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Principios y tácticas

Para una anarquista, la disyuntiva que implica el título de este artículo, puede parecer evidente. Los principios deben anteponerse a las tácticas. El fin no justifica los medios.

Claro que, como anarquista, hablar de principios siempre me ha rechinado un poco. Dado que, afortunadamente, la mayoría de los anarquistas no creemos en ningún Libro revelado ni admitimos popes infalibles que nos digan cómo actuar en cada momento, el tema de los principios se convierte en un asunto individual y, por tanto, subjetivo.

En cuanto al fin u objetivo de las anarquistas éste es, evidentemente, la Anarquía como forma de sociedad. Sin atreverme a definir la Anarquía (como no me atrevo a definir la Vida), pienso que la sociedad anarquista es una sociedad en la que, mediante la cooperación voluntaria de humanos libres, se intenta obtener la felicidad y el bienestar de la mayoría, evitando toda forma de privilegios, dominación, sumisión, explotación, discriminación, poder, represión y coerción. Esta definición puede ser objeto de todo tipo de críticas, pero creo que será aceptada por la mayoría de las anarquistas.

Ese objetivo, ¿es alcanzable mediante un brusco giro histórico, tipo insurrección? ¿Es posible todavía pensar en un movimiento masivo de personas que asaltan las Instituciones, que les arrancan el Poder y lo destruyen, lo deshacen y pulverizan?

Una serie de consideraciones hace que sea bastante escéptico respecto a esa posibilidad.

En primer lugar, la toma del Poder siempre la llevaría a cabo una minoría que, una vez alcanzado ese Poder, no tendría el menor interés en destruirlo. La defensa de la Revolución frente a los contrarrevolucionarios, la inmadurez popular, la necesidad de instruir a las masas, el desenmascaramiento de los enemigos infiltrados… El nuevo Poder siempre encontrará excusas para reforzarse, instaurar un nuevo régimen represivo, imponer normas de conducta, reproducir, en suma, el modelo de dominación y su contrapartida, la sumisión.

Por otro lado, el Poder está actualmente infinitamente más disperso que hace uno, dos o tres siglos. Anteriormente, bastaba con tomar el Palacio de Invierno o cortar la cabeza al Rey para desmoronar, en gran medida, las estructuras de Poder existentes. Ahora el Poder habita en múltiples instancias y se ejerce desde diferentes entornos. Las empresas, grandes y pequeñas, las instituciones educativas, las entidades financieras, los conglomerados militares, los organismos internacionales de todo tipo, los gobiernos supranacionales, nacionales, regionales y locales, y la lista podría extenderse indefinidamente, son centros de Poder. Interrelacionados muchas veces, organizan la vida de las personas en múltiples aspectos y representan barreras al libre ejercicio de la responsabilidad de cada una.

Un último aspecto, y quizá el más grave, es la extendidísima ignorancia de los seres humanos respecto al funcionamiento real de la sociedad capitalista y patriarcal en la que vivimos. Una sociedad en la que, gracias a los medios de desinformación, las personas consideran el summum de la felicidad poder pasear los fines de semana por los centros comerciales o tener la posibilidad de comprarse un trineo, aunque uno viva en el desierto del Sáhara. Una sociedad que promueve la competencia, la desigualdad, la jerarquía y la hostilidad hacia los extraños. Una sociedad de personas lobotomizadas mediante espectáculos televisados de trifulcas escenificadas por actorzuelos de tercera fila, campañas electorales, personajes-modelo carentes de neuronas, pugna continua por hacerse con el último utensilio que les impone la moda, focalizacón de la atención en efímeras trivialidades ultrapublicitadas, miedos absurdos inculcados…

Este aspecto de la ignorancia promovida desde los poderes es el que me hace más escéptico respecto a la posibilidad de un cambio súbito y radical en nuestro modelo de convivencia. Y, probablemente, el que más difícil solución tenga. ¿Cómo cambiar la educación sin cambiar la sociedad que fomenta esa “deseducación”? ¿Cómo cambiar la sociedad sin cambiar la educación que legitima y sustenta el poder de esa sociedad?

En fin, derivo como siempre… Ante la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo como anarquistas de una forma inmediata o en un futuro previsible, ¿debemos retirarnos a nuestros “cuarteles de invierno” hasta que las condiciones sean más propicias? ¿O debemos trabajar en el día a día para conseguir esas condiciones más propicias?

Y es en esa disyuntiva donde me planteo la cuestión de los principios frente a las tácticas.

Si nuestro objetivo es conseguir una sociedad de personas libres, solidarias y fraternas, ¿es preferible aceptar cualquier avance en esa dirección o debemos mantenernos inflexibles en el rechazo absoluto de todo lo que no sea la Anarquía? En la propia forma de exponer la pregunta, creo que es fácil adivinar cuál es mi perspectiva al respecto.

Creo honestamente que debemos aprovechar cualquier resquicio, contradicción o ventaja que nos aporte el Sistema para limitar su poder e influencia, a riesgo de “contaminarnos” con prácticas propias del Sistema.

Por ejemplo, aunque los tribunales y la profesión de abogado son parte inherente del Sistema, ¿no es más lógico, en un juicio contra unas compañeras, utilizar un abogado para intentar que el juez las ponga en libertad que rechazar cualquier tipo de ayuda basándose en que no reconocemos la legitimidad del Tribunal para juzgarnos?

Aunque el dinero vaya a parar a las arcas del Estado, ¿es coherente negarse a recolectarlo para pagar la fianza de unos compañeros? ¿O es mejor que puedan volver a la calle para seguir trabajando en la lucha diaria?

Y entrando en terrenos más resbaladizos, si una candidatura municipal va a implantar modelos participativos y fomentar el debate asambleario en los barrios, ¿no es más adecuado votarla que abstenerse y permitir que se imponga una candidatura fascista? Digo que este terreno es resbaladizo, porque entramos en el debate de la participación en las instituciones (que, personalmente, rechazo) o el sostén de las instituciones (que puede considerarse que se produce por el hecho de colaborar en sus circos electorales).

Por mi parte, no tengo ninguna fe en ningún “representante” político, pero tampoco considero que “cuanto peor, mejor”. Que las instituciones locales estén ocupadas por personas que puedan buscar el bienestar de los comunes o ser más tolerantes con las luchas reivindicativas y los modelos alternativos, creo que es objetivamente beneficioso, aunque esté a años luz de la Revolución.

La otra opción es mantenerse aferrado a los “principios” (sean éstos lo que sean) y, como Simeón el Estilita, permanecer de pie en lo alto de un pedestal a salvo de toda contaminación. Claro que, al que le agote estar de pie, siempre tiene la posibilidad de retirarse de este sucio mundo, como los anacoretas, y vociferar desde el fondo de su cueva contra todos los “reformistas” que buscamos un mundo con mayor bienestar, aunque sea a cachitos y dejando que nuestros principios se pringuen con las tácticas.

Cuidadores de la materia

Los humanos tenemos la capacidad de percibir, en cierta medida, lo que está sucediendo en la mente de otros humanos a los que vemos, gracias a las llamadas “neuronas espejo”. Esta capacidad sabemos que la comparten otras especies como los grandes simios, los elefantes o los cetáceos. Ése es el origen de la empatía.

Pero, además, gracias a nuestra capacidad de abstracción, nuestra empatía puede extenderse más allá, y abarcar a humanos que no vemos, aquéllos de que nos hablan o que, simplemente imaginamos o, incluso, a otros animales.

A veces sucede que nuestra capacidad empática se desarrolla aún más y no sólo nos podemos identificar con lo más cercano a nosotros (como los humanos o los mamíferos). Tengo la desgracia de sufrir esa empatía extendida y me sorprendo identificándome y sintiéndome solidario con aves, peces o insectos. Más aún, me abruma el sufrimiento de las plantas y me llena de plenitud su alegría, tan patente en los árboles reverdecidos en la Primavera, en las plantas que embellecen su entorno cuando se muestran sanas y vivaces después de la lluvia.

Mi identificación con otros seres se extiende también a los seres minerales, a los que muchos consideran inertes y muertos, pero que desarrollan una vida lenta, milenaria, construyendo montañas, depositándose en los valles de los ríos, creciendo desde el manto terrestre en lavas y basaltos. No hay prueba más evidente de que los minerales viven que tomar una piedra del campo o un guijarro de la playa, llevárselo a casa y ver cómo va perdiendo brillo y belleza, se va poniendo mustio y termina siendo un pedazo de nada inerte y desvaído al estar alejado de su entorno natural. Ver el mar o la atmósfera, cambiante a cada segundo, me convence aún más de la vitalidad extraña y remota que tienen todos los seres minerales. Y, ¿quién puede dudar de la vida que se demuestra en la evolución de los planetas, las estrellas o las galaxias?

La empatía con toda esta multiplicidad de seres no me parece extraña ni significa que esté loco, como algunos pensarán. Al fin y al cabo, compartimos con ellos el milagro de ser seres materiales.

Ser materia, estar formado por átomos, no es algo tan usual como pensamos y los seres materiales constituimos una parte ínfima del Universo conocido. Al fin y al cabo, la materia que conocemos (y ahí incluyo a los neutrinos y todo tipo de fotones) no representa más que el 4,6 % del Universo. El 24 % lo constituye la materia oscura (adjetivo que sólo indica nuestro absoluto desconocimiento sobre en qué consiste) y el 71.4% de la densidad energética del Universo se halla en la forma de energía oscura, de la que sólo se sabe que tiene un efecto gravitacional negativo.

Muchos de mis amigos se abstienen de consumir alimentos de origen animal, por esas afinidades empáticas de las que hablamos. Comparto con ellos el desasosiego ante la explotación a la que sometemos a los animales; pero lo mío es bastante jodido, porque mi empatía se extiende a ese 4,6 % del Universo con el que me identifico al tratarse de seres materiales como yo.

Así, me irrita profundamente y me exaspera el maltrato a que se somete a las plantas, especialmente en España, cuyos habitantes comparten con las cabras el dudoso honor de ser enemigos de cualquier árbol, brote o hierbajo. Y también me aturde y me entristece pensar en laderas montañosas reventadas para hacer autopistas, en extensiones de terreno devastadas por canteras, en el subsuelo explotado y degradado por prácticas mineras o por el fracking.

Me preocupa y me abate el ánimo pensar que van a estrellar la sonda Messenger contra el planeta Mercurio, para estudiar posteriormente el tipo de cicatriz que producirá ese choque antinatural en la corteza del planeta. Y me pregunto si tenemos derecho, en el futuro, a explotar los recursos del cinturón de asteroides o a terraformar Marte (terraformar, por si alguno lo desconoce, es un término que define la técnica de modificar artificialmente la atmósfera, el clima y las condiciones de un planeta para hacerlo habitable por los humanos).

Todo esto me conduce a pensar si, como materia inteligente, no seremos una enfermedad de la propia materia, empeñada en su destrucción, explotación y modificación.

No percibo una solución sencilla a esta relación destructiva que tenemos con los otros seres materiales y que se ha acrecentado desde que, debido a la tecnología, hemos roto nuestros vínculos de colaboración con nuestro entorno. El modelo mental y económico de lo que llamamos civilización (que tiene su máximo exponente en la ideología capitalista) nos condena a ser los enemigos de nuestro entorno, a explotarlo sin consideración, a degradarlo para servir a nuestros intereses egoístas y cortoplacistas.

Una posibilidad sería impregnarnos de la filosofía nihilista que subyace en las manifestaciones más radicales del pensamiento hindú o budista, absteniéndonos de toda acción y disolviéndonos en la Nada nirvánica.

Mientras decidimos si hacer eso o no, lo único coherente que se me ocurre es convertirnos en “cuidadores de la materia”. Hacernos conscientes de que somos parte consustancial del mundo material, de que ese mundo no está a nuestro servicio e intentar, lo mismo que lo intentamos con los animales, respetar, y abstenernos de explotar y degradar gratuitamente, al resto de los seres con los que compartimos esa fraternidad ínfima (y minoritaria en el Universo) de ser materia.

Cuentos chinos

Si hay una palabra que se ha desacreditado en las últimas décadas es “popular”. El Partido integrista y reaccionario que gobierna en España se denomina Popular, el Banco y la emisora de radio de la Conferencia Episcopal española se llaman Popular, Belén Esteban y los programas de Tele 5 son populares…

Aunque para mí, uno de los mayores descréditos de esa palabra es que la dictadura capitalista que gobierna en China se autodenomine República Popular China.

Desde que Deng Xiaoping abrió en 1979 la economía china a las reglas del mercado y al capital extranjero, se ha producido un crecimiento económico acelerado que, como era de esperar, ha beneficiado a una minoría: la nueva clase empresarial formada por cuadros del Partido y dirigentes del Ejército Popular. Esta élite económica se ha beneficiado de la asignación a sus intereses privados de fábricas, conglomerados industriales y otros recursos previamente de titularidad pública. Adicionalmente, la legislación promulgada por la Asamblea Popular a lo largo de los años 2000 ha promovido todo tipo de beneficios fiscales y protección de las empresas privadas que, en 2011, ya representaban el 90% de las empresas en China.

Si sumamos a esta protección el hecho de que los obreros chinos carecen de cualquier tipo de derecho laboral, están sometidos a jornadas de trabajo interminable, con salarios reducidos y sin que las empresas se gasten un duro en garantías de seguridad o salubridad en los centros de trabajo, resulta que la República Popular China se ha convertido en el paraíso de la empresa capitalista.

Como colofón, la absoluta permisividad en cuanto a la degradación y contaminación del medio evita a las empresas el coste adicional de producción que conllevan las medidas de prevención o reparación del daño ambiental.

China es el segundo país más contaminante de la Tierra y pronto será el primero a base de la falta de controles ambientales y del uso masivo de carbón como fuente de energía (no olvidemos que el primitivo medio de quemar carbón sigue siendo, en costes directos, el medio más barato de obtener energía).

Aunque las empresas extranjeras tienen ciertas barreras para instalarse en ese paraíso neoliberal, muchas de estas barreras se levantan con los (cuantiosos) sobornos adecuados a las personas clave del Régimen Popular. El que empresas como General Motors, CocaCola, Apple o McDonalds y muchas otras obtengan sustanciosos beneficios en China es una de las razones por las que el régimen tiránico de China nunca es objeto de ninguna crítica en la prensa occidental (aparte de ser el primer acreedor de los EEUU).

La inmensa riqueza de los nuevos multimillonarios chinos, evidentemente, no se redistribuye para mejorar las condiciones de vida en el país. Como buenos capitalistas, los millonarios chinos, tras acumular numerosos ceros a la derecha en sus cuentas, trasladan la mayoría de su dinero a paraísos fiscales o lo invierten en países en los que tienen facilidades para manejar su dinero de forma opaca, como España.

El capitalismo chino se expande, siguiendo la lógica del Sistema, por todo el Planeta, con diversos modos de penetración:

  • En África, al más puro estilo colonial, saquea las materias primas a cambio de sobornos a la clase gobernante de esos países. Esta clase se enriquece, el capitalismo chino se enriquece, y la población local queda sumida en la miseria y expoliada de sus recursos.
  • En Iberoamérica el modelo es similar pero al encontrarse con sociedades civiles más avanzadas, el saqueo es menos descarado y el reparto de beneficios ligeramente más favorable a sectores locales.
  • En el Sur de Europa, la inversión es más lenta y compleja pero, poco a poco, van haciéndose con sectores económicos con la complicidad de las élites locales.
  • Por último, está la pura especulación financiera, comprando deuda soberana, “reflotando” empresas en crisis, creando fondos de inversión opacos y depositando dinero en paraísos fiscales.

La corrupción que se deriva de la colusión de intereses entre el Poder político y el Poder económico, de la nula transparencia en la gestión gubernamental y de la ausencia total de medio de denuncia de los abusos, ha convertido al Régimen y a los capitalistas chinos en una verdadera Mafia que mezcla, sin ningún reparo, todo tipo de negocios legales e ilegales con los que poder enriquecerse.

Así, algunas de las principales actividades que lleva a cabo la élite económica china (recordemos, principalmente miembros del Partido y el Ejército) son el tráfico de personas, la prostitución y el tráfico de drogas ilegales.

Un ejemplo paradigmático y cercano de las actividades del capitalismo chino es lo que ocurre en el Sur de Europa. Por ejemplo, la empresa pública china Cosco se ha hecho la explotación de la mitad del puerto griego de El Pireo mediante una privatización parcial del mismo. Esto ha implicado un buen pellizco para el anterior gobierno griego (que no ha visto el pueblo, evidentemente) y la creación de una zona de prácticas mafiosas en las operaciones de esa mitad del puerto, donde se han rescindido los contratos anteriores y se contrata ahora sólo a los que admiten una bajada sustancial en sus condiciones laborales y su salario. Sólo la llegada de Syriza al gobierno ha paralizado la prevista privatización completa del puerto.

En España, tema que conozco más de cerca, la mafia capitalista china invierte, de forma visible, en el principal activo que tiene este país, el inmobiliario, como la reciente compra del Edificio España de Madrid por el empresario Wang Jianlin.

Pero una parte sustancial de los negocios chinos en España están más cerca de lo “invisible”.

Las mafias estatales chinas “exportan”, de manera ilegal, personas que al llegar a España deben pagar el coste desmesurado de su billete de una de dos formas: mediante la prostitución, en el caso de las jóvenes, o mediante el trabajo esclavo en “sweat shops” o en tiendas al por menor, abiertas casi 24 horas al día.

Uno de los aspectos más curiosos de esas tiendas chinas es que siempre se les ha concedido (desde la Administración española), libertad de horarios que no tenían el resto de los comercios. Me pregunto cuál habrá sido el pago para obtener esa concesión.

Una vez que la mafia empresarial se hace con un local de venta al público (y el número de locales crece de forma absolutamente ilógica), instala un grupo de esclavos a trabajar sin descanso, con unos salarios ínfimos (con los que deben pagar su “pasaje”) y sometidos a un régimen de control y amedrentamiento que puede percibirse si alguna vez has tenido la desgracia de asistir a la toma de recaudación diaria por un sicario que ga descendido de un vehículo de lujo.

Lógicamente, la relación entre los precios a los que compran y a los que venden esas tiendas, por mínimos o nulos que sean los salarios, no puede reportar beneficios. Éstos proceden del blanqueo del dinero negro que está obteniendo la mafia mediante actividades no legales como la prostitución o la distribución de drogas ilegales.

Podría seguir narrando los entresijos de esa red mafiosa del Ejército Popular y el Gobierno de la República Popular China, pero creo que ya es bastante.

Sólo quiero hacer notar, para terminar, a qué tipo de entramado mafioso estamos sosteniendo cuando compramos esos productos “baratos” en los almacenes chinos y qué modelo de explotación laboral y social estamos permitiendo que exporten los capitalistas chinos.

Como leí una vez en la red, no recuerdo a quién: “¿Pensáis que podéis comprar a los chinos y no terminaréis viviendo como los chinos?”

La Revolución

Entre todos los que soñamos con hacer la Revolución, los que andamos más descolocados somos los que ya arrastramos unos años con el mismo sueño. Nosotros, vamos ya camino de envejecer junto con nuestro sueño y no se nos quita de la cabeza por más que lo veamos tan lejano como el primer día.

Más que la Revolución en sí misma, lo que yo soñaba era una situación revolucionaria en la que un grupo de locos idealistas armados asaltábamos violentamente las estructuras del Poder. Como, además, siempre he sido un romántico y tengo un sentido trágico de la vida muy español, lo habitual es que es mis sueños moría heroicamente en un asalto frontal contra las fuerzas de la reacción. En fin, creo que he visto demasiadas imágenes de tipos con abrigos largos entrando a tiros en el Palacio de Invierno…

Una cosa que me va quedando clara es que es difícil, aunque sólo sea porque los años pasan muy deprisa, que me vea enarbolando un subfusil en medio de columnas de humo, gritos y ráfagas, entrando a saco en las sedes ministeriales, despachando polizontes y quemando legajos del Boletín Oficial del Estado. Lo cual me frustra un poco, para qué negarlo.

El caso es que, con los años, me he vuelto más analítico y, si bien sigo cultivando esos sueños, intento cada vez más a menudo razonar sobre qué es eso de hacer la Revolución.

Y lo primero que me planteo es si el objetivo de la Revolución es la toma del Poder. Porque, si tomas el Poder, ¿qué haces con él?

La Revolución política que es la toma violenta del Poder implica que no se ha producido una Revolución social que desmonte el modelo cultural imperante y que es necesario desmontarlo por la fuerza. Pero eso también implica que la estructura íntima de la sociedad no ha cambiado y también hay que cambiarla por la fuerza.

La Revolución política debe pues, como ya apuntó Lenin, establecer una Dictadura férrea para acabar con los elementos sociales que van a promover la reacción en cuanto les sea posible. La dictadura se establece con el objetivo de llevar a cabo la real Revolución social. Por desgracia, la experiencia nos dice que, de ese modo, nunca llega a realizarla.

El problema de fondo es que esta dictadura se propone construir la sociedad nueva en base a la coacción y ésos son unos pésimos cimientos sobre los que levantar un mundo. El día que la coacción, por cualquier motivo, ya no es posible o deseable, el edificio construido se derrumba con una velocidad increíble como ocurrió en la Unión Soviética, y en un momento se echa atrás todo lo conseguido desde la toma del Poder.

También es cierto que si el Poder revolucionario no implanta esa dictadura, los que han detentado el poder hasta el momento van a apoyarse en todos los elementos y resortes de la sociedad antigua (que sigue existiendo debajo del edificio del poder político) para volver a tomar el poder y reconstruir el modelo político anterior. Al final, el resultado es el mismo, sólo se diferencia la magnitud del desastre.

Todo esto me lleva a concluir que no se pueden destruir las estructuras del Sistema tomando las riendas del mismo, porque, en ese caso, se da nueva vida y se sustenta aquello con lo que se pretendía acabar. El Sistema sigue existiendo, únicamente con otro decorado, pero a la larga o a la corta, las cosas volverán a estar como estaban.

Sin embargo, si se cambia el modelo social y cultural en que se basa el Sistema, éste pierde su sentido y se deshace por sí mismo. Cuando se cambia la sociedad, el cambio ya no tiene marcha atrás, a diferencia de lo que sucede si se cambia el modelo político o se sustituyen las élites que detentan el Poder.

Las sufragistas y feministas, por ejemplo, no han tomado nunca el Poder, pero sus planteamientos han calado en la sociedad hasta un punto que era impensable hace solamente un siglo. Es cierto que queda muchísimo por hacer en cuanto a la liberación femenina, pero el modelo cultural imperante considera inadmisibles, en principio, las prácticas de sumisión de las mujeres que eran perfectamente asumibles hace menos de 100 años.

Quiero decir con esto que un cambio cultural conlleva una serie de cambios en las relaciones de poder, económicas y sociales que un mero cambio político no es capaz de alcanzar.

Por qué no imaginar un día en el que las relaciones de sumisión que implica cualquier jerarquía sean tan inaceptables como lo es, por lo menos formalmente, el maltrato a las mujeres?

O que trabajar para otros parezca tan aberrante como obligar a casarse a una niña de 10 años con un energúmeno que compra ese derecho?

O que las actividades de los empresarios produzcan la misma repugnancia que las de un acosador sexual?

O que la distribución desigual de la riqueza sea tan inconcebible como que un hombre tenga derechos de cualquier tipo sobre la mujer que es su pareja?

A lo mejor, la forma de hacer la Revolución es ir creando, de mil formas, la conciencia necesaria para que la sociedad abomine de las jerarquías, del trabajo asalariado, de los empresarios (¿o debo decir “emprendedores”?) o de las desigualdades económicas, del mismo modo que se rechazan los comportamientos machistas y la violencia contra la mujer.

A lo mejor, mostrar categóricamente nuestro rechazo a esos modelos culturales actuales, y educar a los demás en ese rechazo, sea el camino para un cambio social revolucionario que ahora mismo parece estar desaparecido más allá del horizonte.

Digo sólo a lo mejor, porque tal vez sea inevitable que, para llegar a ello, haya que pasar por el escenario de incendios, tiroteos y asaltos a las sedes del Poder. Independientemente de que algunos no alcancemos jamás a verlo.

Poder económico y poder político: una amalgama

Desde el siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XX, se ha ido produciendo (inicialmente en la Europa occidental, posteriormente en el resto del Mundo) el cambio gradual desde las sociedades campesinas a la sociedad capitalista.

Este cambio ha modificado los modelos de explotación de los pobres por parte de los ricos, especialmente en un aspecto esencial: En la sociedad campesina, el pobre, de una u otra manera, puede buscarse la subsistencia a espaldas del señor, aunque éste le someta a continuas exacciones que le sumen en la miseria. En la sociedad capitalista, los pobres no tienen medios de subsistencia salvo que decidan poner su fuerza de trabajo al servicio de un empleador.

El Estado capitalista es más fuerte y totalitario que los anteriores y prácticamente no deja resquicios para que la gente pueda buscarse la vida si no acepta jugar con las estrictas reglas de juego que se plantean.

El trabajador es sometido, entonces, a dos formas simultáneas de coerción.

La represión estructural, antes casi inexistente, establece un modelo social de producción en el que el  trabajador se somete, por su propia voluntad, a la tiranía del trabajo asalariado, ya que es su única forma de obtención de lo necesario para sobrevivir. Los empresarios no tienen que salir a la búsqueda de siervos, como anteriormente, ya que son los siervos los que hacen cola para emplearse en las condiciones que sean.

Por otra parte, en el puesto de trabajo, el obrero sufre también la represión clásica proveniente de la autoridad del dueño, la altanería del señorito, el acoso de los pelotas y mandos intermedios, las amenazas de los gorilas… Las demostraciones de la autoridad son tan patentes y despreciables como en la época feudal, con la diferencia de que el obrero se ha sumado voluntariamente a su papel, ya que el entorno social le hace ver (sea cierto o falso) que su única opción de subsistencia es ponerse al servicio del empresario capitalista.

En esta relación, los intereses son, sin embargo, manifiestamente divergentes. El empresario debe obtener el máximo esfuerzo productivo del obrero ofreciéndole el mínimo de compensaciones. Para el empresario, la meta es obtener el máximo de beneficios y, para ello, debe minimizar sus costes, especialmente laborales. Consiguientemente, reduce salarios, incrementa los horarios, exige el máximo de producción por hora trabajada…

Es evidente que el trabajador tiene objetivos distintos: su bienestar personal requiere salarios dignos, tiempo libre para sí y sus asuntos, una presión menos asfixiante para producir durante el tiempo que pasa en el trabajo.

Es, por tanto, inevitable un conflicto de intereses y en él, el empresario tiene de su parte la fuerza de la autoridad, de los mandos intermedios, de las represalias. Pero poco podría obtener entrando en un conflicto directo frente a la unidad de los trabajadores. Es por ello que, en el Sistema capitalista, la represión estructural es más importante que la propia represión directa en el lugar de trabajo.

Cuando las cosas (por un mayor grado de combatividad obrera) están muy negras para los capitalistas, el Sistema utiliza los medios represivos más concretos: la prohibición de las asociaciones de trabajadores, la ilegalización de los movimientos y organizaciones obreras, la eliminación física de los elementos más recalcitrantes y subversivos… El fascismo, en suma.

A los neoliberales, sin embargo, eso de la sangre y los desfiles no les parece eficiente y optan por medios más complejos y más prácticos, como es integrar culturalmente a los obreros en el modelo de los explotadores, vendiéndoles el paraíso artificial del consumo, la papanatería del contrato free-lance, la “épica” del emprendedor.

Pero como ahora pintan malos tiempos, y toda esa mierda cada vez convence a menos gente, los neoliberales han inventado una nueva arma represiva: la eliminación de los servicios sociales públicos.

Los recortes en servicios sociales no corresponden sólo a una lógica del enriquecimiento para media docena de sinvergüenzas. Hay algo más sutil y más poderoso en este movimiento, y es la precarización de la vida cotidiana del trabajador.

El obrero ya es consciente de que el Estado no está dispuesto a pagarle un tratamiento si se pone enfermo, o a concederle una pensión si envejece o queda inválido, o a ayudarle en el desarrollo educacional de sus hijos, o a sostenerle si se queda sin trabajo hasta que encuentre otro, o a facilitarle un transporte colectivo cómodo, eficiente y barato.

El obrero sabe que todo eso se lo va a tener que pagar él con su salario y eso le pone en una posición de mucha mayor dependencia respecto a su trabajo actual y a su empleador. Y, por tanto, en una posición de mayor debilidad.

La colusión entre los intereses empresariales y las políticas del Estado es cada día más patente y descarada. La desaparición de los servicios sociales públicos ha conseguido obtener una masa atemorizada, obediente y dispuesta a todo para tener y mantener un salario sin el cual, ahora, se encontraría en la miseria más absoluta y sin una red de seguridad social que le permita capear el temporal con unos medios de subsistencia básicos.

Por eso, la lucha contra los recortes y por la resurrección del Estado social es una lucha corta de miras y equivocada.

Corta de miras, porque no percibe que el enemigo es la propia lógica del Sistema capitalista y sólo luchando contra el Sistema será posible alcanzar unos grados de bienestar y dignidad mínimos para todos.

Equivocada, porque el Estado nunca va a dar marcha atrás, ya que no es él quien pone en marcha estas medidas, sino el ansia insaciable de beneficio de los empresarios.

Es denunciando, limitando, coartando, atemorizando, anulando y, si es necesario, exterminando a los empresarios y a su cultura como alguna vez será posible sustituir estas coordenadas de miseria y precariedad colectivas por un mundo en el que vivir sea algo más que agradecer lastimeramente los mendrugos que te arrojan desde la mesa del banquete.

El Estado omnipresente

El Estado es la institucionalización del Poder y de todos los tipos de violencia que se ejercen desde el Poder.

El Estado surge antes de que se invente la escritura y por ello no hay datos fidedignos de cómo aparece y si su grado de complejidad se alcanza de forma casi inmediata o muy gradual.

Con toda probabilidad, el Estado aparece con las comunidades agrícolas sedentarias permanentes. Surgen, de forma muy rápida, las clases sociales. Los que han llegado más tarde y ocupan tierras menos fértiles o escasas de riego, se convierten en clase obrera al tener que ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de una participación mínima en los productos generados por su esfuerzo.

Los que han ocupado las mejores tierras y las más cercanas a las fuentes de riego se ven en la necesidad de defender esas tierras frente a los recién llegados o a los nómadas que no entienden (con toda razón) que los recursos de un pedazo del planeta sean usados en exclusiva y de forma permanente por un grupo de humanos.

Evidentemente, ésa no es una situación que se sostenga por sí sola mucho tiempo, y los poderosos dan parte de sus recursos a una serie de matarifes, sádicos e incultos, que les ayudan a sustentar el estado de las cosas por medio de la violencia. Nace la casta militar.

Pero como mantener el orden a palos es costoso y no siempre eficiente, los poderosos reparten otra parte de sus riquezas a otros grupos de parásitos que les ayudan a mantener el orden: los sacerdotes que justifican el statu quo con pretextos mágicos y designios divinos, los burócratas que definen el cuerpo legal (normas y castigos) que todo el mundo ha de cumplir, los espías y chivatos (los policías) que vigilan que nadie manifieste la menor disconformidad con el modo de funcionamiento y de pensamiento de la sociedad, los jueces y verdugos que implementan y ejecutan las leyes…

Como a los poderosos les sale caro mantener a tanto sinvergüenza improductivo, el saqueo y explotación de los pobres es cada día más intenso: aparecen los impuestos, necesarios para que toda la maquinaria de sumisión y control funcione adecuadamente.

Y ya tenemos el Estado, que, en lo esencial, no ha variado gran cosa desde la época de los sumerios.

El Estado tiene tendencia al control total de cada aspecto de la vida, y así funcionó efectivamente en la época de los grandes imperios agrícolas.

Si bien ha habido épocas en que el poder del Estado ha sufrido algunos retrocesos, en la actualidad nos encontramos en una época en que el Estado ha retomado su vocación totalitaria. El Estado se encuentra hoy más presente que nunca en todos los aspectos de la vida.

El Estado nos obliga a registrar y lleva un cuidadoso control de cada una de nuestras actividades, desde que nacemos, hasta lo que estudiamos, dónde vivimos, dónde y cuándo trabajamos, dónde tenemos nuestro dinero, qué carro conducimos o cómo establecemos nuestra vida de pareja.

El Estado determina el currículo educativo del que es imposible escaparse, definiendo qué temas, con qué enfoque y con qué profundidad se deben estudiar en cada fase del aprendizaje. Incluyendo, desde luego, las instrucciones debidas para hacer de cada estudiante un ser sumiso, acrítico y respetuoso de las jerarquías y del orden inmanente.

Es imposible morir o que dispongan de tu cadáver sin que el Estado intervenga en ello. Por ejemplo, cuando me muera, a mí me gustaría que me enterrasen en el campo o que me disecasen para quedarme leyendo en un sillón de mi casa por toda la eternidad. Imposible. El Estado determina qué es legal o no cuando se trata de disponer de un cadáver.

El Estado puede prohibir que yo comparta mi auto con terceros, que alquile una habitación de mi casa o que cultive lo que me dé la gana en los balcones. El Estado está al tanto y establece las correspondientes tasas de cualquier transacción comercial o económica que uno quiera llevar a cabo.

Mientras se habla de austeridad, el Estado incrementa su presupuesto en las fuerzas represivas, porque la Policía es necesaria para proteger los intereses de los poderosos.

Leyes y jueces, elementos indisociables del Estado, se utilizan para sostener unas condiciones en las que los ricos puedan actuar con absoluta libertad y los pobres vean restringida y penalizada cualquier posibilidad de oponerse al orden establecido.

Funcionarios de la Administración, parlamentarios, autoridades municipales, medios públicos, organismos de “control”, siguen siendo sostenidos por el Estado para que organicen el modelo de sociedad y de vida de acuerdo a los parámetros que sean más adecuados para los poderosos.

Con eso de que el Estado-providencia está de capa caída hay quien piensa que el Estado va camino de desaparecer, sometido al acoso implacable de los neoliberales. El principal error de ese planteamiento es que los neoliberales no quieren que desaparezca el Estado. Lo que quieren es que el Estado no sea redistribuidor de la riqueza. Pero, para todo lo demás, el Estado les conviene, les apoya y les garantiza los medios para que sigan enriqueciéndose de forma obscena e ilimitada.

Sucede, únicamente, que una de las tareas que, muy a pesar de los poderosos, ha llevado a cabo el Estado en las últimas décadas ya no tiene cabida en el nuevo modelo de sociedad. Que era recaudar un poco de la riqueza de los muy acomodados para repartirla entre los desposeídos.

Por todo lo demás, el Estado está más fuerte que nunca y utiliza los medios que posee para establecer un marco de operaciones que sea lo más beneficioso para los que detentan el Poder económico.

Después de varias décadas de verse obligado a disfrazar su verdadera esencia, el Estado nos demuestra, cada día más, que es un conjunto de instituciones puestas en operación por los poderosos con el único objetivo de controlar todos los resortes de la sociedad para que se acomoden a sus intereses.

¿Cómo pensar entonces que el Estado está en trance de desaparecer? ¿Puede haber algo más absurdo que defender que el Estado se fortalezca como defienden algunos “socialistas”?

Sexo e identidad

Los humanos tenemos la inmensa suerte de haber trascendido el papel reproductor del sexo para convertirlo en una experiencia de placer cerebral. Al menos, en teoría, porque la práctica cotidiana se aleja mucho de este planteamiento.

El sexo se construye también dentro de un modelo social, no meramente individual, y ahí una sociedad jerárquica y represiva establece jerarquías y represión alrededor del sexo.

La represión ha sido y es muy evidente dentro del modelo cultural cristiano. La filosofía cristiana ha sido siempre una filosofía del deber y del dolor, contraria al placer y a la libertad. El cristianismo, base de la cultura patriarcal y represiva de Occidente, ha limitado el sexo “permitido” al sexo procreador. Cualquier placer sexual no directamente reproductivo ha estado vetado y perseguido.

Así, la masturbación, la homosexualidad, el sexo oral o anal, los métodos anticonceptivos, los meros pensamientos sexuales se convertían en actos pecaminosos o ilegales, castigados con el Infierno Eterno o, en determinadas épocas, directamente con la hoguera en esta Tierra, no fuese a ser que Dios fuese olvidadizo y no hubiese reservado el lugar oportuno en la hoguera trascendente.

Del mismo modo, se establece una jerarquía sexual en que se da el papel principal a la sexualidad del macho heterosexual y dominante, seguida por la  sexualidad de la hembra sumisa y fecunda, y desterrando a las tinieblas exteriores cualquier otra forma de sexualidad.

El sexo, entonces, deja de ser una actividad destinada al placer personal y se convierte en un constructo social, cargado de matices políticos y de jerarquía.

La revolución sexual de los años 60 pretende acabar con el modelo de sexualidad jerárquica y reproductiva, obteniéndolo sólo en parte, pero creando unos espacios de libertad de los que he podido disfrutar y que, aunque aún muy limitados, espero que se expandan algún día.

He tenido la suerte de poder vivir en un entorno y una época donde el sexo se concebía como un agradable modo de comunicación entre compañeros. Como irse a cenar, pero más largo y más placentero. Una relación sexual era una compartición entre personas que sabían lo que querían, lo que el otro buscaba y en la que no había más matices que aquéllos de que quisiesen dotarla los participantes. Compromisos o no, permanencias o no, parejas o grupos, mismo sexo o diferente: lo importante era establecer un vínculo más con personas a las que ya conocías, a las que apreciabas y con las que compartías un placer para el que todos estábamos preparados y en el que todos éramos iguales.

Esto es también importante para mí en el sexo: la igualdad, el conocimiento mutuo, el compañerismo, la transparencia y la complicidad en lo que cada uno de los participantes espera obtener del encuentro. Por eso me repugnan profundamente las relaciones en las que existe agresión, tanto la física de la violación, la económica de la prostitución o la mental de la sumisión. Porque creo que el sexo debe ser compartición, comunicación y complicidad, tampoco me gustan las relaciones sexuales en las que no puede existir una complicidad y compartición mental entre los participantes, como las relaciones con niños, animales o personas no conscientes de lo que están haciendo.

A lo largo de mi vida sexual he tenido experiencias autoeróticas (éstas han sido un clásico), heterosexuales, homosexuales, en pareja y en grupo, orientadas a la permanencia o esporádicas, he sido mirón y exhibicionista, he imaginado el sexo, lo he hablado y lo he escrito. Y aunque no me he sentido nunca atraído por las relaciones sado-masoquistas, no tengo nada que criticarlas mientras haya complicidad y transparencia en las mismas.

Después de todas estas líneas pensaréis que el sexo es muy importante para mí. Efectivamente lo es, pero no hasta el punto de definir absolutamente mi identidad, como no la definen unívocamente las comidas que me gustan, los espectáculos a los que asisto, los sitios por los que camino o los libros que leo.

El ser humano es multifacético y el sexo no deja de ser una de sus características. Definir a alguien por sus prácticas sexuales es una pura limitación, y más considerando que éstas son producto de su genética, su educación, su ambiente, sus elecciones, su momento vital, sus idealizaciones, etc.

He comprobado, a lo largo de mi vida, que la mayor parte de las personas tiene una sexualidad fluctuante, que no se ajusta totalmente a los estereotipos con que intentan clasificarnos. Estereotipos que antes eran más limitados (hombre y mujer) y ahora abarcan más modelos (homosexual, bisexual, transexual, …), que no dejan de ser estereotipos.

La sociedad represiva en la que vivimos intenta, además de enjaularnos, colocarnos una etiqueta descriptiva en la jaula como medio de establecer un mejor control y afinar los medios de dominación sobre nosotros.

Pero nuestra identidad no viene representada por nuestras elecciones sexuales ni por ninguna otra característica lineal y limitadora con la que quieran etiquetarnos.

A estas alturas de mi vida, la etiqueta que más me colocan en cuanto a mi vida sexual es la de macho heterosexual monógamo. Ni soy macho, ni soy heterosexual, ni soy monógamo.

Soy yo mismo y os invito a todos a ser vosotros mismos, despreciando, subvirtiendo e ignorando cualquier etiqueta con las que la sociedad de las jerarquías pretenda clasificaros, no sólo en las experiencias sexuales sino en cualquier otra faceta de vuestra compleja vida.