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Cambio climático y contaminación (II)

Al hablar de contaminación atmosférica, los medios de desinformación, en su afán porque la gente no se entere de nada, suelen mezclar sin ningún criterio los contaminantes que producen el calentamiento global, los humos que oscurecen el cielo de las ciudades y los gases tóxicos que envenenan el aire que respiramos.

Conviene distinguir entre:

  • Gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico o el agua, que son inodoros, invisibles y no solo inocuos, sino necesarios para el sostenimiento de la vida en el planeta.
  • Gases que son venenosos o cancerígenos, como el óxido nitroso (NO2), el monóxido de carbono o los hidrocarburos policíclicos, también imperceptibles a la vista.
  • Partículas procedentes de combustiones incompletas de los combustibles. Es lo que se llama habitualmente humo, produce las nubes de “smog” y contiene carbono, sulfatos, metales y compuestos orgánicos. Son perceptibles por la vista y el olfato y son tremendamente dañinos para el tejido pulmonar.

Todos estos gases son subproductos de la combustión de carbón y derivados del petróleo y lo originan las centrales térmicas, algunas fábricas y, especialmente en las ciudades, los motores de combustión interna.

Según el informe de 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (http://www.iea.org/textbase/npsum/weo2014sum.pdf), para 2040 el suministro mundial de energía provendrá de cuatro orígenes a partes casi iguales; petróleo, gas, carbón y fuentes bajas en carbono.

No es ajeno a este reparto el hecho de que, según el mismo informe, las energías derivadas de combustibles fósiles estén fuertemente subvencionadas. Los subsidios estatales a energías fósiles (petróleo, gas y carbón) sumaron 550.000 millones de dólares en 2013, más de cuatro veces los subsidios a energías renovables. Este reparto de dinero público frena drásticamente las inversiones en mejorar la eficiencia energética y en energías renovables. Los combustibles fósiles (los grandes contaminantes) no sólo son baratos sino que, además, son los más subvencionados.

Uno de las fuentes más dañinas de contaminación son los vehículos con motor de combustión de energías fósiles. Estos vehículos, lo mismo que sus combustibles, también están subvencionados por los Estados, respondiendo a los intereses de las compañías petroleras y de los fabricantes de automóviles. Una parte sustancial de nuestros impuestos está dedicada a fomentar el enriquecimiento de unas corporaciones cuyos productos están, literalmente, envenenándonos.

En Europa, además, tenemos la particularidad de que se subvenciona un modelo de motor, el diésel, y su combustible, el gasóleo, con emisiones significativamente más dañinas que las de los vehículos de gasolina. Esto consigue que en Europa el 53% de los vehículos sean diésel (en España es el 63%) frente a 3 % en EEUU. Probablemente esta mierda sea debida que el motor diésel es un invento alemán.

Los escapes de la combustión diésel son la principal fuente de contaminantes que originan cáncer, daños pulmonares y cardíacos y problemas mentales. Los escapes de diésel contienen contaminantes señalados como carcinogénicos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC).

Las principales emisiones de los motores diésel son partículas, NO2 (representando el 80% de las emisiones de este gas venenoso), hidrocarburos policíclicos, monóxido de carbono, benceno, arsénico, antimonio, anilinas, tolueno, ozono…

Se estima (según la Agencia Europea del Ambiente) que unas 432.000 personas en Europa murieron prematuramente en 2013 debido a las concentraciones de partículas en la atmósfera, otras 75.000 murieron debido a la exposición a largo plazo al óxido nitroso (NO2) y otras 17.000 debido a la exposición al ozono a nivel de la superficie. Todos estos contaminantes, producto esencialmente de los motores diésel.

A pesar de todos estos datos, la política de la UE respecto a estos motores no varía. Más aún, el fraude de las emisiones de los vehículos fabricados por Volkswagen nos demuestra a qué intereses responde la legislación europea: Cuando se ha comprobado que Volkswagen mentía y que sus motores emitían más contaminantes de los que marcaba la norma de la UE, en lugar de paralizar la fabricación y venta de esos utensilios mortíferos, en lugar de sancionar a la empresa alemana por su fraude, lo que se ha hecho es aumentar los límites permitidos, en medio del silencio y la indiferencia generales. Aun así, es alucinante constatar que 9 de cada 10 vehículos Diesel no cumplen los límites que marca la nueva legislación.

Todo este mamoneo que antepone los intereses de los grandes industriales a nuestra salud y que desvía el dinero público a subvencionar a estos envenenadores y tramposos, tiene sus cómplices entusiastas. Todos los poseedores de un vehículo privado y, más específicamente, todos estos “listos” que se compran un vehículo diésel porque, entre todos, con nuestros impuestos, conseguimos que el combustible con que nos atufa y nos enferma le salga más barato.

Mi fe en la Humanidad siempre ha sido escasa, pero cuando veo esas interminables caravanas de automóviles emitiendo veneno y pienso en el entusiasmo con que sus dueños acogen que el litro de gasóleo esté a menos de 1 €, la indignación de cuñados que manifiestan porque su combustible no se abarata al mismo ritmo que el petróleo, el levantamiento general que protagonizarían si se limitase la circulación se sus máquinas de muerte por el centro de las ciudades, se me caen todos los palos del sombrajo. Y me retiro.

Cambio climático y contaminación (I)

Hace pocas semanas terminó la Cumbre del Clima en París y se ha organizado el gran circo con cientos de políticos y mandatarios mostrando su inmensa preocupación (como siempre), esta vez por los efectos de las emisiones de CO2.

Cuando antiguos negacionistas del cambio climático (llamarles “escépticos” me parece dotarles de una categoría intelectual de la que carecen) como el zurullo del presidente Rajoy se han dejado llevar por la corriente dominante uno no puede dejar de sentir sospechas sobre qué hay detrás de este cambio.

Que los humanos influimos sobre el clima desde la Revolución Industrial es un hecho que ya nadie en sus cabales puede negar. Hay quien argumenta que nuestra influencia sobre el clima se remonta ya a unos 5.000 años, a causa de la emisión de metano que produce el cultivo de arroz, la deforestación masiva asociada a la agricultura y la emisión de anhídrido carbónico asociada a la quema de bosques que, por ejemplo, acabaron con la masa forestal australiana en unos pocos miles de años. Pero, muy probablemente, esos efectos no hayan sido tan masivos como los de la quema de combustibles fósiles en los últimos 150 años, especialmente dado el escaso número de humanos al inicio de la era agrícola.

Volviendo a la citada Cumbre de París, en ésta se ha llegado a un supuesto acuerdo para limitar el incremento global de temperaturas por debajo de 2º C sobre los niveles pre-industriales.

Es interesante recordar que, desde todos los medios, se hace un énfasis desmesurado sobre los efectos del anhídrido carbónico, obviando otro potente gas de invernadero como es el vapor de agua y que, junto a éste, se encuentran el metano o el óxido nitroso. Con premisas tan simplificatorias, no sé qué análisis en profundidad se ha podido hacer sobre las medidas a tomar.

Como lector impenitente, he tenido la santa paciencia de leerme el protocolo aprobado y es, como esperaba, una larga letanía de lugares comunes, declaraciones de intenciones y terminología grandilocuente en el que hay escasísimas concreciones en cuanto a medidas a tomar para alcanzar ese objetivo mágico de los 2º.

Uno es escéptico por naturaleza y mal pensado por experiencia, por lo que me cuestiono cuáles son los motivos que han llevado a definir un objetivo tan específico cuando el resto del protocolo carece de la menos especificidad.

En realidad, lo que se ha acordado no compromete a nadie a nada concreto, sino que todo se deja a criterio de los respectivos Gobiernos, que marcarán sus límites de emisión de CO2 y las medidas que tomarán para alcanzarlos. No hay tampoco ningún tipo de supervisión ni de medidas de estímulo o coerción para cumplir los objetivos. En resumen, cada uno definirá lo que quiere hacer y nadie supervisará siquiera si esas acciones se llevan a cabo. La mano de los EEUU, Arabia Saudí, China y otros grandes contaminadores ha convertido el acuerdo en papel mojado antes de ponerlo en práctica.

Desde luego, toda esta parafernalia que han montado los Gobiernos mundiales no hubiese tenido lugar sin la aquiescencia y visto bueno de los que realmente mandan, que son las grandes corporaciones industriales. Estas corporaciones y otros centros de Poder llevan estudiando el cambio climático desde hace décadas y no habrían admitido ninguna medida que pusiese en peligro sus intereses económicos a corto y medio plazo. De hecho, es lo que han estado haciendo en las últimas décadas con respecto al calentamiento global.

Sospecho que el análisis realizado se basa en los siguientes parámetros:

  • Un incremento de 2º C es suficiente para deshelar el Océano Ártico totalmente, al menos durante una parte sustancial del año, lo que permitirá la explotación de los recursos minerales de su fondo y el uso de esas aguas como vía de transporte más corta y más barata que el Canal de Panamá.
  • Ese incremento, además, aumentaría la capacidad agrícola de los países del Norte (cultivos a mayores latitudes y mayor periodo de crecimiento y maduración). Como contrapartida, los países de latitudes más bajas se encontrarían con problemas en su producción alimentaria. Pero esos países son pobres y, por tanto, que se jodan, como diría Andrea Fabra.
  • Sin embargo, incrementos superiores a los 2º pueden llevar a efectos incontrolables en el clima, especialmente si se derriten las grandes masas de hielo terrestre (Groenlandia y la Antártida) que, además, sí que afectarían sensiblemente al nivel del mar en el planeta.

Así que estos delincuentes han hecho su apuesta por un escenario con las ventajas de un calentamiento mesurado y sin las desventajas de un calentamiento descontrolado.

Aunque la mafia planetaria no es tan tonta ni tan descuidada como a veces queremos creer, sí lo es lo suficiente como para apostar por una situación que no tiene ninguna garantía de ser controlable: ni los patrones del clima terrestre se conocen más que muy superficialmente, ni las medidas a tomar están definidas, ni, sobre todo, puede uno fiarse de que estos trileros no se pongan a hacer trampas desde el día siguiente a la aprobación del protocolo. Al fin y al cabo, no dejan de ser capitalistas, es decir, esencialmente mentirosos y tramposos.

Mientras tanto, se pasan por alto o se confunden otros problemas de contaminación derivados del modelo capitalista de consumo, como la emisión de gases tóxicos que atenazan las atmósferas de todas las ciudades del mundo, en un radio de decenas de kilómetros. Pero este tema requiere un poco más de tiempo y lo dejo para otro día.

Domingos y fiestas de guardar

Últimamente escucho cada vez más voces en contra de la apertura de tiendas en domingos y festivos con argumento del tipo “Los domingos son para descansar” “Los domingos para la familia”…

Entiendo que los señores de la derecha rancia y católica se indignen ante tamaño desacato a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia que preconizan el descanso los “Domingos y Fiestas de Guardar”. También que los que añoran la familia patriarcal no estén dispuestos a abandonar la costumbre del paseíto y la cañita dominicales con “la señora y los niños”.

En general, toda esta gente que defiende lo de no trabajar en domingos y fiestas de guardar es conservadora y de lo más ritualista. Desde luego, a ninguno de ellos se le ocurre plantear que cierren en los festivos bares, cines, teatros, panaderías o churrerías. Eso ha abierto siempre los domingos y las costumbres deben conservarse. Evidentemente, tampoco nadie aboga porque bomberos, médicos, enfermeros o las personas de salvamento marítimo no trabajen los domingos.

Eso me lleva a sospechar que los motivos de estos defensores del descanso dominical son bastante egoístas, cosa inherente a la mentalidad conservadora y de derechas.

Pero lo que parece, en principio, chocante es escuchar este mismo argumento desde posiciones izquierdistas u obreristas.

Claro que la “izquierda” también se ha caracterizado siempre por ser bastante ritualista, conservadora y fetichista. Muchas veces me cuesta distinguir entre un sindicalista reformista y un defensor de los gremios medievales. Bueno, no me cuesta distinguirlos, es que son exactamente lo mismo.

Lo que pasa es que, esta vez, ya no se retrotraen a la Edad Media, sino al Imperio Babilónico. De la sociedad de Babilonia nos separa un lapso de tiempo de 4.000 años, pero, cultural y socialmente, las diferencias son insignificantes. En Babilonia descubrieron (o debía decir, inventaron) el poder cabalístico del número 7: 7 planetas, 7 metales, 7 colores… Además, daba la casualidad de que la Luna tenía cuatro fases con un ciclo aproximado de 7 días cada una.

Así que el número 7 se convirtió en un número mágico; se inventaron la semana (que todavía sufrimos) y, sobre todo, inventaron el día sagrado, una vez a la semana, en la que el pueblo debía acudir a los templos para que los sacerdotes le refrescasen el debido adoctrinamiento en la docilidad y la sumisión a la voluntad de los dioses y los jerarcas.

Ese rollo del 7, la semana y el día sagrado lo adoptaron los judíos, durante su cautividad en Babilonia, y pasó luego a cristianos y musulmanes. Y aquí sigue.

Claro que ahora existe la TV, con lo cual el adoctrinamiento es diario. Los domingos antes tenían fútbol, la nueva alienación, pero eso ya ha pasado a ser otro evento diario. El día sagrado ha dejado de tener sentido social, salvo para esos conservadores que no quieren dejar atrás los usos y costumbres babilónicas.

A mí, particularmente, me da cien patadas descansar los domingos o los miércoles, porque lo que me jode la vida es el trabajo, en tanto en cuanto es un asunto normativo. Y me jode igualmente el descanso normativo que me quieren imponer los burócratas, dictándome qué días debo y no debo trabajar. Sobre todo, porque en ningún momento cuestionan el problema de fondo, que es el concepto de trabajo. El trabajo no es liberador y el descanso pautado en medio del trabajo no es más que otro entorno normativo, cuyo objetivo es, exclusivamente, reponer fuerzas para una nueva dosis de embrutecimiento laboral. Déjense de horarios y busquen libertad para actuar. Si yo quiero trabajar quince días seguidos y luego holgar durante una semana, ya están los Amos para impedírmelo sin necesidad de que, en su empeño de establecer normas, les refuercen los burócratas de “izquierdas”.

Porque lo de los domingos, ni siquiera desde un punto de vista reformista es un planteamiento positivo. El asunto, dentro de esa óptica de “mejora” del Sistema, no debería ser si trabajar o no en determinados días, sino garantizar que se trabaja un máximo razonable de horas al año y que se recibe un salario aceptable para vivir con normalidad a cambio de esas horas.

Pero, repito, el problema real es el concepto de trabajo, instrumento de control y alienación, entorno donde se estimula la subordinación y la jerarquía, y que carece de todo sentido social. El concepto de trabajo no se atreven a atacarlo.

El trabajo no es algo enriquecedor, personal o socialmente productivo y, mucho menos aún, algo liberador. La vida demanda una serie de tareas para garantizarnos el alimento, el cobijo, el aprendizaje, la diversión, la salud. Pero el trabajo no tiene nada que ver con esas tareas; es un puro elemento de control. El trabajo no surge de ninguna necesidad económica o social, surge de una necesidad política de disciplina, orden y sumisión.

De ahí que siempre (y cada vez con más amplitud) hayan existido una serie de trabajos que no aportan absolutamente nada al bienestar social, pero permiten tener al populacho disciplinado y bajo un férreo control normativo. Volvemos a Babilonia: desde la construcción de esos magníficos templos y zigurats que no tenían la más mínima utilidad social, pero ocupaban a miles de esclavos, hasta los millares de empleos prescindibles de la sociedad actual, nada ha cambiado en la esencia del modelo, sólo que éste se ha enriquecido y diversificado.

Abogados, corredores de bolsa, teleoperadores, comerciales, community managers, notarios, diplomáticos, burócratas, vendedores, subsecretarios y ministros, informáticos, presentadores de TV y tertulianos, futbolistas, curas, agentes secretos, registradores de la propiedad, “coachs”, contables y oficinistas, seguratas, directores y mandos intermedios… se me ocurre una lista interminable de trabajos absolutamente improductivos y que sólo sirven para tener controlada a la población.

Actualmente, se trabaja más moviendo papeles, reales o electrónicos, que produciendo nada. En una reciente encuesta, el 37% de los trabajadores británicos decían sentir que sus trabajos no eran productivos para nada. Probablemente, es una minoría consciente ya que la realidad de los trabajos improductivos es cada día más extensa.

En un interesante artículo (http://strikemag.org/bullshit-jobs/) sobre el trabajo basura, David Graeber argumenta que se suponía que ahora deberíamos trabajar menos horas menos días a la semana, según la tecnología automatiza la producción. Pero la realidad es que han surgido nuevas industrias sin ninguna utilidad social y más trabajos meramente para administrar, dar soporte y securizar esas industrias.

La tecnología ya permite eliminar las tareas más penosas. Como se mecanizaron la siega, la trilla y el empacado de paja en la cosecha, se pueden mecanizar la recogida de basuras, limpieza de calles o minería. Esto debería dejar un conjunto mínimo de tareas productivas que no fuesen vocacionales; para ellas siempre habría voluntarios o un reparto acordado de tareas.

En una sociedad orientada al disfrute, desarrollo personal y satisfacción de sus componentes, y no al control y sumisión de la mayoría para el demencial y desorbitante enriquecimiento de unos pocos, el trabajo como concepto no existiría y cada persona dedicaría su tiempo y sus esfuerzos a actividades vocacionales y realmente productivas para sí y para sus congéneres. Aunque muchos no se lo crean, no somos tan burros como para necesitar que nos fustiguen para hacer lo necesario (y, menos aún, lo innecesario).

Por tanto, como conclusión, dejémonos de chorradas de si trabajar o no los domingos y centrémonos en conseguir lo que realmente puede liberarnos de la esclavitud cotidiana: acabar con la antigua, maldita y abusiva institución del trabajo.

Mitología y conspiraciones

Todas las sociedades intentan buscar la justificación de su existencia en una serie de mitos culturales que, aceptados por una parte significativa de la sociedad, dan a ésta cohesión, sentido y continuidad. Lo menos importante es la realidad de esos mitos; lo que realmente importa es que suficiente gente crea en ellos como para aceptar que justifican el estado de las cosas y no poner en cuestión la estructura normativa y las relaciones de poder de la sociedad.

Por ejemplo, la sociedad romana tenía entre sus principales mitos estructurales la religión romana, el culto a los antepasados y la participación del pueblo en la gobernación a través del Senado, los tribunos y los cónsules. La sociedad capitalista moderna, más economicista, se sustenta en mitos como el crecimiento, el progreso científico y el Gobierno representativo.

Cuando una cultura entra en decadencia, la reacción de la sociedad ante sus mitos fundacionales es diversa. Una parte se empeña en seguir creyendo (o, si se trata de la élite dominante, en simular que sigue creyendo) en la mitología establecida. Otra parte, minoritaria, intenta mostrar desde el escepticismo y la crítica razonada la invalidez y la necedad de seguir creyendo en esos mitos, o, para el caso, en cualquier mito. Otra parte, que va creciendo según la decadencia de la sociedad se acelera, se apresura a sustituir los mitos en ruinas por nuevos mitos aún más absurdos, en una especie de “horror vacui” de quedarse sin mitologías.

Habitualmente, los nuevos mitos suelen ser aún más destructivos que los anteriores, al surgir como un refugio desesperado de aquellos que, parafraseando a León Felipe, desde su miedo necesitan inventar cuentos.

Así, los romanos sustituyeron el mito de las instituciones legalistas por el de la omnipotencia del Emperador, la religión histórica por el cristianismo, el culto a los ancestros por el culto a la curia y al Papa.

En nuestra sociedad, que en el fondo sigue siendo una sociedad agrícola y patriarcal escasamente diferente de la romana, se produce el mismo fenómeno de sustitución de mitologías por otras, cuando menos, preocupantes.

El desprestigio de la supuesta representatividad del Gobierno da lugar a la aparición de líderes, gurús y otras manifestaciones caudillistas. Sobre eso hay poco que decir, pues todos vemos cotidianamente como las instituciones se personalizan, la gente adora u odia al líder omnipotente, las ideas no cuentan nada ante el poder carismático, cualquier enfoque político debe estar encarnado en un dirigente. En fin, otra vez el culto al Emperador.

Respecto al crecimiento, por desgracia es un mito que cuesta y costará derribar, pero cuando se cuestiona el crecimiento, normalmente se plantea la alternativa de volver a un sistema cavernario  donde los grandes objetivos son estar cubierto de piojos y talar los árboles para calentar la cueva en invierno. Y esto enlaza con el fin de otro mito, que para mí es más preocupante: la fe en el avance científico.

Desde luego, tener fe en algo es una estupidez, con lo que nada vamos a perder con la desaparición de la fe en el avance científico, máxime cuando éste se ha convertido en mera progresión tecnológica. Lo que me preocupa es que, en este rechazo del batiburrillo científico-tecnológico, se pasa a rechazar el método científico, el análisis racional y el propio raciocinio.

Aparecen entonces los magufos y conspiranoicos que están convencidos de que la ciencia y la tecnología son instrumentos en manos de unos malvados de película de James Bond, que los utilizan para domesticar y, seguidamente, exterminar a la Humanidad.

Es bien cierto que las actitudes y las acciones de los Gobiernos, el secretismo en la toma de decisiones, el control de la vida cotidiana por una minoría sin escrúpulos y las constantes manipulaciones de la opinión pública para hacernos ver que lo negro es blanco y lo blanco es negro, dan pie a pensar en todo tipo de conspiraciones y camarillas secretas organizando el mundo desde sus refugios subterráneos. Pero no entiendo bien qué tiene que ver eso con la dejación absoluta de cualquier tipo de análisis racional de la realidad.

Una suerte de “cuñadismo” se está extendiendo por una sociedad cada vez más descreída de lo que le cuentan y que necesita creer, como sea, en algo; cuanto más inverosímil, mejor.

Este pensamiento mágico se presenta, especialmente, cuando se trata de temas de salud, aspecto que en esta sociedad egoísta, narcisista y con ansias de eternidad, se ha convertido en el centro de las obsesiones de la gente. Claro que, tratándose de cuñadismo del bueno, lo menos importante es que lo que se piensa tenga la menor verosimilitud; sólo importa que tenga su base en algún contubernio siniestro y oculto que sólo se ha desvelado a los “iniciados”.

Basándose en el evidente afán de lucro de las industrias farmacéuticas (como cualquier empresa capitalista), los iniciados han descubierto una conspiración a nivel mundial para enfermarnos, matarnos o, cuando menos, volvernos autistas por medio de medicinas y vacunas que no sólo no tienen ninguna utilidad, sino que están cargadas de efectos negativos y letales, conocidos y promovidos tanto por los Gobiernos como por las farmacéuticas. Qué estúpido interés pueden tener en hacerse ricos envenenándonos (con lo que perderían clientela) en lugar de hacerse ricos intentado curarnos, es algo que escapa a mi comprensión. Pero ahí están los movimientos antivacunas, el pingüe negocio de la homeopatía, la medicina alternativa, el reiki y otras formas de “imposición de manos” alimentando una sociedad de lo irracional y lo mágico, que, desde luego, no pone en cuestión lo más mínimo de la estructura del Sistema y no deja de ser una nueva versión extendida y ampliada de los libros de autoayuda.

Toda esta gente que afirma tajantemente que las farmacéuticas ponen en el mercado, y los médicos promocionan, sustancias conocidamente dañinas con el mero objetivo de ganar dinero, no abren, sin embargo, la boca cuando se trata de la industria automovilística. Claro, que todos los cuñados entienden de motores y aceleraciones y se sienten cómodos con esos artefactos, pero lo de las moléculas y la química es un tema bastante más complejo.

La industria automovilística, y esto sí es un hecho incontestable, pone en el mercado millones de artefactos respecto a los cuales son muy conscientes de que su uso es letal. Y lo es porque los costes de hacerlos no letales serían excesivos y disminuirían la rentabilidad del negocio.

Implantar mecanismos para que los autos no emitiesen gases venenosos y cancerígenos, que matan todos los años a millones de personas, es más caro que montar un motor de combustión, tecnológicamente atrasado, que quema hidrocarburos y expulsa todo tipo de moléculas infinitamente más tóxicas y peligrosas que las vacunas.

Poner en marcha los elementos de seguridad que evitasen que un auto se convierta en una trampa mortal ante cualquier descuido a 100 Km/hora (velocidad que todos estos cacharros superan sin el menor esfuerzo) también incrementaría el coste de una forma que los fabricantes de automóviles no están dispuestos a asumir.

Así, la gente utiliza cotidianamente un aparato en cuya fabricación está previsto y calculado que va a ocasionar cientos de miles de muertos al año por su mero uso. ¿Os imagináis que, en el mundo, utilizar la lavadora, la plancha o el frigorífico produjese durante un mes la décima parte de los muertos que los autos en una semana? Se exigirían comisiones de investigación, cierre de fábricas, responsabilidades penales a los fabricantes y se produciría una caída abismal en la compra de esos mortíferos aparatos. Podemos esperar sentados a que ocurra lo mismo con el auto, esa máquina asesina que sale de las cadenas de montaje con una tasa ya predeterminada de muertos por centenar de unidades.

Otra de mis teorías favoritas de los conspiranoicos es la de las “chemtrails”, las supuestas estelas de productos químicos con que nos fumigan desde los aviones. Ignorando todo sobre la condensación del vapor por efecto de la presión, esta gente nos quiere convencer de que nos están fumigando con el objetivo de acabar con nosotros. Evidentemente, de la “fumigación” a que nos someten los vehículos con motor de combustión nunca hablan. Ni tienen el menos reparo en tomar un avión “fumigador” para irse a una playa tailandesa o a Londres.

El problema de todas estas paranoias y mitologías es doble: por un lado, rechazan cualquier aproximación analítica a los problemas de la sociedad, con lo cual es imposible que lleguemos siquiera a analizar las causas y a procurar los remedios; todo es mágico, oculto y conspirativo, no hay forma racional de oponerse a ello.

Igual de preocupante es el otro problema inherente a las teorías conspirativas, la pérdida de visibilidad de los atentados reales a nuestra vida: mientras se preocupan de descubrir dónde y cuándo les han implantado el chip para anularles la voluntad, se dejan embrutecer por las cadenas televisivas y las visitas semanales a los centros comerciales.  Mientras imaginan el programa secreto de control de la Humanidad, no tienen reparo en pasear entre los miles de cámaras que inundan las ciudades o en ir dejando el rastro de sus actividades, intenciones, localizaciones, afinidades por medio de múltiples cachivaches electrónicos conectados todo el día y en los que publicitan su vida privada sin limitaciones. Mientras se fabrican gorros de papel Albal para que no les proyecten pensamientos, se emboban escuchando a los líderes de opinión, santones o saltimbanquis del circo político.

En fin, conducidos de una forma cada vez más acelerada a una nueva Edad Media, y enfrentado a estas “alternativas” a la sociedad actual, intento mantener la esperanza de que, cuando se derrumbe definitivamente la civilización occidental, al menos los nuevos mitos sobre los que se construya la sociedad no tengan como Libro Sagrado una colección de tratados sobre homeopatía, acupuntura y reiki.

Principios y tácticas

Para una anarquista, la disyuntiva que implica el título de este artículo, puede parecer evidente. Los principios deben anteponerse a las tácticas. El fin no justifica los medios.

Claro que, como anarquista, hablar de principios siempre me ha rechinado un poco. Dado que, afortunadamente, la mayoría de los anarquistas no creemos en ningún Libro revelado ni admitimos popes infalibles que nos digan cómo actuar en cada momento, el tema de los principios se convierte en un asunto individual y, por tanto, subjetivo.

En cuanto al fin u objetivo de las anarquistas éste es, evidentemente, la Anarquía como forma de sociedad. Sin atreverme a definir la Anarquía (como no me atrevo a definir la Vida), pienso que la sociedad anarquista es una sociedad en la que, mediante la cooperación voluntaria de humanos libres, se intenta obtener la felicidad y el bienestar de la mayoría, evitando toda forma de privilegios, dominación, sumisión, explotación, discriminación, poder, represión y coerción. Esta definición puede ser objeto de todo tipo de críticas, pero creo que será aceptada por la mayoría de las anarquistas.

Ese objetivo, ¿es alcanzable mediante un brusco giro histórico, tipo insurrección? ¿Es posible todavía pensar en un movimiento masivo de personas que asaltan las Instituciones, que les arrancan el Poder y lo destruyen, lo deshacen y pulverizan?

Una serie de consideraciones hace que sea bastante escéptico respecto a esa posibilidad.

En primer lugar, la toma del Poder siempre la llevaría a cabo una minoría que, una vez alcanzado ese Poder, no tendría el menor interés en destruirlo. La defensa de la Revolución frente a los contrarrevolucionarios, la inmadurez popular, la necesidad de instruir a las masas, el desenmascaramiento de los enemigos infiltrados… El nuevo Poder siempre encontrará excusas para reforzarse, instaurar un nuevo régimen represivo, imponer normas de conducta, reproducir, en suma, el modelo de dominación y su contrapartida, la sumisión.

Por otro lado, el Poder está actualmente infinitamente más disperso que hace uno, dos o tres siglos. Anteriormente, bastaba con tomar el Palacio de Invierno o cortar la cabeza al Rey para desmoronar, en gran medida, las estructuras de Poder existentes. Ahora el Poder habita en múltiples instancias y se ejerce desde diferentes entornos. Las empresas, grandes y pequeñas, las instituciones educativas, las entidades financieras, los conglomerados militares, los organismos internacionales de todo tipo, los gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales, y la lista podría extenderse indefinidamente, son centros de Poder. Interrelacionados muchas veces, organizan la vida de las personas en múltiples aspectos y representan barreras al libre ejercicio de la responsabilidad de cada una.

Un último aspecto, y quizá el más grave, es la extendidísima ignorancia de los seres humanos respecto al funcionamiento real de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos. Una sociedad en la que, gracias a los medios de desinformación, las personas consideran el summum de la felicidad poder pasear los fines de semana por los centros comerciales o tener la posibilidad de comprarse un trineo, aunque uno viva en el desierto del Sáhara. Una sociedad que promueve la competencia, la desigualdad, la jerarquía y la hostilidad hacia los extraños. Una sociedad de personas lobotomizadas mediante espectáculos televisados de trifulcas escenificadas por actorzuelos de tercera fila, campañas electorales, personajes-modelo carentes de neuronas, pugna continua por hacerse con el último utensilio que les impone la moda, focalizacón de la atención en efímeras trivialidades ultrapublicitadas, miedos absurdos inculcados…

Este aspecto de la ignorancia promovida desde los poderes es el que me hace más escéptico respecto a la posibilidad de un cambio súbito y radical en nuestro modelo de convivencia. Y, probablemente, el que más difícil solución tenga. ¿Cómo cambiar la educación sin cambiar la sociedad que fomenta esa “deseducación”? ¿Cómo cambiar la sociedad sin cambiar la educación que legitima y sustenta el poder de esa sociedad?

En fin, derivo como siempre… Ante la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo como anarquistas de una forma inmediata o en un futuro previsible, ¿debemos retirarnos a nuestros “cuarteles de invierno” hasta que las condiciones sean más propicias? ¿O debemos trabajar en el día a día para conseguir esas condiciones más propicias?

Y es en esa disyuntiva donde me planteo la cuestión de los principios frente a las tácticas.

Si nuestro objetivo es conseguir una sociedad de personas libres, solidarias y fraternas, ¿es preferible aceptar cualquier avance en esa dirección o debemos mantenernos inflexibles en el rechazo absoluto de todo lo que no sea la Anarquía? En la propia forma de exponer la pregunta, creo que es fácil adivinar cuál es mi perspectiva al respecto.

Creo honestamente que debemos aprovechar cualquier resquicio, contradicción o ventaja que nos aporte el Sistema para limitar su poder e influencia, a riesgo de “contaminarnos” con prácticas propias del Sistema.

Por ejemplo, aunque los tribunales y la profesión de abogado son parte inherente del Sistema, ¿no es más lógico, en un juicio contra unas compañeras, utilizar un abogado para intentar que el juez las ponga en libertad que rechazar cualquier tipo de ayuda basándose en que no reconocemos la legitimidad del Tribunal para juzgarnos?

Aunque el dinero vaya a parar a las arcas del Estado, ¿es coherente negarse a recolectarlo para pagar la fianza de unos compañeros? ¿O es mejor que puedan volver a la calle para seguir trabajando en la lucha diaria?

Y entrando en terrenos más resbaladizos, si una candidatura municipal va a implantar modelos participativos y fomentar el debate asambleario en los barrios, ¿no es más adecuado votarla que abstenerse y permitir que se imponga una candidatura fascista? Digo que este terreno es resbaladizo, porque entramos en el debate de la participación en las instituciones (que, personalmente, rechazo) o el sostén de las instituciones (que puede considerarse que se produce por el hecho de colaborar en sus circos electorales).

Por mi parte, no tengo ninguna fe en ningún “representante” político, pero tampoco considero que “cuanto peor, mejor”. Que las instituciones locales estén ocupadas por personas que puedan buscar el bienestar de los comunes o ser más tolerantes con las luchas reivindicativas y los modelos alternativos, creo que es objetivamente beneficioso, aunque esté a años luz de la Revolución.

La otra opción es mantenerse aferrado a los “principios” (sean éstos lo que sean) y, como Simeón el Estilita, permanecer de pie en lo alto de un pedestal a salvo de toda contaminación. Claro que, al que le agote estar de pie, siempre tiene la posibilidad de retirarse de este sucio mundo, como los anacoretas, y vociferar desde el fondo de su cueva contra todos los “reformistas” que buscamos un mundo con mayor bienestar, aunque sea a cachitos y dejando que nuestros principios se pringuen con las tácticas.

Cuidadores de la materia

Los humanos tenemos la capacidad de percibir, en cierta medida, lo que está sucediendo en la mente de otros humanos a los que vemos, gracias a las llamadas “neuronas espejo”. Esta capacidad sabemos que la comparten otras especies como los grandes simios, los elefantes o los cetáceos. Ése es el origen de la empatía.

Pero, además, gracias a nuestra capacidad de abstracción, nuestra empatía puede extenderse más allá, y abarcar a humanos que no vemos, aquéllos de que nos hablan o que, simplemente imaginamos o, incluso, a otros animales.

A veces sucede que nuestra capacidad empática se desarrolla aún más y no sólo nos podemos identificar con lo más cercano a nosotros (como los humanos o los mamíferos). Tengo la desgracia de sufrir esa empatía extendida y me sorprendo identificándome y sintiéndome solidario con aves, peces o insectos. Más aún, me abruma el sufrimiento de las plantas y me llena de plenitud su alegría, tan patente en los árboles reverdecidos en la Primavera, en las plantas que embellecen su entorno cuando se muestran sanas y vivaces después de la lluvia.

Mi identificación con otros seres se extiende también a los seres minerales, a los que muchos consideran inertes y muertos, pero que desarrollan una vida lenta, milenaria, construyendo montañas, depositándose en los valles de los ríos, creciendo desde el manto terrestre en lavas y basaltos. No hay prueba más evidente de que los minerales viven que tomar una piedra del campo o un guijarro de la playa, llevárselo a casa y ver cómo va perdiendo brillo y belleza, se va poniendo mustio y termina siendo un pedazo de nada inerte y desvaído al estar alejado de su entorno natural. Ver el mar o la atmósfera, cambiante a cada segundo, me convence aún más de la vitalidad extraña y remota que tienen todos los seres minerales. Y, ¿quién puede dudar de la vida que se demuestra en la evolución de los planetas, las estrellas o las galaxias?

La empatía con toda esta multiplicidad de seres no me parece extraña ni significa que esté loco, como algunos pensarán. Al fin y al cabo, compartimos con ellos el milagro de ser seres materiales.

Ser materia, estar formado por átomos, no es algo tan usual como pensamos y los seres materiales constituimos una parte ínfima del Universo conocido. Al fin y al cabo, la materia que conocemos (y ahí incluyo a los neutrinos y todo tipo de fotones) no representa más que el 4,6 % del Universo. El 24 % lo constituye la materia oscura (adjetivo que sólo indica nuestro absoluto desconocimiento sobre en qué consiste) y el 71.4% de la densidad energética del Universo se halla en la forma de energía oscura, de la que sólo se sabe que tiene un efecto gravitacional negativo.

Muchos de mis amigos se abstienen de consumir alimentos de origen animal, por esas afinidades empáticas de las que hablamos. Comparto con ellos el desasosiego ante la explotación a la que sometemos a los animales; pero lo mío es bastante jodido, porque mi empatía se extiende a ese 4,6 % del Universo con el que me identifico al tratarse de seres materiales como yo.

Así, me irrita profundamente y me exaspera el maltrato a que se somete a las plantas, especialmente en España, cuyos habitantes comparten con las cabras el dudoso honor de ser enemigos de cualquier árbol, brote o hierbajo. Y también me aturde y me entristece pensar en laderas montañosas reventadas para hacer autopistas, en extensiones de terreno devastadas por canteras, en el subsuelo explotado y degradado por prácticas mineras o por el fracking.

Me preocupa y me abate el ánimo pensar que van a estrellar la sonda Messenger contra el planeta Mercurio, para estudiar posteriormente el tipo de cicatriz que producirá ese choque antinatural en la corteza del planeta. Y me pregunto si tenemos derecho, en el futuro, a explotar los recursos del cinturón de asteroides o a terraformar Marte (terraformar, por si alguno lo desconoce, es un término que define la técnica de modificar artificialmente la atmósfera, el clima y las condiciones de un planeta para hacerlo habitable por los humanos).

Todo esto me conduce a pensar si, como materia inteligente, no seremos una enfermedad de la propia materia, empeñada en su destrucción, explotación y modificación.

No percibo una solución sencilla a esta relación destructiva que tenemos con los otros seres materiales y que se ha acrecentado desde que, debido a la tecnología, hemos roto nuestros vínculos de colaboración con nuestro entorno. El modelo mental y económico de lo que llamamos civilización (que tiene su máximo exponente en la ideología capitalista) nos condena a ser los enemigos de nuestro entorno, a explotarlo sin consideración, a degradarlo para servir a nuestros intereses egoístas y cortoplacistas.

Una posibilidad sería impregnarnos de la filosofía nihilista que subyace en las manifestaciones más radicales del pensamiento hindú o budista, absteniéndonos de toda acción y disolviéndonos en la Nada nirvánica.

Mientras decidimos si hacer eso o no, lo único coherente que se me ocurre es convertirnos en “cuidadores de la materia”. Hacernos conscientes de que somos parte consustancial del mundo material, de que ese mundo no está a nuestro servicio e intentar, lo mismo que lo intentamos con los animales, respetar, y abstenernos de explotar y degradar gratuitamente, al resto de los seres con los que compartimos esa fraternidad ínfima (y minoritaria en el Universo) de ser materia.

Cuentos chinos

Si hay una palabra que se ha desacreditado en las últimas décadas es “popular”. El Partido integrista y reaccionario que gobierna en España se denomina Popular, el Banco y la emisora de radio de la Conferencia Episcopal española se llaman Popular, Belén Esteban y los programas de Tele 5 son populares…

Aunque para mí, uno de los mayores descréditos de esa palabra es que la dictadura capitalista que gobierna en China se autodenomine República Popular China.

Desde que Deng Xiaoping abrió en 1979 la economía china a las reglas del mercado y al capital extranjero, se ha producido un crecimiento económico acelerado que, como era de esperar, ha beneficiado a una minoría: la nueva clase empresarial formada por cuadros del Partido y dirigentes del Ejército Popular. Esta élite económica se ha beneficiado de la asignación a sus intereses privados de fábricas, conglomerados industriales y otros recursos previamente de titularidad pública. Adicionalmente, la legislación promulgada por la Asamblea Popular a lo largo de los años 2000 ha promovido todo tipo de beneficios fiscales y protección de las empresas privadas que, en 2011, ya representaban el 90% de las empresas en China.

Si sumamos a esta protección el hecho de que los obreros chinos carecen de cualquier tipo de derecho laboral, están sometidos a jornadas de trabajo interminable, con salarios reducidos y sin que las empresas se gasten un duro en garantías de seguridad o salubridad en los centros de trabajo, resulta que la República Popular China se ha convertido en el paraíso de la empresa capitalista.

Como colofón, la absoluta permisividad en cuanto a la degradación y contaminación del medio evita a las empresas el coste adicional de producción que conllevan las medidas de prevención o reparación del daño ambiental.

China es el segundo país más contaminante de la Tierra y pronto será el primero a base de la falta de controles ambientales y del uso masivo de carbón como fuente de energía (no olvidemos que el primitivo medio de quemar carbón sigue siendo, en costes directos, el medio más barato de obtener energía).

Aunque las empresas extranjeras tienen ciertas barreras para instalarse en ese paraíso neoliberal, muchas de estas barreras se levantan con los (cuantiosos) sobornos adecuados a las personas clave del Régimen Popular. El que empresas como General Motors, CocaCola, Apple o McDonalds y muchas otras obtengan sustanciosos beneficios en China es una de las razones por las que el régimen tiránico de China nunca es objeto de ninguna crítica en la prensa occidental (aparte de ser el primer acreedor de los EEUU).

La inmensa riqueza de los nuevos multimillonarios chinos, evidentemente, no se redistribuye para mejorar las condiciones de vida en el país. Como buenos capitalistas, los millonarios chinos, tras acumular numerosos ceros a la derecha en sus cuentas, trasladan la mayoría de su dinero a paraísos fiscales o lo invierten en países en los que tienen facilidades para manejar su dinero de forma opaca, como España.

El capitalismo chino se expande, siguiendo la lógica del Sistema, por todo el Planeta, con diversos modos de penetración:

  • En África, al más puro estilo colonial, saquea las materias primas a cambio de sobornos a la clase gobernante de esos países. Esta clase se enriquece, el capitalismo chino se enriquece, y la población local queda sumida en la miseria y expoliada de sus recursos.
  • En Iberoamérica el modelo es similar pero al encontrarse con sociedades civiles más avanzadas, el saqueo es menos descarado y el reparto de beneficios ligeramente más favorable a sectores locales.
  • En el Sur de Europa, la inversión es más lenta y compleja pero, poco a poco, van haciéndose con sectores económicos con la complicidad de las élites locales.
  • Por último, está la pura especulación financiera, comprando deuda soberana, “reflotando” empresas en crisis, creando fondos de inversión opacos y depositando dinero en paraísos fiscales.

La corrupción que se deriva de la colusión de intereses entre el Poder político y el Poder económico, de la nula transparencia en la gestión gubernamental y de la ausencia total de medio de denuncia de los abusos, ha convertido al Régimen y a los capitalistas chinos en una verdadera Mafia que mezcla, sin ningún reparo, todo tipo de negocios legales e ilegales con los que poder enriquecerse.

Así, algunas de las principales actividades que lleva a cabo la élite económica china (recordemos, principalmente miembros del Partido y el Ejército) son el tráfico de personas, la prostitución y el tráfico de drogas ilegales.

Un ejemplo paradigmático y cercano de las actividades del capitalismo chino es lo que ocurre en el Sur de Europa. Por ejemplo, la empresa pública china Cosco se ha hecho la explotación de la mitad del puerto griego de El Pireo mediante una privatización parcial del mismo. Esto ha implicado un buen pellizco para el anterior gobierno griego (que no ha visto el pueblo, evidentemente) y la creación de una zona de prácticas mafiosas en las operaciones de esa mitad del puerto, donde se han rescindido los contratos anteriores y se contrata ahora sólo a los que admiten una bajada sustancial en sus condiciones laborales y su salario. Sólo la llegada de Syriza al gobierno ha paralizado la prevista privatización completa del puerto.

En España, tema que conozco más de cerca, la mafia capitalista china invierte, de forma visible, en el principal activo que tiene este país, el inmobiliario, como la reciente compra del Edificio España de Madrid por el empresario Wang Jianlin.

Pero una parte sustancial de los negocios chinos en España están más cerca de lo “invisible”.

Las mafias estatales chinas “exportan”, de manera ilegal, personas que al llegar a España deben pagar el coste desmesurado de su billete de una de dos formas: mediante la prostitución, en el caso de las jóvenes, o mediante el trabajo esclavo en “sweat shops” o en tiendas al por menor, abiertas casi 24 horas al día.

Uno de los aspectos más curiosos de esas tiendas chinas es que siempre se les ha concedido (desde la Administración española), libertad de horarios que no tenían el resto de los comercios. Me pregunto cuál habrá sido el pago para obtener esa concesión.

Una vez que la mafia empresarial se hace con un local de venta al público (y el número de locales crece de forma absolutamente ilógica), instala un grupo de esclavos a trabajar sin descanso, con unos salarios ínfimos (con los que deben pagar su “pasaje”) y sometidos a un régimen de control y amedrentamiento que puede percibirse si alguna vez has tenido la desgracia de asistir a la toma de recaudación diaria por un sicario que ga descendido de un vehículo de lujo.

Lógicamente, la relación entre los precios a los que compran y a los que venden esas tiendas, por mínimos o nulos que sean los salarios, no puede reportar beneficios. Éstos proceden del blanqueo del dinero negro que está obteniendo la mafia mediante actividades no legales como la prostitución o la distribución de drogas ilegales.

Podría seguir narrando los entresijos de esa red mafiosa del Ejército Popular y el Gobierno de la República Popular China, pero creo que ya es bastante.

Sólo quiero hacer notar, para terminar, a qué tipo de entramado mafioso estamos sosteniendo cuando compramos esos productos “baratos” en los almacenes chinos y qué modelo de explotación laboral y social estamos permitiendo que exporten los capitalistas chinos.

Como leí una vez en la red, no recuerdo a quién: “¿Pensáis que podéis comprar a los chinos y no terminaréis viviendo como los chinos?”