. Sin embargo, lo que le hizo famoso fueron sus tres libros sobre su experiencia de Auschwitz: “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados”.

Si bien toda la obra de Levi es altamente recomendable, este último libro citado “Los hundidos y los salvados” es uno de los más impactantes que he leído sobre los campos de concentración nazis. Escrito como una serie de serenos ensayos, alejado de la truculencia, es quizá el mejor análisis sobre el proceso de destrucción psicológica y física a que eran sometidos los humanos en los campos de concentración nazis. Con absoluta lucidez (y un profundísimo escepticismo), Primo Levi reconoce que, de la misma forma que no odia al pueblo alemán por lo que hizo, nunca será capaz de perdonarlo.

Termino con el autor cuyos libros más me han impactado y me han hecho meditar sobre los humanos, el mundo que hemos construido, lo que somos y lo que podríamos haber sido: Stanislaw Lem.

Dentro de una serie de “metalibros” en los que desarrolla reseñas y resúmenes de libros inexistentes, está “Provocación”. En este libro, la reseña principal y más extensa es sobre el libro “El genocidio” de un tal Aspernicus. Me es imposible hacer un resumen de este resumen de un libro que no existe. Sólo indicaré que es un profundo y pesimista análisis sobre la crueldad institucionalizada, sobre la maldad como modo de gestionar el mundo, sobre el sadismo inherente a toda relación jerárquica. Y muestra, para nuestro horror, cómo el nazismo marcó un punto de inflexión en nuestros conceptos de sociedad y, desde entonces, todo está permitido o, al menos, todo es justificable.

Este último libro, que esboza qué abismos de depravación y miseria moral se abrieron (y posiblemente no se cierren ya jamás) para la Humanidad con el triunfo del nazismo, debería hacernos meditar muy mucho antes de calificar como “nazis” cualquier acción en la que percibamos o imaginemos, poco, mucho o demasiado, un acto de desprecio, marginación o crueldad hacia los otros.

Europa

Nuestra sociedad, como ya no da para grandes ideas ni para heroísmos, se ha acomodado felizmente a la mitología pequeñoburguesa, que es lo que nos corresponde, por cutres.

La democracia parlamentaria, las libertades cívicas, la igualdad de oportunidades o la libertad de elección individual dotan de una fantasmal imaginería a nuestros ciudadanos. Junto a estos mitos primordiales hay, evidentemente, otras construcciones míticas secundarias, igualmente grises y acartonadas, y hoy quiero reflexionar sobre una de ellas: Europa como sinónimo de los derechos humanos, la tolerancia y el respeto a la diferencia.

Bastaría repasar los libros de Historia o las portadas recientes de los periódicos para que ese mito se tambalease, pero ahí sigue. Europa como faro de la Libertad iluminando el mundo.

El caso es que el propio concepto de Europa como unidad cultural es una falacia que no resiste ni siquiera el análisis tan superficial que voy a dedicarle a continuación.

Para los griegos clásicos, Europa era una parte de la Hélade, distinta de las islas del Egeo, del Asia helénica y del África helenizada. Desde luego, a ningún griego se le hubiese pasado por la cabeza considerar Europa las riberas del Rhin o las costas del mar Báltico.

Durante milenios, la cultura de la que hoy dicen ser herederos los europeos, fue una cultura centrada en el Mediterráneo. Los habitantes de Alejandría, Éfeso, Antioquía, Atenas, Cartago, Roma, Ampurias, Marsella compartían un estilo de vida, un modelo social, unos principios políticos, una economía y unos mitos que no tenían absolutamente nada que ver con los de los bárbaros germánicos, celtas o nórdicos que hoy representan la esencia de lo europeo.

Y es que Europa es una invención medieval, que surge como afirmación identitaria de la Iglesia germanizada y aislada para siempre de la cultura clásica mediterránea, frente a musulmanes, eslavos y bizantinos. En aquella época, era de uso habitual denominar La Cristiandad a la Europa bajo la férula de la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Germánico, ambos declarándose herederos espurios de Roma.

Los grandes hitos de Europa desde entonces han sido, entre otros, las Cruzadas, los progromos antijudíos, la Inquisición, el mercantilismo, las guerras de religión, el expolio colonial, las guerras mundiales y el Holocausto.

Me diréis que Europa ha sido también la cuna de la Razón y las libertades, pero no hay más que leer a personajes como Voltaire, Rousseau o Locke para darse cuenta de lo que significan, en la mente de estos aristócratas hondamente religiosos, la razón y las libertades. La Revolución francesa no es ni más ni menos libertaria que las muchas otras revoluciones que han surgido en el mundo desde que existen los poderosos, y toda su relevancia se debe a que ocurrió en el seno de la cultura dominante y dio paso a la actual clase dominante.

Las tan cacareadas libertades se han limitado, en la práctica, a la libertad de los burgueses para intercambiar sus mercancías por todo el mundo, por las buenas o por las malas. La cultura emblemática de la libertad mantuvo la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la sustituyó por el modelo de explotación capitalista, en la que el Amo se ahorra la gestión directa de la manutención y el alojamiento del esclavo.

La tolerancia de la que se precian los europeos la han sufrido repetidas veces judíos, ateos, gitanos, inmigrantes pobres, mujeres y enfermos mentales, por nombrar sólo unos cuantos.

Hoy en día, los mayores defensores de la idea de Europa son los nazis, los cristianos integristas y los capitalistas partidarios del libre mercado. Con esa compañía, entenderéis el nulo entusiasmo que siento por cualquier cosa que apeste a europea.

Así que no me cuenten historias de lo buenos que son los europeos, que ya están la Unión Europea, el Consejo de Europa, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea para mostrarme lo que puedo esperar de esta sociedad autocomplaciente que se precia, esencialmente, de despilfarrar el agua corriente lavándose las manos varias veces al día ante todo lo que ocurre.

Cambio climático y contaminación (II)

Al hablar de contaminación atmosférica, los medios de desinformación, en su afán porque la gente no se entere de nada, suelen mezclar sin ningún criterio los contaminantes que producen el calentamiento global, los humos que oscurecen el cielo de las ciudades y los gases tóxicos que envenenan el aire que respiramos.

Conviene distinguir entre:

  • Gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico o el agua, que son inodoros, invisibles y no solo inocuos, sino necesarios para el sostenimiento de la vida en el planeta.
  • Gases que son venenosos o cancerígenos, como el óxido nitroso (NO2), el monóxido de carbono o los hidrocarburos policíclicos, también imperceptibles a la vista.
  • Partículas procedentes de combustiones incompletas de los combustibles. Es lo que se llama habitualmente humo, produce las nubes de “smog” y contiene carbono, sulfatos, metales y compuestos orgánicos. Son perceptibles por la vista y el olfato y son tremendamente dañinos para el tejido pulmonar.

Todos estos gases son subproductos de la combustión de carbón y derivados del petróleo y lo originan las centrales térmicas, algunas fábricas y, especialmente en las ciudades, los motores de combustión interna.

Según el informe de 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (http://www.iea.org/textbase/npsum/weo2014sum.pdf), para 2040 el suministro mundial de energía provendrá de cuatro orígenes a partes casi iguales; petróleo, gas, carbón y fuentes bajas en carbono.

No es ajeno a este reparto el hecho de que, según el mismo informe, las energías derivadas de combustibles fósiles estén fuertemente subvencionadas. Los subsidios estatales a energías fósiles (petróleo, gas y carbón) sumaron 550.000 millones de dólares en 2013, más de cuatro veces los subsidios a energías renovables. Este reparto de dinero público frena drásticamente las inversiones en mejorar la eficiencia energética y en energías renovables. Los combustibles fósiles (los grandes contaminantes) no sólo son baratos sino que, además, son los más subvencionados.

Uno de las fuentes más dañinas de contaminación son los vehículos con motor de combustión de energías fósiles. Estos vehículos, lo mismo que sus combustibles, también están subvencionados por los Estados, respondiendo a los intereses de las compañías petroleras y de los fabricantes de automóviles. Una parte sustancial de nuestros impuestos está dedicada a fomentar el enriquecimiento de unas corporaciones cuyos productos están, literalmente, envenenándonos.

En Europa, además, tenemos la particularidad de que se subvenciona un modelo de motor, el diésel, y su combustible, el gasóleo, con emisiones significativamente más dañinas que las de los vehículos de gasolina. Esto consigue que en Europa el 53% de los vehículos sean diésel (en España es el 63%) frente a 3 % en EEUU. Probablemente esta mierda sea debida que el motor diésel es un invento alemán.

Los escapes de la combustión diésel son la principal fuente de contaminantes que originan cáncer, daños pulmonares y cardíacos y problemas mentales. Los escapes de diésel contienen contaminantes señalados como carcinogénicos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC).

Las principales emisiones de los motores diésel son partículas, NO2 (representando el 80% de las emisiones de este gas venenoso), hidrocarburos policíclicos, monóxido de carbono, benceno, arsénico, antimonio, anilinas, tolueno, ozono…

Se estima (según la Agencia Europea del Ambiente) que unas 432.000 personas en Europa murieron prematuramente en 2013 debido a las concentraciones de partículas en la atmósfera, otras 75.000 murieron debido a la exposición a largo plazo al óxido nitroso (NO2) y otras 17.000 debido a la exposición al ozono a nivel de la superficie. Todos estos contaminantes, producto esencialmente de los motores diésel.

A pesar de todos estos datos, la política de la UE respecto a estos motores no varía. Más aún, el fraude de las emisiones de los vehículos fabricados por Volkswagen nos demuestra a qué intereses responde la legislación europea: Cuando se ha comprobado que Volkswagen mentía y que sus motores emitían más contaminantes de los que marcaba la norma de la UE, en lugar de paralizar la fabricación y venta de esos utensilios mortíferos, en lugar de sancionar a la empresa alemana por su fraude, lo que se ha hecho es aumentar los límites permitidos, en medio del silencio y la indiferencia generales. Aun así, es alucinante constatar que 9 de cada 10 vehículos Diesel no cumplen los límites que marca la nueva legislación.

Todo este mamoneo que antepone los intereses de los grandes industriales a nuestra salud y que desvía el dinero público a subvencionar a estos envenenadores y tramposos, tiene sus cómplices entusiastas. Todos los poseedores de un vehículo privado y, más específicamente, todos estos “listos” que se compran un vehículo diésel porque, entre todos, con nuestros impuestos, conseguimos que el combustible con que nos atufa y nos enferma le salga más barato.

Mi fe en la Humanidad siempre ha sido escasa, pero cuando veo esas interminables caravanas de automóviles emitiendo veneno y pienso en el entusiasmo con que sus dueños acogen que el litro de gasóleo esté a menos de 1 €, la indignación de cuñados que manifiestan porque su combustible no se abarata al mismo ritmo que el petróleo, el levantamiento general que protagonizarían si se limitase la circulación se sus máquinas de muerte por el centro de las ciudades, se me caen todos los palos del sombrajo. Y me retiro.

Cambio climático y contaminación (I)

Hace pocas semanas terminó la Cumbre del Clima en París y se ha organizado el gran circo con cientos de políticos y mandatarios mostrando su inmensa preocupación (como siempre), esta vez por los efectos de las emisiones de CO2.

Cuando antiguos negacionistas del cambio climático (llamarles “escépticos” me parece dotarles de una categoría intelectual de la que carecen) como el zurullo del presidente Rajoy se han dejado llevar por la corriente dominante uno no puede dejar de sentir sospechas sobre qué hay detrás de este cambio.

Que los humanos influimos sobre el clima desde la Revolución Industrial es un hecho que ya nadie en sus cabales puede negar. Hay quien argumenta que nuestra influencia sobre el clima se remonta ya a unos 5.000 años, a causa de la emisión de metano que produce el cultivo de arroz, la deforestación masiva asociada a la agricultura y la emisión de anhídrido carbónico asociada a la quema de bosques que, por ejemplo, acabaron con la masa forestal australiana en unos pocos miles de años. Pero, muy probablemente, esos efectos no hayan sido tan masivos como los de la quema de combustibles fósiles en los últimos 150 años, especialmente dado el escaso número de humanos al inicio de la era agrícola.

Volviendo a la citada Cumbre de París, en ésta se ha llegado a un supuesto acuerdo para limitar el incremento global de temperaturas por debajo de 2º C sobre los niveles pre-industriales.

Es interesante recordar que, desde todos los medios, se hace un énfasis desmesurado sobre los efectos del anhídrido carbónico, obviando otro potente gas de invernadero como es el vapor de agua y que, junto a éste, se encuentran el metano o el óxido nitroso. Con premisas tan simplificatorias, no sé qué análisis en profundidad se ha podido hacer sobre las medidas a tomar.

Como lector impenitente, he tenido la santa paciencia de leerme el protocolo aprobado y es, como esperaba, una larga letanía de lugares comunes, declaraciones de intenciones y terminología grandilocuente en el que hay escasísimas concreciones en cuanto a medidas a tomar para alcanzar ese objetivo mágico de los 2º.

Uno es escéptico por naturaleza y mal pensado por experiencia, por lo que me cuestiono cuáles son los motivos que han llevado a definir un objetivo tan específico cuando el resto del protocolo carece de la menos especificidad.

En realidad, lo que se ha acordado no compromete a nadie a nada concreto, sino que todo se deja a criterio de los respectivos Gobiernos, que marcarán sus límites de emisión de CO2 y las medidas que tomarán para alcanzarlos. No hay tampoco ningún tipo de supervisión ni de medidas de estímulo o coerción para cumplir los objetivos. En resumen, cada uno definirá lo que quiere hacer y nadie supervisará siquiera si esas acciones se llevan a cabo. La mano de los EEUU, Arabia Saudí, China y otros grandes contaminadores ha convertido el acuerdo en papel mojado antes de ponerlo en práctica.

Desde luego, toda esta parafernalia que han montado los Gobiernos mundiales no hubiese tenido lugar sin la aquiescencia y visto bueno de los que realmente mandan, que son las grandes corporaciones industriales. Estas corporaciones y otros centros de Poder llevan estudiando el cambio climático desde hace décadas y no habrían admitido ninguna medida que pusiese en peligro sus intereses económicos a corto y medio plazo. De hecho, es lo que han estado haciendo en las últimas décadas con respecto al calentamiento global.

Sospecho que el análisis realizado se basa en los siguientes parámetros:

  • Un incremento de 2º C es suficiente para deshelar el Océano Ártico totalmente, al menos durante una parte sustancial del año, lo que permitirá la explotación de los recursos minerales de su fondo y el uso de esas aguas como vía de transporte más corta y más barata que el Canal de Panamá.
  • Ese incremento, además, aumentaría la capacidad agrícola de los países del Norte (cultivos a mayores latitudes y mayor periodo de crecimiento y maduración). Como contrapartida, los países de latitudes más bajas se encontrarían con problemas en su producción alimentaria. Pero esos países son pobres y, por tanto, que se jodan, como diría Andrea Fabra.
  • Sin embargo, incrementos superiores a los 2º pueden llevar a efectos incontrolables en el clima, especialmente si se derriten las grandes masas de hielo terrestre (Groenlandia y la Antártida) que, además, sí que afectarían sensiblemente al nivel del mar en el planeta.

Así que estos delincuentes han hecho su apuesta por un escenario con las ventajas de un calentamiento mesurado y sin las desventajas de un calentamiento descontrolado.

Aunque la mafia planetaria no es tan tonta ni tan descuidada como a veces queremos creer, sí lo es lo suficiente como para apostar por una situación que no tiene ninguna garantía de ser controlable: ni los patrones del clima terrestre se conocen más que muy superficialmente, ni las medidas a tomar están definidas, ni, sobre todo, puede uno fiarse de que estos trileros no se pongan a hacer trampas desde el día siguiente a la aprobación del protocolo. Al fin y al cabo, no dejan de ser capitalistas, es decir, esencialmente mentirosos y tramposos.

Mientras tanto, se pasan por alto o se confunden otros problemas de contaminación derivados del modelo capitalista de consumo, como la emisión de gases tóxicos que atenazan las atmósferas de todas las ciudades del mundo, en un radio de decenas de kilómetros. Pero este tema requiere un poco más de tiempo y lo dejo para otro día.

Domingos y fiestas de guardar

Últimamente escucho cada vez más voces en contra de la apertura de tiendas en domingos y festivos con argumento del tipo “Los domingos son para descansar” “Los domingos para la familia”…

Entiendo que los señores de la derecha rancia y católica se indignen ante tamaño desacato a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia que preconizan el descanso los “Domingos y Fiestas de Guardar”. También que los que añoran la familia patriarcal no estén dispuestos a abandonar la costumbre del paseíto y la cañita dominicales con “la señora y los niños”.

En general, toda esta gente que defiende lo de no trabajar en domingos y fiestas de guardar es conservadora y de lo más ritualista. Desde luego, a ninguno de ellos se le ocurre plantear que cierren en los festivos bares, cines, teatros, panaderías o churrerías. Eso ha abierto siempre los domingos y las costumbres deben conservarse. Evidentemente, tampoco nadie aboga porque bomberos, médicos, enfermeros o las personas de salvamento marítimo no trabajen los domingos.

Eso me lleva a sospechar que los motivos de estos defensores del descanso dominical son bastante egoístas, cosa inherente a la mentalidad conservadora y de derechas.

Pero lo que parece, en principio, chocante es escuchar este mismo argumento desde posiciones izquierdistas u obreristas.

Claro que la “izquierda” también se ha caracterizado siempre por ser bastante ritualista, conservadora y fetichista. Muchas veces me cuesta distinguir entre un sindicalista reformista y un defensor de los gremios medievales. Bueno, no me cuesta distinguirlos, es que son exactamente lo mismo.

Lo que pasa es que, esta vez, ya no se retrotraen a la Edad Media, sino al Imperio Babilónico. De la sociedad de Babilonia nos separa un lapso de tiempo de 4.000 años, pero, cultural y socialmente, las diferencias son insignificantes. En Babilonia descubrieron (o debía decir, inventaron) el poder cabalístico del número 7: 7 planetas, 7 metales, 7 colores… Además, daba la casualidad de que la Luna tenía cuatro fases con un ciclo aproximado de 7 días cada una.

Así que el número 7 se convirtió en un número mágico; se inventaron la semana (que todavía sufrimos) y, sobre todo, inventaron el día sagrado, una vez a la semana, en la que el pueblo debía acudir a los templos para que los sacerdotes le refrescasen el debido adoctrinamiento en la docilidad y la sumisión a la voluntad de los dioses y los jerarcas.

Ese rollo del 7, la semana y el día sagrado lo adoptaron los judíos, durante su cautividad en Babilonia, y pasó luego a cristianos y musulmanes. Y aquí sigue.

Claro que ahora existe la TV, con lo cual el adoctrinamiento es diario. Los domingos antes tenían fútbol, la nueva alienación, pero eso ya ha pasado a ser otro evento diario. El día sagrado ha dejado de tener sentido social, salvo para esos conservadores que no quieren dejar atrás los usos y costumbres babilónicas.

A mí, particularmente, me da cien patadas descansar los domingos o los miércoles, porque lo que me jode la vida es el trabajo, en tanto en cuanto es un asunto normativo. Y me jode igualmente el descanso normativo que me quieren imponer los burócratas, dictándome qué días debo y no debo trabajar. Sobre todo, porque en ningún momento cuestionan el problema de fondo, que es el concepto de trabajo. El trabajo no es liberador y el descanso pautado en medio del trabajo no es más que otro entorno normativo, cuyo objetivo es, exclusivamente, reponer fuerzas para una nueva dosis de embrutecimiento laboral. Déjense de horarios y busquen libertad para actuar. Si yo quiero trabajar quince días seguidos y luego holgar durante una semana, ya están los Amos para impedírmelo sin necesidad de que, en su empeño de establecer normas, les refuercen los burócratas de “izquierdas”.

Porque lo de los domingos, ni siquiera desde un punto de vista reformista es un planteamiento positivo. El asunto, dentro de esa óptica de “mejora” del Sistema, no debería ser si trabajar o no en determinados días, sino garantizar que se trabaja un máximo razonable de horas al año y que se recibe un salario aceptable para vivir con normalidad a cambio de esas horas.

Pero, repito, el problema real es el concepto de trabajo, instrumento de control y alienación, entorno donde se estimula la subordinación y la jerarquía, y que carece de todo sentido social. El concepto de trabajo no se atreven a atacarlo.

El trabajo no es algo enriquecedor, personal o socialmente productivo y, mucho menos aún, algo liberador. La vida demanda una serie de tareas para garantizarnos el alimento, el cobijo, el aprendizaje, la diversión, la salud. Pero el trabajo no tiene nada que ver con esas tareas; es un puro elemento de control. El trabajo no surge de ninguna necesidad económica o social, surge de una necesidad política de disciplina, orden y sumisión.

De ahí que siempre (y cada vez con más amplitud) hayan existido una serie de trabajos que no aportan absolutamente nada al bienestar social, pero permiten tener al populacho disciplinado y bajo un férreo control normativo. Volvemos a Babilonia: desde la construcción de esos magníficos templos y zigurats que no tenían la más mínima utilidad social, pero ocupaban a miles de esclavos, hasta los millares de empleos prescindibles de la sociedad actual, nada ha cambiado en la esencia del modelo, sólo que éste se ha enriquecido y diversificado.

Abogados, corredores de bolsa, teleoperadores, comerciales, community managers, notarios, diplomáticos, burócratas, vendedores, subsecretarios y ministros, informáticos, presentadores de TV y tertulianos, futbolistas, curas, agentes secretos, registradores de la propiedad, “coachs”, contables y oficinistas, seguratas, directores y mandos intermedios… se me ocurre una lista interminable de trabajos absolutamente improductivos y que sólo sirven para tener controlada a la población.

Actualmente, se trabaja más moviendo papeles, reales o electrónicos, que produciendo nada. En una reciente encuesta, el 37% de los trabajadores británicos decían sentir que sus trabajos no eran productivos para nada. Probablemente, es una minoría consciente ya que la realidad de los trabajos improductivos es cada día más extensa.

En un interesante artículo (http://strikemag.org/bullshit-jobs/) sobre el trabajo basura, David Graeber argumenta que se suponía que ahora deberíamos trabajar menos horas menos días a la semana, según la tecnología automatiza la producción. Pero la realidad es que han surgido nuevas industrias sin ninguna utilidad social y más trabajos meramente para administrar, dar soporte y securizar esas industrias.

La tecnología ya permite eliminar las tareas más penosas. Como se mecanizaron la siega, la trilla y el empacado de paja en la cosecha, se pueden mecanizar la recogida de basuras, limpieza de calles o minería. Esto debería dejar un conjunto mínimo de tareas productivas que no fuesen vocacionales; para ellas siempre habría voluntarios o un reparto acordado de tareas.

En una sociedad orientada al disfrute, desarrollo personal y satisfacción de sus componentes, y no al control y sumisión de la mayoría para el demencial y desorbitante enriquecimiento de unos pocos, el trabajo como concepto no existiría y cada persona dedicaría su tiempo y sus esfuerzos a actividades vocacionales y realmente productivas para sí y para sus congéneres. Aunque muchos no se lo crean, no somos tan burros como para necesitar que nos fustiguen para hacer lo necesario (y, menos aún, lo innecesario).

Por tanto, como conclusión, dejémonos de chorradas de si trabajar o no los domingos y centrémonos en conseguir lo que realmente puede liberarnos de la esclavitud cotidiana: acabar con la antigua, maldita y abusiva institución del trabajo.

Mitología y conspiraciones

Todas las sociedades intentan buscar la justificación de su existencia en una serie de mitos culturales que, aceptados por una parte significativa de la sociedad, dan a ésta cohesión, sentido y continuidad. Lo menos importante es la realidad de esos mitos; lo que realmente importa es que suficiente gente crea en ellos como para aceptar que justifican el estado de las cosas y no poner en cuestión la estructura normativa y las relaciones de poder de la sociedad.

Por ejemplo, la sociedad romana tenía entre sus principales mitos estructurales la religión romana, el culto a los antepasados y la participación del pueblo en la gobernación a través del Senado, los tribunos y los cónsules. La sociedad capitalista moderna, más economicista, se sustenta en mitos como el crecimiento, el progreso científico y el Gobierno representativo.

Cuando una cultura entra en decadencia, la reacción de la sociedad ante sus mitos fundacionales es diversa. Una parte se empeña en seguir creyendo (o, si se trata de la élite dominante, en simular que sigue creyendo) en la mitología establecida. Otra parte, minoritaria, intenta mostrar desde el escepticismo y la crítica razonada la invalidez y la necedad de seguir creyendo en esos mitos, o, para el caso, en cualquier mito. Otra parte, que va creciendo según la decadencia de la sociedad se acelera, se apresura a sustituir los mitos en ruinas por nuevos mitos aún más absurdos, en una especie de “horror vacui” de quedarse sin mitologías.

Habitualmente, los nuevos mitos suelen ser aún más destructivos que los anteriores, al surgir como un refugio desesperado de aquellos que, parafraseando a León Felipe, desde su miedo necesitan inventar cuentos.

Así, los romanos sustituyeron el mito de las instituciones legalistas por el de la omnipotencia del Emperador, la religión histórica por el cristianismo, el culto a los ancestros por el culto a la curia y al Papa.

En nuestra sociedad, que en el fondo sigue siendo una sociedad agrícola y patriarcal escasamente diferente de la romana, se produce el mismo fenómeno de sustitución de mitologías por otras, cuando menos, preocupantes.

El desprestigio de la supuesta representatividad del Gobierno da lugar a la aparición de líderes, gurús y otras manifestaciones caudillistas. Sobre eso hay poco que decir, pues todos vemos cotidianamente como las instituciones se personalizan, la gente adora u odia al líder omnipotente, las ideas no cuentan nada ante el poder carismático, cualquier enfoque político debe estar encarnado en un dirigente. En fin, otra vez el culto al Emperador.

Respecto al crecimiento, por desgracia es un mito que cuesta y costará derribar, pero cuando se cuestiona el crecimiento, normalmente se plantea la alternativa de volver a un sistema cavernario  donde los grandes objetivos son estar cubierto de piojos y talar los árboles para calentar la cueva en invierno. Y esto enlaza con el fin de otro mito, que para mí es más preocupante: la fe en el avance científico.

Desde luego, tener fe en algo es una estupidez, con lo que nada vamos a perder con la desaparición de la fe en el avance científico, máxime cuando éste se ha convertido en mera progresión tecnológica. Lo que me preocupa es que, en este rechazo del batiburrillo científico-tecnológico, se pasa a rechazar el método científico, el análisis racional y el propio raciocinio.

Aparecen entonces los magufos y conspiranoicos que están convencidos de que la ciencia y la tecnología son instrumentos en manos de unos malvados de película de James Bond, que los utilizan para domesticar y, seguidamente, exterminar a la Humanidad.

Es bien cierto que las actitudes y las acciones de los Gobiernos, el secretismo en la toma de decisiones, el control de la vida cotidiana por una minoría sin escrúpulos y las constantes manipulaciones de la opinión pública para hacernos ver que lo negro es blanco y lo blanco es negro, dan pie a pensar en todo tipo de conspiraciones y camarillas secretas organizando el mundo desde sus refugios subterráneos. Pero no entiendo bien qué tiene que ver eso con la dejación absoluta de cualquier tipo de análisis racional de la realidad.

Una suerte de “cuñadismo” se está extendiendo por una sociedad cada vez más descreída de lo que le cuentan y que necesita creer, como sea, en algo; cuanto más inverosímil, mejor.

Este pensamiento mágico se presenta, especialmente, cuando se trata de temas de salud, aspecto que en esta sociedad egoísta, narcisista y con ansias de eternidad, se ha convertido en el centro de las obsesiones de la gente. Claro que, tratándose de cuñadismo del bueno, lo menos importante es que lo que se piensa tenga la menor verosimilitud; sólo importa que tenga su base en algún contubernio siniestro y oculto que sólo se ha desvelado a los “iniciados”.

Basándose en el evidente afán de lucro de las industrias farmacéuticas (como cualquier empresa capitalista), los iniciados han descubierto una conspiración a nivel mundial para enfermarnos, matarnos o, cuando menos, volvernos autistas por medio de medicinas y vacunas que no sólo no tienen ninguna utilidad, sino que están cargadas de efectos negativos y letales, conocidos y promovidos tanto por los Gobiernos como por las farmacéuticas. Qué estúpido interés pueden tener en hacerse ricos envenenándonos (con lo que perderían clientela) en lugar de hacerse ricos intentado curarnos, es algo que escapa a mi comprensión. Pero ahí están los movimientos antivacunas, el pingüe negocio de la homeopatía, la medicina alternativa, el reiki y otras formas de “imposición de manos” alimentando una sociedad de lo irracional y lo mágico, que, desde luego, no pone en cuestión lo más mínimo de la estructura del Sistema y no deja de ser una nueva versión extendida y ampliada de los libros de autoayuda.

Toda esta gente que afirma tajantemente que las farmacéuticas ponen en el mercado, y los médicos promocionan, sustancias conocidamente dañinas con el mero objetivo de ganar dinero, no abren, sin embargo, la boca cuando se trata de la industria automovilística. Claro, que todos los cuñados entienden de motores y aceleraciones y se sienten cómodos con esos artefactos, pero lo de las moléculas y la química es un tema bastante más complejo.

La industria automovilística, y esto sí es un hecho incontestable, pone en el mercado millones de artefactos respecto a los cuales son muy conscientes de que su uso es letal. Y lo es porque los costes de hacerlos no letales serían excesivos y disminuirían la rentabilidad del negocio.

Implantar mecanismos para que los autos no emitiesen gases venenosos y cancerígenos, que matan todos los años a millones de personas, es más caro que montar un motor de combustión, tecnológicamente atrasado, que quema hidrocarburos y expulsa todo tipo de moléculas infinitamente más tóxicas y peligrosas que las vacunas.

Poner en marcha los elementos de seguridad que evitasen que un auto se convierta en una trampa mortal ante cualquier descuido a 100 Km/hora (velocidad que todos estos cacharros superan sin el menor esfuerzo) también incrementaría el coste de una forma que los fabricantes de automóviles no están dispuestos a asumir.

Así, la gente utiliza cotidianamente un aparato en cuya fabricación está previsto y calculado que va a ocasionar cientos de miles de muertos al año por su mero uso. ¿Os imagináis que, en el mundo, utilizar la lavadora, la plancha o el frigorífico produjese durante un mes la décima parte de los muertos que los autos en una semana? Se exigirían comisiones de investigación, cierre de fábricas, responsabilidades penales a los fabricantes y se produciría una caída abismal en la compra de esos mortíferos aparatos. Podemos esperar sentados a que ocurra lo mismo con el auto, esa máquina asesina que sale de las cadenas de montaje con una tasa ya predeterminada de muertos por centenar de unidades.

Otra de mis teorías favoritas de los conspiranoicos es la de las “chemtrails”, las supuestas estelas de productos químicos con que nos fumigan desde los aviones. Ignorando todo sobre la condensación del vapor por efecto de la presión, esta gente nos quiere convencer de que nos están fumigando con el objetivo de acabar con nosotros. Evidentemente, de la “fumigación” a que nos someten los vehículos con motor de combustión nunca hablan. Ni tienen el menos reparo en tomar un avión “fumigador” para irse a una playa tailandesa o a Londres.

El problema de todas estas paranoias y mitologías es doble: por un lado, rechazan cualquier aproximación analítica a los problemas de la sociedad, con lo cual es imposible que lleguemos siquiera a analizar las causas y a procurar los remedios; todo es mágico, oculto y conspirativo, no hay forma racional de oponerse a ello.

Igual de preocupante es el otro problema inherente a las teorías conspirativas, la pérdida de visibilidad de los atentados reales a nuestra vida: mientras se preocupan de descubrir dónde y cuándo les han implantado el chip para anularles la voluntad, se dejan embrutecer por las cadenas televisivas y las visitas semanales a los centros comerciales.  Mientras imaginan el programa secreto de control de la Humanidad, no tienen reparo en pasear entre los miles de cámaras que inundan las ciudades o en ir dejando el rastro de sus actividades, intenciones, localizaciones, afinidades por medio de múltiples cachivaches electrónicos conectados todo el día y en los que publicitan su vida privada sin limitaciones. Mientras se fabrican gorros de papel Albal para que no les proyecten pensamientos, se emboban escuchando a los líderes de opinión, santones o saltimbanquis del circo político.

En fin, conducidos de una forma cada vez más acelerada a una nueva Edad Media, y enfrentado a estas “alternativas” a la sociedad actual, intento mantener la esperanza de que, cuando se derrumbe definitivamente la civilización occidental, al menos los nuevos mitos sobre los que se construya la sociedad no tengan como Libro Sagrado una colección de tratados sobre homeopatía, acupuntura y reiki.

Principios y tácticas

Para una anarquista, la disyuntiva que implica el título de este artículo, puede parecer evidente. Los principios deben anteponerse a las tácticas. El fin no justifica los medios.

Claro que, como anarquista, hablar de principios siempre me ha rechinado un poco. Dado que, afortunadamente, la mayoría de los anarquistas no creemos en ningún Libro revelado ni admitimos popes infalibles que nos digan cómo actuar en cada momento, el tema de los principios se convierte en un asunto individual y, por tanto, subjetivo.

En cuanto al fin u objetivo de las anarquistas éste es, evidentemente, la Anarquía como forma de sociedad. Sin atreverme a definir la Anarquía (como no me atrevo a definir la Vida), pienso que la sociedad anarquista es una sociedad en la que, mediante la cooperación voluntaria de humanos libres, se intenta obtener la felicidad y el bienestar de la mayoría, evitando toda forma de privilegios, dominación, sumisión, explotación, discriminación, poder, represión y coerción. Esta definición puede ser objeto de todo tipo de críticas, pero creo que será aceptada por la mayoría de las anarquistas.

Ese objetivo, ¿es alcanzable mediante un brusco giro histórico, tipo insurrección? ¿Es posible todavía pensar en un movimiento masivo de personas que asaltan las Instituciones, que les arrancan el Poder y lo destruyen, lo deshacen y pulverizan?

Una serie de consideraciones hace que sea bastante escéptico respecto a esa posibilidad.

En primer lugar, la toma del Poder siempre la llevaría a cabo una minoría que, una vez alcanzado ese Poder, no tendría el menor interés en destruirlo. La defensa de la Revolución frente a los contrarrevolucionarios, la inmadurez popular, la necesidad de instruir a las masas, el desenmascaramiento de los enemigos infiltrados… El nuevo Poder siempre encontrará excusas para reforzarse, instaurar un nuevo régimen represivo, imponer normas de conducta, reproducir, en suma, el modelo de dominación y su contrapartida, la sumisión.

Por otro lado, el Poder está actualmente infinitamente más disperso que hace uno, dos o tres siglos. Anteriormente, bastaba con tomar el Palacio de Invierno o cortar la cabeza al Rey para desmoronar, en gran medida, las estructuras de Poder existentes. Ahora el Poder habita en múltiples instancias y se ejerce desde diferentes entornos. Las empresas, grandes y pequeñas, las instituciones educativas, las entidades financieras, los conglomerados militares, los organismos internacionales de todo tipo, los gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales, y la lista podría extenderse indefinidamente, son centros de Poder. Interrelacionados muchas veces, organizan la vida de las personas en múltiples aspectos y representan barreras al libre ejercicio de la responsabilidad de cada una.

Un último aspecto, y quizá el más grave, es la extendidísima ignorancia de los seres humanos respecto al funcionamiento real de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos. Una sociedad en la que, gracias a los medios de desinformación, las personas consideran el summum de la felicidad poder pasear los fines de semana por los centros comerciales o tener la posibilidad de comprarse un trineo, aunque uno viva en el desierto del Sáhara. Una sociedad que promueve la competencia, la desigualdad, la jerarquía y la hostilidad hacia los extraños. Una sociedad de personas lobotomizadas mediante espectáculos televisados de trifulcas escenificadas por actorzuelos de tercera fila, campañas electorales, personajes-modelo carentes de neuronas, pugna continua por hacerse con el último utensilio que les impone la moda, focalizacón de la atención en efímeras trivialidades ultrapublicitadas, miedos absurdos inculcados…

Este aspecto de la ignorancia promovida desde los poderes es el que me hace más escéptico respecto a la posibilidad de un cambio súbito y radical en nuestro modelo de convivencia. Y, probablemente, el que más difícil solución tenga. ¿Cómo cambiar la educación sin cambiar la sociedad que fomenta esa “deseducación”? ¿Cómo cambiar la sociedad sin cambiar la educación que legitima y sustenta el poder de esa sociedad?

En fin, derivo como siempre… Ante la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo como anarquistas de una forma inmediata o en un futuro previsible, ¿debemos retirarnos a nuestros “cuarteles de invierno” hasta que las condiciones sean más propicias? ¿O debemos trabajar en el día a día para conseguir esas condiciones más propicias?

Y es en esa disyuntiva donde me planteo la cuestión de los principios frente a las tácticas.

Si nuestro objetivo es conseguir una sociedad de personas libres, solidarias y fraternas, ¿es preferible aceptar cualquier avance en esa dirección o debemos mantenernos inflexibles en el rechazo absoluto de todo lo que no sea la Anarquía? En la propia forma de exponer la pregunta, creo que es fácil adivinar cuál es mi perspectiva al respecto.

Creo honestamente que debemos aprovechar cualquier resquicio, contradicción o ventaja que nos aporte el Sistema para limitar su poder e influencia, a riesgo de “contaminarnos” con prácticas propias del Sistema.

Por ejemplo, aunque los tribunales y la profesión de abogado son parte inherente del Sistema, ¿no es más lógico, en un juicio contra unas compañeras, utilizar un abogado para intentar que el juez las ponga en libertad que rechazar cualquier tipo de ayuda basándose en que no reconocemos la legitimidad del Tribunal para juzgarnos?

Aunque el dinero vaya a parar a las arcas del Estado, ¿es coherente negarse a recolectarlo para pagar la fianza de unos compañeros? ¿O es mejor que puedan volver a la calle para seguir trabajando en la lucha diaria?

Y entrando en terrenos más resbaladizos, si una candidatura municipal va a implantar modelos participativos y fomentar el debate asambleario en los barrios, ¿no es más adecuado votarla que abstenerse y permitir que se imponga una candidatura fascista? Digo que este terreno es resbaladizo, porque entramos en el debate de la participación en las instituciones (que, personalmente, rechazo) o el sostén de las instituciones (que puede considerarse que se produce por el hecho de colaborar en sus circos electorales).

Por mi parte, no tengo ninguna fe en ningún “representante” político, pero tampoco considero que “cuanto peor, mejor”. Que las instituciones locales estén ocupadas por personas que puedan buscar el bienestar de los comunes o ser más tolerantes con las luchas reivindicativas y los modelos alternativos, creo que es objetivamente beneficioso, aunque esté a años luz de la Revolución.

La otra opción es mantenerse aferrado a los “principios” (sean éstos lo que sean) y, como Simeón el Estilita, permanecer de pie en lo alto de un pedestal a salvo de toda contaminación. Claro que, al que le agote estar de pie, siempre tiene la posibilidad de retirarse de este sucio mundo, como los anacoretas, y vociferar desde el fondo de su cueva contra todos los “reformistas” que buscamos un mundo con mayor bienestar, aunque sea a cachitos y dejando que nuestros principios se pringuen con las tácticas.