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Nutrición y fe

Las religiones monoteístas siempre han sido muy proclives a normalizar y legislar (es decir, establecer prohibiciones) sobre cualquier aspecto de la vida de sus fieles, quizá aprovechando que éstos solían hacer gala, en general, de una amplia incultura.

Entre los aspectos normativos de esas religiones, uno que siempre me ha fascinado es la prohibición de comer determinados alimentos.

La religión judía, que hace gala de una enorme inventiva en los asuntos alimenticios, prohíbe, además de comer cerdo en cualquier variante, comer animales que, no siendo rumiantes, no tengan la pezuña hendida, tomar carne y lácteos al mismo tiempo, comer animales marinos que no tengan aletas y escamas y, sobre todo, cualquier animal debe haber sido sacrificado siguiendo las normas que, en esencia, consisten en desangrarlos por completo. La sangre no es kosher. Hay otras limitaciones aún más complicadas para lo que se debe comer por Pascua, pero no entro en ellas para no marearos y no marearme.

El Islam es un poco menos restrictivo, pero también tiene tela. Están prohibidos el cerdo, los animales carnívoros, los anfibios, las mulas y burros, los perros… Y también los animales que no han sido sacrificados según las normas. Tampoco la sangre es halal. Luego está el ayuno del Ramadán, costumbre comprensible en el desierto de Arabia donde comer durante el día a 50º es insensato, pero que los fieles han llevado con su fe hasta Canadá o Noruega.

El cristianismo, la religión monoteísta más pagana en el fondo, es bastante laxa en cuanto a las restricciones alimentarias, limitándose a prohibir el consumo de carne durante varios días señalados y aconsejando el ayuno en determinadas fechas. Antes ese ayuno era obligatorio pero el cristianismo, religión en franco retroceso, se ha vuelto mucho más permisiva en sus normas a ver si así pierde menos adeptos.

En realidad, todas estas prohibiciones se originan para prevenir determinados problemas higiénicos y epidémicos, resultantes de vivir en zonas desérticas con elevadas temperaturas (eso hace al cristianismo, religión que se expande en zonas templadas, más tolerante con la alimentación). Al final, las restricciones alimentarias proceden de entornos geográficos y culturales determinados.

Por ejemplo, en zonas donde la ingesta de proteínas de origen animal es limitada y problemática, las culturas locales permitieron la antropofagia. O la sacralizaron, como en la cultura azteca (y otras mesoamericanas), que organizaba las guerras floridas para capturar enemigos que sacrificar a los dioses. Y cuya carne consumir posteriormente.

No seré yo quien diga nada contra la antropofagia. Comer cadáveres humanos me parece igual de terrible (o no) que comer cadáveres animales o vegetales. Pero matar humanos para comerlos me parece menos terrible que matarlos para que se callen, porque opinan de otra forma sobre cualquier tema, porque piden lo que es justo, porque son de un género diferente…

En fin, me desvío como siempre. Estaba hablando de cómo las religiones determinan qué se debe comer y qué no, y que la gente se sumerge en esas limitaciones sin considerar qué razones puede haber detrás de ello.

En las religiones modernas, lo de apelar a la fe y obviar la razón parece que es menos aceptable, por lo que todo el rollo New Age está cargado de razonamientos sobre por qué es adecuado o no realizar determinadas acciones. Como estoy hablando de la comida no me voy a meter en el patatal de hablar de los razonamientos sobre cómo se debe parir, cómo se debe decorar la casa o cómo deben jugar los niños, si debe vacunárseles o cuándo se les puede enseñar a leer.

Voy a meterme en otro patatal distinto y es hablar de una simpática (al menos para mí) religión que es el veganismo. Éste es un tema complejo, y por más que intente ser escueto sé que este artículo se me va a ir de las manos. También sé que en algún momento me van a tachar de retrógrado (espero que no de “taurino”, que es lo último), pero aun así, ahí va este ladrillo.

Los veganos, como todo el mundo sabe, se abstienen de utilizar cualquier producto de origen animal, tanto evitando la ingesta de alimentos de origen animal directo o indirecto (como es el caso de la miel), como el uso de cualquier otro producto (ropa, cosméticos, mobiliario) en el que se hayan utilizado sustancias de origen animal.

El loable propósito de esto es evitar la explotación de los animales, al tratarse éstos de seres vivientes y sentientes similares a la especie humana. Que quede claro que esta exquisita sensibilidad no se aplica a todas las especies (de ahí que no es correcto que los veganos se declaren “antiespecistas”), ya que especies de origen no animal, como vegetales, hongos, algas o bacterias pueden ser utilizadas sin ningún anatema por los creyentes.

Lo primero que sorprende de esta creencia y, desde mi óptica la descalifica, es su antropocentrismo. Los animales son dignos de respeto y consideración porque son similares a nosotras las humanas. No puedo dejar de apuntar que, desde mi punto de vista, si hay algún argumento que pudiera hacer respetables a los animales sería aquello que los hace diferentes de los humanos, pero bueno….

Evidentemente, las ideas de Linneo han sobrevivido desde el siglo XVIII, y para mucha gente los seres vivos se organizan en una jerarquía de supuesta proximidad a los humanos. Innegablemente, en lo alto de la jerarquía estamos los humanos (bueno, algunos siguen afirmando que, por encima se encuentran el Rey y Dios, lo que dota de totalidad a esa jerarquía). Después de las humanas, la clasificación es evidente y raya en lo infantil: mamíferos (entre los que, como su nombre indica, destacan los primates), aves, reptiles, anfibios y peces, por ese orden. Tras éstos, una amalgama de invertebrados que cada cual pone más o menos arriba según supuestas proximidades. Hay quien prefiere los moluscos cefalópodos (al fin y al cabo, tienen cerebro y unos ojos como los nuestros) y quienes prefieren los insectos sociales (que comparten con los humanos la aberración de las sociedades jerárquicas).

Más abajo, está toda esa maraña imprecisa de vegetales, hongos, etc. en la que también existen jerarquías, pero que, en el fondo, para el común de los mortales (sobre todo si es español) son poco más que piedras porque, siguiendo ese razonamiento de “sentido común”, ni se mueven ni tienen sistemas nerviosos similares a los nuestros. Lo que no se mueve, a tomar por culo. En fin, qué bonicas que son las jerarquías…

Tanta pseudociencia le abruma a uno que, en su simpleza, organiza a los seres vivos según le caigan más o menos simpáticos. En concreto, le tengo escasa simpatía a los mamíferos (exceptuando gatos y lobos) y a los insectos, bastante simpatía a los peces y soy un enamorado de las aves y de las plantas. Esta organización, aunque no afecta en modo alguno a mi utilización de los recursos naturales, resulta ser tan irracional y emocional como la anterior.

Y es que, al final, resulta bastante absurdo clasificar los seres vivos por la estrategia que han desarrollado, a lo largo de cientos de millones de años, para su supervivencia.

Determinados seres vivos (los animales) han optado por corretear estúpidamente de aquí para allá, devorando lo que sale a su paso (sea animal, vegetal o lo que se tercie), huyendo de ser devorados por otros como ellos o acercándose a otros seres de su especie para intercambiar código genético. Estos seres, como nosotros, se comunican a través de ruidos y posturas que, como todas sabemos, en general son confusas y conducen a malentendidos de todo tipo.

Otros (las plantas) han optado por instalarse en zonas ricas en nutrientes minerales y ayudarse de la energía de la luz solar para construir su alimento, y utilizar el viento, la gravedad u otros seres vivos (sin necesidad de aniquilarlos) para sus tareas reproductivas. Para comunicarse, utilizan un complejo intercambio de señales químicas que les avisan de peligros o situaciones de stress, alejan a los animales parásitos o atraen a los polinizadores, como las abejas o los colibrís.

Así, a bote pronto, me parece más admirable el modelo escogido por las plantas, que no necesitan prácticamente nunca aniquilar a otros seres vivos para nutrirse, ya que han seleccionado hacerlo por medio del anhídrido carbónico y la luz solar. O que en sus estrategias reproductivas tienen la “generosidad” de alimentar a los polinizadores con el néctar de las flores o a quienes dispersamos sus semillas mediante la ingesta de frutos. Los frutos no dejan de ser algo maravilloso como estrategia reproductiva, pues se hacen comestibles cuando sus semillas ya están listas para desarrollarse y consiguen dispersar esas semillas (junto con el estiércol que alimentará su crecimiento inicial) a través del movimiento y de las funciones digestivas de los animales frugívoros

Desde luego, la relación de las plantas con su entorno me parece bastante más inteligente que la de los animales, aunque no cuenten con un Sistema Nervioso Central del que tan orgullosas estamos las humanas.

Pero, al margen de simpatías y jerarquías, obviando que uno clasifique a los seres vivos en una estupenda pirámide de compartimentos estancos, la realidad es que la vida en la Tierra procede de una fuente única y los seres vivos están más próximos entre sí de lo que podríamos pensar en principio. Como demuestra, por ejemplo, la peculiar simetría pentagonal que compartimos con las manzanas, las rosas y las estrellas de mar.

A nivel ilustrativo, suelto más adelante los porcentajes de proximidad genética (compartición de ADN) de diversas especies respecto a los seres humanos. Adelanto que todo esto no quiere decir nada, porque el concepto mismo de “especie” no deja de ser una construcción mental de los humanos fruto del afán clasificatorio que tanto gustaba a los Ilustrados del siglo XVIII, y que es bastante polémica y confusa desde un punto de vista biológico.

  • Chimpancés 98%
  • Gatos 90 %
  • Ratones 88 %
  • Vacas 80 %
  • Moscas y pollos 60%
  • Bananas 50 %
  • Lechugas 40%

Esto último me conduce a contar la anécdota sobre el horror que sentí una vez en un supermercado pijo, viendo que vendían lechugas vivas (!!!), metidas en plastiquillos y con todas sus raíces sumergidas en agua. Estaba a criterio del consumidor (y de su sadismo), si al llegar a casa mataba las lechugas antes de devorarlas o se las comía vivas directamente desde el cachivache.

En fin, que puestos a respetar a los seres vivos y no comernos lo que no es ético que nos comamos, sólo nos queda la opción de ser frugívoros (como fuimos durante millones de años, alternando con algún rico coleóptero o larva, por eso de ingerir aminoácidos, hasta que la sequía en África Oriental dio con todo al traste), ya que los frutos son el único producto que está “preparado” de forma natural para ser ingerido sin dañar (habitualmente)  al ser vivo que lo produce.

Evito entrar en la argumentación (reconozco que demagógica), de las contradicciones a las que me lleva ese “respeto” a los animales.

Si yo no puedo comer la miel de las abejas, ¿debo respetar que un oso destroce una colmena para comérsela? ¿Debo tomar partido en la pugna de los carnívoros contra el resto de los animales?

¿Qué decir de la explotación indirecta de los animales que ejerzo al comer vegetales? Uso de las abejas para la polinización (no, no es algo natural, ya que son criadas específicamente para esta labor), uso de abonos de origen animal, eliminación de todo tipo de parásitos…

Por último, si respeto a los animales, ¿no es una aberración que mantenga a perros, gatos o cobayas bajo mi dominio y viviendo en entornos artificiales creados por la Humanidad? Ser vegana y “tener” un perro en una ciudad, ¿no es realmente chocante?

Muchas más insensateces y también sensateces podría soltar respecto a las pretensiones éticas del veganismo; siempre desde la inmensa admiración, no nos engañemos, por todos los seres vivos. Jamás se me ocurriría salir a “divertirme” reventando corzos a cartuchazos y me duele tanto la idea de arrancar una rama a un árbol como la de arrancarle una pata a un gorrión.

Pero hay otros dos razonamientos detrás de las creencias veganas, que son los beneficios para la salud (humana) y los beneficios para el ambiente que generaría una sociedad exclusivamente herbívora.

Pasaré totalmente por alto el argumento de que comer vegetales es “mejor para nuestra salud”. La salud de las humanas, claro, no la de las plantas. Al margen de que eso es bastante debatible desde un punto de vista científico, no deja de ser un argumento egoísta, mezquino y egocéntrico, que es mejor obviar.

El otro hilo argumental es mucho más relevante, pero a estas alturas intentaré resumirlo al máximo. Pretender que la agricultura industrial es menos dañina para el entorno que la ganadería industrial, es no haberse enterado de cómo funciona el Sistema.

La agricultura industrial se basa en el monocultivo de una serie limitada de plantas, de alta productividad a corto plazo. A largo plazo (concepto inexistente en el Sistema capitalista), los monocultivos arrasan la capa viva del suelo y sólo se pueden mantener artificialmente durante una temporada a base de abonos, también industriales, derivados del petróleo. Al final, el suelo queda baldío, el chiringuito se mueve para arrasar otra zona, y no hay nada que hacer.

La agricultura industrial prospera, sobre todo, en base a cultivos de semillas transgénicas, modificadas para incrementar enormemente su productividad y también para que generen, por sí mismas, sustancias insecticidas y herbicidas.

Si no optamos por las semillas transgénicas (y, en realidad, aunque optemos por ellas), nos veremos en la necesidad de utilizar esos insecticidas, herbicidas y otros venenos (que luego se propagan por el medio), para mantener a esas plantas fuera del alcance de sus depredadores animales naturales (insectos, roedores y otros herbívoros) y de la competencia de otras plantas.

En cualquiera de los casos, estos cultivos de soja, palma, maíz y cereales requieren que previamente se haya arrasado el bosque y el suelo primigenios, con toda la diversidad animal que aquéllos sostenían. En Indonesia o Brasil, la desaparición acelerada de la selva y toda la vida animal y vegetal que ésta sustenta, es un subproducto de las plantaciones masivas de palma y soja, esta última bajo licencia de Monsanto.

Los cultivos requieren un consumo desmesurado de agua (el 70% del agua que se gasta en el mundo se dedica a la agricultura) y contaminan la que no usan. Requieren el uso de abonos contaminantes provenientes de la industria del petróleo. Originan multitud de desechos tóxicos. Eliminan toda la biodiversidad animal, vegetal y bacteriana del entorno. En fin, son una pesadilla ecológica.

Me podéis argumentar que no hace falta que la agricultura sea industrial. Desde luego, pero esto nos plantearía el tema de cómo alimentar a más de 7.000 millones de humanos, de los que más de la mitad viven en ciudades baldías y de los que sólo una minoría cultiva su propio alimento.

Una solución podría ser la horticultura, siempre para un número muy reducido de humanas, nada de miles de millones. Pero, aun así, o tienes la suerte de contar con un terreno rico en elementos minerales como las tierras volcánicas o te ves en la tesitura de abonarlo. Y ahí, o eres víctima de las multinacionales del petróleo o te pones a explotar los residuos animales. Eso sin considerar el control de las llamadas “plagas” (animales herbívoros) que van a intentar alimentarse de lo que estamos cultivando.

En fin, otro día me enrollaré más sobre la agricultura, desde mi punto de vista uno de los inventos humanos de consecuencias más nefastas.

El problema, a la postre, se reduce a que es insostenible que 8.000 millones de humanos se alimenten como cuando éramos 5 millones, y podíamos ser parte del ciclo biológico, nutriéndonos de otros seres vivos (pues somos heterótrofos) y terminando nuestro ciclo como alimento de otros seres vivos. Eso se ha acabado, y pretender un retorno a un equilibrio con el medio mediante proyectos reformistas, está condenado al fracaso. Las humanas somos una verdadera plaga para la vida del Planeta, y sólo mediante soluciones radicales (e impracticables) como reducir la población en un 99,9 % podríamos replantearnos establecer otro tipo de relación con el resto de la Biosfera.

Termino, más por no aburriros que porque no tenga más que contar. El veganismo no deja de tener su punto “ilustrado” y un tanto elitista, y eso no me molestaría si no fuese por su afán evangelizador (como el de los cristianos) y por su anatemización de los no creyentes (también como los cristianos).

En su origen, los cristianos venían a salvar el mundo de sus pecados, construir una sociedad igualitaria y traer la felicidad a todos los humanos sin distinción: ricos y esclavos, hombres y mujeres, griegos y romanos, judíos y gentiles. Luego, tomaron el poder y se acabó el buen rollo. Mil años de feroz represión de la mente y del cuerpo, de jerarquización absoluta, de destrucción de la cultura y la tolerancia, de los que recién empezamos a salir.

Espero de mis amigos veganos, cargados también de buenas intenciones, que si llegan a tener el control de la sociedad no empiecen a montar hogueras y autos de fe para los que ponemos en cuestión, desde nuestra condición de heterótrofas, los principios y dogmas de su religión.

Lecturas sobre los nazis

Esto no es un escrito al uso, sino una débil, probablemente inútil, llamada a recordar qué fue el nazismo, en un tiempo en que es tan fácil llamar “nazi” a cualquiera con el que no compartas ideología o praxis.

Así, son “nazis” los nacionalistas catalanes o vascos, las feministas, el Estado de Israel (por más que éste sea racista y militarista, es una peligrosa trivialidad llamarlo nazi)… Es evidente que todos los que tienen tanta facilidad para usar el calificativo nazi ignoran deliberadamente lo que representó, para tantos millones de personas, la persecución, la marginalización y la aniquilación a las que fueron sometidas por el Gobierno alemán nazi.

Yo he tenido la suerte de no sufrir en mi persona esas exacciones, pero, en un pedazo de mi memoria, están presente el pavor y el desasosiego que sufrió mi abuelo, uno de los escasos judíos españoles, mientras el Régimen del Caudillo coqueteaba de manera repugnante con el Gobierno nazi.

No tengo, desde luego, ni la cultura, ni la experiencia, ni la prosa de tantos que han escrito sobre la dictadura nazi. Por eso, y a la vez para que no olvidemos qué fue el nazismo y no usemos ese abismal término tan alegremente, me permito recomendaros algunos (muy pocos) de los libros en los que he aprendido algo sobre el nazismo.

En primer lugar, es instructivo el libro “La Revolución alemana”, de Karl Dietrich Bracher. Este escritor plantea cómo la ideología nazi impulsó como valores socialmente aceptables la crueldad, la brutalidad y la destrucción. Y que el odio a los judíos y el plan para su exterminio eran consustanciales al modelo político nazi.

Otro libro interesante, y que en su día fue polémico, es “Hitler’s Willing Executioners”, de Daniel Goldhagen, que afirma que el “antisemitismo eliminacionista” era consustancial a la cultura política alemana desde el siglo XIX, y describe la participación voluntaria de los alemanes ordinarios en la marginalización, primero, la deshumanización, después, y la eliminación física, por último, de los judíos alemanes y europeos.

En otro orden de cosas y desde una óptica diferente, el libro “Russia at War”, de Alexander Werth cuenta la terrible guerra de los rusos contra los alemanes entre 1941 y 1945, perfilando de pasada el salvajismo y odio de los alemanes contra los eslavos y contra los judíos rusos y los resultados de la eliminación sistemática y planificada de unos y otros por los nazis.

Dejo para el final dos libros de dos de mis autores favoritos.

En primer lugar, Primo Levi, un químico italiano que sólo se sintió judío cuando los nazis lo identificaron como tal y lo enviaron al campo de exterminio de Auschwitz, al que sobrevivió por azares de las cosas. Levi era un gran escritor, aparte de su profesión de químico, y tiene cuentos maravillosos que recomiendo leer. Sin embargo, lo que le hizo famoso fueron sus tres libros sobre su experiencia de Auschwitz: “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados”.

Si bien toda la obra de Levi es altamente recomendable, este último libro citado “Los hundidos y los salvados” es uno de los más impactantes que he leído sobre los campos de concentración nazis. Escrito como una serie de serenos ensayos, alejado de la truculencia, es quizá el mejor análisis sobre el proceso de destrucción psicológica y física a que eran sometidos los humanos en los campos de concentración nazis. Con absoluta lucidez (y un profundísimo escepticismo), Primo Levi reconoce que, de la misma forma que no odia al pueblo alemán por lo que hizo, nunca será capaz de perdonarlo.

Termino con el autor cuyos libros más me han impactado y me han hecho meditar sobre los humanos, el mundo que hemos construido, lo que somos y lo que podríamos haber sido: Stanislaw Lem.

Dentro de una serie de “metalibros” en los que desarrolla reseñas y resúmenes de libros inexistentes, está “Provocación”. En este libro, la reseña principal y más extensa es sobre el libro “El genocidio” de un tal Aspernicus. Me es imposible hacer un resumen de este resumen de un libro que no existe. Sólo indicaré que es un profundo y pesimista análisis sobre la crueldad institucionalizada, sobre la maldad como modo de gestionar el mundo, sobre el sadismo inherente a toda relación jerárquica. Y muestra, para nuestro horror, cómo el nazismo marcó un punto de inflexión en nuestros conceptos de sociedad y, desde entonces, todo está permitido o, al menos, todo es justificable.

Este último libro, que esboza qué abismos de depravación y miseria moral se abrieron (y posiblemente no se cierren ya jamás) para la Humanidad con el triunfo del nazismo, debería hacernos meditar muy mucho antes de calificar como “nazis” cualquier acción en la que percibamos o imaginemos, poco, mucho o demasiado, un acto de desprecio, marginación o crueldad hacia los otros.

Europa

Nuestra sociedad, como ya no da para grandes ideas ni para heroísmos, se ha acomodado felizmente a la mitología pequeñoburguesa, que es lo que nos corresponde, por cutres.

La democracia parlamentaria, las libertades cívicas, la igualdad de oportunidades o la libertad de elección individual dotan de una fantasmal imaginería a nuestros ciudadanos. Junto a estos mitos primordiales hay, evidentemente, otras construcciones míticas secundarias, igualmente grises y acartonadas, y hoy quiero reflexionar sobre una de ellas: Europa como sinónimo de los derechos humanos, la tolerancia y el respeto a la diferencia.

Bastaría repasar los libros de Historia o las portadas recientes de los periódicos para que ese mito se tambalease, pero ahí sigue. Europa como faro de la Libertad iluminando el mundo.

El caso es que el propio concepto de Europa como unidad cultural es una falacia que no resiste ni siquiera el análisis tan superficial que voy a dedicarle a continuación.

Para los griegos clásicos, Europa era una parte de la Hélade, distinta de las islas del Egeo, del Asia helénica y del África helenizada. Desde luego, a ningún griego se le hubiese pasado por la cabeza considerar Europa las riberas del Rhin o las costas del mar Báltico.

Durante milenios, la cultura de la que hoy dicen ser herederos los europeos, fue una cultura centrada en el Mediterráneo. Los habitantes de Alejandría, Éfeso, Antioquía, Atenas, Cartago, Roma, Ampurias, Marsella compartían un estilo de vida, un modelo social, unos principios políticos, una economía y unos mitos que no tenían absolutamente nada que ver con los de los bárbaros germánicos, celtas o nórdicos que hoy representan la esencia de lo europeo.

Y es que Europa es una invención medieval, que surge como afirmación identitaria de la Iglesia germanizada y aislada para siempre de la cultura clásica mediterránea, frente a musulmanes, eslavos y bizantinos. En aquella época, era de uso habitual denominar La Cristiandad a la Europa bajo la férula de la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Germánico, ambos declarándose herederos espurios de Roma.

Los grandes hitos de Europa desde entonces han sido, entre otros, las Cruzadas, los progromos antijudíos, la Inquisición, el mercantilismo, las guerras de religión, el expolio colonial, las guerras mundiales y el Holocausto.

Me diréis que Europa ha sido también la cuna de la Razón y las libertades, pero no hay más que leer a personajes como Voltaire, Rousseau o Locke para darse cuenta de lo que significan, en la mente de estos aristócratas hondamente religiosos, la razón y las libertades. La Revolución francesa no es ni más ni menos libertaria que las muchas otras revoluciones que han surgido en el mundo desde que existen los poderosos, y toda su relevancia se debe a que ocurrió en el seno de la cultura dominante y dio paso a la actual clase dominante.

Las tan cacareadas libertades se han limitado, en la práctica, a la libertad de los burgueses para intercambiar sus mercancías por todo el mundo, por las buenas o por las malas. La cultura emblemática de la libertad mantuvo la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la sustituyó por el modelo de explotación capitalista, en la que el Amo se ahorra la gestión directa de la manutención y el alojamiento del esclavo.

La tolerancia de la que se precian los europeos la han sufrido repetidas veces judíos, ateos, gitanos, inmigrantes pobres, mujeres y enfermos mentales, por nombrar sólo unos cuantos.

Hoy en día, los mayores defensores de la idea de Europa son los nazis, los cristianos integristas y los capitalistas partidarios del libre mercado. Con esa compañía, entenderéis el nulo entusiasmo que siento por cualquier cosa que apeste a europea.

Así que no me cuenten historias de lo buenos que son los europeos, que ya están la Unión Europea, el Consejo de Europa, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea para mostrarme lo que puedo esperar de esta sociedad autocomplaciente que se precia, esencialmente, de despilfarrar el agua corriente lavándose las manos varias veces al día ante todo lo que ocurre.

Cambio climático y contaminación (II)

Al hablar de contaminación atmosférica, los medios de desinformación, en su afán porque la gente no se entere de nada, suelen mezclar sin ningún criterio los contaminantes que producen el calentamiento global, los humos que oscurecen el cielo de las ciudades y los gases tóxicos que envenenan el aire que respiramos.

Conviene distinguir entre:

  • Gases de efecto invernadero como el anhídrido carbónico o el agua, que son inodoros, invisibles y no solo inocuos, sino necesarios para el sostenimiento de la vida en el planeta.
  • Gases que son venenosos o cancerígenos, como el óxido nitroso (NO2), el monóxido de carbono o los hidrocarburos policíclicos, también imperceptibles a la vista.
  • Partículas procedentes de combustiones incompletas de los combustibles. Es lo que se llama habitualmente humo, produce las nubes de “smog” y contiene carbono, sulfatos, metales y compuestos orgánicos. Son perceptibles por la vista y el olfato y son tremendamente dañinos para el tejido pulmonar.

Todos estos gases son subproductos de la combustión de carbón y derivados del petróleo y lo originan las centrales térmicas, algunas fábricas y, especialmente en las ciudades, los motores de combustión interna.

Según el informe de 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (http://www.iea.org/textbase/npsum/weo2014sum.pdf), para 2040 el suministro mundial de energía provendrá de cuatro orígenes a partes casi iguales; petróleo, gas, carbón y fuentes bajas en carbono.

No es ajeno a este reparto el hecho de que, según el mismo informe, las energías derivadas de combustibles fósiles estén fuertemente subvencionadas. Los subsidios estatales a energías fósiles (petróleo, gas y carbón) sumaron 550.000 millones de dólares en 2013, más de cuatro veces los subsidios a energías renovables. Este reparto de dinero público frena drásticamente las inversiones en mejorar la eficiencia energética y en energías renovables. Los combustibles fósiles (los grandes contaminantes) no sólo son baratos sino que, además, son los más subvencionados.

Uno de las fuentes más dañinas de contaminación son los vehículos con motor de combustión de energías fósiles. Estos vehículos, lo mismo que sus combustibles, también están subvencionados por los Estados, respondiendo a los intereses de las compañías petroleras y de los fabricantes de automóviles. Una parte sustancial de nuestros impuestos está dedicada a fomentar el enriquecimiento de unas corporaciones cuyos productos están, literalmente, envenenándonos.

En Europa, además, tenemos la particularidad de que se subvenciona un modelo de motor, el diésel, y su combustible, el gasóleo, con emisiones significativamente más dañinas que las de los vehículos de gasolina. Esto consigue que en Europa el 53% de los vehículos sean diésel (en España es el 63%) frente a 3 % en EEUU. Probablemente esta mierda sea debida que el motor diésel es un invento alemán.

Los escapes de la combustión diésel son la principal fuente de contaminantes que originan cáncer, daños pulmonares y cardíacos y problemas mentales. Los escapes de diésel contienen contaminantes señalados como carcinogénicos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC).

Las principales emisiones de los motores diésel son partículas, NO2 (representando el 80% de las emisiones de este gas venenoso), hidrocarburos policíclicos, monóxido de carbono, benceno, arsénico, antimonio, anilinas, tolueno, ozono…

Se estima (según la Agencia Europea del Ambiente) que unas 432.000 personas en Europa murieron prematuramente en 2013 debido a las concentraciones de partículas en la atmósfera, otras 75.000 murieron debido a la exposición a largo plazo al óxido nitroso (NO2) y otras 17.000 debido a la exposición al ozono a nivel de la superficie. Todos estos contaminantes, producto esencialmente de los motores diésel.

A pesar de todos estos datos, la política de la UE respecto a estos motores no varía. Más aún, el fraude de las emisiones de los vehículos fabricados por Volkswagen nos demuestra a qué intereses responde la legislación europea: Cuando se ha comprobado que Volkswagen mentía y que sus motores emitían más contaminantes de los que marcaba la norma de la UE, en lugar de paralizar la fabricación y venta de esos utensilios mortíferos, en lugar de sancionar a la empresa alemana por su fraude, lo que se ha hecho es aumentar los límites permitidos, en medio del silencio y la indiferencia generales. Aun así, es alucinante constatar que 9 de cada 10 vehículos Diesel no cumplen los límites que marca la nueva legislación.

Todo este mamoneo que antepone los intereses de los grandes industriales a nuestra salud y que desvía el dinero público a subvencionar a estos envenenadores y tramposos, tiene sus cómplices entusiastas. Todos los poseedores de un vehículo privado y, más específicamente, todos estos “listos” que se compran un vehículo diésel porque, entre todos, con nuestros impuestos, conseguimos que el combustible con que nos atufa y nos enferma le salga más barato.

Mi fe en la Humanidad siempre ha sido escasa, pero cuando veo esas interminables caravanas de automóviles emitiendo veneno y pienso en el entusiasmo con que sus dueños acogen que el litro de gasóleo esté a menos de 1 €, la indignación de cuñados que manifiestan porque su combustible no se abarata al mismo ritmo que el petróleo, el levantamiento general que protagonizarían si se limitase la circulación se sus máquinas de muerte por el centro de las ciudades, se me caen todos los palos del sombrajo. Y me retiro.

Cambio climático y contaminación (I)

Hace pocas semanas terminó la Cumbre del Clima en París y se ha organizado el gran circo con cientos de políticos y mandatarios mostrando su inmensa preocupación (como siempre), esta vez por los efectos de las emisiones de CO2.

Cuando antiguos negacionistas del cambio climático (llamarles “escépticos” me parece dotarles de una categoría intelectual de la que carecen) como el zurullo del presidente Rajoy se han dejado llevar por la corriente dominante uno no puede dejar de sentir sospechas sobre qué hay detrás de este cambio.

Que los humanos influimos sobre el clima desde la Revolución Industrial es un hecho que ya nadie en sus cabales puede negar. Hay quien argumenta que nuestra influencia sobre el clima se remonta ya a unos 5.000 años, a causa de la emisión de metano que produce el cultivo de arroz, la deforestación masiva asociada a la agricultura y la emisión de anhídrido carbónico asociada a la quema de bosques que, por ejemplo, acabaron con la masa forestal australiana en unos pocos miles de años. Pero, muy probablemente, esos efectos no hayan sido tan masivos como los de la quema de combustibles fósiles en los últimos 150 años, especialmente dado el escaso número de humanos al inicio de la era agrícola.

Volviendo a la citada Cumbre de París, en ésta se ha llegado a un supuesto acuerdo para limitar el incremento global de temperaturas por debajo de 2º C sobre los niveles pre-industriales.

Es interesante recordar que, desde todos los medios, se hace un énfasis desmesurado sobre los efectos del anhídrido carbónico, obviando otro potente gas de invernadero como es el vapor de agua y que, junto a éste, se encuentran el metano o el óxido nitroso. Con premisas tan simplificatorias, no sé qué análisis en profundidad se ha podido hacer sobre las medidas a tomar.

Como lector impenitente, he tenido la santa paciencia de leerme el protocolo aprobado y es, como esperaba, una larga letanía de lugares comunes, declaraciones de intenciones y terminología grandilocuente en el que hay escasísimas concreciones en cuanto a medidas a tomar para alcanzar ese objetivo mágico de los 2º.

Uno es escéptico por naturaleza y mal pensado por experiencia, por lo que me cuestiono cuáles son los motivos que han llevado a definir un objetivo tan específico cuando el resto del protocolo carece de la menos especificidad.

En realidad, lo que se ha acordado no compromete a nadie a nada concreto, sino que todo se deja a criterio de los respectivos Gobiernos, que marcarán sus límites de emisión de CO2 y las medidas que tomarán para alcanzarlos. No hay tampoco ningún tipo de supervisión ni de medidas de estímulo o coerción para cumplir los objetivos. En resumen, cada uno definirá lo que quiere hacer y nadie supervisará siquiera si esas acciones se llevan a cabo. La mano de los EEUU, Arabia Saudí, China y otros grandes contaminadores ha convertido el acuerdo en papel mojado antes de ponerlo en práctica.

Desde luego, toda esta parafernalia que han montado los Gobiernos mundiales no hubiese tenido lugar sin la aquiescencia y visto bueno de los que realmente mandan, que son las grandes corporaciones industriales. Estas corporaciones y otros centros de Poder llevan estudiando el cambio climático desde hace décadas y no habrían admitido ninguna medida que pusiese en peligro sus intereses económicos a corto y medio plazo. De hecho, es lo que han estado haciendo en las últimas décadas con respecto al calentamiento global.

Sospecho que el análisis realizado se basa en los siguientes parámetros:

  • Un incremento de 2º C es suficiente para deshelar el Océano Ártico totalmente, al menos durante una parte sustancial del año, lo que permitirá la explotación de los recursos minerales de su fondo y el uso de esas aguas como vía de transporte más corta y más barata que el Canal de Panamá.
  • Ese incremento, además, aumentaría la capacidad agrícola de los países del Norte (cultivos a mayores latitudes y mayor periodo de crecimiento y maduración). Como contrapartida, los países de latitudes más bajas se encontrarían con problemas en su producción alimentaria. Pero esos países son pobres y, por tanto, que se jodan, como diría Andrea Fabra.
  • Sin embargo, incrementos superiores a los 2º pueden llevar a efectos incontrolables en el clima, especialmente si se derriten las grandes masas de hielo terrestre (Groenlandia y la Antártida) que, además, sí que afectarían sensiblemente al nivel del mar en el planeta.

Así que estos delincuentes han hecho su apuesta por un escenario con las ventajas de un calentamiento mesurado y sin las desventajas de un calentamiento descontrolado.

Aunque la mafia planetaria no es tan tonta ni tan descuidada como a veces queremos creer, sí lo es lo suficiente como para apostar por una situación que no tiene ninguna garantía de ser controlable: ni los patrones del clima terrestre se conocen más que muy superficialmente, ni las medidas a tomar están definidas, ni, sobre todo, puede uno fiarse de que estos trileros no se pongan a hacer trampas desde el día siguiente a la aprobación del protocolo. Al fin y al cabo, no dejan de ser capitalistas, es decir, esencialmente mentirosos y tramposos.

Mientras tanto, se pasan por alto o se confunden otros problemas de contaminación derivados del modelo capitalista de consumo, como la emisión de gases tóxicos que atenazan las atmósferas de todas las ciudades del mundo, en un radio de decenas de kilómetros. Pero este tema requiere un poco más de tiempo y lo dejo para otro día.

Domingos y fiestas de guardar

Últimamente escucho cada vez más voces en contra de la apertura de tiendas en domingos y festivos con argumento del tipo “Los domingos son para descansar” “Los domingos para la familia”…

Entiendo que los señores de la derecha rancia y católica se indignen ante tamaño desacato a los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia que preconizan el descanso los “Domingos y Fiestas de Guardar”. También que los que añoran la familia patriarcal no estén dispuestos a abandonar la costumbre del paseíto y la cañita dominicales con “la señora y los niños”.

En general, toda esta gente que defiende lo de no trabajar en domingos y fiestas de guardar es conservadora y de lo más ritualista. Desde luego, a ninguno de ellos se le ocurre plantear que cierren en los festivos bares, cines, teatros, panaderías o churrerías. Eso ha abierto siempre los domingos y las costumbres deben conservarse. Evidentemente, tampoco nadie aboga porque bomberos, médicos, enfermeros o las personas de salvamento marítimo no trabajen los domingos.

Eso me lleva a sospechar que los motivos de estos defensores del descanso dominical son bastante egoístas, cosa inherente a la mentalidad conservadora y de derechas.

Pero lo que parece, en principio, chocante es escuchar este mismo argumento desde posiciones izquierdistas u obreristas.

Claro que la “izquierda” también se ha caracterizado siempre por ser bastante ritualista, conservadora y fetichista. Muchas veces me cuesta distinguir entre un sindicalista reformista y un defensor de los gremios medievales. Bueno, no me cuesta distinguirlos, es que son exactamente lo mismo.

Lo que pasa es que, esta vez, ya no se retrotraen a la Edad Media, sino al Imperio Babilónico. De la sociedad de Babilonia nos separa un lapso de tiempo de 4.000 años, pero, cultural y socialmente, las diferencias son insignificantes. En Babilonia descubrieron (o debía decir, inventaron) el poder cabalístico del número 7: 7 planetas, 7 metales, 7 colores… Además, daba la casualidad de que la Luna tenía cuatro fases con un ciclo aproximado de 7 días cada una.

Así que el número 7 se convirtió en un número mágico; se inventaron la semana (que todavía sufrimos) y, sobre todo, inventaron el día sagrado, una vez a la semana, en la que el pueblo debía acudir a los templos para que los sacerdotes le refrescasen el debido adoctrinamiento en la docilidad y la sumisión a la voluntad de los dioses y los jerarcas.

Ese rollo del 7, la semana y el día sagrado lo adoptaron los judíos, durante su cautividad en Babilonia, y pasó luego a cristianos y musulmanes. Y aquí sigue.

Claro que ahora existe la TV, con lo cual el adoctrinamiento es diario. Los domingos antes tenían fútbol, la nueva alienación, pero eso ya ha pasado a ser otro evento diario. El día sagrado ha dejado de tener sentido social, salvo para esos conservadores que no quieren dejar atrás los usos y costumbres babilónicas.

A mí, particularmente, me da cien patadas descansar los domingos o los miércoles, porque lo que me jode la vida es el trabajo, en tanto en cuanto es un asunto normativo. Y me jode igualmente el descanso normativo que me quieren imponer los burócratas, dictándome qué días debo y no debo trabajar. Sobre todo, porque en ningún momento cuestionan el problema de fondo, que es el concepto de trabajo. El trabajo no es liberador y el descanso pautado en medio del trabajo no es más que otro entorno normativo, cuyo objetivo es, exclusivamente, reponer fuerzas para una nueva dosis de embrutecimiento laboral. Déjense de horarios y busquen libertad para actuar. Si yo quiero trabajar quince días seguidos y luego holgar durante una semana, ya están los Amos para impedírmelo sin necesidad de que, en su empeño de establecer normas, les refuercen los burócratas de “izquierdas”.

Porque lo de los domingos, ni siquiera desde un punto de vista reformista es un planteamiento positivo. El asunto, dentro de esa óptica de “mejora” del Sistema, no debería ser si trabajar o no en determinados días, sino garantizar que se trabaja un máximo razonable de horas al año y que se recibe un salario aceptable para vivir con normalidad a cambio de esas horas.

Pero, repito, el problema real es el concepto de trabajo, instrumento de control y alienación, entorno donde se estimula la subordinación y la jerarquía, y que carece de todo sentido social. El concepto de trabajo no se atreven a atacarlo.

El trabajo no es algo enriquecedor, personal o socialmente productivo y, mucho menos aún, algo liberador. La vida demanda una serie de tareas para garantizarnos el alimento, el cobijo, el aprendizaje, la diversión, la salud. Pero el trabajo no tiene nada que ver con esas tareas; es un puro elemento de control. El trabajo no surge de ninguna necesidad económica o social, surge de una necesidad política de disciplina, orden y sumisión.

De ahí que siempre (y cada vez con más amplitud) hayan existido una serie de trabajos que no aportan absolutamente nada al bienestar social, pero permiten tener al populacho disciplinado y bajo un férreo control normativo. Volvemos a Babilonia: desde la construcción de esos magníficos templos y zigurats que no tenían la más mínima utilidad social, pero ocupaban a miles de esclavos, hasta los millares de empleos prescindibles de la sociedad actual, nada ha cambiado en la esencia del modelo, sólo que éste se ha enriquecido y diversificado.

Abogados, corredores de bolsa, teleoperadores, comerciales, community managers, notarios, diplomáticos, burócratas, vendedores, subsecretarios y ministros, informáticos, presentadores de TV y tertulianos, futbolistas, curas, agentes secretos, registradores de la propiedad, “coachs”, contables y oficinistas, seguratas, directores y mandos intermedios… se me ocurre una lista interminable de trabajos absolutamente improductivos y que sólo sirven para tener controlada a la población.

Actualmente, se trabaja más moviendo papeles, reales o electrónicos, que produciendo nada. En una reciente encuesta, el 37% de los trabajadores británicos decían sentir que sus trabajos no eran productivos para nada. Probablemente, es una minoría consciente ya que la realidad de los trabajos improductivos es cada día más extensa.

En un interesante artículo (http://strikemag.org/bullshit-jobs/) sobre el trabajo basura, David Graeber argumenta que se suponía que ahora deberíamos trabajar menos horas menos días a la semana, según la tecnología automatiza la producción. Pero la realidad es que han surgido nuevas industrias sin ninguna utilidad social y más trabajos meramente para administrar, dar soporte y securizar esas industrias.

La tecnología ya permite eliminar las tareas más penosas. Como se mecanizaron la siega, la trilla y el empacado de paja en la cosecha, se pueden mecanizar la recogida de basuras, limpieza de calles o minería. Esto debería dejar un conjunto mínimo de tareas productivas que no fuesen vocacionales; para ellas siempre habría voluntarios o un reparto acordado de tareas.

En una sociedad orientada al disfrute, desarrollo personal y satisfacción de sus componentes, y no al control y sumisión de la mayoría para el demencial y desorbitante enriquecimiento de unos pocos, el trabajo como concepto no existiría y cada persona dedicaría su tiempo y sus esfuerzos a actividades vocacionales y realmente productivas para sí y para sus congéneres. Aunque muchos no se lo crean, no somos tan burros como para necesitar que nos fustiguen para hacer lo necesario (y, menos aún, lo innecesario).

Por tanto, como conclusión, dejémonos de chorradas de si trabajar o no los domingos y centrémonos en conseguir lo que realmente puede liberarnos de la esclavitud cotidiana: acabar con la antigua, maldita y abusiva institución del trabajo.

Mitología y conspiraciones

Todas las sociedades intentan buscar la justificación de su existencia en una serie de mitos culturales que, aceptados por una parte significativa de la sociedad, dan a ésta cohesión, sentido y continuidad. Lo menos importante es la realidad de esos mitos; lo que realmente importa es que suficiente gente crea en ellos como para aceptar que justifican el estado de las cosas y no poner en cuestión la estructura normativa y las relaciones de poder de la sociedad.

Por ejemplo, la sociedad romana tenía entre sus principales mitos estructurales la religión romana, el culto a los antepasados y la participación del pueblo en la gobernación a través del Senado, los tribunos y los cónsules. La sociedad capitalista moderna, más economicista, se sustenta en mitos como el crecimiento, el progreso científico y el Gobierno representativo.

Cuando una cultura entra en decadencia, la reacción de la sociedad ante sus mitos fundacionales es diversa. Una parte se empeña en seguir creyendo (o, si se trata de la élite dominante, en simular que sigue creyendo) en la mitología establecida. Otra parte, minoritaria, intenta mostrar desde el escepticismo y la crítica razonada la invalidez y la necedad de seguir creyendo en esos mitos, o, para el caso, en cualquier mito. Otra parte, que va creciendo según la decadencia de la sociedad se acelera, se apresura a sustituir los mitos en ruinas por nuevos mitos aún más absurdos, en una especie de “horror vacui” de quedarse sin mitologías.

Habitualmente, los nuevos mitos suelen ser aún más destructivos que los anteriores, al surgir como un refugio desesperado de aquellos que, parafraseando a León Felipe, desde su miedo necesitan inventar cuentos.

Así, los romanos sustituyeron el mito de las instituciones legalistas por el de la omnipotencia del Emperador, la religión histórica por el cristianismo, el culto a los ancestros por el culto a la curia y al Papa.

En nuestra sociedad, que en el fondo sigue siendo una sociedad agrícola y patriarcal escasamente diferente de la romana, se produce el mismo fenómeno de sustitución de mitologías por otras, cuando menos, preocupantes.

El desprestigio de la supuesta representatividad del Gobierno da lugar a la aparición de líderes, gurús y otras manifestaciones caudillistas. Sobre eso hay poco que decir, pues todos vemos cotidianamente como las instituciones se personalizan, la gente adora u odia al líder omnipotente, las ideas no cuentan nada ante el poder carismático, cualquier enfoque político debe estar encarnado en un dirigente. En fin, otra vez el culto al Emperador.

Respecto al crecimiento, por desgracia es un mito que cuesta y costará derribar, pero cuando se cuestiona el crecimiento, normalmente se plantea la alternativa de volver a un sistema cavernario  donde los grandes objetivos son estar cubierto de piojos y talar los árboles para calentar la cueva en invierno. Y esto enlaza con el fin de otro mito, que para mí es más preocupante: la fe en el avance científico.

Desde luego, tener fe en algo es una estupidez, con lo que nada vamos a perder con la desaparición de la fe en el avance científico, máxime cuando éste se ha convertido en mera progresión tecnológica. Lo que me preocupa es que, en este rechazo del batiburrillo científico-tecnológico, se pasa a rechazar el método científico, el análisis racional y el propio raciocinio.

Aparecen entonces los magufos y conspiranoicos que están convencidos de que la ciencia y la tecnología son instrumentos en manos de unos malvados de película de James Bond, que los utilizan para domesticar y, seguidamente, exterminar a la Humanidad.

Es bien cierto que las actitudes y las acciones de los Gobiernos, el secretismo en la toma de decisiones, el control de la vida cotidiana por una minoría sin escrúpulos y las constantes manipulaciones de la opinión pública para hacernos ver que lo negro es blanco y lo blanco es negro, dan pie a pensar en todo tipo de conspiraciones y camarillas secretas organizando el mundo desde sus refugios subterráneos. Pero no entiendo bien qué tiene que ver eso con la dejación absoluta de cualquier tipo de análisis racional de la realidad.

Una suerte de “cuñadismo” se está extendiendo por una sociedad cada vez más descreída de lo que le cuentan y que necesita creer, como sea, en algo; cuanto más inverosímil, mejor.

Este pensamiento mágico se presenta, especialmente, cuando se trata de temas de salud, aspecto que en esta sociedad egoísta, narcisista y con ansias de eternidad, se ha convertido en el centro de las obsesiones de la gente. Claro que, tratándose de cuñadismo del bueno, lo menos importante es que lo que se piensa tenga la menor verosimilitud; sólo importa que tenga su base en algún contubernio siniestro y oculto que sólo se ha desvelado a los “iniciados”.

Basándose en el evidente afán de lucro de las industrias farmacéuticas (como cualquier empresa capitalista), los iniciados han descubierto una conspiración a nivel mundial para enfermarnos, matarnos o, cuando menos, volvernos autistas por medio de medicinas y vacunas que no sólo no tienen ninguna utilidad, sino que están cargadas de efectos negativos y letales, conocidos y promovidos tanto por los Gobiernos como por las farmacéuticas. Qué estúpido interés pueden tener en hacerse ricos envenenándonos (con lo que perderían clientela) en lugar de hacerse ricos intentado curarnos, es algo que escapa a mi comprensión. Pero ahí están los movimientos antivacunas, el pingüe negocio de la homeopatía, la medicina alternativa, el reiki y otras formas de “imposición de manos” alimentando una sociedad de lo irracional y lo mágico, que, desde luego, no pone en cuestión lo más mínimo de la estructura del Sistema y no deja de ser una nueva versión extendida y ampliada de los libros de autoayuda.

Toda esta gente que afirma tajantemente que las farmacéuticas ponen en el mercado, y los médicos promocionan, sustancias conocidamente dañinas con el mero objetivo de ganar dinero, no abren, sin embargo, la boca cuando se trata de la industria automovilística. Claro, que todos los cuñados entienden de motores y aceleraciones y se sienten cómodos con esos artefactos, pero lo de las moléculas y la química es un tema bastante más complejo.

La industria automovilística, y esto sí es un hecho incontestable, pone en el mercado millones de artefactos respecto a los cuales son muy conscientes de que su uso es letal. Y lo es porque los costes de hacerlos no letales serían excesivos y disminuirían la rentabilidad del negocio.

Implantar mecanismos para que los autos no emitiesen gases venenosos y cancerígenos, que matan todos los años a millones de personas, es más caro que montar un motor de combustión, tecnológicamente atrasado, que quema hidrocarburos y expulsa todo tipo de moléculas infinitamente más tóxicas y peligrosas que las vacunas.

Poner en marcha los elementos de seguridad que evitasen que un auto se convierta en una trampa mortal ante cualquier descuido a 100 Km/hora (velocidad que todos estos cacharros superan sin el menor esfuerzo) también incrementaría el coste de una forma que los fabricantes de automóviles no están dispuestos a asumir.

Así, la gente utiliza cotidianamente un aparato en cuya fabricación está previsto y calculado que va a ocasionar cientos de miles de muertos al año por su mero uso. ¿Os imagináis que, en el mundo, utilizar la lavadora, la plancha o el frigorífico produjese durante un mes la décima parte de los muertos que los autos en una semana? Se exigirían comisiones de investigación, cierre de fábricas, responsabilidades penales a los fabricantes y se produciría una caída abismal en la compra de esos mortíferos aparatos. Podemos esperar sentados a que ocurra lo mismo con el auto, esa máquina asesina que sale de las cadenas de montaje con una tasa ya predeterminada de muertos por centenar de unidades.

Otra de mis teorías favoritas de los conspiranoicos es la de las “chemtrails”, las supuestas estelas de productos químicos con que nos fumigan desde los aviones. Ignorando todo sobre la condensación del vapor por efecto de la presión, esta gente nos quiere convencer de que nos están fumigando con el objetivo de acabar con nosotros. Evidentemente, de la “fumigación” a que nos someten los vehículos con motor de combustión nunca hablan. Ni tienen el menos reparo en tomar un avión “fumigador” para irse a una playa tailandesa o a Londres.

El problema de todas estas paranoias y mitologías es doble: por un lado, rechazan cualquier aproximación analítica a los problemas de la sociedad, con lo cual es imposible que lleguemos siquiera a analizar las causas y a procurar los remedios; todo es mágico, oculto y conspirativo, no hay forma racional de oponerse a ello.

Igual de preocupante es el otro problema inherente a las teorías conspirativas, la pérdida de visibilidad de los atentados reales a nuestra vida: mientras se preocupan de descubrir dónde y cuándo les han implantado el chip para anularles la voluntad, se dejan embrutecer por las cadenas televisivas y las visitas semanales a los centros comerciales.  Mientras imaginan el programa secreto de control de la Humanidad, no tienen reparo en pasear entre los miles de cámaras que inundan las ciudades o en ir dejando el rastro de sus actividades, intenciones, localizaciones, afinidades por medio de múltiples cachivaches electrónicos conectados todo el día y en los que publicitan su vida privada sin limitaciones. Mientras se fabrican gorros de papel Albal para que no les proyecten pensamientos, se emboban escuchando a los líderes de opinión, santones o saltimbanquis del circo político.

En fin, conducidos de una forma cada vez más acelerada a una nueva Edad Media, y enfrentado a estas “alternativas” a la sociedad actual, intento mantener la esperanza de que, cuando se derrumbe definitivamente la civilización occidental, al menos los nuevos mitos sobre los que se construya la sociedad no tengan como Libro Sagrado una colección de tratados sobre homeopatía, acupuntura y reiki.