Saltar al contenido

El fiasco continuo de la política árabe-musulmana de los EE.UU.

Los EE.UU., que son una potencia conservadora y de profundas raíces religiosas, siempre se han sentido más cómodos apoyando teocracias, como la de Arabia Saudí, que frente a regímenes laicos o socialistas. En cualquier caso, la política exterior americana, eminentemente pragmática, ha tenido otro leitmotiv desde la II Guerra Mundial, basado en dos líneas dominantes altamente interrelacionadas:

w  El bloqueo, heredado de la geoestrategia británica, a la gran potencia terrestre (Rusia) para evitar su acceso a puertos marítimos abiertos todo el año, impidiendo de esa manera la aparición de una potencia marítima rival. Esta estrategia de bloqueo ha estado disfrazada, mientras ha sido conveniente, de conflicto ideológico.

w  La garantización del suministro de petróleo, indispensable para el mantenimiento de la industria norteamericana, para la cobertura de la demanda energética interna, y para el transporte, interno y externo, de mercancías y personas, tanto por necesidades de transporte civiles como militares.

Estas dos líneas estratégicas han tenido una relevancia máxima en las relaciones de los EE.UU. con los países árabes y, en general, con los países del Cercano Oriente y Oriente Medio.

Así, los EE.UU. han cortejado a las monarquías teocráticas árabes mediante el suministro de armamento sofisticado y el entrenamiento de sus ejércitos (empeñados, casi siempre, en tareas de represión interna), con el fin de garantizarse el apoyo de las clases más reaccionarias a cuenta de la estabilidad en las zonas producción petrolífera.

Al mismo tiempo, han sostenido, por encima de cualquier consideración, al estado de Israel como gendarme de la zona, encargado de mantener a raya cualquier gobierno que representase una amenaza para los intereses estratégicos de EE.UU. en la zona.

El apoyo a Arabia Saudí (aliado de lo menos fiable, pero principal suministrador de petróleo a la superpotencia) y, sobre todo, la política de bloqueo operativo a Rusia, han llevado a los EE.UU. a embarcarse en una serie de operaciones mal concebidas y planeadas que, para su desgracia, le han causado más quebraderos de cabeza que otra cosa. Un repaso rápido a estas operaciones estratégicas nos puede hacer ver el sinsentido en que se ha convertido, frecuentemente, la estrategia exterior americana.

En el año 1972, Pakistán inició su programa de fabricación de la bomba atómica, mediante el suministro de tecnología china y con el visto bueno y el apoyo de los EE.UU. El objetivo era amenazar a la India, país que había iniciado su carrera nuclear el año anterior y que era considerado, con más o menos razón, un aliado de la Unión Soviética y una economía de tintes socializantes. El resultado es que, ahora mismo, Pakistán cuenta con armamento nuclear siendo un país con una profunda inestabilidad política, soporte logístico de la guerrilla talibán y en riesgo permanente de ser controlado por islamistas radicales, enemigos declarados de los EE.UU. y sus intereses.

En el año 1978, una revolución en Afganistán implanta un régimen de tendencia prosoviética, que inicia una campaña de reformas para modernizar el país (entre ellas, cambios en el status legal de las mujeres y una reforma agraria que son consideradas como una agresión por los líderes musulmanes y tribales del país). Los EE.UU. organizan, desde Pakistán, un movimiento insurgente musulmán que lleva a la intervención de la Unión Soviética y, tras la progresiva radicalización del movimiento, a la toma del poder por los talibán. La preponderancia talibán se consiguió mediante el suministro de todo tipo de armas, asesores y ayuda económica por parte de los EE.UU. y Arabia Saudí a través de los servicios secretos de Pakistán. La guerra contra el poder comunista y sus aliados soviéticos es considerada una guerra santa por multitud de voluntarios musulmanes. El antiguo colaborador de la CIA, Bin Laden, se apoya en estos grupos, armados por los EE.UU., para constituir su organización yihadista Al Qaeda, responsable de innumerables atentados posteriores contra intereses americanos, entre ellos el del 11 se Septiembre.

En 1991, la República Federal de Yugoslavia se disgrega. Las Repúblicas de Eslovenia y Croacia se separan, apoyados económica y armamentísticamente por el Vaticano, Alemania y los EE.UU. ¿Qué pinta EE.UU. en esta zona? El objetivo es arrinconar a Serbia, aliado de Rusia, y debilitar la presencia de Rusia en el Mediterráneo oriental. En 1992, en plena guerra entre Serbia y Croacia, la élite económica de Bosnia, musulmanes, declara su independencia. La población serbia de Bosnia, ante el riesgo de vivir en un país islámico, pretende separarse de ese país e integrarse en Serbia. En la guerra civil que se sucede (plaga de salvajadas por todos los participantes), EEUU, la UE y la OTAN apoyan la secesión musulmana con armas y entrenamiento militar. Gran parte de esas armas y ese entrenamiento van a parar a manos de integristas saudíes y de otros países musulmanes. Posteriormente, muchos de estos veteranos musulmanes de la guerra de Bosnia han participado activamente en planes y atentados terroristas en los países occidentales que les armaron y entrenaron.

En 1994 un golpe de Estado en Chechenia lleva al poder a insurgentes musulmanes que declaran la independencia e inician una limpieza étnica de población no chechena. Una parte de la población no chechena inicia una guerra civil no declarada y, en corto plazo, las fuerzas rusas toman parte en la guerra contra el gobierno musulmán. Empieza así una de las guerras más crueles de las últimas décadas, con constantes violaciones de los derechos humanos por ambas partes. El conflicto se internacionaliza, de forma subrepticia, y decenas de miles de voluntarios musulmanes, financiados y armados por Arabia Saudí y los EEUU luchas al lado del gobierno musulmán y participan en las atrocidades perpetradas por el mismo. La guerra, en dos fases, se mantiene hasta el año 2000. Cuando la guerra acaba, una parte de los militantes chechenos e internacionales mantienen una guerrilla de baja intensidad y otra parte escapa a diversas partes del mundo (Afganistán, EEUU, Alemania y otros países de Europa) donde participan en distintas acciones contra intereses occidentales (a pesar de haber sido armados por Occidente). El último acto, el atentado en la maratón de Boston.

En el año 2011, estalla una insurrección en varias ciudades de Libia, aplastada sangrientamente por el gobierno de Gaddafi. A raíz de estos sucesos, se inicia un revuelta convertida rápidamente en guerra civil, en la que los militantes antigubernamentales son profusamente armados por EEUU, Reino Unido y otras potencias occidentales, las cuales, ante la incapacidad de los rebeldes para tomar el poder, optan por una intervención descarada disfrazada de acción humanitaria. Cuando termina la guerra civil, el país queda en manos de diferentes grupos armados, que siguen luchando entre sí. Uno de estos grupos, de orientación islamista, ataca en Septiembre de 2012 la embajada americana, matando al embajador y a otros tres miembros de la embajada.

Después de todas estas aberrantes intervenciones, ¿cómo puede terminar para EEUU su penúltima aventura en países musulmanes, esta vez en Siria? Una vez armados y financiados desde EEUU y Arabia Saudí (una vez más) los grupos radicales islamistas que luchan contra el-Assad, ¿cuánto tardará alguno de estos militantes en morder (una vez más) la mano que con tan poca inteligencia le alimenta?

Miedos

No soy emigrante, pero imagino el miedo que debes sentir al hacer la maleta sin saber si alguna vez volverás esa casa, a esa ciudad, a esa tierra donde has vivido hasta ahora.

El miedo de llegar a un sitio donde la policía mirará tus papeles con mil ojos, te revisarán de arriba abajo, te harán sentir un delincuente, antes de abrirte el paso (si lo hacen).

El miedo de moverte por un país del que desconoces las reglas culturales, del que quizá apenas chapurreas el idioma, un país donde cada rincón, cada paso, cada acción se rige por normas no escritas que desconoces.

El miedo de sentir el desprecio de los descerebrados, el abuso de los que te contratan en condiciones de miseria, de buscarte un antro donde dormir apiñado entre desconocidos.

No soy mujer, pero imagino el miedo de escuchar unos pasos que te siguen en una calle oscura y vacía por la noche.

El miedo de encontrarte sola con un desconocido que te recorre con mirada lúbrica.

El miedo de triunfar y ser objeto de todas las envidias y maledicencias.

El miedo de que te impidan decidir si quieres o no ser madre.

El miedo de escoger una pareja y que se convierta en un carcelero y un torturador.

No soy homosexual, pero imagino el miedo de toparte con un grupo de energúmenos que quieren hacerse unas risas a tu costa.

El miedo de tener que callar tus elecciones sexuales para que no te marginen en el trabajo.

El miedo de no poder demostrar en público tu cariño a tu pareja sin arriesgarte a que te insulten o te partan la cara.

En una sociedad donde existen estos miedos y no les ponemos remedio, es que somos todos un poco cómplices y un poco enfermos.

Amor por hacer colas (hecho real)

Una cola inmensa en el parque.

Una persona se acerca con ilusionado aire de expectación y pregunta: “¿Para qué es esta cola?”.

El interpelado responde. “No sé. Me he puesto a ver qué pasa.”

No sé si me admira más, de ambos amores por hacer cola, el de la que intenta hacerla suya desde fuera o el de que se ha sumergido sin remedio en la cola para explorarla.

Españoles y trabajo

Puede que ofenda a algunos, pero creo que no miento cuando digo que en España no nos gusta trabajar.

Respecto a cuál es el origen de ese amor a la holganza, no sé decirlo, aunque sospecho que no tiene absolutamente nada que ver con el clima. En España hay razones mucho más complejas y son las que voy a intentar resumir en las líneas que siguen.

Durante siglos (desde el siglo VIII al XV) hemos tenido la suerte de vivir como bárbaros, es decir, saqueando, rapiñando, violando, matando y robando a nuestros vecinos que, en su mayor parte, mantenían una sociedad agrícola sedentaria. Eso es lo que se llama la Reconquista, llevada a cabo bajo la dirección de nuestra élite visigoda, con esa facilidad que parecen tener los germánicos para hacer la guerra y masacrar a las poblaciones.

Durante esa época, nada de trabajar: obligábamos a trabajar a los pueblos sometidos (judíos y moriscos). En realidad, tampoco valía la pena trabajar porque desde el otro lado también se hacían razzias en la que la peor parte siempre la llevaban los campesinos a punto de recoger la cosecha. En fin, que el que no vivía a caballo y con una espada a mano, tenía pocas posibilidades de dejar descendencia.

Cuando se acabó eso, mira qué suerte que, en el mismo año, llegamos a América. No nos precipitemos: mientras se empieza a explotar América tenemos las guerras de Italia, que también dejan pingües beneficios sin necesidad de doblar el espinazo.

Bueno, el caso es que esto es lo que define la Monarquía Hispánica desde entonces hasta el siglo XIX: aquí nadie trabaja. Todo el mundo era hidalgo, aunque estuviese muerto de hambre. ¿Industria, comercio, ciencia, investigación? Que inventen ellos…

Los que trabajaban eran sospechosos, cuando menos, de tener antepasados judíos o moriscos. O, a partir del siglo XVII, de ser herejes. Con las desagradables consecuencias que esas sospechas conllevaban.

¿Cómo podía mantenerse todo un país sin trabajar? De muchas formas: guerreando en Italia o Flandes, expropiando bienes de judíos y herejes y, sobre todo, con las remesas de plata de América.

La plata de América (mal repartida, naturalmente) contribuyó en enorme medida a construir una sociedad que perdura: señoritos ociosos y dilapidadores, paniaguados y lacayos abyectos viviendo a la sombra de los señoritos, pedigüeños y limosneros recogiendo las migajas de la caridad (tan católica), pícaros y buscavidas intentando sacarles el dinero a unos y a otros. Pero nadie trabajando, salvo los negros y los indígenas en las Américas, y los moriscos en el Levante y Aragón.

¿Que se acaba América? Aquí tampoco se trabaja. Cualquier cosa antes que trabajar. Desde la independencia de las colonias americanas, los españoles se dedican a matarse los unos a los otros en cinco guerras civiles, mientras la renta del país baja y baja hasta que la mitad de la población se ve reducida al hambre extrema o a la necesidad de emigrar a las Américas (los célebres “gallegos”).

El último intento de arreglar esto, termina desencadenando una enésima guerra civil a la salida de la cual, un personaje de pesadilla, un dictador cazurro, ignorante y pragmático organiza el país en una serie de categorías espeluznantes: especuladores, estraperlistas, fusilados, emigrantes, albañiles, camareros y funcionarios del Régimen. Pensar una a una en cada de las categorías me provoca escalofríos, por eso las escribo todas del tirón.

Francisco Franco, en realidad, no era tan sutil como para establecer esa compleja división. Para él todo era mucho más sencillo: estaban los obedientes y los desobedientes. Para estos últimos, el paredón, la cárcel o el exilio. Para los obedientes, un modelo productivo en el que haya poco que pensar y mucho que obedecer.

Bueno, todo esto tiene que ver con la postergación de la edad de jubilación. Si aquí no hay el más mínimo trabajo de corte intelectual, si en este país los pocos que trabajan son en su mayoría albañiles o camareros, no veo yo muy claro lo de jubilarse a los 67 años (ni a los 60).

Es de todos conocido que los albañiles, cuando envejecen, probablemente por haber pasado tantos años al sol de Agosto y a los hielos de Enero, suelen volverse torpes y frágiles, y tienen una terrible tendencia a caerse del andamio. En cuanto a los camareros, por su parte, son proclives en su vejez a derramar el café encima de los clientes o a que se les caigan los platos. ¿Quién pretende prolongar la vida laboral de estas personas? ¿A qué estamos jugando?

Por su parte, los especuladores y estraperlistas, que siguen siendo muchos, cuando envejecen retiran de la cuenta de Suiza unos cuantos millones y se van a tomar el Sol a algún sitio donde el invierno sea suave. A estos no les afecta la edad de jubilación porque se jubilan cuando les sale de los cojones.

En fin, que como cada día soy más paranoico, estoy pensando que esto de los 67 años va dirigido contra mí y otra media docena de pringados, porque si no, no lo entiendo.

Ser niños

En un interesante artículo sobre la mente de los niños pequeños, la psicóloga Alison Gopnik, citando trabajos de otros psicólogos como Paul Harris y Marjorie Taylor, plantea la que puede parecer sorprendente (pero para mí es evidente) conclusión de que los niños no confunden en absoluto sus fantasías con la realidad; lo que ocurre es que prefieren vivir en mundos imaginarios que en los reales.

Comentando el tema de la imaginación, Alison Gopnik plantea que una de las principales características que distingue a los humanos de otros animales es nuestra capacidad para imaginar que el mundo podría ser de otra manera. Aprendemos sobre el mundo, llegamos a conocerlo pero, sobre todo, podemos pensar en mundos alternativos y, a partir de esas imaginaciones, llegar a crearlos.

Los niños (y no nos olvidemos de que todos hemos sido niños y algunos seguimos siéndolo) tienen una imaginación vívida, inventan situaciones y elementos diferentes en los que se sienten cómodos y son conscientes de que el mundo que llamamos real no es más que una de las infinitas posibilidades de cómo pueden llegar a ser las cosas.

Al mismo tiempo, los niños tienen la maravillosa capacidad de atender simultáneamente a todo lo que les rodea. Su cerebro está estructurado y abierto para aprender de todas las experiencias y, a diferencia de los adultos, no pueden prestar atención a una sola cosa a la vez; mejor dicho, pueden prestar toda su atención a muchas cosas a la vez.

Atención a toda la información que proviene del mundo que les rodea e imaginación para crear otras configuraciones del mundo, distintas del mundo en el que vivimos, son características que comparten todos los niños sanos y que todos hemos tenido hasta que a alguien se le ha ocurrido la peregrina idea de convertirnos en adultos.

Hay gente que se entusiasma con la idea de que todos seamos adultos responsables, es decir, que perdamos la capacidad de imaginar mundos distintos y de atender de verdad a todo lo que nos rodea. Ésta es la gente que desdeña las utopías, que denigra el romanticismo y que cuantifica cuanto sucede y, si es posible, le asigna un precio. Es la gente que utiliza expresiones como “madurez democrática” para felicitar a un pueblo cuando éste se comporta como un borrego o dicen de una sociedad que “demostró gran madurez” cuando no tiene ninguna reacción ante cualquier agresión a las que ahora nos tienen tan acostumbrados.

Afortunadamente, la naturaleza humana es como es, y muchos de nosotros compartimos con los niños la posibilidad de imaginar mundos inexistentes, de pensar cómo crear esos mundos diferentes. Muchos de nosotros, por fortuna, no hemos madurado del todo ni hemos dejado del todo de ser niños. Esta característica de no anquilosarse ni empobrecerse en ese nefasto estado de adultos se encuentra, especialmente, en los científicos, los artistas y los revolucionarios.

Claro que, a los que mandan, no les gustan mucho los científicos ni los artistas, y mucho menos todavía los revolucionarios. Así que se dedican a denigrar a los niños y a todos los que se parecen a ellos. Cuántas veces se critica un comportamiento “infantil”, haciendo un insulto de la capacidad de ser niño.

A los niños se les reprime, se les prohíbe y se les limita hasta que, por puro cansancio, se convierten en adultos. Y a los que no se terminan de convertir, se les sigue reprimiendo, prohibiendo y limitando con la esperanza de que también lleguen a cansarse.

De todas formas, todo esto que han descubierto ahora los psicólogos no es nuevo. En los Evangelios a los que tanto se aferran los que mandan pero que, por su tranquilidad nunca han leído, ya lo dijo Jesús: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

No sé muy bien qué es o cómo será el reino de los cielos, pero si es un lugar en el que hay que ser niño para entrar, desde luego que será infinitamente mejor que este reino de los infiernos que crean, cotidianamente, los que son adultos y los que quieren serlo.

Ejercicio mental

Para algunos de nosotros, el ejercicio mental que planteo será muy difícil. Para otros, bastante fácil.

Imaginaos que sois una persona normal y corriente. ¿Ya?

Te levantas por la mañana, te miras en el espejo al lavarte la cara ―un poco de inquietud: ¿soy todavía yo? ¡qué mala cara tengo! ¿esto es YA una arruga?―. A desayunar deprisa, a ducharse deprisa (¿o me demoro un poco debajo del chorro?), a vestirse también deprisa, a salir tarifando para el Metro…

Ahí las cosas ya pueden empezar a ser molestas (¿por qué se arrima tanto este tío cada vez que frena el Metro?). O puede que vayas en coche, más molesto todavía (¿es que la tienen tomada conmigo? ¿por qué casi todo el mundo toca el claxon frenéticamente cuando giro, o freno, o cambio de carril?).

Pero eso es nada comparado con lo que te pasa en el trabajo. La gente se fija de una forma estúpida en cómo te has vestido, en qué te has hecho en el pelo esta mañana, ¡hasta en cómo andas! Bueno, a eso terminas acostumbrándote.

 Lo malo es todo lo demás. Cuando haces algo bien, inmediatamente alguno se mosquea, otro intenta arrebatarte el mérito, la gran mayoría ni se da cuenta. Joder, cómo hagas algo mal… se va a enterar toda la empresa, los chismosos van a hacer astillas de tu tronco caído. Si te enfadas, te habrá dado un ataque de histeria, si te resignas se sonreirán en tu cara con aire condescendiente. Si prosperas en el trabajo, todo el mundo supone lo que has tenido que hacer; si no prosperas, es lo natural, no das más de ti.

Los subordinados te ignoran, tergiversan, cuando no sabotean, tus instrucciones y, si les llamas la atención, te achacarán cualquier trastorno hormonal. Los compañeros te miran las tetas y los jefes te quieren tocar el culo. Efectivamente, eres una persona normal y corriente, pero resulta que has nacido mujer.

Ni siquiera está libre de críticas tu decisión de qué hacer con el aparato reproductor que es tu seña de identidad. Si decides que no vas a quedarte embarazada, todo el mundo va a mirarte de reojo por no ejercer el papel reproductor que la Naturaleza y sus representantes en la Tierra te tienen asignado. Si decides que te vas a quedar embarazada, el mundo se va a dividir en los que ya te catalogan como madre (antes que persona, claro), ocupada en dar comida y limpiar culos para el resto de tu vida, y los que también te critican, sobre todo desde el trabajo, donde los jefes sólo piensan que van a tener que pagarte una baja de maternidad y los “compañeros” que te vas por el morro mientras ellos deben hacer tu trabajo.

No voy a hablar de lo que es salir el fin de semana, andar por las calles de noche sin compañía, intentar viajar sola por un país tan “civilizado” como España, o sentarte a leer en un parque al atardecer. No voy a hablar tampoco de Arabia Saudí, Somalia o Pakistán.

Vaya mierda, ¿verdad? Es evidente que no quiero decir que ser mujer sea una mierda, sino que vaya mierda que intentamos hacer de la vida de esas personas normales y corrientes por el hecho, tan sencillo y natural (le ocurre aproximadamente al 50% de los humanos), de tener dos cromosomas XX, en lugar de XY, como los que mandan.

Todo lo que cuento lo he ido viendo a lo largo de años de observación de bastantes hechos insólitos en mis innumerables trabajos (y lo he ido viviendo al lado de algunas maravillosas amigas que me han enseñado todo lo que sé, desde doblar suéters y tender las camisas,  a intentar afrontar inteligentemente los problemas o enamorarme como un loco) y está contado con la suavidad y levedad del que sólo lo analiza y no lo sufre en su carne porque es del grupo dominante.

Otro día, le echamos otro poco de imaginación y pensamos en las personas normales y corrientes que, al final, resultan haber nacido negros, homosexuales, centroamericanos o en una familia de inmigrantes parados. Seguro que nos lo vamos a pasar igual de bien, o aún mejor. Sobre todo si cualquiera de estos roles los mezclamos con el divertidísimo de ser mujer.

Finanzas

Los humanos tenemos una interesante y peculiar tendencia al trueque, que no se da en el resto de las especies.

No es tanto hacer un favor para que luego me devuelvan otro. Es algo más interesante: “te doy esto que me sobra y a cambio me das aquello que me falta”. Lo interesante es que el valor de lo que se intercambia está (en principio) al criterio de los protagonistas del intercambio y esos valores pueden ser muy cambiantes en función de infinidad de circunstancias. Eso es lo que siempre se ha llamado “el mercado” (nada que ver con los grupos chantajistas y mafiosos que se han apropiado de ese nombre) y, como otras construcciones producto de la capacidad de abstracción del ser humano, siempre me ha despertado gran interés.

Otra abstracción que me parece cojonuda (casi al nivel de la escritura o las matemáticas) es el dinero. El dinero sirve para resolver esos casos en los que lo que a mí me sobra te interesa, pero tú no tienes lo que me hace falta. Convenimos en una abstracción (unas conchas, unos trozos de metal, unos papeles, unas determinadas configuraciones de electrones) que representa el valor de la mercancía que no podemos intercambiar de forma efectiva. Es así de simple, no me das lo que necesito, sino un medio para que, en otro lugar, en otro momento, consiga lo que necesito.

Desde luego, esto requiere que esa abstracción tenga una credibilidad aceptada por todos. El dinero es, así, el primer instrumento de crédito (que viene del latín “credere”, creer/confiar y viene a querer decir algo así como “aquello en lo que se confía”).

Hasta aquí yo creo (quizá equivocadamente) que vamos bien. Lo malo es cuando el instrumento se convierte en el objetivo.

 En la empresa en la que me explotan tiene la manía del control. El control puede ser un instrumento adecuado para validar objetivos como la productividad, la calidad, yo qué sé… Pero cuando el control (que es un instrumento para obtener un fin) se convierte en el objetivo las cosas se tuercen y se llega al ridículo y al absurdo. Lo importante es a qué hora entra y sale la gente, cuánto tiempo está sentada y si tiene asignado trabajo. Que lo haga bien o mal, incluso que lo haga o no, es irrelevante. Lo importante es el control.

Con el dinero (instrumento para facilitar el intercambio de objetos y servicios, presentes o futuros)  ha pasado lo mismo. La clase dominante, y por extensión la mayor parte de la gente, se ha obsesionado con tener dinero, mucho dinero, independientemente de si lo va a intercambiar por productos y servicios, que es su teórico fin. Los individuos de la clase dominante han llegado a acumular tanto dinero, en su ansia por hacerse con el instrumento, que, en muchos casos, es imposible que en toda su vida y en la de sus descendientes lleguen a intercambiarlo por cualquier cosa. De hecho, además de imposible es que no es lo que desean. El instrumento es ahora el objetivo.

Con el poder de abstracción que nos caracteriza, hemos creado el dinero, el metadinero y el metametadinero. Los instrumentos financieros para sacar dinero de debajo de las piedras, para generar opciones de acumular más dinero se han vuelto, no sofisticados como dicen, sino sencillamente demenciales.

Claro que todos esos instrumentos especulativos como son tan demenciales funcionan como el culo, y se producen, cada vez más deprisa, burbujas especulativas que estallan en medio de un gran estruendo y con resultados catastróficos. La burbuja de las .com dio paso a la burbuja inmobiliaria y ésta ha dado paso a la burbuja de la deuda soberana.

Todo eso no les importa a los especuladores financieros y a los que inventan los mecanismos especulativos. El tema es tener más dinero, están enganchados a la creación de dinero, tienen adicción a poner ceros a la derecha, se han convertido en unos drogadictos de las cifras. Como toda la gente que se droga sin control, ya no encuentran placer en las dosis que acostumbraban y piden más y más y más, y pasan por encima de lo que sea para conseguirlo.

El problema de los drogadictos no es sólo que acaban mal, sino que antes suelen arruinar la vida de los que están a su alcance. Estos drogadictos que nos mandan y manejan tienen, además, el problema añadido de que no quieren dejarlo. Su argumento, con aires de chantaje, es del tipo “si me das más droga, puede que te deje tranquilo durante un rato”.

Yo creo que si la credibilidad que se le da a un yonqui cuando asegura que va a dejarlo es, por desgracia, escasa, va siendo hora de que, por coherencia, a estos adictos al dinero le concedamos un crédito cero en todos los aspectos, máxime teniendo en cuenta que no tienen la menor intención de reformarse. Hasta que no dejemos de seguirles el rollo, seguiremos siendo rehenes y víctimas de su vicio insaciable, que tan caro nos está costando a todos los que no lo padecemos.

Indecentes

Es seguro que los hay en otros países pero, personalmente, quizá por la proximidad, no conozco un partido tan indecente como el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

El PSOE se ha pasado toda su historia colaborando con las fuerzas más reaccionarias y siniestras del panorama político y social español. Lo cual no tendría mayor importancia si no fuese por su pretensión de defender los intereses de las clases desfavorecidas.

El PSOE, que no ha tenido nunca nada de socialista ni obrero, se presentó sin el menor rubor a las elecciones manipuladas y escasamente representativas que organizaba la monarquía caciquil y reaccionaria de la Restauración española, obteniendo representantes en las Cortes desde 1910, en los años del pistolerismo empresarial contra los anarquistas, los años de la guerra de Marruecos, de la Setmana Tràgica, de los sindicalistas muertos a manos del Ejército y la patronal, del caciquismo, de las hambrunas en el campo español.

Cuando se establece la Dictadura pre-fascista  de Primo de Rivera, el único partido al que la Dictadura permite seguir siendo legal es el PSOE (!), hasta el punto de que Largo Caballero fue nombrado Consejero de Estado por el Dictador. Largo Caballero era el secretario general de la UGT, el sindicato que apoyaban las clases dirigentes para que sirviese de freno al sindicalismo revolucionario de la CNT, anarquista y ampliamente mayoritario entre la clase obrera.

El PSOE participó, como grupo mayoritario, en el primer gobierno de la República burguesa, entre cuyas grandes hazañas está la masacre de jornaleros anarquistas sublevados (en demanda de pan y tierra) en el pueblo de Casas Viejas.

Durante la sangrienta Dictadura de Franco, el PSOE se mantuvo totalmente al margen de la lucha clandestina, lo que le sirvió para conseguir una actitud de permisividad y tolerancia absoluta por parte del Régimen del carnicero.

El papel determinante del PSOE en la consolidación del Régimen monárquico neo-franquista resultado de la Transición le garantizó el apoyo económico y organizativo de los grandes grupos financieros europeos, tutelados por los yanquis y personalizados en Willi Brandt.

Cuando el PSOE gana las elecciones de 1982 por mayoría absoluta, se dedica a desarrollar la política reaccionaria, capitalista y desmovilizadora que le proponen sus amos del gran capital. Se desmontan avances sociales, se venden baratas a especuladores las empresas públicas, se fomenta la rapiña empresarial, la corrupción y las leyes regresivas. Se establecen lazos monetarios con la monarquía neo-franquista y con el Ejército.

El PSOE dedica sus 14 años de gobierno ininterrumpido a organizar el modelo social que hoy en día domina España: represión de cualquier tendencia disidente y facilidades para el enriquecimiento rápido y sin controles de las mafias de empresarios franquistas.

Entre otros grandes logros del PSOE en esos años se encuentran, en una lista necesariamente muy resumida:

– El vasallaje absoluto ante los EE.UU., escenificado por la entrada en la OTAN, el alineamiento con Marruecos en la guerra del Sahara y la libertad absoluta de operaciones al ejército gringo desde suelo español.

– Las sucesivas reformas laborales y de las pensiones, ya olvidadas, pero que supusieron retrocesos en los derechos de los obreros aún más significativos que las que ahora están llevando a cabo.

– La venta al capitalismo europeo, a precio de saldo, de todo el tejido industrial español.

– El terrorismo de Estado, personificado en los GAL.

– La institucionalización de la tortura en todas las comisarías españolas.

– La invasión de los grandes grupos mediáticos mafiosos.

–  Las subvenciones millonarias y privilegios escandalosos a la Iglesia Católica.

–  La permisividad absoluta ante los grupos fascistas, falangistas y nazis. No hay que olvidar que Felipe González fue un cargo falangista en su juventud.

–  El establecimiento de la cultura de la corrupción absoluta, encarnada por el monarca franquista y toda la caterva de ladrones y sinvergüenzas de cuyos nombres aún nos hacemos eco.

Paro un poco a vomitar y no sigo.

En fin, queridos amigos, sé que esta vez he sido tremendamente aburrido. Pero es que cada vez que escucho la radio y veo que estos indecentes siguen pretendiendo engañar a la población y envolverse en los valores éticos y liberadores de la izquierda se me va la olla.

Sé que ninguna persona razonable se puede plantear la participación en la pantomima que son las elecciones amañadas que convoca el Régimen. Pero, por si a alguien se le ocurre hacer la payasada de ir a votar a esta caterva, por lo menos que tenga claro a quién representa y a quién defiende esa manada de indecentes que conforman el Partido Socialista Obrero Español.

El absurdo del cambio de hora

Cuando se avecina el día en que nos cambian la hora por decreto, siempre mandan a los periodistas becarios a preguntarle a la gente de la calle (esos corresponsales gratuitos que tienen ahora todos los medios de comunicación), qué piensan del cambio de hora.

Claro, esa pregunta, especialmente en España, no puede dar ningún resultado. Qué “piensa” la mayor parte de la gente es NADA.

La pregunta debería ser “¿qué le piensan?” o, con algún circunloquio más “¿qué pensamiento le han metido en la cabeza respecto a esto?”.

Hecha cualquiera de esas preguntas, la gente se divide en dos grupos: uno, minoritario, que habla de lo que a él le afecta “pos a mí me gusta mucho” “a mí me sienta mu mal el cambio”. No es que se me olviden letras, es que la gente habla así, que lo he escuchado en la radio.

Otro grupo, ampliamente mayoritario, es de betordos que contestan con aire contrito y voz sorda “bueno, me parece bien porque si es para ahorrar…”. ¡¡ Pero, imbécil, de qué estás hablando ¡!?? dan ganas de decirle. Pero luego te das cuenta de que es lo que “les piensan” y tampoco te vas cabrear por eso.

“Para ahorrar”. Cuando empezó esta manía del cambio de hora, allá por la crisis petrolífera de 1973, ésta fue una de las muchas medidas de urgencia que, en plan histérico, tomaron los gobiernos ante la repentina cuadruplicación del precio del petróleo de 3 a 12 dólares el barril.

Incapaces de gestionar la crisis y ante la imposibilidad de tomar cualquier medida de impacto inmediato (¿cómo reducir drásticamente el consumo de petróleo de un día para otro y menos en una sociedad oleoadicta?), lanzaron un brindis al sol con una de esas medidas de efectividad práctica nula pero de gran efectividad mediática. Al fin y al cabo, cambiar la hora es algo que se hace efectivo en dos segundos. Y si a la gente se le dice que con ese sencillo gesto se ahorra no sé cuánta energía, y la gente se lo cree (como todo), pues magnífico. Todo con tal de hacer ver que hacen algo, lo que sea, obsesión constante de todos los incapaces que nos gobiernan.

Desde entonces yo, que tengo ya muchos años, estoy esperando que alguien elabore un informe documentado, serio y analítico sobre las mágicas virtudes ahorradoras del cambio de hora (de los dos cambios de hora, el de Primavera y el de Otoño). No existen esos informes porque el supuesto ahorro no existe. Es una medida propagandística tomada en un momento crítico, y cualquiera se echa atrás ahora diciendo que eso no valía para nada. ¿Cómo se le dice a la gente: “mire, esto es una estupidez y han estado ustedes haciendo el paripé dos veces al año, todos estos años, para nada”?

Porque, vamos a hacer un análisis, primario, pero efectivo: Se supone que el ahorro es en iluminación, porque todo el transporte, la industria, la maquinaria, las fábricas, los frigoríficos, cocinas, lavadoras y aspiradoras, etc. todo eso sigue funcionando igual haga Sol o esté nublado.

Pero en absolutamente todas las oficinas del mundo, la luz se enciende cuando empieza la jornada laboral y se apaga cuando se acaba la jornada laboral. Diez horas de oficina, ocho horas de oficina, lo que sea, todo el rato está la luz encendida. Y lo mismo se puede decir de los colegios, universidades, museos y bibliotecas.

Nos quedan, pues, sólo, las casas. Pero ahí dudo yo que haya mucho ahorro tampoco:

Aunque la gente que la tenga estuviese en casa, ocurre que las horas de oscuridad son las mismas empiecen cuando empiecen a contarse. Yo tengo 12 horas de oscuridad (en Marzo) o 9 (en Junio) y las tengo aunque la hora a la que empiece la oscuridad la llame, por convención, las 8, las 9 o las 10. O sea, que si por la noche enciendo la luz una hora después, por la mañana la enciendo una hora antes. Si ayer me levantaba y ya era de día, mañana me levanto y es de noche. Al final, las horas que tengo que tener con luz son las mismas.

Yo diría, incluso, que seguramente se gaste más energía en las casas porque:

w  La gente se queda levantada hasta más tarde (no se hace nunca de noche), con lo que tiene la maldita TV encendida más rato.

w  En España, donde hace un calor africano en verano, resulta que, con este horario, se hace de noche a las 10 y pico con lo que la gente se va a dormir cuando ni siquiera ha empezado a refrescar. Sin embargo, a la hora de más fresco, que son las primeras horas después de amanecer, la gente ya ha tenido que salir de su casa. Resumen: no se puede aprovechar el fresco natural para las horas de sueño y la alternativa es dormir peor o poner el aire acondicionado (¡ toma ahorro energético !).

El caso del cambio de hora es más sangrante en España, porque aquí ya (como país vasallo de los europeos) vivimos todo el resto del año ajustados a la hora de Berlín, con lo que el cambio horario del verano nos pone en el huso horario de Beirut, Kiev o El Cairo.

Y, me pregunto yo, si tanto se ahorra con dos horas de desajuste con la hora solar, ¿por qué no poner tres y colocarnos la hora de Moscú o Teherán?

O mejor aún la de Tokio. ¿No se ahorrará muchísimo más si trastocamos nuestros relojes todavía más al Este y compartimos horario con los japoneses?

Y mientras escribo esto se me ocurre una idea aún más genial que la de Tokio. ¿Y si adelantamos los relojes 24 horas y nos quedamos como estamos? Aparte del tremendo ahorro que sería adelantarnos 24 horas (como 12 veces más ahorro que con sólo 2 horas de adelanto), viviríamos un día en el futuro respecto al resto del Mundo con lo que, por primera vez en su historia, este país de haraganes tomaría la delantera en algo. Y todo eso sin necesidad de volver a levantarse de noche…

Mundo en blanco y negro

Para los que vivimos la dictadura franquista, el mundo se nos ha quedado, irremediablemente, un poco en blanco y negro. Sé que la ausencia de colores es real cuando callejeo en Invierno por mi barrio, mal iluminado y escaso de árboles. Igual que cuando sufro, inesperadamente, la retransmisión de alguna sesión del Congreso o de una procesión de Semana Santa.

Pero hay otros aspectos, menos tangibles, en que mi cerebro es también incapaz de percibir matices y colores, y la realidad se me presenta en unos absolutos blanco y negro.

Acostumbrado a escuchar historias maniqueas de buenos y malos, contadas por los malos, me he vuelto hasta cierto punto también maniqueo y he adquirido la costumbre de alinearme, sin reservas mentales, al lado de los indios frente a los americanos, al lado de los esclavos frente a los romanos, al lado de Sandokán frente a los ingleses.

Sé, por ejemplo, que existen policías honestos y hasta buenos, pero no puedo evitar sentir una manifiesta incomodidad cuando paso al lado de una comisaría o un coche de policía. Incomodidad tan manifiesta y evidente que creo que es la razón por la que, más de una vez, me han pedido la documentación por la calle sin ninguna razón aparente.

Del mismo modo, los mitos que me creé en mi juventud siguen ahí, intactos, con su toque de maniqueísmo, sin que me haya dado nunca por intentar racionalizarlos ni justificarlos.

Durante el oprobio nacional que representó la dictadura franquista, a los que no comulgábamos con el Régimen, no nos estaban permitidas muchas alegrías, sino más bien bastante tristezas. Por esa razón, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas se colmaban con cualquier cosa que entendíamos que, directa o indirectamente, hacía daño al Régimen.

En nuestra mitología visceral y primigenia, se ganaron lugares de privilegio, la Revolución de los Claveles, la lucha y la victoria del Viet Cong, el triunfo electoral de Salvador Allende. Y, cómo no, ETA.

De ETA nos gustaba todo, hasta el punto que los más infantiles de entre nosotros se hacían pasar por vascos, porque eso daba mucho prestigio. Análisis políticos respecto a ETA hacíamos pocos (también, por una enorme falta de información), nos bastaba saber que se enfrentaban a las fuerzas represivas del Régimen y que eran odiados por nuestros enemigos.

Por mucho que nos hubieran intentado convencer de que debíamos tener miedo a ETA, nosotros nos sentíamos mucho más amenazados por policías, comisarios de la Social o jueces. O, sin ir más lejos, por los automóviles que atropellan y contaminan. No era esa, es cierto, la mentalidad de la mayor parte de la sociedad española, inmersa en la propaganda del Régimen (inalterable hasta nuestros días, es significativo), que presentaba a ETA como un peligro mortal para cada uno de los miembros de la sociedad.

Claro que ETA hizo algo que no se le va a perdonar nunca, que era matar políticos, empresarios, fascistas y traficantes de droga. Reconozco que matar a alguien es un hecho de enorme trascendencia, y que conduce a profundos análisis sobre la moral y la justicia, que entonces nos importaban un bledo aunque supongo que eran parte del día a día de los militantes de ETA. Bien es cierto que la Policía y los Ejércitos de todos los países tienen como profesión y actividad cotidiana matar a gente, de forma directa, y los grandes empresarios y banqueros, matar a mucha más gente de forma indirecta. Pero no creo que lleven a cabo ningún análisis moral ni antes ni después de hacerlo.

Es cierto que ETA, organización compuesta por seres humanos, ha cometido errores: pequeños, medianos y de bulto. Y también injusticias. También es cierto, como sabemos todos los que hemos militado en la clandestinidad, que es muy fácil para la policía y los agentes provocadores infiltrarse en una organización ilegal. Ahí está el ejemplo del IRA, que comprobó, tras su disolución, que una parte significativa de su cúpula eran agentes de los servicios británicos. ETA ha llevado a cabo, en algunos momentos, acciones que, por su falta de sentido político o el momento en que se han realizado, me han llevado a sospechar en la acción de provocadores infiltrados.

Pero todo esto no obsta para que, sin ninguna base lógica, ETA siga siendo una de las luces en mi mundo en blanco y negro, y que acusar, como está haciendo ahora determinada gentuza con la PAH, a cualquier movimiento de ser “filoetarra” para mí sigue siendo una garantía de que ese movimiento está actuando correctamente y de que les causa inquietud, y le tienen miedo.

El Imperio que se va

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor” (Salvador Allende, discurso final desde La Moneda, 11 de septiembre de 1973).

Pocos Imperios relativamente benévolos ha habido en la Historia. Ahora mismo, sólo se me vienen a la cabeza el Imperio Persa de Ciro y el Imperio Maurya de Ashoka.

Pero, en general, los Imperios se caracterizan por establecer un sistema de rapiña donde la metrópoli mantiene un nivel de vida elevado a costa de las exacciones económicas a que somete a otros pueblos, y un sistema coercitivo en el que no se toleran estructuras económicas, legales o políticas que pongan en cuestión la situación de preeminencia y poder que aporta ventajas a las jerarquías de la metrópoli.

La expansión política y económica de los Imperios siempre establece una jerarquía en la que las poblaciones sometidas se ven obligadas a renunciar a parcelas de su bienestar para sostener el status privilegiado de la población dominante y, en especial, de los dirigentes de la misma.

Un aspecto adicional de los Imperios es que, en su mayor parte, intentan imponer su modelo cultural y sus valores a los pueblos sometidos. El imperialismo cultural ha existido siempre pero ha alcanzado su zénit en los usos del actual Imperio gringo.

La ideología gringa es fruto de las raíces históricas sobre las que se construyó la nación: la rama puritana del protestantismo y la expansión armada hacia el Oeste (el Destino Manifiesto), pasando por encima de cualquier obstáculo, especialmente, la cultura indígena y la vida de un número aún no calculado de indios americanos, pero que se estima en varios millones.

El protestantismo (que, en su conjunto, representa el enfoque más integrista del cristianismo) siempre ha sido fuertemente individualista, postulando la relación personal directa del individuo con Dios. El protestantismo, también, cree en la absoluta maldad del ser humano en sí mismo, que sólo puede ser salvado por la Gracia de Dios.

Estos dos principios (individualismo y maldad intrínseca del hombre) no son irrelevantes y están en la base de gran parte del modelo cultural de los EE.UU.

Los puritanos, que emigraron en masa desde Inglaterra al Nuevo Mundo y constituyeron la élite cultural y política de los futuros EE.UU. eran uno de los grupos protestantes más radicales. Influenciados notablemente por Calvino y, creyentes, en gran medida, en la doctrina de la predestinación, contribuyeron a crear un concepto que está en el núcleo de la cultura gringa y que es uno de los conceptos más dañinos que han existido para el bienestar de la Humanidad: Atribuir la pobreza a la predestinación (como signo de desaprobación por parte de Dios) y considerar el enriquecimiento como señal de predestinación a la salvación eterna.

De esta forma, los hombres están salvados o condenados de antemano, y su destino lo muestra Dios por medio del éxito económico. ¿Para qué intentar sacar a los pobres de su pobreza, si eso es un designio divino? No se puede (y, sobre todo, no se debe) luchar contra lo que ha dispuesto Dios desde el principio de los tiempos. Por otro lado, ¿cómo se va a criticar la acumulación incontrolada de riqueza, si eso es un signo de la benevolencia y la aprobación divina hacia el que se enriquece?

De ahí surge esa filosofía de “ganadores y perdedores”, que tan estúpida suena en las películas pero que tan terribles consecuencias tiene. La filosofía del ganador y el perdedor está tan imbuida en la cultura gringa, que los deportes donde existe el empate (como el fútbol), tienen muy escaso éxito en ese país, y en los deportes, como el baloncesto, donde cabe matemáticamente el empate, se obliga a sucesivas prórrogas hasta que éste se deshace. No puede haber más que ganadores y perdedores.

El individualismo, la creencia en la naturaleza corrompida del ser humano, el modelo de ganadores y perdedores por decreto divino y la aceptación social de la riqueza como signo del favor divino: éstos son los mimbres con los que se ha tejido el cesto de la cultura gringa.

Se suma a esto la teoría del Destino Manifiesto, que justifica todo tipo de exacción que contribuya a alcanzar el destino último de los EE.UU.: el dominio de toda la tierra por parte de la sociedad elegida. Sociedad gestada, desarrollada e inmersa en la violencia como medio ineludible para alcanzar sus fines.

Los EE.UU., como Imperio en la época de la comunicación masiva, han tenido un inmenso éxito en propagar su modelo cultural a todos los países sometidos (y a los no sometidos).

En las sociedades actuales, y haciendo caso omiso a lo que son las características más señaladamente humanas (la empatía, la colaboración, el apoyo mutuo, la solidaridad intragrupal y el soporte a los desfavorecidos) se han instaurado como acto de fe una serie de creencias sobre el ser humano y la sociedad, que se presentan como eternas e inmanentes (como todo credo), sin percibir que son sólo un modelo temporal y contingente, que no ha existido durante la mayor parte del desarrollo de la Humanidad y que, felizmente, dejarán de existir en un futuro.

Estas creencias en la maldad intrínseca de los humanos, en la primacía del individuo sobre el grupo, en la inevitabilidad de las diferencias sociales, en la búsqueda del enriquecimiento económico como guía moral y de comportamiento, conforman la esencia del Sistema Capitalista vigente, y son aceptadas, sin ninguna reflexión, por la mayor parte de las personas que viven en este mundo.

Desgraciada y triste como es esta realidad, no debemos olvidar que es el producto de un modelo cultural específico y limitado en el tiempo: el de la sociedad del Imperio americano. A los que amamos a la Humanidad y creemos, profundamente, en las capacidades del ser humano para el bien, para la solidaridad y para el raciocinio, no puede más que alegrarnos que, como ha pasado con todos los Imperios, éste terminará marchándose (más pronto que tarde) por la puerta de atrás de la Historia y pasará a los libros, como pasó el Imperio asirio, como un ejemplo de la brutalidad, la crueldad y la deshumanización a las que pueden conducir algunas construcciones imperiales.

Notas. Algunos datos sobre la violencia existente en la sociedad de los EE.UU.

Con 88 armas de fuego por cada 100 habitantes, EEUU es, con diferencia, el primer país del mundo en número de armas. Para comparar, podemos indicar que en Iraq hay 34,2 armas de fuego por cada 100 habitantes, en España 10,4, en Rusia 8,9 o en Israel 7,3. Claro, que no sólo hace falta un arma, sino también ganas de matar. Suecia tiene 31,6 armas por cada 100 habitantes y no se producen matanzas con la frecuencia que en los EEUU.

EE.UU. gasta 711.000 millones $ en gastos militares (4,7% GDP), seguido por China con 143.000 y Rusia con 71.900. Es también el mayor exportador mundial de armas.

EE.UU. tiene más de 1.000 bases militares en el extranjero, en más de 120 paísies y territorios.

EE.UU. ha llevado a cabo 220 ejecuciones en el último año. En eso, China desde luego que gana, con miles de ejecuciones por año (el número concreto es desconocido).

En EEUU hay una media de casi 208.000 víctimas (mayores de 12 años) de violaciones y agresiones sexuales al año. (Datos del Departamento de Justicia).

El imperio que viene

En este año que por fin se acaba, ha saltado a los medios una de las tramas de blanqueo de dinero que la mafia china tiene en España. Parece que la gente se ha sorprendido al conocer los alucinantes entresijos de una operación policial que ha terminado con los principales imputados en la calle y con una advertencia del Ministerio de Comercio chino (en la mejor tradición mafiosa) avisando de que este tipo de operaciones pueden conllevar el retraimiento de inversiones de la economía china en España.

La economía china, a pesar de esa irrisoria denominación de República Popular, es una economía capitalista descontrolada que junta los peores métodos del siglo XIX y del siglo XXI para el enriquecimiento desaforado de una minoría formada por las élites del Partido Comunista y el Ejército Popular (la verdad que los nombres suenan a cachondeo).

El entramado económico chino se sustenta en varias líneas de “negocio” a cual más espeluznante.

Por un lado, la fabricación de productos baratos para la exportación masiva a Occidente. Los bajos precios de producción se consiguen a base de falta absoluta de derechos laborales para los trabajadores, que sobreviven con salarios ínfimos, hacinados en dormitorios colectivos de la empresa y obligados a comprar todos sus bienes de consumo en almacenes de la empresa. Adicionalmente, la carencia de cualquier control sobre los desechos contaminantes, proporciona otro significativo ahorro de costes a cambio de envenenar el suelo, el aire y las aguas alrededor de todos los complejos industriales.

Las materias primas se obtienen a precios de saldo comprando en países sometidos a dictaduras (como Sudán, Zimbabwe, Myanmar) con tan mala imagen como para tener dificultades en colocar sus productos en mercados internacionales. O, simplemente, negocian derechos de extracción de minerales o de adquisición de cosechas con las élites gobernantes en países de África, América o Asia que venden barato a cambio de apropiarse de los ingresos sin ningún tipo de control o reparto de las ganancias.

Otra fuente significativa de ingresos es el tráfico de personas, bien para la prostitución o para atender esos colmados donde se trabajan 24 horas al día los 7 días de la semana, para admiración del insigne dueño de Mercadona. Tanto estos empleados como las prostitutas son esclavos que deben abonar la práctica totalidad de sus ingresos para satisfacer una deuda adquirida como consecuencia de los gastos que tiene la mafia (Partido y Ejército, no olvidemos que la mafia china es el Gobierno) para trasladarlos y ponerlos a “trabajar” en Occidente. Añadido y confundido con este tráfico de personas, está el tráfico de drogas ilegales, en especial, heroína.

Como ingreso colateral, estas mafias “comunistas”, expertas en el blanqueo de dinero, ayudan y asesoran (previo pago de las correspondientes comisiones) a los sinvergüenzas de cada país en que se instalan para que evadan capitales a paraísos fiscales.

Los ingresos desmesurados de estas prácticas mafiosas del Gobierno chino se invierten en la compra de artículos de lujo de alta gama (es el país donde el crecimiento de estas compras es el mayor desde hace años y se espera que sea el segundo comprador de artículos de lujo para 2015), en un mercado inmobiliario boyante, en depósitos en paraísos fiscales (157.000 millones de dólares sólo en 2011) y, especialmente, en la compra de deuda extranjera (por ejemplo, China posee títulos de deuda de los EE.UU por valor de $ 1,2 billones –billones europeos-; respecto a España, China es el segundo poseedor de deuda española, aunque no encuentro datos cuantitativos fiables).

Otro destino de las ganancias del Gobierno chino es la inversión en compañías extranjeras, especialmente en los sectores de energía, utilities, minería e infraestructuras, con la adquisición de participaciones de control. En 2012, por primera vez, los acuerdos de inversión de compañías chinas en compañías europeas superaron las inversiones europeas en China.

Dado que China, en la práctica, representa ahora mismo el motor de la economía capitalista mundial y que los países occidentales son rehenes de la elevada deuda que arrastran con China, ésta se encuentra en situación de empezar a dictar las condiciones económicas que deben cumplir estos países si quieren que los chinos sigan invirtiendo en ellos.

Y no se han cortado un pelo a la hora de hacerlo. En un comunicado publicado este pasado mes de Noviembre, China estima que “los países occidentales deben adoptar políticas macro-económicas responsables capaces de tratar la cuestión de la estabilidad financiera”.

Aunque este tipo de verborrea ya sabemos de qué va, por si no quedase suficientemente claro, el señor Jin Liqin, dirigente del fondo soberano China Investment Corporation tiene la amabilidad de explicarlo en el Financial Times, a raíz de dicho comunicado:

“Las dificultades que se han producido en los países europeos proceden únicamente de problemas acumulados por una sociedad que ha vivido de los beneficios sociales. Creo que las leyes sociales están obsoletas. Conducen a la pereza, a la indolencia, más que a trabajar duro”.

Hay que recordar que China dedica, de su presupuesto nacional, un 7,6 % a protección social, un 2,7 % a sanidad y un 4,5 % a educación. En los países occidentales, estas partidas representan entre un tercio y la mitad del presupuesto.

Los gobernantes europeos, sabedores de con qué cartas se va a jugar a lo largo del siglo XXI, ya se han subido al carro del Imperio que viene y están acelerando el camino para adaptar nuestras sociedades a las condiciones de vida y de trabajo chinas, con el fin de hacer sus países más atractivos a los inversores mafiosos. Al fin y al cabo, históricamente, los Imperios siempre han contado con las élites de los países colonizados para que les gestionasen el expolio de la población, a cambio de un poco de poder y un poco de dinero.

En un libro instructivo y recomendable, “Shadow of the Silk Road”, Colin Thubron, el autor, conversa con un intelectual chino y éste le comenta: “En China no tenemos una tradición de respeto por la vida humana. Ése es nuestro problema: la inhumanidad”.

A este Imperio inhumano nos están vendiendo los dirigentes occidentales, a cambio de mantener sus privilegios durante un par de generaciones más; casi echo de menos el Imperio al que nos tenían vendidos durante este último siglo, y del que hablaré en otro día.

No quiero acabar de forma tan negativa. Nada de lo que va a ocurrir está escrito, nada de lo que se avecina es inevitable. Todavía está en nuestra mano tomar las riendas de la situación y escapar a esta siniestra sombra del Imperio que viene.

La derecha española

Ser de izquierdas es difícil. No ya porque tienes que moverte en un mundo que no corresponde a los parámetros con los que te sentirías cómodo, porque tienes que luchar contra la corriente mayoritaria para intentar arrancar minúsculas concesiones adecuadas a tu planteamiento de vida, porque la losa de la realidad se encarga constantemente de recordarte que las utopías están siempre un poco más allá del horizonte…

Hay otra dificultad y es la exigencia con que la gente que no es de izquierdas (la inmensa mayoría), cuando se digna tenerte en cuenta, te demanda una estrictísima reglamentación de tu vida cotidiana para que sea un modelo inmaculado de la utopía futura. Vamos, que te exigen que, por creer en un mundo mejor, estés obligado a crear a tu alrededor una maqueta diminuta de ese mundo benéfico, igualitario, sin errores ni contradicciones.

Y si consideras que el anarquismo es el único conjunto de ideas que apela a lo que es en realidad el ser humano, un ente a la vez libre y social y solidario, entonces la has cagado.

Normalmente, a la gente le da la risa que te sientas próximo al anarquismo o, si son menos condescendientes y están más informados, te critican por no tener el coraje moral y el valor físico de unos Ascaso, Durruti o García Oliver. No entienden que, por desgracia, soñar un mundo nuevo no siempre va acompañado de la energía suficiente para empezar a construirlo con las manos desnudas.

Sin embargo, la gente de derechas, como no tiene ningún principio moral salvo el de que cada palo aguante su vela, no se ve constreñida a mantener esa absoluta coherencia entre actos e ideas que se nos exige a la gente de izquierdas. Lo más que puedes criticarles es que no sean ricos, pues, ya que piensan que esta sociedad capitalista es la sociedad de las oportunidades para todos los que las buscan, si ellos no han triunfado es porque deben ser muy poco espabilados. (O, más bien, ¿no será porque lo de la igualdad de oportunidades en esta sociedad sí que es una utopía?).

Bueno, también podrían criticárseles sus momentos de solidaridad, de bonhomía, de desprendimiento, tan poco acordes con su ideario. Pero no puedes exigirle a nadie que sea un completo hijo de puta las 24 horas del día. Ni tampoco la gente de izquierdas solemos estar tan pendientes de lo que hacen los demás, salvo cuando hacen daño.

La derecha, para su desgracia y la nuestra, no cree en el ser humano. La gente de derechas vive en un mundo donde, al parecer, todos debn ser como ellos: tramposos, indecentes, vagos, ladrones, asesinos en potencia y violadores. Y, claro, rodeados de esa gentuza, entienden que lo único que queda es recurrir al palo, la prohibición y el ordeno y mando. La educación no sirve para nada y viven ese infantilismo siniestro que se llama hipocresía: hay que poner reglas muy estrictas para los demás, y luego ver cómo nosotros nos las podemos saltar.

Esa falta de humanidad que tiene la derecha, su mala conciencia le lleva a compensarla con la caridad, que es una “virtud” que requiere de poseedores y desposeídos, de personajes rimbombantes y de menesterosos, de señoritos y siervos.
Entre la gente de derechas del mundo, poca tan singular y, al mismo tiempo tan representativa de lo que es la derecha, como la derecha española. La derecha española se hizo con la Revolución Nacionalsindicalista (esa amalgama feroz de curas, militares coloniales, caciques agrarios, tenderos al por menor y señoritos de provincias). En ese golpe tremendamente cruento que fue el Alzamiento Nacional, la derecha española se llevó por delante, no sólo a los temidos obreros, sino también a la burguesía liberal (médicos, arquitectos, maestros, científicos, abogados, periodistas) de la que odiaban, especialmente, su cultura.

El alma de la derecha española la representan dueños de ferreterías y de bares costrosos, taxistas, capataces de obra y capataces de jornaleros, funcionarios de provincias, pequeños propietarios agrícolas, católicos sombríos, proxenetas, intermediarios en negocios inmobiliarios, empresarios evasores de impuestos.

Los hombres típicos de la derecha española son católicos no practicantes, van de putas, tienen el pelo grasiento, les gusta poco lavarse, creen que ser un hombre implica menospreciar a las mujeres, suelen tener un coche grande, les tranquiliza escaquearse de pagar lo que deben, les mola creerse que engañan a los que no tienen más remedio que seguirles el rollo. Admiran “los cojones” de Esperanza Aguirre, que es una forma de decir que admiran sus malos modos y su chulería de falangista.

Las mujeres de la derecha española van a misa (aunque algunas han empezado ahora a ir de putos, es la liberación femenina entendida desde su óptica), dicen tacos porque creen que eso las acerca al nivel de los hombres, todas se tiñen de rubio, son profundamente machistas, odian a los inmigrantes y disimulan su mal olor con perfumes rancios y con la naftalina que tienen en el alma. Su ídolo es Aznar, a pesar de la melenita y el aire amanerado.

A la derecha española le parece que las corridas de toros representan la esencia patria, les molan las cacerías, les saldría del alma (aunque ahora se corten) imponerse con un “usted no sabe con quién está hablando”, y en cuanto se cabrean un poco se les va inconscientemente la mano a la culata, menos mal que ahora no llevan fusco como en el 36…

La derecha española que ha quedado es, pues, ignorante, grosera y sanguinaria. Cruel, rapaz y maleducada. Son desconfiados, “listos” y se ponen farrucos cuando les pillas colándose en el supermercado o saltándose con el coche el semáforo de peatones.

Este residuo del pasado no sé si hace más fácil o más difícil alcanzar la utopía más allá del horizonte. Sólo sé que es necesario dejarlos en un meandro de la Historia. Pero, salvo como ejercicio de autodefensa, no soy partidario de su exterminio físico. Mejor ponerles a trabajar, que es algo que no han hecho en su vida. Eso sí, vigilados para que no sigan, como siempre, haciendo trampas.

Vivan las caenas

La política española se mueve entre el posibilismo del “todo vale” y el rencor de una reacción que, en el fondo, no quiere olvidar que ganó una guerra y que la ganó de una vez para todas.

El “todo vale” es inherente a la chapuza española. En este país se vive a la que salta y no se hace más que el mínimo esfuerzo necesario para salir del paso.

Todo vale es la política que ha asumido la “izquierda” desde la Transición. Como las cosas, mal que peor, funcionaban, es mejor dejarlas como están.

Así, se mantiene inamovible una Constitución elaborada hace 34 años, que fue un compromiso con los herederos de una dictadura fascista y que contiene sustanciales características de inmovilismo. La Constitución fue un lampedusiano cambiar para que nada cambie, y seguimos manteniendo unas estructuras de poder y organización del Estado enraizadas en el franquismo.

De nada sirve plantear que el país, su economía, su sociología, su cultura y su relación con el mundo han cambiado significativamente en estos 34 años. La Constitución va a seguir siendo el marco de referencia eterno e incuestionable y, en la actualidad, sólo una minoría radical se atreve a decir que esto ya no vale, que el marco legal actual es profundamente inadecuado y que ya ha perdido toda legitimidad (si alguna vez la tuvo).

Claro que peor que este inmovilismo de la supuesta izquierda es el rencor agresivo con que la derecha intenta hacer una lectura cada vez más restrictiva y retrógrada de esta Constitución, en la que creen (no sé por dónde la leen) encontrar elementos proclives a la subversión, el caos institucional y la toma del poder por agentes revolucionarios y anti-españoles. Esperen un poco que se me pase la risa.

No voy a hacer, ni mucho menos, un panegírico del gobierno de Rodríguez Zapatero, ejemplo paradigmático de la chapuza española y del todo vale para salir del paso.

Pero ese gobierno llevó a cabo algunas actuaciones que, para la derecha (iba a decir la derecha reaccionaria, pero en España no hay otra),  se convirtieron en un “casus belli”. El matrimonio homosexual, la ley del aborto y la timidísima ley de la Memoria Histórica bastaron para que la Iglesia y los innumerables fascistas que siguen pululando por el país sacaran a relucir otra vez loa anatemas, la Cruzada y se volviesen a escuchar (quiero pensar que metafóricamente) los cerrojos de los fusiles.

Lo peor, claro está, no es esta élite de neomachistas y neoclasistas, sino la borreguil manada que les inunda de votos. Esta gente que vota  a la reacción esta dispuesta a llegar hasta donde sea con tal de mantener el pesebre señoritil en el que se sienten cómodos. Más difícil que luchar contra los amos es luchar contra la mentalidad de los esclavos que cierran fila con el señor cuando éste está sometido a la más mínima cuestión.

Haciendo honor a las esencias patrias, una vez más el pueblo español ha gritado “¡Vivan las caenas!” (como han demostrado las elecciones gallegas, por más que algunos intenten hacer malabarismos con los números).

La verdad es que, en este escenario político (y que equivale, por desgracia, al escenario social), me encuentro cada día más desanimado y a punto de tirar la toalla. ¿Cómo vamos a avanzar hacia una sociedad más libre y más justa, si la población española está, en su mayoría, o contenta con el modelo o, si no lo está, es que les parece demasiado libertario y avanzado?

Si uno hace uso exclusivamente de la razón, si se analizan fríamente los hechos, el futuro en este país es oscuro, fúnebre, con tintes medievales. Me cuesta pensar que un cambio es posible, me cuesta luchar por ese cambio que, como la utopía, se encuentra siempre más allá del horizonte.

Hemos vuelto a pedir que nos pongan las “caenas”, y me pregunto si no habrá que rendirse a la evidencia y asumir que somos pocos, que siempre hemos sido pocos, los que nos sentimos incómodos cargados de cadenas. Este es el país que nos rodea y ser diferentes no puede sino conducirnos al exilio, a la desesperación, al dolor.

“Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver”. Pero quiero pensar, una vez más, que “aunque nos aguarde el dolor y la muerte, contra el enemigo nos manda el deber”.

Las putas

Cuando yo era joven, habíamos formado un grupo que se llamaba La Hez Social. Teníamos de todo: bandera, himno, escudo (todo muy bonito), un lenguaje secreto, una revista maravillosa y un montón de desorganizaciones que la componían. Y también muchísimos militantes, de los cuales la mayor parte ignoraban que lo fuesen.

Como éramos unos románticos, estábamos convencidos de que las mujeres iban a cambiar el mundo antes de que el mundo las cambiase a ellas. No ha podido ser, de momento, pero yo sigo esperando que será. Entre las mujeres que militaban en la Hez Social, sin saberlo, estaban, naturalmente, todas las putas. Las putas, como ya entendió Jesucristo hace muchos años, son poseedoras de un profundo depósito de ternura a la que no han podido dar rienda suelta y, como todas las víctimas, por muchos defectos que puedan achacárseles, sólo pueden despertar en la gente sensata tristeza y solidaridad.

En aquella época los tíos sólo iban de putas a escondidas. Eran personajes rijosos, gordos sudorosos que babeaban encima de las putas, que venían del pueblo a la capital a gastarse “en mujeres” los beneficios de la cosecha de olivas, de la venta del ganado o el sueldo de funcionarios de provincias. Estudiaban con ojos lascivos a la carne que compraban y se relamían anticipadamente debajo de sus bigotes casposos. Eran lo peor pero, por lo menos, lo sabían y no se jactaban de su miseria moral que, por otra parte, rezumaba y era patente con sólo verlos.

El tiempo pasa (tan deprisa !!!) y las cosas evolucionan.

Conozco a tipejos “felizmente” casados, que son parte del “establishment”, manejando pasta y BMWs, y que, en determinadas ocasiones salen por la noche, con los amigos, a sitios caros de alterne.

Según cuentan, porque, a diferencia de antes, esto ya es un tema del que la gente se jacta, allí se van a un reservado, empiezan a sacar billetes de 100 y 200 euros (de esos que la mayor parte de los mortales no hemos visto, porque no los dan en los cajeros) y se les adoban una serie de macizas que les ríen las gracias y, por otros cuantos billetes más, pueden terminar con alguno de los señoritos en la cama. Esta escoria despreciable salen de allí convencidos de que han ligado (en serio) y te miran con cara de enorme extrañeza si les dices que no te gusta la gente que va de putas

Conozco también personajillos que, entre risas, te cuentan cómo la tía a la que contrataron para la despedida de soltero de su colega, terminó yéndose a la cama con tres de ellos. Esta gente tiene menos pasta y seguro que la chica cobra mucho menos por hacérselo con tres pequeños cerdos de lo que cobra la otra con el cerdo grande. Estos palurdos tampoco entienden que, aunque ya no se llame así, lo que han hecho ha sido irse de putas sin necesidad de irse a la Casa de Campo, que es donde cree todo el mundo que están todas las putas.

Estas historias, que se cuentan en voz alta y sin que haga falta la menor intimidad, me producen una profunda tristeza y también una ardiente indignación. Pero también me dan miedo.

Creo que todos, absolutamente todos los tíos que van de putas son un peligro social y unos enfermos.

Un peligro social porque son esencialmente inhumanos. Una persona que desprecia tanto a otras personas como para pensar que puede obligarla a estremecer su cuerpo contra el suyo a cambio de dinero. Una persona a la que le importan tan poco las otras como para tener intimidad sexual con ellas y luego marcharse, sin ningún remordimiento, sabiendo que la deja en una cadena interminable, sórdida, oscura de otras y otras intimidades sexuales. Una persona que alquila almas y cuerpos a no sé cuántos euros el minuto…

Una persona que hace todo eso es un esclavista, un asesino a cámara lenta, un producto de las cavernas, un déspota y un servil al mismo tiempo. Una persona que hace todo esto y lo dice en voz alta es, a la vez, un gilipollas y una mala persona, un ignorante y un tirano.

Y también un enfermo. Parte de la podredumbre que tiene en la cabeza la demuestra en sus correrías con las putas, pero, ¿qué otras aberraciones no estarán revolcándose en la pocilga de su cerebro, esperando la ocasión en que socialmente sean aceptables?

En una sociedad armónica y sana esta gente no podría estar andando por la calle, sería imposible que estuviese hablando con niños, con adolescentes, con otras mujeres, sería inaceptable que tuviese el más mínimo papel en decidir la marcha de la sociedad. En un mundo a la medida de los sueños, a la medida de los inocentes, en un mundo más limpio de basura, esta gente estaría vigilada, aislada y sometida a tratamiento a ver si se les quitaba toda la mierda de la cabeza.

Lo que me da miedo de esta gente, que aún no lo he dicho, es que son, por dentro, exactamente iguales que el gordo sudoroso y con halitosis que sembraba de caspa los prostíbulos de hace años. Pero a diferencia del gordo, ya no hay quien los distinga por fuera, son gente de orden y que maneja el cotarro y a los que, en cualquier momento, puedes dejar la llave de tu casa o que acompañen a tu hija al colegio.

Violencia

El debate sobre si la violencia de los oprimidos es justa, o necesaria, o conveniente, o contraproducente es muy viejo y no es extraño que se renueve a raíz de las manifestaciones del 25-S.

Desde determinados círculos en los actuales movimientos sociales se aboga por un pacifismo a ultranza y por no caer en las llamadas provocaciones. Se quiere demostrar que no somos como Ellos, que sí utilizan la violencia.

¿A quién queremos convencer? ¿A la mayoría silenciosa de Rajoy? Esta “mayoría” conservadora de votantes del PP no necesita ningún pretexto para descalificar cualquier movimiento que, simplemente, ponga en cuestión el estado de las cosas, que considere que la sociedad actual camina por derroteros equivocados, que hay que iniciar un camino de cambio hacia un modelo social más justo, más racional, más humano. Los votantes del PP, representados por la inefable Cristina Cifuentes, no se preocupan de hacer distingos entre manifestantes violentos y no violentos. Para ellos todas las manifestaciones deberíann estar prohibidas, salvo las que organicen los antiabortistas, los antivascos, los franquistas o los futboleros embrutecidos.

¿A la policía? La policía no es más que el brazo armado del Estado, utilizado (junto con el Ejército) cuando los poderes adormecedores y alienantes de los medios de comunicación no bastan para mantener a la gente dócil y callada (como le gusta a Rajoy). Como decía Bakunin “El Estado es coerción, domina por medio de coerción; camuflada si es posible, pero evidente y sin ceremonias si lo cree necesario”. La policía no piensa, no se requiere de ningún nivel intelectual para hacerse policía, sólo un ansia más o menos disimulada de encarrilarle la vida a los demás, aunque sea por las malas. La policía existe para dar hostias y dar tiros, y pensar que se les puede conmover mediante un pacifismo beatífico, es no entender nada.

¿A los Poderes establecidos? Éstos lo tienen (lógicamente), mucho más claro aún que la policía. Cualquiera que se cuestione los dogmas, instrucciones y canales establecidos es un enemigo. Si el enemigo sale a la calle es potencialmente peligroso haga o no uso de la violencia. Desde luego, prefieren seguir manteniendo el monopolio de la violencia, por lo que la violencia de los oprimidos les molesta. En principio, esa violencia es mala para sus intereses y si de algo les convencen las manifestaciones pacíficas es de que todavía la cosa no se les ha ido mucho de las manos.

¿A nosotros mismos? Puede que haya gente que tenga mala conciencia por algo y defenderse violentamente de la violencia les parezca inadecuado. No me voy a meter en la conciencia de los demás, pero yo no soy partidario de quedarme impávido e inmóvil cuando me parten la cara o me humillan o maltratan a mis hijos.

Porque, ¿son iguales todas las violencias? ¿Es igual la violencia que ejercían los nazis contra el pueblo judío o el pueblo ruso y la violencia de los guerrilleros que volaban trenes de transporte de tropas nazis? ¿Es igual la violencia de un violador que la de la víctima que le golpea con una piedra en la cara? ¿Es igual la violencia de un empresario que mantiene acojonados y en la miseria a sus empleados para poder comprarse un BMW que la violencia del que le raja las ruedas al BMW?

Queremos que nos aprueben, no inquietarles, darles un ejemplo ético. Ellos, en realidad, nos desprecian, nos odian y se ríen de nosotros a partes iguales. Sólo nos respetarán, por desgracia, cuando sientan que sus abusos y sus tropelías no van a quedar impunes. En definitiva, cuando nos tengan miedo. Si esto no es apología de la violencia de los oprimidos, que venga Dios y lo vea.

La indisoluble unidad

Partamos de la base de que las fronteras son algo absolutamente artificial, producto de conflictos militares, accidentes dinásticos e intereses económicos más o menos disfrazados. Además, consideremos que los estados nacionales son un invento de la burguesía del siglo XIX con el doble objetivo de asegurarse unos mercados cautivos y de sustituir los mitos religiosos en declive por los mitos identitarios.

Con esas premisas, es fácil entender que los nacionalismos me parecen, a la vez, absurdos y contraproducentes para la libertad.

No quiero con ello negar mi simpatía por las ansias de autodeterminación que pueden sentir pueblos oprimidos en lo cultural o en lo económico. Pero la autodeterminación  (que debería llegar hasta el nivel de los individuos) suele tener muy poco recorrido cuando se la encorseta en el estrecho traje del estado nacional, aunque sea un nuevo estado nacional.

Viene todo esto a cuento de la polémica, ya histórica, que crece actualmente entre los nacionalismos catalán y español. Ninguno de estos nacionalismos me es simpático pero, quizá por haber nacido en España o a pesar de ello, el nacionalismo español me resulta especialmente antipático.

Cuando se habla de España y se dicen multitud de tonterías ahistóricas, lo primero que se olvida es que España es un concepto geográfico muy definido (también llamado Iberia) y que, desde esa óptica, el estado que se autodenomina España no deja de ser una entidad mutilada desde el momento que una parte significativa de España (Portugal), para su dicha, no pertenece al estado español. España, como unidad política, no ha existido más que en la época de los romanos y durante un breve espacio de unos 70 años entre los siglos XVI y XVII.

Cuando surge en el siglo XIX la fiebre de las naciones (que, no lo olvidemos, fue en su inicio un concepto revolucionario francés para oponer la legitimidad del pueblo a la legitimidad de las dinastías), la burguesía española se encuentra con un marco plagado de contradicciones y dificultades a la hora de construir su mito nacional.

En primer lugar, el nacionalismo español no puede ser moderno ni revolucionario, porque el país sigue tutelado por la dinastía borbónica y la aristocracia rentista. El nacionalismo español nace, así, contaminado por una realidad reaccionaria, clasista y antidemocrática, y debe echar mano de la retórica imperial y católica para identificarse. Esa es una de las diferencias entre, por ejemplo, el nacionalismo francés (originariamente democrático) y el nacionalismo español, y explica ese contraste entre los sentimientos nacionales franceses y españoles, diferencia que tanto sorprende y duele a los nacionalistas españoles.

Desde luego, si el nacionalismo de por sí no me resulta atractivo, un nacionalismo de tintes medievales, monárquico, clerical, rancio y clasista como el español, me resulta absolutamente repugnante.

Por otra parte, en el siglo XIX España es un país atrasado técnicamente, aislado culturalmente del mundo, y con unos problemas sustanciales de comunicación interna (cadenas montañosas, ausencia de ríos navegables) que no contribuyen en nada a la estructuración del estado nacional.

Adicionalmente, en el siglo XIX, las áreas más dinámicas en lo cultural y en lo económico (entre otras razones, por su capacidad de relación con el exterior vía marítima) son el País Vasco y Cataluña, áreas que han contado, históricamente, con una especificidad cultural, con un idioma propio y con una tradición de instituciones de gobierno independientes de las instituciones castellanas.

Sin entrar en un análisis de las complejas relaciones de fuerza que están en la génesis de los nacionalismos vasco y catalán del siglo XIX, el nacionalismo español se encuentra, ante estos nacionalismos, incapacitado para vertebrar su concepto de estado nacional.

Se enfrentan dos modelos que resultan incompatibles y que dan lugar a las tensiones que todavía siguen vigentes.

Por un lado, el nacionalismo centralista, empeñado en hurgar en un pasado de glorias imperiales, aglutinado alrededor de las apolilladas esencias tradicionales de Monarquía, Iglesia y aristocracia. Este nacionalismo paleto, cerrado al exterior y mirando desconfiado desde la atalaya mesetaria, está definido perfectamente por Machado cuando escribe de Castilla: “envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora”.

Por otro lado, los nacionalismos catalán y vasco, esencialmente nacionalismos burgueses, con un modelo industrial capitalista, basado en relaciones comerciales con el exterior, integrados en el mundo moderno que está creando el capitalismo europeo.

Adicionalmente, la Corte de Madrid, nido de derroche y corrupción, atiende y protege sistemáticamente los intereses económicos del país agrario, fuente de la riqueza de la aristocracia latifundista. Intereses que entran en conflicto con los intereses económicos de la burguesía industrial de las naciones periféricas.

Se crea entonces el concepto (real, pero base también de mucha demagogia posterior) de una periferia industriosa subviniendo con su esfuerzo la molicie de un país incapaz, sumido en una modorra eterna alimentada de toros, flamenco y francachelas nocturnas.

Entre esos dos modelos nacionalistas o, más bien, bajo esos modelos nacionalistas, se encuentran el pueblo español, y el pueblo catalán y el pueblo vasco, oprimidos y explotados respectivamente por la aristocracia terrateniente y por la burguesía capitalista.

Los nacionalismos periféricos siempre han tenido, frente al nacionalismo centralista, el atractivo de su modernidad y su apertura cultural. Entre la explotación por los señores feudales y el clero, y la explotación por los dueños de las fábricas, se me hace (quizá sin razón), intelectualmente más tolerable la segunda. Prefiero ser un obrero que un vasallo feudal; al menos en teoría, las leyes capitalistas me ofrecen más oportunidades que las leyes feudales.

Termino, porque este tema puede dar lugar a una digresión interminable. La España de charanga y pandereta debería reflexionar, no un poco sino un mucho, sobre la pobreza, las carencias y la falta de atractivo de su modelo nacionalista, antes de amenazar con sacar los tanques ante quienes oponen otro modelo nacionalista al suyo. Y los catalanes deberían ser más conscientes de que el nacionalismo que les venden tiene muy poco que ver con la autodeterminación de su destino.

En cuanto a los vascos, tal vez por la debilidad que uno tiene hacia ellos, tengo la reconfortante impresión de que muchos tienen ya una conciencia muy clara de la diferencia entre autodeterminación de un pueblo y nacionalismo burgués, lo que espero que quede patente en las próximas elecciones.

En cualquier caso, que nadie cuente conmigo para ir a pegar tiros si a estos locos que nos gobiernan les da por envolverse de nuevo en los designios imperiales y mandarnos a reconquistar Cataluña a golpe de sable.

Empresarios

Hay personas que están secuestradas intelectualmente por su época. De alguna forma irracional piensan que lo que hay ahora es inmutable, ha sido siempre y será siempre así.
Esta gente justifica todo lo que ocurre ya que, piensan, la realidad actual es inmanente al mundo y, puesto que las cosas no son de otra manera, habrá poderosas razones para que las cosas sean como son.
A los que cogen leña en el bosque del señor, han pensado en alguna época, se les ahorca porque es la forma de defender la propiedad privada. Si no fuese por los amos, los esclavos no podrían tener un techo y una comida cotidiana. A los adúlteros hay que lapidarlos para fortalecer la sagrada institución del matrimonio. Las mujeres deben estar sometidas porque Dios las hizo inferiores. Bueno, de las mujeres casi mejor no hablar, porque las “realidades” que se han asumido sobre ellas son espeluznantes y no todas han dejado de estar en vigor.
En nuestra época, es de “conocimiento” común que las personas, por naturaleza, anteponen sus intereses individuales a todo lo demás, que buscan su máximo beneficio y bienestar por encima de cualquier otra consideración, y que todo tiene un valor económico y monetario.
Este modelo social materialista y economicista está representado, de manera particular, por las empresas privadas y los empresarios que las gestionan. En esta sociedad, en que tanto se loa a los empresarios, las gentes de pensamiento ortodoxo, los que no piensan más que lo que se considera adecuado que piensen, afirman que los empresarios existen para generar empleo.
No se les ocurre pensar que el trabajo lo generan las necesidades de la sociedad. La empresa es el modelo económico mediante el que, hoy en día (pero no desde y para siempre), se canaliza y gestiona el trabajo para la producción de las necesidades, o los caprichos, que demanda la sociedad.
Los empresarios, en realidad, lo que hacen es convertir la satisfacción de esas necesidades en una estructura productiva en la que que unos muchos se esfuerzan y empeñan su vida a cambio de una porción ínfima de lo que producen, y unos pocos acumulan riquezas crecientes generadas por el esfuerzo y la producción de los muchos.
Los empresarios no son esas personas que el pensamiento ortodoxo se empeña en vendernos como próceres que tienen una idea brillante, una energía desbordante y una capacidad de gestión que los diferencia de la media. Prácticamente nadie (desde luego, habrá excepciones, pero se pueden contar con los dedos de la oreja) ha conseguido que prospere su empresa si no ha contado, previamente, con unos recursos económicos que no están al alcance de la mayoría, con una red de influencias y contactos, con un entorno legal o ilegal que les protege, con una situación, en resumen, que le proporciona una ventaja sustancial en el inicio de la carrera. Quien piense de otra manera, no ha conocido nunca, de forma cercana, a empresarios. Puede parecer presuntuoso, pero yo sí he conocido, casi íntimamente, a bastantes empresarios y lo que digo se origina a partir de mi experiencia.
Podría extenderme en ejemplos deplorables de los empresarios emblemáticos de este deprimente país. Díaz Ferrán (presidente de la Confederación Empresarial) que llevó a la ruina a varias empresas en medio de innumerables mentiras y falsedades, imputado por apropiación indebida de 4,4 millones y sospechoso de evasión de impuestos. Botín, absuelto de innumerables delitos financieros “por prescripción” de los mismos (ver hemerotecas desde 1994), el último, la evasión a Suiza de unos 6.000 millones de euros. Alfredo Sáenz, indultado de los delitos de acusación y denuncia falsa por una reclamación inventada de 3,6 millones a supuestos acreedores de su Banco (acreedores que sí fueron a parar, indebidamente, a la cárcel). César Alierta, absuelto “por prescripción” de los delitos de manejar información privilegiada y pseudoventa de una empresa que le reportaron 1,86 millones de euros. Las célebres parejas Abelló y Conde, o la de los Albertos, de los que sobran comentarios. Sin hablar de los empresarios de la construcción.
O el héroe de nuestro tiempo para muchos, Amancio Ortega, cuyo conglomerado de empresas se lucra del trabajo esclavo de niñas de 8 años en China y Bangladesh, y que ha debido pagar una indemnización de 1,8 millones de dólares al Ministerio de Trabajo de Brasil para subsanar denuncias sobre trabajo en condiciones análogas a la esclavitud. Bueno, todos estos ejemplos de rapiña empresarial, y más que podría citar, son muy aburridos y puede encontrarse información a raudales en la Red.
Los empresarios, especialmente los grandes empresarios, son, en realidad, personas rapaces que viven (es la esencia de este Sistema, pero no es la esencia del ser humano) obsesionados por el corto plazo, buscando a toda costa maximizar beneficios para presentar las cuentas del próximo trimestre, sin preocuparles en absoluto los costes y los riesgos sociales, medioambientales y estructurales que conlleva ese cortoplacismo. Los problemas de todo tipo que afectan a la Humanidad se derivan de este Sistema incapaz de plantear medidas a largo plazo para tratar con los problemas que él mismo está generando.
Sólo desde la ignorancia o desde la mala fe se puede presentar como ejemplo de algo a los empresarios.
Concluyo: no podrá nadie convencerme de que admire, imite o ni siquiera respete este modelo en el que el análisis del futuro y sus retos no existen a la hora de tomar decisiones, y en el que todo vale para que unos pocos se dediquen a destrozarlo todo en su insensata embriaguez de añadir ceros a la derecha en sus cuentas en paraísos fiscales.
Pueden considerar todo esto demagogia barata, pero la prefiero a la demagogia tan cara y tan costosa con la que nos asaltan cotidianamente los empresarios y sus amigos.

Anónimos

Cuando se habla de que, por ejemplo, los Mercados no dan tregua a la deuda española, parece que estamos hablando de un ente suprahumano, informe, guiado por el albur y de decisiones impredecibles. O sea, un Ser todopoderoso y anónimo al que no puede uno dirigirse de una forma racional, sino mediante rogativas cabalísticas y sacrificios humanos.
Yo no sé muy bien si los Mercados son todopoderosos (aunque lo parece), pero, desde luego, tengo muy claro que no son anónimos.
Los Mercados (a los que podíamos llamar, más justamente, el Capital financiero o especulativo) se dedican a crear “burbujas”, que no son sino esquemas de inversión piramidales, en los que los primeros que entran van ganando dinero a costa de los subsiguientes inversores, hasta que deciden que hasta aquí hemos llegado, se salen del esquema piramidal, recogen beneficios, y dejan el marrón a los últimos que han entrado (los pringaos).
Y esos primeros que entran y crean la burbuja especulativa se llaman, por ejemplo, y sólo citaré ejemplos españoles, Emilio Botín, José Ignacio Sánchez Galán o Juan Abelló. Esta gente, que cuenta con millones de euros, siempre obtenidos de forma trapacera, se pusieron a final de los años 90 a invertir en empresas tecnológicas de nueva aparición, subiendo sus precios en Bolsa de una forma desmesurada. Cuando consideraron que los precios estaban suficientemente altos, sacaron todo el dinero y la famosa burbuja de las .COM estalló, dejando como resultado unos pocos inversores mucho más ricos y muchísimos pringaos bastante más pobres.
Una vez que la Bolsa se fue al carajo después de las .COM, la siguiente burbuja que crearon y en la que participaron estos personajes (por poner algunos otros nombres, Amancio Ortega, Rodrigo Rato o Florentino Pérez) fue la de las propiedades inmobiliarias. El esquema sigue siendo igual de simple: inversiones descomunales que hacen subir los precios inmobiliarios hasta las nubes, especuladores de segunda fila que se suben al carro contribuyendo a la subida de precios y, una vez alcanzados determinados niveles, los grandes inversores se salen en masa y el mercado se desploma, dejando en el camino las consecuencias que todos conocemos.
Después de quemar la Bolsa y el inmobiliario, los grandes especuladores como Felipe González, Francisco González o Alfredo Sáez, han puesto ahora los ojos en la deuda de algunos Estados. Mediante complejos mecanismos indirectos (en general, los derivativos), esta gente compra y vende deuda pública, generando confianza o desconfianza según meten o sacan sus innumerables millones, de forma que compran deuda con alta rentabilidad y venden deuda con baja rentabilidad. Eso sí, siempre son ellos los que determinan qué deuda tiene alta o baja rentabilidad a fuerza de mover millones de un lado a otro.
Esta vez, los pringaos somos todos, nos guste o no arriesgarnos financieramente, porque los Estados (como el español), para poder pagar los elevados intereses que les obligan a abonar los especuladores no-anónimos, han optado por sacarnos de los bolsillos las cuatro perras que tenemos.
A mí ya me parece suficientemente mal que exista el Capitalismo financiero, me alucina que solamente los derivativos muevan más de 1.000 billones de dólares al año, frente a una producción global de bienes y servicios en el mundo (GDP) de 60 billones de dólares, me descorazona que la riqueza, en lugar de estar repartida, vaya acumulándose, minuto a minuto, en las manos de unos pocos y cada día más personas vayan deslizándose por la pendiente de la necesidad y la miseria.
Pero lo que ahora mismo me parece peor, me alucina, me descorazona y me cabrea de la hostia, es que personajes tan estúpidos, tan ineptos, tan mediocres y tan lamentables como Rajoy, Montoro, Cospedal, Aguirre y compañía, me vengan a contar cuentos de Caperucita en los que para generar la “confianza de los Mercados” hay que hacer que amplísimos sectores de la población española tengan que vivir mucho peor, y mañana todavía peor, y cada día un poco peor.
Como si ellos no supiesen que los grandes especuladores (con muchos de los cuales se han sentado a comer en más de una ocasión) están a otro rollo, les importan una mierda los recortes, y sólo dejarán de hacer subir el diferencial de la deuda española cuando a ellos les salga de las narices, porque ya hayan ganado bastante y hayan encontrado otro instrumento especulativo más divertido o más rentable.
Por si quedase alguna duda de lo que piensan los Mercados sobre estas vueltas de tuerca al nivel de vida de la población española, justo un día después de aprobarse las últimas medidas de empobrecimiento y restricción de derechos económicos de los ciudadanos corrientes, la benemérita Prima de Riesgo alcanzó niveles récord y superó el umbral mágico de los 600 puntos. Está visto que, para dar confianza a “los Mercados”, este gobiernucho de mierda que tenemos se las pinta solo.

Siria

Cuando se habla de Siria en la prensa occidental, se limitan a contarnos una película de buenos (los insurgentes) y malos (el Gobierno sirio al que, para mayor descrédito, denominan el “Régimen” sirio).
Lo que no nos cuenta la prensa occidental es que la adicción al petróleo del modelo económico de los EE.UU. es lo que está detrás de éste y otros conflictos que vienen sucediendo en la última década en el mundo.
Los EE.UU., cada vez menos confiados en sus “aliados” saudíes, llevan varios años buscando fuentes alternativas de petróleo, especialmente en Asia Central (en los restos del ex-imperio soviético) y en Oriente Medio.
La guerra de Iraq (segundo país del mundo en reservas probadas de petróleo) fue el resultado de la búsqueda de esas fuentes alternativas. Saddam Hussein representaba un obstáculo a los intereses gringos, en tanto que había cerrado las puertas de la explotación petrolífera a las empresas americanas. Hacerse con el control de los pozos iraquís era el objetivo esencial de la invasión que, desde el primer momento, contó con el boicot más o menos soterrado de Arabia Saudí. La guerra resultó mucho peor de lo esperado, el control del petróleo iraquí por los EE.UU. ha resultado, cuando menos, parcial y los objetivos de la guerra no se han cumplido en gran medida.
Afganistán era otro objetivo. Al margen de las riquezas propias del subsuelo afgano, la ubicación de este país le convertía en la vía de paso idónea para transportar el petróleo de Asia Central hasta el mar, a través de Pakistán, sin necesidad de transportarlo por territorio de la Federación Rusa, país que, tras la reacción nacionalista que llevó al poder a Putin, ha dejado de ser un peón de la estrategia global norteamericana. La resistencia de los talibanes (sostenidos por saudíes y pakistaníes), la corrupción del régimen títere de Kabul, compuesto por señores de la guerra y traficantes de heroína, y el descarado entorpecimiento de las operaciones por parte del “aliado” pakistaní, han conseguido que la guerra de Afganistán sea un nuevo fracaso y el soñado oleoducto hasta el Mar Arábigo se ha quedado en los papeles.
Ahora, los EE.UU. llevan un tiempo fijando los ojos en Irán. Tercer país del mundo en reservas de petróleo y primero en reservas de gas, cuenta con un gobierno radicalmente anti-americano, que impide al imperio oleoadicto el menor acceso a sus productos. Las campañas de desprestigio y agresión a Irán sostenidas por los EE.UU. y su aliado en la zona, Israel, quieren contribuir a crear un estado de opinión que justifique una nueva operación militar estadounidense.
Pero las lecciones de Iraq y Afganistán están frenando la toma de decisión para el ataque frontal. Aunque los halcones en Tel Aviv se han ofrecido en numerosas ocasiones a tomar ellos la iniciativa y bombardear los centros clave iraníes, los gringos saben que es relativamente fácil derrocar un gobierno mediante una superioridad militar aérea aplastante, pero es mucho más difícil tomar el control del país “desde el suelo”, requisito indispensable para poder explotar y gestionar los recursos minerales.
El tiempo pasa, la solución mágica no se vislumbra y, entre tanto, los EE.UU. e Israel han decidido empezar por intentar cercar al “enemigo”. Para ello, el primer movimiento es despojarlo de su principal aliado en la zona: el gobierno sirio. En consecuencia, aprovechando el impulso de la primavera árabe, han decidido embarcarse en una operación de desestabilización por “personas interpuestas”. Poco importa que estos grupos insurgentes a los que han armado hasta los dientes a través de Turquía e Israel estén compuestos por radicales islámicos, terroristas, mercenarios o agentes de los servicios secretos. Lo importante es eliminar el peón sirio dentro del demencial ajedrez que están jugando por el control del petróleo.
Si esperaban que la ONU, como en el caso de Libia, les iba a dar carta verde para involucrarse directamente en el conflicto que ellos mismos han organizado, se han encontrado en el Consejo de Seguridad con la resistencia férrea de Rusia y China. Rusia, que no quiere dejar tan fácilmente que los EE.UU. se instalen en su patio trasero y que no está dispuesta a perder el lucrativo negocio de la venta de armas a su aliado sirio. China, que es un ávido consumidor del petróleo de Irán, es un competidor presente y futuro de los EE.UU. en el acceso a recursos energéticos, y es consciente de la envergadura del juego estratégico que se encuentra en marcha.
El caso es que los intereses de unos y otros están permitiendo que los terroristas de la “insurgencia” y los terroristas del gobierno sirio continúen con sus campañas de bombardeos y atentados indiscriminados (exceptúo la voladura, bien específica, de la cúpula de Defensa del gobierno sirio, que por su eficiencia tiene todos los visos de ser obra del Mossad) en los que, como desgraciadamente suele suceder, la peor parte la llevan los indefensos ciudadanos sirios.
Nunca he creído mucho en las historias de buenos y malos, lo que pasa en Siria no deja de ser más que una historia de malos y malos, pero esta vez quiero sentir que se merecen el papel de buenos, al menos en cuanto víctimas inocentes, el pobre pueblo sirio, atrapado y masacrado en un conflicto en el que su única culpa es vivir en un lugar en el que, ahora mismo, se cruzan los designios estratégicos de los EE.UU. y sus supuestos enemigos.
Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet (lo que afecta a todos, debe ser aprobado por todos)